Domingos de plaza

Los domingos parecían ser calca uno de otro, uno de ellos era que el viejo Germán, sentado en su poltrona veía pasar a gente de diferentes oficios. Yo hacía lo mismo. Mi consultorio tenía una gran puerta que enfocaba bien la cara afilada del viejo cacique. A veces cansado de estar sentado daba un breve recorrido y salía a la banqueta. Era inmejorable ese lugar, un punto donde confluyen cuatro calles, por lo que era un verdadero pasadero tanto de gente de a pie, de mulas y caballos.
  • Sargento buen día.
  • – Buen día mi médico, cuando va a visitarme para jugar volibol.
  • Oiga sargento ese caballo no se lo conocía.
  • A la orden, lo acabo de comprar.
  • Se ve bien, el color es de un café con leche con manchas blancas y la que tiene en su cabeza, parece que le dibujaron una estrella
  • Por eso me gustó.
Sin sentir, pero a un lado ya teníamos a don Germán.
-Buen día sargento. Así que compró este pinto.
Si Don Germán, a la orden.
-Y si no es indiscreción en cuánto se lo dieron. Para cuando le preguntaba, ya el viejo, le veía los dientes al equino.
– ¿Qué le parece?
A qué mi sargento, bien dice el dicho que detrás de uno siempre habrá otro y sin despedirse fue de nuevo a sentarse a la mecedora, afilando la mirada.
-“Pinche viejo”  si no fuera por sus canas, le hubiese roto el hocico por hablador y con los puños cerrados enfiló hacia el cuartel.
caballo

Apuntes de un niño, el abuelo

Me llevaron mis padres a una casa desconocida, después supe que era la de un hermano de mi padre. Allí estaba un cuarto atiborrado de flores y en medio un ataúd. Dentro del cajón, que lo vi enorme, estaba un señor que nunca había visto. Mi padre me levantó con sus brazos.

-Éste es tu abuelo. -me dijo.

De tez blanca, nariz prominente. Supe que había salido de Líbano, llegó a Nueva York, de allí tomó otro barco y arribó al puerto de Tampico. Por tierra llegó a la ciudad de Monterrey, en tren se embarcó hacia la ciudad de México. Sus compatriotas le dieron mercancías y le orientaron a que se fuera a una ruta. Vendiendo telas iba de pueblo en pueblo hasta que se acercó a uno donde conocería a mi abuela paterna. Mi abuelo no sabía una letra de español, hoy en mi vejez, medito las dificultades que pasó para poder subsistir en una tierra extraña, con idioma y costumbres diferentes y lo peor con un pueblo próximo a una guerra civil como lo fue la Revolución Mexicana.

El amor no conoce idioma.

revolucion

La indecisión

Se levantaba el pantalón de mezclilla, recomponía su camisa de cuadros de manga larga, veía con estilo la hora de su reloj plateado y se perdía en aceras pobladas. Veía sin ver los aparadores y detenía sus ojos en la mujer que tuviese un abultado trasero. Aquella noche la encontró. Con discreción se adelantó para mirarla de reojo, era muy hermosa. Ella le miró con sus ojos brillantes.
En el instante en el que iba abordarla, se detiene paralizado.
—¿Le digo un piropo? ¿La saludo? ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Si le pregunto y me contesta? ¿Si deja que la acompañe y con suerte acepta? ¿Después, con qué dinero podría invitarle un café?
¿y… si había química de dónde sacaría para el hotel? ¡Eso sería tener buena suerte! bien sabe que está en un lugar de putas, y dirá que le has caído bien y te cobrará barato.
Cabizbajo regresó al departamento de su tía.

