La muerte

La luz se filtraba por la pared de tarros y se atropellaba en la manta blanca que ellos usan. Acostado en un catre, se despedía de unos amigos. El olor de los enfermos graves, es evidente. La muerte se huele y yo no olfateaba eso. Lucía delgado, fibroso, recostado sobre una almohada. Lo saludé a su usanza: tocando la punta de los dedos y diciendo suavemente “Tlenn.” No sabía qué decirle y él fue quien rompió el silencio que colgaba como muro. Nunca antes lo había tratado. Me miró con limpieza y en claro castellano, me dijo:
—Voy a morirme. Todo lo tengo previsto. Mis hijos ya saben que les va a tocar a cada quien. Me iré limpio del corazón y de la conciencia, ya vino el padre Panchito y me confesé.
—No te vas a morir — le decía. Lo miraba sereno, su voz calmada más que precaria. ¿Cómo se va a morir? No veía signos atrevidos de enfermedad.
—Así, está dispuesto. Ya sé en qué lugar quedaré. Escogí estar en lo alto de la loma para que pueda mirar hacia mi casa.
El cementerio estaba en el cerro. Desde allí, su casa era visible. Era la única parte del paisaje que a mí me desagradaba.
—No te vas a morir, verás que mañana desayunamos juntos— y me despedí con respeto.
Nunca supe qué sucedió. El anciano habló de la muerte como si fuese parte de la vida, como decir mañana haré esto y lo otro. Cierto, murió en la madrugada, claro de conciencia, fibroso como una raíz y está enterrado en la loma, viendo su casa.

cmenterio

Los primeros cristianos

Antes de cumplir los cincuenta años Juan numeró las veces que la muerte había estado cerca de él. Se dijo en la oscuridad de su lecho “¿ estaré destinado a un fin grandioso ?”. Antes de morir tuvo un último hijo, cuya vida fue paralela a la de él y al igual que su padre, presentía que la vida le tenía reservada una gran proeza. Murió de vejez en su cama. El suceso se repitió en muchas generaciones. El último de ellos, Mario, no se cuestionaría tal evento, moriría en la cruz, en las afueras de la ciudad de Roma; pensando que su esfuerzo para la nueva religión “de amaos unos a los otros” había sido inútil.

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Encuentros y desencuentros

Los comerciantes del mercado local no abren muy de mañana, dicen ellos que no hay clientes. Los clientes refieren que ellos no van por la mañana, porque los locales se encuentran cerrados. Nada tan coincidente como el gato y el ratón, él felino tiene una arcada del tamaño exacto y él un cuerpo suave y esponjoso que se amolda.

gato.

 

Lotería

Por la tarde repican las campanas del pueblo. Hoy el sonido duele, es diferente; habrá una misa de cuerpo presente. Murió Gervacio. Compañero de todos.
Un abuelo se abre paso en la iglesia. Se acerca al féretro, dice en silencio: «me fallaste».
Después del sepelio se reúne el clan de la tercera edad. En el cuaderno tachan el nombre del finado y el ganador obtiene una respetable ganancia; ya se ofertan los números de la próxima lotería.

loteria

La mirada y la vergüenza

Vi su bastedad. Sobre un acantilado deslice la mirada hacia la playa, las olas mansas; nunca había estado cara a cara; asombra, enmudeces, abruma, empequeñeces ante tal inmensidad. A mi lado el graznido de la gaviota; me extasió ante la marcha de los delfines. Hay agua viva; abajo hay un cuerpo gigantesco que respira. 
Ya regresa el pescador, ya se mira el barco inmenso dragando el suelo en busca de cardúmenes.  
Se fueron los turistas con olas de recuerdo. Dejaron su placer y el desrespeto del lugar donde la vida nació.

