Trotando

Al trotar rompe el silencio de la madrugada fría y se escuchan chillidos que llegan de la zona boscosa de la ciudad. El resplandor de la torre de la iglesia ilumina el rocío de la hierba. La mirada de ella se fuga; surge el color del pasado. Recuerda su cara, que es la que ahora ve en sus hijos.
Al pasar por la escuela en la que estudió la primaria, se mira con sus amigas, ¿qué habrán hecho de su vida? Reconoce la casa donde vivió con sus hermanos, parece oír la voz de su madre, que la abrazaba en las noches heladas. Amanece, se oye el chiflido de los pájaros, el aroma de los pinos, el color rosa de la alborada que cruza la cordillera. Aparece en la mente el novio, que al tiempo sería su esposo. Suspira. Se entregó a él sin condiciónes; en un siempre que se perdió.
Al subir el lomerio la respiración se hace asmática, el sudor recorre su piel. Los días de criansa fueron intensos, acostándose después de la media noche y levantándose antes de que el sol asome. El tiempo corre. El esposo vive obseso de su trabajo, apenas si se da cuenta que los hijos están convertidos en hombres. Al dar la vuelta, en una esquina, se topa con la mujer que barre la calle. Es la misma de años atrás. Falda larga, negra, su escoba hecha de ramas que día a día le sirve para recoger la basura, y de lo encontrado, mantiene la prole. Al pasar a su lado, siente su mirada vacía. Muerde sus labios, desea darle los buenos días y sólo levanta la mano en un intento fallido de saludo.
En su carrera escucha el golpeteo que hacen los  tenis sobre el pavimento. Va aclarando el día. divisa los cerros que parecen puños levantados. En el horizonte, el sol está saliendo, deja en las paredes del caserío un color de naranja suave. En el descenso, el sudor se desvanece por el viento frío. Un rocío cae y baña su espalda produciéndole escalofrío.
De la oscuridad del pensamiento corren como bolas de fuego los silencios y el desamor de un hombre que se extravió en la vida. Respira profundo a pesar de que tiene nudos en el pecho; y a punto de desfallecer y quedarse a la vera del camino, saca del vientre un impulso, logra seguir y seguir; pareciera que corre por inercia. Del paisaje llega una ventisca con olor de frutas. Su mirada cae sobre el bermellón de las montañas. Trota con fuerza; es ave que levanta el vuelo saliendo de los abismos. El día abre.popo jose maria velasco

 

 

 

Aprendiendo inglés

llegué a la escuela de idiomas, situada en una vieja casona que el director ordenó pintarla aprovechando el fin de semana. Los pintores dejaron el inmueble desordenado, con olor de aguarrás.
Los alumnos se arremolinaban, unos en un área, otros en los pasillos, y algunos más, preguntando en que parte recibirían la instrucción. Tenía la clase a las siete de la noche y me presenté minutos después, así que busqué a mis compañeros cuarto por cuarto para saber dónde tomaríamos la enseñanza que nos impartiría el profesor Danoski, responsable del plantel.
 Danoski era alto delgado y con profundas entradas, bigote grueso, rojizo que contrastaba con su lechosa piel. Fui buscando mi salón, abriendo y cerrando puertas, unos vacíos, otros oscuros y, al fondo, encontré uno débilmente iluminado. Reconocí a una mujer esbelta, de cabello rizado que hurgaba entre una pila de archiveros, escritorios y máquinas de escribir.
-¿No sabe dónde está dando clases el profesor Danoski?
Al tiempo que preguntaba, rodé los muebles. Ella hizo lo mismo, y quedamos enfrentados, muy cerca, cara a cara. Sentía su respiración.
Acaricié su cabellera, su mejilla. No se movió, respiré el calor de su perfume y mis labios resbalaron en el cuello y su hombro. Escuché su aliento entrecortado. Decidí besarla. No respondió, me despegué para mordisquear sus orejas y su boca fue correspondiendo. Mis manos rodearon su fina espalda, ella mis hombros. Palpé sus caderas, sus nalgas respingadas y duras. Sentí sus senos y sus pezones que se abrieron entre mis palmas. La mujer sintió mi erección al rozar mi pubis. Ya no hubo retroceso, levanté su vestido, y trabé los dedos en el elástico de sus bragas. Bajó el zíper de mi pantalón y nos llenamos de arroyos y espuma. Olíamos a intensidad, gemíamos en diminutivo cuando levantaba en vilo su esbeltez y sus piernas eran tijeras en mi cadera. Recargados en la pared nos conjugamos en fuego y sudor.
Cuando el ahogo nos dejó, escuché -en la lejanía- la voz del maestro dictando su cátedra. No hubo beso de despedida, si acaso alguna bocanada de aire fresco. Ella se fue para un lado, yo por el otro. Me sequé el sudor, arreglé la figura y entré al salón disculpándome por la tardanza. El maestro dictaba, pero nunca se dio cuenta de que yo escribía con el borrador. Mi mente era un revolcadero de emociones. Después de la clase, charlé en el frente de la escuela con algunos compañeros; en realidad, mis ojos la buscaban entre las féminas que salían. Fui afortunado al verla. Venía acompañando al maestro Danoski. Me acerqué a ellos cuando iba a hablar, el maestro me dice en inglés: I’d like to introduce you my wife.

