Era osada, desafiaba circunstancias y capaz de esconder el dialogo que manteníamos si llegaba un intruso. Me hizo viajar por su ciudad, me guió entre los viejos edificios; en las sombras le daba algún pellizco y reía. Me mostró su casa, por si vienes, te diré cómo entrar. Rincones que solo ella conocía. Allí, como si fuese mono de plástico, me desinflaba y sonreía diciéndome: “no te muevas, te traeré de comer, debes estar hambriento”. Hoy rumié el recuerdo, el silencio duele, la plática quedó mocha, quieta, enterrada. Nunca más supe de ella, o quizá encontró otro animal de plástico más risueño que el mono.

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