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Eugene Boudin

La visita llegó del norte

Cuando pregunté por el Rondi, ella puso cara de “no me acuerdo”. Dije ¿cómo es posible que no te acuerdes de él, si te llevaba a todas partes, incluyendo a tu marido? “Ah el Rondi”, reaccionaste. “pues no sé nada de él”. Allí si te di la razón, pues a mí me pasa lo mismo, soy tan desmemoriado que algunas cosas se han ido de mi cabeza. Pero no puedo pensar que a ti se te haya olvidado. Tenía alrededor de treinta años, ágil, juvenil con sus rizos dorados que le caían sobre la frente. Alto, esbelto. Con una manera de caminar felina y al cruzar la pierna, dejaba que el pie se balanceara como si tuviese resorte. Era típico de él, como lo tuyo, que antes de que el pie dejara de moverse, revoloteabas en la cocina y desde allá le preguntabas. “qué se te antoja” ¡qué era lo que él pidiese, y que tú no intentaras complacerlo! Tu esposo sonreía satisfecho de que fueses tan buena anfitriona.
Latz y yo creímos que algo les había dado para tenerlos tan mareados. Sabíamos que había llegado del norte, pero nunca mencionaste cómo lo conociste y porqué todos los días llegaba a tu casa. Comían y cenaban con él. Todavía más, en algunas ocasiones, ya de noche nos despedíamos y él seguía la plática. ¿Habrá sido posible que te hayas olvidado de él? Antes del Rondi, los cuatro, Latz, yo y ustedes siempre hacíamos planes, el sábado o el domingo, que si vamos a la playa o vamos de compras. La verdad tuvimos viajes fantásticos, el río, el mar. La serenata del día de las madres. Todo funcionaba bien y por supuesto terminábamos en algunas ocasiones perdiendo la vertical por el alcohol, Pero recuerdo que tú, siempre fuiste ecuánime, al menos nunca te sobrepasaste. Tu esposo en ese entonces tampoco. Claro lo de tu esposo es aparte, en realidad tenía un carácter llevadero, pero cuando le brincaba el apellido a la cabeza, entonces era capaz de desbaratar cualquier fiesta y era mejor despedirse. ¿Habrá pasado lo mismo con el Rondi? no recuerdo, sólo sé de ese momento que fue tan especial para ti y que más parecías esposa del Rondi , que de tu marido. Por supuesto, Latz y yo secreteábamos y decíamos que el amor se te veía en todas partes. Te reconocíamos por tu nariz fuerte, ojos de gata, boca roja y gruesa. El busto grande y duro, caderas amplias y unas piernas largas y velludas. Sí, en aquel entonces, la mujer no se rasuraba como ahora lo hacen. ¿A poco tu esposo no se daba cuenta de que te veías enajenada? Pienso que no, porque él también miraba entusiasmado la amistad del nuevo amigo. Tenía tanta confianza en ambos, que cuando se iba a trabajar, el Rondi se quedaba contigo haciendo sobremesa. Claro, también pasaba con Latz, conmigo, que tu marido se ausentaba y despedíamos al gordo con bromas y él se iba contento de que tú te quedaras bien acompañada.
¡Cuántas fiestas tuvimos sin el Rondi! : en la playa, en casa, y aquella vez en la oscuridad total, sentí tus manos explorando y yo quieto, porque sabía que eras tú y luego tu boca cercana a mi pubis, bajé el zíper y sin ayudarte, hiciste el resto, fueron unos cuantos minutos, lo suficientes para saber de la presión y la humedad de tu boca. luego tu voz:” ya vete… él no tarda en llegar”. semanas después el que llegó fue el Rondi y ya no hubo miradas, ni manos inquietas. No supe más. Y ahora que te he visto y te he preguntado por él, dices que no sabes nada. Tal vez se te olvidó, pero a mí no… aún rescato con la imaginación tus labios gordos sobre mi piel brillosa, mis manos peinando tu testa.

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Noticias bíblicas

La penúltima plaga del diluvio  fue la de las moscas que desaparecieron por el frío intempestivo, otra sobrevino. Los conejos fornicaban a todo momento, varías camadas habían nacido. En un principio fueron mascotas de la familia de Noé; ahora se habían convertido en calamidad misma que fue eliminada por el encanto de las serpientes.

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Pisadas en el camposanto

Al mirar la tarde comprendí que no llegaría a la parada de autobús con la luz del día. El último paciente que visitaría vivía en el extremo opuesto. Estudiaba medicina y alguien me dijo: «vaya a Chacotla», por allá las reumas se dan como si las sembraran y le queda como a hora y media de la ciudad de México.
Chacotla podría haber estado cerca del mar; tiene tanto polvo apelmazado que daba la sensación de ir pisando la arena. La gente limita sus solares con plantas de nopal y de ese modo protegen sus bienes y aprovechan la dulzura de la tuna.
Al caminar por las calles parece que solo habita el silencio. Sus casas son de adobe con muros gruesos, ventanas pequeñas y una puerta. El frío, el polvo y su quehacer atan a los chocotlenses a ser serios y reservados.

Hay días en que el viento solo mueve los pirules y veo en la lejanía los volcanes coronados de nieve y al sol dorando las paredes de las casas; pero en un tris, el viento se agita y llega la tolvanera transformando la claridad en un manto gris. Así que la gente se encierra y en quietud trabajan.
A la hora de dormir, las gallinas buscan el acomodo para guarecerse del frío, de la zarigüeya y de la noche. Los mayores se quedan platicando y al rato, solo se escucha el ulular del viento y el ladrido de los perros.
Me agarró la noche. Para llegar rápido al entronque y a la carretera, tengo que cruzar el cementerio. Es un camino en diagonal que se reconoce aún en noches oscuras por la luz de las veladoras. No es que sea temeroso, pero el dinero adquirido servirá para que mi esposa embarazada compre víveres para una semana más. No le tengo miedo a los muertos, pero sí a los vivos.