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Bochorno

Esperaba a su esposo, que se había ido a un viaje de negocios. Aburrida y soñolienta decidió darse un baño e irse a dormir a la recámara de su sobrina. Adela tenía viviendo seis meses con el matrimonio y salió de improviso al hospital a cuidar una amiga. Abrió la ventana para que el viento refrescara, miró hacia la calle oscura y entrecerró las cortinas. Llevaba una bata de algodón y, talco perfumado entre sus pliegues. Debajo de la sábana sólo quedó un cuerpo desnudo y profundizado por un sueño que se ofrecía como un abrazo. Cuando llegó el amante de Adela y tendió a su lado no malició, – eso sucedía a menudo en su matrimonio –, lo integró a su espacio. Los besos de él rodaban y ella corría tras las bolas de fuego que al tocarlas salían relámpagos que desnudaban la penumbra. De aquella noche no recordaría más que unos chillidos que paulatinamente se fueron alejando. Él se retiró cerca de la alborada, cuando los perros aullan y animan a los gallos. Ella despertaría prendida a la almohada y sola. “tanta realidad solo puede ser un sueño” se dijo.
La puerta se abrió de par en par y la voz de su esposo cayó a su oído como el golpe en la espinilla.
—¿Qué haces en la recámara de Adela? ¿Qué no tienes la tuya?
Con modorra le contestó doblándose de la cintura y estirando las piernas.
— Adela se fue de improviso. Vino una amiga y se la llevó al hospital. ¡En nuestra pieza hacía un bochorno insoportable! Ésta es la más fresca y dormí como nunca. ¡He tenido un sueño…!
— ¿Qué soñaste?
— Luego te contaré. ¿Te esperaba antes de la media noche?
— Me fue imposible. El autobús se quedó tirado en la carretera por más de cinco horas. Me voy al negocio.
Al salir de la habitación ella percibió el aroma familiar, pero el deseo de regodearse en la cama ocupó su atención y dio rienda suelta a la imaginación.
 El esposo abría el portón cuando llegaba su sobrina. Adela le dio un beso en la mejilla y él la tomo discretamente de la cintura. Ella aprovechó para susurrarle al oído:
— No pude esperarte. Tuve que ir al hospital. Qué rico hueles tío. Veo que  no pierdes el tiempo ¿Con quién pasaste la noche?

