Se situaron abajo de la cama. Atacarían en la madrugada. El marido tiritaba de frío. El macho voló hacia los oídos, la hembra hacia los pies. Así, mientras el uno distraía con su chillido molesto, ella anestesiaba el dorso del pie para succionar la sangre. Salieron del dormitorio y a cincuenta metros encontraron al infante de dos años que dormía arrullado por la brisa suave del ventilador. Salieron y la hembra con los huevos fertilizados los depositó en el tronco de un árbol cargado de agua de lluvia. Regresaron a su helecho, satisfechos de haber perpetuado la especie.
“mañana habrá otra noche” dijeron los Aedes Aegypti.

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