Mis ojos no se despegan del camino y mis oídos van en alerta. En el centro del panteón percibo pequeños pasos que suenan detrás de los míos; venciendo mi temor doy la vuelta: hay una cortina oscura y el resplandor lejano de una veladora. Seguí caminando con prisa y la levedad de las pisadas también. Me paro y no las escucho. Apresuré más el paso. Mi corazón se rompe en el pecho, un frío recorre los vellos de los brazos, de la espalda y siento cómo rueda el sudor por mi cuello. A lo lejos se mira el farol solitario, donde tengo que esperar el autobús. Cuando comprendí que el reflejo era lo suficientemente intenso para distinguir, me di la vuelta y no vi nada; pero al bajar la mirada, me tranquilicé, había un perro de lunares negros que movía con indecisión la cola. Me reí de mi temor y de mi estupidez; después, sin saber porqué, me seguía riendo.
Recargada en el poste, una señora de chal negro me miró de reojo.
—Buenas noches —le dije.
—Buenas sean para usted.
— ¿No ha pasado el autobús?
—Creo que no. Ya tengo rato y no llega. Oiga…
—Sí
— ¿A poco se vino por el cementerio?
—Sí, ¿usted cree?
— ¿No tuvo miedo?
—Un poquito
Se quedó en silencio, como pensando y como si disparara me preguntó:
— ¿No le salió un perro?
Le iba a contestar, pero llegó el camión. Abordamos. La señora se acomodó cerca de la puerta. Intrigado por lo del perro, me acerqué y pregunté. Insistió en saber si me había encontrado un perro corriente y con manchas negras. Le dije que sí.
Se levantó de su asiento. Pidió que la dejaran en la siguiente parada, y sin preguntarle, se acercó al oído y me dijo: es que el perro anda en pena.
—Entonces ¿mataron al dueño del perro?
—No. El dueño salvó su vida y se fue. A quien mataron fue al perro. Bueno, eso dicen, creo que busca a su amo.

cmenterio

La luz de la vida

Eran noches aluzadas por los candiles. Adopté la costumbre de cargar una lámpara de mano. Estaba con el fresco nocturno, cuando escuché las buenas noches. Era un muchacho vestido de calzón blanco.
— Mi mujer se va a aliviar y ya le empezaron los dolores— me dijo.
— ¿Dónde es?
— Aquí lueguito, por donde bajan las avionetas.
Le pregunté sobre su mujer y deduje que todo parecía estar bien. Sin embargo, uno nunca sabe, así que preferí llevar todo el equipo. Fui en mi yegua. El clima era más fresco y las nubes desaparecieron dejando sin velos a la luna.
Llegamos rápido. La vivienda de tarros, con techo de palma, un cuarto y sin espacio para moverse. Era el tercer parto; el niño venía bien, pero la incomodidad desagradaba. Le dije al esposo que atendería fuera de la casa. Él aceptó, pues de esa manera los niños quedarían dentro y yo me podría mover a mis anchas alrededor de ella.
En un parto siempre hay mujeres, es una especie de solidaridad. ¡Jamás digo que se retiren! La mesa donde tienen el altar me la prestaron para que fuese la mesa de trabajo y la situamos a un lado de la vivienda, poco después el esposo traía una vara con horqueta, donde colgaría el frasco para hidratar a la madre. Rompí la bolsa de las aguas y diluí en el suero una medicina para acelerar el parto.
— Este niño sí viene con agua, el otro, vino seco; por eso nos costó tanto trabajo que naciera —comentó una de las parteras.
No dije nada, sólo pensé que esa era la razón del porqué me habían llamado. Nos quedamos en silencio.
Apagué la lámpara de mano y vi con claridad el óvalo de la cara, su brazo extendido descansaba sobre una tabla y el abdomen, resguardo de la vida, se alzaba bajo el cielo. Una mujer rezaba en totonaco, la otra le acariciaba una mano y el esposo pendiente.
Aquella escena no estaba en ningún libro de medicina. Era inusual: arriba se tocaba la luna naranja y matizaba de ámbar a la tierra y el vientre. La floración de las limonarias esparcía olores de jazmín. Aire que respiraría el recién nacido. Los murmullos del agua trotaban por los cuatro costados, pues la choza era abrazada por dos arroyuelos. La corriente parecía una procesión de sonidos al caer sobre los tejos, y arrancaba al barro su voz. Bajo las estrellas, la tierra era un diapasón. La matriz se abriría para ofrecer una semilla con capacidad de amar. El hechizo de traer al mundo a un ser que con infinitos atributos y convierta nuestra maldad en benevolencia. Jamás he atendido otro parto que le parezca. Tampoco supe más de ese niño que nació enredado con luna, agua y aroma de flores. Hoy lo entiendo: fue un obsequio que la vida me hizo, para recordarme el milagro de la vida.
paramos de santurban

