Desolación

Los cascos de la yegua resonaron con eco en el empedrado del pueblo. Parecía que sus habitantes dormían la siesta. Observé señales de un pasado afortunado: construcciones sólidas, cuyas ventanas armadas de cedro, decoloradas por el tiempo, aún mantenían el vidrio cenizo y astillado. La opulencia de sus años pródigos se negaba a desaparecer. La maleza crecía en los jardines, las enredaderas trepadoras indomables subían por las paredes de piedra. En los tejados, como tordos centinelas, se balanceaba uno que otro helecho. Las puertas cerradas. La iglesia mantenía su majestuosidad. El lugar fue paso obligado de los arrieros, centro comercial de la vainilla. Cuando los precios internacionales bajaron, llegó la penuria. Los pudientes se alzaron de hombros, se llevaron su dinero, dejaron sus casas y se fueron a la capital. La gente que se quedó fue por amor al terruño, vejez, enfermedad; los hombres huyen, unos porque tienen fuga en la sangre y la mayoría para no morir de hambre.

desolación

La consulta

El frío del altiplano se colaba en la sala de urgencias ginecológicas del hospital. Un fino sudor brotaba de la nariz afilada que hacía resaltar sus ojeras. El cabello oscuro y crespo tenía gotas de agua que al combinar con la luz mercurial, parecía centellear. La lividez de su cara se acentuaba cada vez que se intensificaba el dolor. Eran las tres de la mañana.
 Mi compañero de guardia, arropado con una manta, dormía profundamente. Los cubículos separados por cortinas de plástico daban al espacio olores del yodo, de mercurio y tufo de sangre.
Nos conocimos en la Cruz Roja. Un domingo la invité a salir a caminar por el parque y disfrutamos de un fin de semana diferente. De regreso en el autobús, recostó su mejilla. La abracé. Mi boca reconoció el contorno de sus labios. Eso fue, no pasó de ahí. Nos dejamos de ver y ahora ella se encontraba frente a mí, en un cubículo que olía a desinfectante.
— ¿Eres el único médico aquí?
—Sí.
— ¿No hay nadie más que tú?
—No a esta hora.
—Debe de haber otro médico.
—¡Claro que sí!, los médicos jefes se encuentran en el área de descanso. Mi compañero de guardia aprovecha para reposar y si tengo suerte en una hora me tocará a mí. ¿Por qué no te quieres atender conmigo?
—Me da vergüenza.
— ¿Vergüenza? ¿Por qué?
—Tú sabes… no puedo contártelo, por lo que pasó entre nosotros.
—Por eso deberías tenerme confianza. ¿Quién mejor que yo para darte atención?
Poco a poco se fue relajando y platicándome de su enfermedad. Más resignada que conforme, aceptó la asistencia de la enfermera quien la llevó al privado y la ayudó a despojarse de su ropa interior. Ya situada en la mesa pude explorarla.
Mientras me quitaba el guante, pensé en la relación que tuve con ella y en la que recién había terminado. Era la misma persona, pero los momentos eran tan opuestos ¡Qué lejos estaba la penumbra del camión! Su respiración resbalaba del oído a mi nuca produciéndome una excitación que trasponía fronteras y nos llevó a recovecos de placer. No recuerdo qué nos detuvo, y nos despedimos con un abrazo estrecho.
En cambio, en esta madrugada, mis manos se detuvieron en cada parte de su anatomía buscando la causa del sangrado; había que contener la hemorragia. Me comuniqué con el jefe de la guardia quien estuvo de acuerdo con el diagnóstico. La llevarían a quirófano.
Por un momento, quedamos solos, miró con ojos lejanos. Me dio un abrazo débil y un beso en la boca, escondió su cara en mi hombro y sentí la humedad de sus lágrimas resbalando por mí cuello.
—Por si no te vuelvo a ver —me susurró al oído.