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Los predestinados

Poco antes de cumplir los cincuenta años, numeró las veces que la muerte había aleteado alrededor de él. Eran muchas, por lo que concluyó que estaba predestinado a un fin grandioso.
Antes de morir, tuvo un último hijo, cuya vida fue paralela a la de él y al igual que su padre, presentía que la vida le tenía reservada una gran proeza. Murió viejo.
El suceso se repitió en muchas generaciones. El último de ellos no se cuestionó ya que moriría en la cruz, en las afueras de Roma. Pensando que su esfuerzo para la nueva religión de amaos unos a los otros, había sido inútil.

crucifixiones

En la boca del lobo

Tomé mi tarjeta de crédito, la froté sobre el pantalón y la puse en la mesa. Prendí la televisión. Cuando vi el comercial de una aerolínea ofertando un descuento inusual, me alteré . Mi esposa dormía. Ella estaba enterada de que iría a la convención sobre ecosistemas que se efectuaría en una ciudad distante. No la desperté. Hice algunas llamadas por el teléfono móvil. La besé antes de despedirme y soñolienta me respondió. Salí a la calle con mi breve maleta. En el taxi me di cuenta que olvidé el celular y contradije la orden.
— ¡Lléveme al aeropuerto! por favor.
En tres horas de vuelo, estaba en aquella ciudad porteña. De mi agenda leí en voz alta la dirección para que la oyese el taxista. En treinta minutos me situé frente a su casa. Algunos faroles vetustos contemplaban la madrugada y el silencio se hincaba por el ruido de un motor en la lejanía.
La residencia la conocía como la palma de mi mano. Ella me la había descrito rincón por rincón. Inclusive sabía cómo entrar para acceder a la casa y después a su recámara. Me acostumbré a la oscuridad y reconocí sus detalles. Vi la escalera que conduce al sótano, bajé, abrí la puerta presionando la manija y recargandose. En instantes llegué a un pasillo y de allí al balcón de su recámara. «Antes de acostarme, respiro la noche y dejo la ventana entrecerrada»dijo alguna vez. Cuando abrí, agudice mis ojos y sonreí. Solo se veía el cuerpo de ella hecho bolita. Su esposo no estaba. Era viernes y había en una ciudad cercana la competencia del Sábalo. Dormía en una cama que parecía una gran estepa. Ingresé al baño, vi la tina y recordé la vez que ella me soñó dándome un baño con jabón de frutas. En silencio lavé con esponja el cuerpo y me tendí a su lado como una hoja que cayó al suelo.
Adormilada escondió su cara en mi cuello. Entreabrió los ojos y murmuró soñolienta «que rico hueles» y volvió a dormirse. Yo la abrazaba. Sentí que sus manos palpaban el vello de mi pecho y de repente se apartó.
— ¡Tú no eres mi marido! —dijo.
De un salto prendió la luz. Cuando me vio, creí que sus ojos se saldrían.
—¡Qué haces aquí!
A través de la bata de seda transparente se veía su cuerpo aceitunado y sus pechos protuberantes parecían rodar.
—Apaga la luz y recuéstate. —mencioné con delicadeza.
—¡Vete!, vete de aquí.
Tenía ansiedad en la cara y en el movimiento de sus ojos era inqieto.
—Mi marido no tardará en llegar.
—Él está en la pesca del Sábalo.
—No entró a la competición. Anoche llamó por teléfono y está por llegar.
—Pero entonces…
—No tenemos ni un minuto.
Me sentí disminuido. Pensé que el recibimiento sería otro. Con decepción empecé a vestirme y ella viendo mi estado de ánimo, suavizó.
—Perdona, pero no ha sido el mejor momento.
Me dio un beso leve en los labios. Aproveché para darle uno con pasión y llenarle su boca con mi lengua. Ese beso que transcurre, y de un beso , se pasa a otro y las manos aprietan voluntariosas el talle , la espalda, la nuca, y acarician las líneas exuberantes de la mujer. El tiempo se pierde, y vuelas.
Regresamos a la realidad cuando escuchamos en las escaleras los pasos de un varón. La parálisis nos enmudeció.
—Mamá, mamá, ya me voy.
Oí con alivio la voz de su hijo. Ella contestó amablemente, preguntándole si regresaría a comer.
—No me esperes mamá, tengo mucho trabajo.
