Hacía caminatas para distraerse con la mente ida y toreando los carros por instinto. En su mente construía un circo de varias pistas y en cada una estaba el recuerdo de sus vivencias que se ejecutaban con luces intermitentes. Antes de las diez regresaba, la tía y las primas dormían. Con cuidado insertaba la llave en la cerradura y abría procurando el menor ruido. Caminaba sin prender la luz; al llegar a su recámara, respiraba aliviado.
En el departamento de la tía, los muebles, adornos lucían siempre en el mismo lugar. Dos veces al día eran aseados. El reloj de pared parecía soldado, el espejo simulaba un tercer ojo, y las lámparas sendas torres. En la noche para ir a mear, se levantaba en silencio y antes de salir del dormitorio, revisaba uno a uno los botones del pijama. Se desplazaba en la oscuridad, con temor. Siempre aseguraba la puerta del baño. Cuando el chorro grueso caía sobre el agua hacía un ruido mayúsculo. Al presionar la palanca del retrete hacía remolinos ruidosos y concluía con hipos violentos; entonces sonreía. A la media noche llegaba irrumpiendo cualquier estado una impresionante erección, a la que tenía que reprimir.

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