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Renoir

El cardenal se despide de la serie apuntes de un niño

La abuela por las tardes se balanceaba en la poltrona; el viento mecía las ramas y se llevaba lejos el canto de los pájaros. Antes vivía en el centro de la ciudad con una tía, ahora está con nosotros.
—Desde la ventana solo veía las azoteas y el paso de los carros. Era aburrido.
Vivíamos sobre una loma. Era una casa con techo de lámina, un patio con árboles frutales y abajo un gallinero.
El corredor largo, cercado por macetas, donde el viento de la tarde parecía un perro juguetón que correteaba cualquier cosa. Descansaba en la poltrona con la cabeza reclinada, mientras chiflaban las canoras. La abuela y yo nos encargábamos de platicar con las aves.
—Juan no quiere cantar. —Decía la abuela en voz alta. Yo sabía que hablaba del cardenal de ojo blanco. Pedro, cantaba tan fuerte que ensordecía. Algunas veces las aves se contagiaban y el corredor era una fiesta de silbidos. Todos hacían bulla, menos el de ojo blanco. Ya por la noche se bajaban las jaulas y era cuando platicaba con Juan. había una simpatía que nos abarcaba.
Una madrugada cantó uno de ellos. En la mañana fue la comidilla. Todos preguntaban ¿escucharon cantar al cardenal?
—¿Quién fue el que cantó?, —preguntaba mi papá.
—Debió de ser Pedro, ya sabemos que Juan no canta. Dijo mamá.
Toda la semana chifló fuerte que nos espantaba el sueño y lo que parecía novedad se convirtió en molestia. La abuela separó las jaulas para saber quién nos despertaba. Quedamos igual pues la sonoridad de la casa no permitía identificar el ave. Tampoco podíamos dejar los pájaros fuera, las madrugadas llegaban con harto frío.
La tarde se hizo gris. Pelotas de nubes gordas ensombrecieron el cielo y una lluvia finita empezó. “hay que meter a los pájaros dentro de la casa” dijo mamá. ¿Cómo fue? No supimos, pero el cardenal de ojo blanco escapó. Esa noche fui a la cama friolento y cabizbajo. Oía el viento. El agua tamborileaba al golpear sobre las hojas del naranjo, la luz del foco se perdía en el enramado. Dormía entrecortadamente. Abría los ojos y me preguntaba en dónde estaría. El frío, el sueño, el cansancio me venció. En la madrugada desperté sobresaltado. Escuché el canto de él entre las ramas del árbol. Fui hacia la ventana y pude divisarlo por su ojo de leche. Fue un instante, después se perdió de mi vista, de mis oídos, mas nunca de mi memoria.
Afuera se oía la chorrera de agua sobre las hojas del plátano y el viento hacía tronar el techo de la casa.
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Colisión

El caracol corre y evita el golpe de la tortuga, sin embargo el remolino formado hace estragos en su caparazón.
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El niño de las pandorgas

El día que conocí a Noemí tenía tres pelos de barba. Mi pasión era construir cometas. Seleccionaba el bambú: largo, seco y resistente. El viejo Meraz lo vendía. Sabía que lo serenaba en luna llena. Una receta para darle alma, según la abuela. El tarro era muy demandado.
Un día me hice el aparecido. El viejo sonrió. Yo pajareaba con la mirada.
– ¿Qué buscas?  me preguntó con ironía. Estaba chimuelo, tenía dos ventanas, por donde se le escapaba el aire al hablar.
– ¿Dónde tiene el tarro?
– ¡Qué!, ¿vas a hacer tu casa, te quieres casar…?
-Véndame un pedazo.
 –Ya lo vendí. Ayer se lo llevaron.
 Me retiraba con las espaldas aplastadas cuando me gritó. Volví y sacó de su casucha un hato: dorado como una cal color de luna. Sabía que vendrías…
Noemí llegó de la ciudad. Pelo negro, corto, orejas pegadas a la cabeza y aretes que bamboleaban al ritmo de su paso. Me ponía nervioso y solo sonreía. Ese día intentaba elevar una pandorga, tan obesa que daba de brincos, como esos canguros que salen en las caricaturas. No puede. Si deseas, podemos hacer una…
La cometa danzaba en el cielo. Construíamos una diferente en forma, color y las elevábamos. Un día que formábamos una estrella, nuestras caras quedaron a un suspiro y la timidez me paralizó las manos, pero no mi boca, y cerrando los ojos nos dimos un beso. Para mí fue el primero. Jugábamos en el riachuelo de agua fría, nos perdíamos entre los árboles y luego nos hacíamos los encontradizos. Una tarde se fue. Sin que yo supiese que se iba a ir, tal vez ni ella lo sabía.
Conseguí su dirección postal. Las cartas llegaban cada semana, después cada mes, luego…
Mece el viento mis recuerdos. He construido una cometa grande y resistente. ¡El papel fulge y al contacto con el aire se sacude nerviosa, preparándose para la aventura! ¡Qué hermosa! ¡Cómo se eleva! ¡Lleva dos carretes de hilo y quiere más! Óyela zumbar, parece decir ¿qué tal me veo? ¿me envías un correo?
Puse la huella de mis labios en el mensaje y se fue raudo por el hilo. El viento arreciaba y más alto subía. La cometa parecía decirme lo feliz que era. Dejé que el carrete se vaciara. El mensaje se perdía, era ya un punto. Percibí que el cordel podría romperse y empecé a enredar el hilo. La pandorga parecía inconforme; yo seguía enredando más el cable y ella daba vueltas sobre sí: ¡rabiosa!, ¡enojada! De pronto, caía en picada. Después subía, daba de vueltas. Para evitarlo solté la hebra.  Y, el viento la llevó entre las nubes; cada vez más lejos. Corrí, corrí, por los caminos que anduvimos, mojé mis zapatos en el arroyo que corría llevándose los tejos