Yo estaba vestido y tenía en el piso mi mochila de viaje. Con rapidez, le volví la cara, y la besé una vez más. Escuché los pasos que bajaban de la escalera, lo que me impidió percibir que otros subían. Después de un golpe seco de nudillos sobrevino el ruido de la perilla de la puerta. Lo que hice fue ocultarme debajo de la cama y ella nerviosa exclamó:
— ¡Jesús no te esperaba tan temprano! Ahora te abro.
Escuché como la densa humanidad se recostaba en la cama esteparia. Como un oso herido por el sueño se quedó dormido. Yo respiraba a sorbos. En ese tiempo me pregunté: ¡qué madres hacia yo allí, cuando debería de estar llegando a otra ciudad, para recoger las experiencias de mis colegas. Estaba a merced, pues de manera irresponsable me había ido a meter a una cueva que no me pertenecía. En el avión decía: ¡qué sorpresa se va a llevar!, ella desea conocerme, que se estremece cuando le hago susurrar las palabras en el monitor. Oí que se levantó y encaminó hacia el baño. El oso se despertó. Poco después escuchaba los azotes del colchón y los embates de un cuerpo. El ruido de la respiración acompañó al de la cama y luego los quejidos entrecortados. Temblaba, y mi respiración sufría , pues el polvo me ahogaba y sin poder contenerme estornudé. Para fortuna, coincidió con el orgasmo de ambos que ahogó mi estridencia. Después de un breve silencio volvieron a rodar y no pude evitar el entusiasmo cruel de mi entrepierna. Arriba los ronquidos de èl y abajo el golpe de mi corazón.
Vi los pies de ella dirigirse al baño. No cerró la puerta y hasta mí llegó el ruido del orín cayendo en el agua, luego el cajón de la cómoda al abrirse y supuse que se cambiaría de ropa interior. Sacó una sábana y pensé que la tendería sobre la cama esteparia, pero la mantuvo como si fuese una cortina. Me dió una patada. Me levanté y con la mirada me empujó hacia la salida. Cuando abrió la puerta, se topó con su hija que traía un jugo de naranja, apenas si tuvo tiempo de ocultarme. Ella le hizo una seña de que no hablara, porque su papá estaba dormido y le instó a que se fuese.
En ese momento el oso se dio la vuelta, quitándose a manotazos la sábana y entreabriendo los ojos la miró con el vaso en las manos y volvió a dormirse. Yo estaba oculto detrás de ella. Salimos del cuarto y me llevó hacia la escalera y pregunté
— ¿ Mi maleta?
Sus ojos se prendieron y regresó por el maletín. En ese momento escuché pasos que subían, imaginé que era de nuevo la hija y me refugié detrás de la puerta. Así que cuando ella salió, no me vio y se encontró con su hija que ya vestida llegaba para despedirse.
— ¿Me puedo despedir de papá?
— No, está muy dormido, llegó en la madrugada.
— Y ese equipaje?
—Es mío, solo que ya voy a desecharlo.
— Mejor déjamelo para mi excursión. Así ya no compro.
— Ya vete a la escuela, se te va a hacer tarde.
Escuché sus pisadas bajar con rapidez. Abrí la puerta.
—Qué bueno que no te vió mi hija. Ella no sabe nada de su madre.
Me hizo ir tras ella hacia el sótano, y cuando salíamos al patio, pasó una vecina.
— Buenos días señora Ofelia, ¿ya tan temprano?
Ella no pudo ocultarme.
—Pues aquí, con el señor, va a revisar el sótano y vino a hacerme un presupuesto.
Así que volvimos sobre nuestros pasos.
— Perdona.
Ella me miró con deseos de fulminarme y con voz firme dijo:
— Si con disculparte arreglase todo, pero mira, pasó la chismosa de la vecindad. Joder, en que problemas me has metido.
Ella se puso a llorar en silencio. No me contuve y la abracé; susurré: «perdóname», pero ella, de inmediato dejó de lagrimear y me quitó el brazo de su hombro, como si fuese un trapo fétido. Respiró profundo y me dio de nuevo la maleta.
— ¡Ahora sí lárgate! esa vieja ya se habrá ido.
Tomé el maletín, suspiré, moví la cabeza y hablé con fuerza:
-Disculpa mis pendejadas y espero que esto no tenga consecuencias.
Cabizbajo caminé hacia la puerta, casi salía, cuando me abrazó por la cintura y su mano se abrió en mi vientre y con voz melosa cantó detrás de mi nuca.
— ¿Te vas sin darme un besito?