URGENCIAS

Un mudo contento

Me ganaba el diario de la vida haciendo mandados. Naci con pocas gracias y mudo. La gente pregunta por qué no puedo hablar, si tengo una lengua tan larga que puedo tocarme la nariz. Desarrollé a falta de sonido la capacidad de comunicarme con mis manos y me hago entender. Por la mañana voy a los lavaderos comunales del pueblo y las señoras me saludan con afecto. Saben que cuentan conmigo.
—Toma agua de mango que traje.
—Hay enchiladas de mole con huevo.
Ser mudo no es el infierno, sobre todo si sabes manejar una lengua larga.

lavaderos--

El hombre-parafraseando una idea de Borges

Antes de cerrar la puerta, su hijo le lanzó un beso chasqueando la lengua. Rosa entrecerró los ojos y vio nítida la imagen de su esposo que hace dieciocho años partió a un viaje de negocios. Lo recuerda con el ceño fruncido, la ceja levantada y aquella sonrisa indefinible. No era extraño que él se ausentara algunos días. había sido una semana fría, lluviosa cuando se le vio por última vez. Vivían en un condominio donde los edificios parecían idénticos.
Lo define como buen compañero, sin embargo, eran evidentes sus ausencias que tenía que golpearlo para volverlo a la realidad. Lo sueña en ocasiones. Ella piensa que lo mataron, tal vez por robarle, tal vez… Había ordenado vestido, y al ir bajando la escalera, se preguntó: ¿qué tanto me amará mi mujer?, sería bueno saberlo. En vez de irse a la estación, se dio a buscar un cuarto de renta. Lo encontró y se quedó a vivir. En unos minutos estaba relativamente cerca de su casa, y podría decirse que era vecino de sí mismo. No salió durante un mes. Su barba creció. Compró ropa holgada de colores oscuros y un sombrero que abarcaba hasta sus ojos. Meses después vigilaba el edificio donde vivía su familia. La seguía cuando iba a comprar la comisaría. Oculto, podía observar su mirada sin brillo y el rostro adelgazado. Pasó el tiempo, la esposa siempre sola, y con una rectitud ejemplar. Cierta vez coincidieron en algún puesto del mercado y escuchó alguna conversación con la verdulera. Su voz era suave, susurrante, parecía hablar consigo misma. Recién casados su voz comunicaba viveza, alegría.
Casi por cumplir los veinte se dio cuenta que Rosa era íntegra; ahora estaba seguro de que no lo reconocería e intentaría enamorarla. Procuró coincidir con ella, logró sacarle algunos monosílabos, y hasta pudo entablar una charla en la soledad de un parque arbolado, donde sin rodeos le habló como la primera vez. Su compañera apretó sus manos, supo que una cicatriz se había roto. Aquellos ojos tristes volvieron a prenderse, se llenó de una fina lluvia. Sobrevino un relámpago, sintió que tenía algo mágico en aquel varón y al verlo con los labios entreabiertos lo tomó de la mejilla y lo besó con descaro. Reconoció el sabor del hombre que se ausentó y dio gracias a Dios por habérselo regresado. Él se retiró ofuscado, perdiéndose en los vericuetos de la gran ciudad y nunca más volvió a verla.

valentin serov

Oficio

Me conmueve el asma de la hormiga, que carga cien veces su peso. El chapoteo del agua que hacen las lavanderas que tallan desde niñas con sus manos heridas de vejez  más ropa , que las tiene una boutique.

Cortometraje de lupita

Lavando la conciencia

La beata sale del curato, percibe que el cabello se le ha destrensado, lleva bajo el vestido
la acalorada discusión de los pezones y reza los cien padres nuestros que el cura le impuso para purificar su conciencia.

iglesia.

La prueba*

Ella estaba en un rincón de la sala orquestando sus manos largas que más que ganchos parecían batutas. Él fumaba y tamborileaba pensamientos; nada le parecía relevante. Intentaba recordar, pero las evocaciones pasaban veloces y livianas.
— ¿Qué haces?
—Tejo.
— ¿Es una corbata?
Ella ignoró el sentido irónico y siguió con la labor.
—Sólo practico un punto que resista cualquier embate.
Él salió dando un portazo. Respiró hondo; la fina lluvia
rápidamente lo perló.
— ¡Tu gabardina! —le gritó.
—Eres divina, estás en todo.
—Sólo te cuido— Le dijo paciente.
Se internó por las callejuelas del barrio. La luz mortecina dejaba ver los grafitis y bajo el dintel de un viejo portón, a un ciego que cantaba acompañado por un bote de lata. Entró en el bar, pidió un tequila, después otro. La luz traspasaba indiferente las capas de humo que salían de la boca de los escasos parroquianos. Un saxofonista resoplaba el instrumento. No aguanto más y pidió la cuenta.
Por la mañana, su esposa lo encontró colgado con el lienzo que ella había tejido. Dijo para sí: “El punto no es tan bueno, tendré que ajustarlo”, y empezó a vestirse de negro.

