Los domingos parecían ser calca uno de otro, uno de ellos era que el viejo Germán, sentado en su poltrona veía pasar a gente de diferentes oficios. Yo hacía lo mismo. Mi consultorio tenía una gran puerta que enfocaba bien la cara afilada del viejo cacique. A veces cansado de estar sentado daba un breve recorrido y salía a la banqueta. Era inmejorable ese lugar, un punto donde confluyen cuatro calles, por lo que era un verdadero pasadero tanto de gente de a pie, de mulas y caballos.
  • Sargento buen día.
  • – Buen día mi médico, cuando va a visitarme para jugar volibol.
  • Oiga sargento ese caballo no se lo conocía.
  • A la orden, lo acabo de comprar.
  • Se ve bien, el color es de un café con leche con manchas blancas y la que tiene en su cabeza, parece que le dibujaron una estrella
  • Por eso me gustó.
Sin sentir, pero a un lado ya teníamos a don Germán.
-Buen día sargento. Así que compró este pinto.
Si Don Germán, a la orden.
-Y si no es indiscreción en cuánto se lo dieron. Para cuando le preguntaba, ya el viejo, le veía los dientes al equino.
– ¿Qué le parece?
A qué mi sargento, bien dice el dicho que detrás de uno siempre habrá otro y sin despedirse fue de nuevo a sentarse a la mecedora, afilando la mirada.
-“Pinche viejo”  si no fuera por sus canas, le hubiese roto el hocico por hablador y con los puños cerrados enfiló hacia el cuartel.
caballo