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Sucesos de mi nacimiento 6 enero de 1946

Para mi madrina, la tía Gila. (qepd)
Gila se levantó rápidamente de la cama , se dió un baño fugaz y salió con sus kilos a cuesta hacia la terminal de autobuses . La pequeña población de Álamo distaba a poco más de setenta kilómetros . Plena época de invierno con frecuentes chipi chipi que causaba en aquel camino de terracería encharcamientos que hacían el tránsito lento . seis horas de continuo zangoloteo . El frío que se colgaba de la ventisca hacía tiritar . Por la noche soñó a la cuñada que estaba en días de parir .
Meses antes había ido al cine con la cuñada y en confidencia le dijo que estaba embarazada .
¿Me regalas el niño? Mercedes sabía que ella no podía tener hijos, así que le siguió la broma .
Claro que si cuñada, siempre y cuando llegues el día que me alivie.Bien sabes que dentro de unos días nos iremos a Álamo y el niño si Dios quiere nacerá en tiempos de agua y frío.
Caía la tarde cuando arribó. De inmediato consiguió un taxi que la llevara al domicilio. Eran tiempos de parteras, y los médicos caros y escasos.
Al llegar a la vivienda, abrió con prisa la puerta y lo que vio la dejó pasmada, esperaba encontrar a la cuñada y lo que vio fue la partera en la cocina, calentando trapos y haciendo te. Recordó la promesa.
-Ya vengo por el niño Meche .
Escuchó con horror la voz de Gila y apretó instintivamente al recién nacido acercandolo a su seno. La cuñada se acercó y fue directamente al bebé, le destapó la cara.
-Será de piel blanca*, lo que no me gusta es que haya nacido tan peludo .
-No te lo vas a llevar, ¿verdad?
-Claro que sí. Trato es trato .
Se miraron, pero Gila no pudo sostener la cara de seriedad y una sonrisa se había iniciado .
–¿Pero cómo supiste que me había aliviado?
-Sólo el corazón lo sabe cuñada, solo se que tenía prisa por llegar, algo me dijo que debería estar en Álamo y ya ves, aquí estoy para acompañarte y decirte que seré su madrina, pues me lo he ganado.
* Muchos años después mi madre me decía fuiste como los zopilotes, de recien nacidos nacen gueros y cuando crecen se ponen negros. Eso sí lo peludo no se me quitó.

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El macho supervisor

¡Bendito el marido que me ha tocado! Tiene horas que se fue. Presiento que él aún está. No puedo dejar que haya otro aroma diferente al de él. porque es capaz de todo.
¡Hasta el viento que mueve las persianas me causa zozobra! Quemé mi agenda de soltera frente a sus narices y sonrió. Cómo diciéndome: ¡eso no basta! Bien que sabe que mi memoria es prodigiosa. A veces cansada de su asedio, tomo el teléfono para contactar mis amistades y de inmediato repiquetea.
– Qué haces mi amor, me dice dulcemente. Cree que no me doy cuenta que lo expresa con sutil ironía. Eso me perturba, pero me repongo de la sorpresa y le contesto:
-Aquí, regando las flores.
-¡Ten cuidado! la gente de ese barrio se la pasa mirando. Cuelga. Me rio y llevo el agua hasta la cerca donde he sembrado girasoles.
Aún no sabe que el vecino tiene unas dalias en floración.