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Diego Rivera

 

  • Una mini que fue elegida por uno de los diarios de circulación nacional  «La jornada»

Páginas sueltas

Aquel sótano olía a vejez. Había largas mesas y encima libros de segunda. Llegaron unas hojas sueltas y leí. Hablaba de amor.
“… pasamos tiempo platicando sin cansancio. Fue tal nuestro afecto que, si no aparecías en la red, me preguntaba: ¿le habrá pasado algo? Nos permitió conocernos a fondo. Un día me invitaste a tu casa. Me instalé en tu hogar, conviviendo con la familia. Nuestras vidas se hicieron reales. Caminamos por las calles, fuimos a reuniones sociales, por la noche alargábamos el tiempo. En la mañana hacíamos el desayuno, como dos conocidos de años. Meses después llegaste a mi ciudad. Dejé todo por estar a tu lado. Nos unimos sobre la ceiba, el mar y la sabana. Dejamos de ser dos.
Hoy no estás, y tú evitas cualquier roce que te haga recordar lo que vivimos. Callo. comprendo que nada bien nos hace seguir montados en un viento que no existe, sin embargo, tu recuerdo vive en soledad. Cuando nos veamos sonreiré por el gusto de verte nuevamente. Aunque dentro…”
Con insistencia rebusqué en el tiradero el completo de aquellas memorias. No lo encontré. Decepcionado salí del local. ¡Ah el parque!, ¡los árboles! Y sobre la parte más frondosa, una mujer de botas, pantalones y pequeños aretes colisionó conmigo. Ella ruborizada, se disculpó y siguió su carrera. La vi perderse entre el gentío. Tocaban las campanas llamando a misa.

mujer en paris

Cotidianas

Se fue la lluvia. Todavía La hoja se mueve en la copa del naranjo. Los azahares de un blanco se macularon a un amarillo pálido. Algunos yacen en el barro. La perra dormita enroscada, a veces, abre su ojo y gruñe. El cielo tiene aislados borrones. Este lunes, como todos los lunes, las gallinas no ponen. El obrero salió temprano a trabajar con la compañía que jode a los diablos del subsuelo. El faro petrolero es un gigante de fierro, el fuego del quemador en la claridad parece una fogata; la luz del sol promete arrebato. La florecita del jardín ya se despertó. Camino ligero y silbo. Por La tarde el bochorno será insoportable. Habrá una siesta inevitable.

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Las locuras del amor

—¡Tienes que estar loco para pensar así! ¿Cómo se te ocurre decirle a esa muchacha que la quieres y, que te vas a casar con ella? ¡Pues qué! ¿Tienes la cabeza en las patas? ¿Con qué la vas a mantener? ¿Dónde vas a vivir? No tienes ahorrado nada, ¡ni para comprarte un par de calzones! Me dices que ella te dijo que sí. ¡Pero si la pobre está que se troza de flaca! No creo que pueda llevar una casa, ¡te lo juro! Antes de que pase una semana huye de ti. Nada más que te vea tirado en la cama, soñando en no sé cuántas cosas, se irá. ¿Qué me dices? — y lo miró fijamente.
—Nada, ya está decidido.
— ¿Decidido qué?
—Que nos vamos a casar.
—Y los papás de ella, ¿ya lo saben?
—En este momento debe de estar diciéndoles.
— ¡Por favor! ¡Vuelve en ti!
Se escuchan pasos por el corredor, tocan a la puerta; la madre, abre bruscamente. El matrimonio da las buenas tardes, y detrás, viene la hija, tan delgada como su sombra. Jorge, el padre de ella, se dirige directamente a la madre.
—Señora Josefa, perdone usted que venga a interrumpir sus quehaceres, el asunto que nos trae por aquí es delicado. Nuestra hija nos acaba de decir que se quiere casar con su hijo, Virgilio. Ya su mamá y yo le hemos hecho ver que su hijo no puede ofrecerle nada y, a pesar de todo, ella insiste.
—Lo mismo le he dicho a mi muchacho, ¡pero no hace caso! Está necio.
—Por eso venimos y ¡qué bueno que usted piensa igual que nosotros! ¡A ver si entran en razón! ¡Y que entiendan que la vida no es un instante!
Los muchachos, a pasos cortos, fueron acercándose uno al otro y, mientras los padres discutían los avatares de una vida en pareja, ellos buscaron la sombra del patio, cuchicheaban y se reían.
Cuando los buscaron iban rumbo a otro pueblo.

