Se levantaba el pantalón de mezclilla, recomponía su camisa de cuadros de manga larga, veía con estilo la hora de su reloj plateado y se perdía en aceras pobladas. Veía sin ver los aparadores y detenía sus ojos en la mujer que tuviese un abultado trasero. Aquella noche la encontró. Con discreción se adelantó para mirarla de reojo, era muy hermosa. Ella le miró con sus ojos brillantes.
En el instante en el que iba abordarla, se detiene paralizado.
—¿Le digo un piropo? ¿La saludo? ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Si le pregunto y me contesta? ¿Si deja que la acompañe y con suerte acepta? ¿Después, con qué dinero podría invitarle un café?
¿y… si había química de dónde sacaría para el hotel? ¡Eso sería tener buena suerte! bien sabe que está en un lugar de putas, y dirá que le has caído bien y te cobrará barato.
Cabizbajo regresó al departamento de su tía.

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