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El cuadro de Roberto de Francesco

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El autor del cuadro es Roberto de Francesco. Una noche pasé a su domicilio, lo encontré cuando salia de su departamento. levantó las manos como haciendo figuras en el aire, «Chico que voy de salida», en breve le dije que salía de la ciudad de México y que estaría encerrado en un hospital realizando el internado de pregrado y le solicitaba uno de sus creaciones, se lo pagaría cuando recibiese mi sueldo. Entró, me lo dio enrrollado. «Cuando llegues a tu casa lo miras» Seis meses habían pasado cuando  me encontré al Yuca, un amigo en común y me dio la triste noticias que un día después de haberlo visto tomó la decisión de quitarse la vida.

En edad madura, Italiano, Poliglota, hijo de doplomáticos. Había expuesto en  Australia, Nueva York, Venezuela, México. Ya lo alcanzaré.

Trotando

Hubo un momento en mi vida que mis piernas se sintieron aladas. Corrí entre el naranjal, a las orillas del río; dejé huellas en la playa y en mi cara el recorrido de la brisa. El sudor bajaba de mi frente y fluía con sus regatos. Desde la cima divisaba los viejos senderos, y alguna vez bajo la lluvia, con el trueno y el relámpago alcanzaba a ver el trote de los caballo y el rechinar de las carretas. Cuántos pensamientos dejados a la vera.  La vida va y viene, se llora, se ríe. Todo entra en el mismo paquete.

¿Cuantas pisadas

han arado el paisaje?

¿rumora el río?

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El olfato

Tengo la percepción de que la mujer tiene más desarrollado el olfato que el varón. Esto puede ser un cielo si lo que percibe  son gardenias;  pero podría ser un infierno …

 

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El padre

Su padre era para ella el ser más amado. » Conocí las costumbres y las fiestas de mi pueblo, gracias a mi padre, Ibamos de casa en casa cantando y en cada casa recibiamos afecto». 

Existen muertes esperadas e inesperadas. Su padre era una muerte anunciada. 

Para un corazón que ama, nunca hay muerte esperada. Jamás estaría preparada para recibir tal golpe y se llora más para dentro, que por afuera. Esa noche ella tuvo que decidir: » su padre esta muy grave, le estamos prolongando la vida a costa de hacerlo sufrir. Sí usted nos autoriza a desconectarle los equipos que lo mantienen, por favor, firme esta responsiva».

Firmó doliendole el alma, una hora después fallecía. Tal vez sea una de las decisiones que recordará por siempre.

Después del sepelio tendría que enfrentarse a otro dolor.

Renoir. autoretrato

Asesinato en navidad

Decidimos asesinarlo en una tarde vieja. La llovizna y el viento gélido hacían que nos juntáramos para protegernos de la inclemencia de un invierno atroz. Jaime sacó tres cigarros. Antonio media botella de ron que birló de la cantina de su papá. Yo: dos latas de cerveza y un refresco de cola. Eramos siete formando una rueda. Manuel encendió el cerillo curvando las palmas. Con señas nos invitó a que nos acercáramos para hacer arder los pitillos. A duras penas pude pasar el trago de ron y cuando aspiré el humo sentí ahogarme. Tosí escandalosamente. En la boca del callejón, nadie asomó las narices. Mis compinches rieron. Me llegaron de improviso, los frentes de los edificios con sus focos multicolores que al prenderse o apagarse parecían parvadas de pájaros que volaban de un lugar a otro. En la lejanía sonaban las campanas de navidad y el destello de papá Noel manejando el trineo.
Han pasado veinte años desde aquella cita y para mitigar el dolor de nuestra conciencia, vamos con nuestros hijos al parque central para que se tomen una foto con quién fue nuestra victima.

nueva york

El tiempo

El tiempo es el hombre de la lampara, que cuando entras a la oscuridad, te alumbra y dice: es el otro asiento, la función recién empezó. Disfrute de sus palomitas y se va.

hoj.