* Fue la base de un cortometraje que dirigí con la asesoría del cineasta multipremiado Ricardo Benet, obtuvo algunas menciones por sudamérica y españa. La institución que lo produjo no ha permitido que se vea en la plataformas. Solamente hay un avance.

 

Destino

Los colores del sapo fulgían. Salía de su escondite cuando fue atrapado.
Ramona, moza regordeta y soñadora percibía el temblor en la palma de sus manos.
—¡Eres el sapo más hermoso que he visto! como brillas. ¡Qué ojos tan vivos!, tienes olor a vainilla. ¿Serás un príncipe?
— Croac croac.
Lo besó una, dos y tres veces, quedando prendada del olor, lo recorrió con su lengua. El batracio sintiéndose asfixiado buscaba escapar y ella al abrir la boca, lo tragó.
El batracio no se transformó en un príncipe. Aterrado, da un salto inmenso para salir de la pesadilla y caé en las fauces de una serpiente que bostezaba soñolienta.

sapo de colores

 

 

La muerte

   Antes morías en tu casa rodeado de tus familiares. Ahora mueres entre sonidos de ambulancia, luces intensas y batas blancas. Antes los viejos tenían la alegría de mirar el paisaje y sus recuerdos. Ahora los achaques lo platicas con otros ancianos en el asilo. No hay tiempo. todos los hijos están insertos en el pan de cada día. Hemos cambiado. Les decía a los alumnos: ” Los bebes de ahora desde los tres meses están guardados, porque papá y mamá trabajan. Que no les extrañe que estos bebes, el día de mañana estén firmando el convenio para que los padres sean enviados al asilo. ¿Será una reacción a lo que ellos sufrieron cuando eran bebes?.

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Tardes de lluvia

Camino con indiferencia. ¿Llueve o es un sereno? la tarde gris. Tengo cientos de gotas en mi cabeza y algunos hilos de agua corren por la mejilla. Recuerdo. Tu cabello abundante, suelto, que se mueve al vaivén del viento. Me acerco, el aroma se esparce y vuelan saliendo de tus risos sabores de hierba y manzanilla. El día que te diría las emociones que me causabas, no llegaste. Han pasado muchos años y de vez en cuando la tarde gris, lluviosa se convierte en añoranza. No puedo reprimir un suspiro y la pregunta de ¿cómo estarás?
Tarde de lluvia
de recuerdos añejos;
que me perturban.

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Velatorio tres

Oía lejanos los rezos como si estuviese escuchando el eco de una cascada. El aroma de flores difuntas venía en un blanco y negro que me recordaban acostado en el silencio de mi recámara. Enfrente estaba el dormitorio de las niñas, diferentes la una de la otra, eran acompañadas de sus hijos. Los amigos de tantos años se saludaban o bien se tomaban el café.
Vi con alegría a compañeros que cualquier día era motivo de festejo. Uno de ellos que sin vencer los vicios llegó a la tercera edad con la dignidad de un vegetariano. Te das cuenta de tu vejez, porque al caminar por el pasillo, te abrazan hombres maduros, esposa al lado y luciendo canas entreveradas en su melena.
En la sala vecina se escuchan los gimoteos de una mujer, por su intensidad podría inferir que es una viuda. Palabra que me lleva a recordar a mi maestro de anatomía, que decía que el golpe sobre el codo se hace sobre el nervio cubital, se le menciona como «Dolor de viuda» ya que es muy intenso, pero de corta duración.

viuda