La oveja negra

La vieja pretensión se hizo presente en su fiesta de cumpleaños. De tes blanca, de cabello color caoba que, al caminar, ondeaba con gracia. De trato amable, amada por sus dos hijos y su esposo. En el dormitorio, entre los susurros del acondicionador del aire, le llegó el anhelo de lo que en otras familias había mucho. Deseaba una oveja negra.
Aunque tenía confianza con su esposo, guardó el secreto. Poco a poco el deseo adquirió una cuenta de susurros que le cuchicheaban. Se vestía menos formal, dejó de asistir a las tertulias de su clase, para asistir a expresiones de ritmos afrocaribeños. Su esposo, fiel acompañante, se extrañaba de los cambios, pero los atribuyó a los vaivenes que las mujeres padecen.
Ella seguía siendo la mujer transparente, apasionada. El cónyuge estaba consciente de su transformación; lo realizaba con la naturalidad de haberlo hecho miles de veces. Así la amaba, el disfrute de ella, era también la de él y optó por guardar silencio.
Su piel blanca contrastaba con los tonos ciegos de sus vestidos amplios que le daban un bamboleo como lo hacen las cañas cuando las mueve la brisa.
Una madrugada llegó una ambulancia hasta su residencia. En el servicio de urgencia no dudaron en intervenirla. Su marido sorprendido, veía al lado de ella un vástago; ella, hinchada del corazón, acariciaba maternal a su oveja negra.
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oveja

Despertando

Soñé con el mar y con una mujer que corría en contra de la brisa que revolvía sus rizos. La blusa se esponjaba. su cuerpo tenía la humedad de garza en vuelo. Me llevo tan lejos que cuando mis manos rozaban su pelo de luna, se perdió en el murmullo monótono de las olas. En el patio la perra ladraba.

mujer en el mar

El messenger

Era osada, desafiaba circunstancias y capaz de esconder el dialogo que manteníamos si llegaba un intruso. Me hizo viajar por su ciudad, me guió entre los viejos edificios; en las sombras le daba algún pellizco y reía. Me mostró su casa, por si vienes, te diré cómo entrar. Rincones que solo ella conocía. Allí, como si fuese mono de plástico, me desinflaba y sonreía diciéndome: “no te muevas, te traeré de comer, debes estar hambriento”. Hoy rumié el recuerdo, el silencio duele, la plática quedó mocha, quieta, enterrada. Nunca más supe de ella, o quizá encontró otro animal de plástico más risueño que el mono.

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Un día en mi vida*

El mejor día que tuve, fue cuando una señora de mediana edad, me vio comprando víveres.
– ¡Doctor! volví la mirada y frente había una señora menor de cuarenta años, con una niña de diez o doce años a su lado.
– ¡Mira al doctor!, conócelo. -La niña me vio cómo preguntándose y… ¡éste qué! Con el respeto que la señora merece, no recordaba quién era ella, y mucho menos la niña.
-¡Qué esperas, ve y abrázalo! -La niña más por la orden, se acercó a mi y me dio un abrazo tímido. Que correspondí con igual efusividad. Seguramente la señora percibió en mi rostro, el rostro del olvido.
-¿Ya no se acuerda médico? solo moví la cabeza dándole la razón. Venía sola del rancho, ya era de noche y mi hija apenas si podía respirar y yo no se que le hizo, puso sus aparatos, le ayudaba con sus manos y no sé que inyectó, pero una hora después la cara de ella cambió y pude tomar el camión que me llevó a la comunidad. Desde entonces ya no se ha enfermado. La mujer de rostro cobrizo se acercó y me dio un beso en la mejilla, sentí la humedad de su cara y un gracias resonó en mi oído. Nunca la volví a ver.

 

cuadro de Navia

  • Hoy en México se celebra el día del médico.

El taxista

Tomé el taxi.Ordené que me llevara a tal lugar, antes de que cerrase.
-A dónde quiere ir hay manifestaciones.
-busque por algún sitio.
-Pasáremos por lugares complicados.
-Qué quiere decir.
-Peligrosos y putañeros.
Pasamos los peligrosos, nos internamos en una calle de tránsito y comercio.
-Aquí, si mira usted, los de aquella acera son mujeres, y los de la banqueta contraría son varones vestidos de mujeres, vea como mueve la bolsa cada quien, La mujer caderea y la bolsa sigue el compás. En la de los varones no sucede. Fíjese la cantidad de clientes que hay;  la que tienen ellos, está abarrotada, por la de ellas, transitan pocos clientes. ¿ Por qué será ? – se preguntó a sí mismo, me limite a levantar los hombros- Siguió hablando y se contestó.
Tal vez sea por que los mujercitos tengan las nalgas más duras
-¿Ud cree?
-Me lo dijeron unos clientes.

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