velero

La flor y el verano

Sobre el tejado del portón, se ha desparramado  por todos lados la copa de oro. Dueña y señora. Se enjuta cuando el sol de agosto achicharra sus retoños, sin embargo, cuando la luna emerge, ella lame sus ardores y crece.  Hace  un mes  pusieron sobre su cielo  una espiral de púas con el objetivo de  parar a los maleantes que merodean la residencia. Ella que tiene miles de manos y maneras se propuso cubrir con sus hojas la cerca de alambre.  Días ardientes de verano quemaban su tejido, mas las noches alunadas lo protegían, después de un mes cubrió el metal y el sol de septiembre la veía erguida, fogosa de amarillo con hojas verde limón.

flores en cascada

Cabrón por oficio

Cara dura, sombrero fino, botas relucientes, cuerpo recio y de hablar sarcástico. Sesenta años bien vividos. En sus días de poder nada se hacía en el pueblo si él no lo autorizaba. Un día la familia partió a la capital, sus bienes y el poder poco a poco se fueron. Se quedó con la servidumbre en una construcción inmensa, vacía y un capital respetable. No fue difícil encontrar mujer, llegaron hijas, se hicieron mujeres y él seguía ejerciendo su rutina de los domingos. Sacaba temprano la mecedora, las puertas de la tienda se abrían y esperaba. La gente indígena de las comunidades serranas salía vender, a comprar y a saludar a los viejos amigos. Frente a él desfilaban quintales de café, cerdos, frijol, maíz. Conocía a todo mundo y al pasar lo saludaban con temor los más, otros se iban en silencio.
-¿Qué llevas en ese costal? El muchacho joven, se detuvo, bajando su carga al piso.
– Un guajolote que llevo al mercado a vender.
-¿Cuánto quieres?
-Cincuenta pesos.
-Se ve flaco. -Contestó con indiferencia.
– Está gordo, – dijo el indio.
-¿Qué te parece si mejor lo pesamos? Así ni tú, ni yo, lo que diga la pesa. Te compro a cinco pesos kilo.
Recordó las palabras de su mujer que le dijo que se diera prisa, que regresara pronto, necesitaba tela para pañales y que comprara para el niño un jarabe para la tos y la fiebre.
-Pésalo, -dijo entre dientes.
Ambos entraron a la tienda. Había una estantería de cedro, el mostrador ancho, recio, largo, muy largo. Se notaba el deterioro de los años por los rayones hechos en la tabla y el barniz carente de brillo.
-Pesa siete kilos a cinco pesos kilo, son 35 pesos. No le dio tiempo a contestar, cuando vio tenía el dinero en la mano y un topo de caña. Para que agarres fuerza, le aconsejó.

El indio no salía del asombro, habría jurado que pesaba el guajolote como diez kilos. “la bascula no se equivocan” se dijo y apuró la caña, en dos tragos.
-¿Quieres otra? Te la daré a mitad de lo que cuesta. Te sentirás mejor, al fin que una no es ninguna.
Cuatro horas después el dinero había regresado al bolsillo de Germán y el indio apenas pudo recargarse en la pared e irse deslizándose poco a poco hasta quedar sentado, y profundamente dormido.

