Eran noches aluzadas por los candiles. Adopté la costumbre de cargar una lámpara de mano. Estaba con el fresco nocturno, cuando escuché las buenas noches. Era un muchacho vestido de calzón blanco.
— Mi mujer se va a aliviar y ya le empezaron los dolores— me dijo.
— ¿Dónde es?
— Aquí lueguito, por donde bajan las avionetas.
Le pregunté sobre su mujer y deduje que todo parecía estar bien. Sin embargo, uno nunca sabe, así que preferí llevar todo el equipo. Fui en mi yegua. El clima era más fresco y las nubes desaparecieron dejando sin velos a la luna.
Llegamos rápido. La vivienda de tarros, con techo de palma, un cuarto y sin espacio para moverse. Era el tercer parto; el niño venía bien, pero la incomodidad desagradaba. Le dije al esposo que atendería fuera de la casa. Él aceptó, pues de esa manera los niños quedarían dentro y yo me podría mover a mis anchas alrededor de ella.
En un parto siempre hay mujeres, es una especie de solidaridad. ¡Jamás digo que se retiren! La mesa donde tienen el altar me la prestaron para que fuese la mesa de trabajo y la situamos a un lado de la vivienda, poco después el esposo traía una vara con horqueta, donde colgaría el frasco para hidratar a la madre. Rompí la bolsa de las aguas y diluí en el suero una medicina para acelerar el parto.
— Este niño sí viene con agua, el otro, vino seco; por eso nos costó tanto trabajo que naciera —comentó una de las parteras.
No dije nada, sólo pensé que esa era la razón del porqué me habían llamado. Nos quedamos en silencio.
Apagué la lámpara de mano y vi con claridad el óvalo de la cara, su brazo extendido descansaba sobre una tabla y el abdomen, resguardo de la vida, se alzaba bajo el cielo. Una mujer rezaba en totonaco, la otra le acariciaba una mano y el esposo pendiente.
Aquella escena no estaba en ningún libro de medicina. Era inusual: arriba se tocaba la luna naranja y matizaba de ámbar a la tierra y el vientre. La floración de las limonarias esparcía olores de jazmín. Aire que respiraría el recién nacido. Los murmullos del agua trotaban por los cuatro costados, pues la choza era abrazada por dos arroyuelos. La corriente parecía una procesión de sonidos al caer sobre los tejos, y arrancaba al barro su voz. Bajo las estrellas, la tierra era un diapasón. La matriz se abriría para ofrecer una semilla con capacidad de amar. El hechizo de traer al mundo a un ser que con infinitos atributos y convierta nuestra maldad en benevolencia. Jamás he atendido otro parto que le parezca. Tampoco supe más de ese niño que nació enredado con luna, agua y aroma de flores. Hoy lo entiendo: fue un obsequio que la vida me hizo, para recordarme el milagro de la vida.
paramos de santurban