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El hallazgo

Cuarenta años habían pasado cuando la encontró, tuvo una erección tan feroz que aceptó que retornaba a la adolescencia. 
«Eres lo que busco», dijo al oído, mientras la sujetaba de las caderas. El perfume de sus cabellos lo enloquecía; sus labios rodaban por su cuerpo..
Dentro, la barca del infarto desataba sus nudos.

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Dengue Chikungunya Zika

Se situaron abajo de la cama. Atacarían en la madrugada. El marido tiritaba de frío. El macho voló hacia los oídos, la hembra hacia los pies. Así, mientras el uno distraía con su chillido molesto, ella anestesiaba el dorso del pie para succionar la sangre. Salieron del dormitorio y a cincuenta metros encontraron al infante de dos años que dormía arrullado por la brisa suave del ventilador. Salieron y la hembra con los huevos fertilizados los depositó en el tronco de un árbol cargado de agua de lluvia. Regresaron a su helecho, satisfechos de haber perpetuado la especie.
«mañana habrá otra noche» dijeron los Aedes Aegypti.

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Un joven en casa ajena

Hacía caminatas para distraerse con la mente ida y toreando los carros por instinto. En su mente construía un circo de varias pistas y en cada una estaba el recuerdo de sus vivencias que se ejecutaban con luces intermitentes. Antes de las diez regresaba, la tía y las primas dormían. Con cuidado insertaba la llave en la cerradura y abría procurando el menor ruido. Caminaba sin prender la luz; al llegar a su recámara, respiraba aliviado.
En el departamento de la tía, los muebles, adornos lucían siempre en el mismo lugar. Dos veces al día eran aseados. El reloj de pared parecía soldado, el espejo simulaba un tercer ojo, y las lámparas sendas torres. En la noche para ir a mear, se levantaba en silencio y antes de salir del dormitorio, revisaba uno a uno los botones del pijama. Se desplazaba en la oscuridad, con temor. Siempre aseguraba la puerta del baño. Cuando el chorro grueso caía sobre el agua hacía un ruido mayúsculo. Al presionar la palanca del retrete hacía remolinos ruidosos y concluía con hipos violentos; entonces sonreía. A la media noche llegaba irrumpiendo cualquier estado una impresionante erección, a la que tenía que reprimir.

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¿Seré cuerda que desafina?

Soy hermana de Makiu. Una noche entraron a mi cama, qué es la misma donde duerme ella, un gorila, un gato y un fantasma.Brinqué del susto y grité tan fuerte que los tres salieron corriendo. Yo no sabia que formaban parte del sueño que tenía ella y que los tres llegaban a protegerla para que no tuviese pesadillas. Si lo hubiese sabido, me habría quedado callada y mis otras hermanas no se hubieran asustado por mi grito.
Ahora, ellas me miran con recelo. En la mañana cuando tengo que irme a la escuela, dicen:
camina con cuidado, fíjate al cruzar las esquinas, respeta los semáforos, siempre escoge calles transitadas, no te embobes con revistas, se recatada y juiciosa, nada de balancearse como una muelle en cada pierna y en cada cadera una flor.
No saben que siempre camino pegada a la pared y la que marcha de ese modo es la bella Makiu.

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Bien sabes qué fue

No fue la lluvia la que descubrió tus pezones, ni el sudor del cansancio por saltar de piedra en piedra. Tampoco el viento frío. A nadie le otorgues culpa. ¡bien sabes qué fue!

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Pronóstico

Tiene ochenta años. Desde que la conocí, hace cincuenta años ya estaba enferma, dice que cuando este sana con seguridad se muere.

ANCYANA

Metamorfosis

Abrió el libro, un enjambre de sílabas encimaron sus sentidos. Su corazón duro se hizo dulce y suave, empezó a latir; había terminado el tedio de los días.

picasso

Picasso

 

Dónde las arañas tejen

La pelota de fútbol hizo una parábola. El portero paralizado la siguió con la mirada. El esférico rebotó en una fina y resistente  malla tejida en el ángulo de la portería. La joven araña no reprimió un grito de alegría ante el jurado; había aprobado el examen final con honores.

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