Oficio

Me conmueve el asma de la hormiga, que carga cien veces su peso. El chapoteo del agua que hacen las lavanderas que tallan desde niñas con sus manos heridas de vejez  más ropa , que las tiene una boutique.

Cortometraje de lupita

Lavando la conciencia

La beata sale del curato, percibe que el cabello se le ha destrensado, lleva bajo el vestido
la acalorada discusión de los pezones y reza los cien padres nuestros que el cura le impuso para purificar su conciencia.

iglesia.

La prueba*

Ella estaba en un rincón de la sala orquestando sus manos largas que más que ganchos parecían batutas. Él fumaba y tamborileaba pensamientos; nada le parecía relevante. Intentaba recordar, pero las evocaciones pasaban veloces y livianas.
— ¿Qué haces?
—Tejo.
— ¿Es una corbata?
Ella ignoró el sentido irónico y siguió con la labor.
—Sólo practico un punto que resista cualquier embate.
Él salió dando un portazo. Respiró hondo; la fina lluvia
rápidamente lo perló.
— ¡Tu gabardina! —le gritó.
—Eres divina, estás en todo.
—Sólo te cuido— Le dijo paciente.
Se internó por las callejuelas del barrio. La luz mortecina dejaba ver los grafitis y bajo el dintel de un viejo portón, a un ciego que cantaba acompañado por un bote de lata. Entró en el bar, pidió un tequila, después otro. La luz traspasaba indiferente las capas de humo que salían de la boca de los escasos parroquianos. Un saxofonista resoplaba el instrumento. No aguanto más y pidió la cuenta.
Por la mañana, su esposa lo encontró colgado con el lienzo que ella había tejido. Dijo para sí: “El punto no es tan bueno, tendré que ajustarlo”, y empezó a vestirse de negro.

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Diego Rivera

 

  • Una mini que fue elegida por uno de los diarios de circulación nacional  «La jornada»

Páginas sueltas

Aquel sótano olía a vejez. Había largas mesas y encima libros de segunda. Llegaron unas hojas sueltas y leí. Hablaba de amor.
“… pasamos tiempo platicando sin cansancio. Fue tal nuestro afecto que, si no aparecías en la red, me preguntaba: ¿le habrá pasado algo? Nos permitió conocernos a fondo. Un día me invitaste a tu casa. Me instalé en tu hogar, conviviendo con la familia. Nuestras vidas se hicieron reales. Caminamos por las calles, fuimos a reuniones sociales, por la noche alargábamos el tiempo. En la mañana hacíamos el desayuno, como dos conocidos de años. Meses después llegaste a mi ciudad. Dejé todo por estar a tu lado. Nos unimos sobre la ceiba, el mar y la sabana. Dejamos de ser dos.
Hoy no estás, y tú evitas cualquier roce que te haga recordar lo que vivimos. Callo. comprendo que nada bien nos hace seguir montados en un viento que no existe, sin embargo, tu recuerdo vive en soledad. Cuando nos veamos sonreiré por el gusto de verte nuevamente. Aunque dentro…”
Con insistencia rebusqué en el tiradero el completo de aquellas memorias. No lo encontré. Decepcionado salí del local. ¡Ah el parque!, ¡los árboles! Y sobre la parte más frondosa, una mujer de botas, pantalones y pequeños aretes colisionó conmigo. Ella ruborizada, se disculpó y siguió su carrera. La vi perderse entre el gentío. Tocaban las campanas llamando a misa.

mujer en paris

Cotidianas

Se fue la lluvia. Todavía La hoja se mueve en la copa del naranjo. Los azahares de un blanco se macularon a un amarillo pálido. Algunos yacen en el barro. La perra dormita enroscada, a veces, abre su ojo y gruñe. El cielo tiene aislados borrones. Este lunes, como todos los lunes, las gallinas no ponen. El obrero salió temprano a trabajar con la compañía que jode a los diablos del subsuelo. El faro petrolero es un gigante de fierro, el fuego del quemador en la claridad parece una fogata; la luz del sol promete arrebato. La florecita del jardín ya se despertó. Camino ligero y silbo. Por La tarde el bochorno será insoportable. Habrá una siesta inevitable.

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Las locuras del amor

—¡Tienes que estar loco para pensar así! ¿Cómo se te ocurre decirle a esa muchacha que la quieres y, que te vas a casar con ella? ¡Pues qué! ¿Tienes la cabeza en las patas? ¿Con qué la vas a mantener? ¿Dónde vas a vivir? No tienes ahorrado nada, ¡ni para comprarte un par de calzones! Me dices que ella te dijo que sí. ¡Pero si la pobre está que se troza de flaca! No creo que pueda llevar una casa, ¡te lo juro! Antes de que pase una semana huye de ti. Nada más que te vea tirado en la cama, soñando en no sé cuántas cosas, se irá. ¿Qué me dices? — y lo miró fijamente.
—Nada, ya está decidido.
— ¿Decidido qué?
—Que nos vamos a casar.
—Y los papás de ella, ¿ya lo saben?
—En este momento debe de estar diciéndoles.
— ¡Por favor! ¡Vuelve en ti!
Se escuchan pasos por el corredor, tocan a la puerta; la madre, abre bruscamente. El matrimonio da las buenas tardes, y detrás, viene la hija, tan delgada como su sombra. Jorge, el padre de ella, se dirige directamente a la madre.
—Señora Josefa, perdone usted que venga a interrumpir sus quehaceres, el asunto que nos trae por aquí es delicado. Nuestra hija nos acaba de decir que se quiere casar con su hijo, Virgilio. Ya su mamá y yo le hemos hecho ver que su hijo no puede ofrecerle nada y, a pesar de todo, ella insiste.
—Lo mismo le he dicho a mi muchacho, ¡pero no hace caso! Está necio.
—Por eso venimos y ¡qué bueno que usted piensa igual que nosotros! ¡A ver si entran en razón! ¡Y que entiendan que la vida no es un instante!
Los muchachos, a pasos cortos, fueron acercándose uno al otro y, mientras los padres discutían los avatares de una vida en pareja, ellos buscaron la sombra del patio, cuchicheaban y se reían.
Cuando los buscaron iban rumbo a otro pueblo.

* Fue la base de un cortometraje que dirigí con la asesoría del cineasta multipremiado Ricardo Benet, obtuvo algunas menciones por sudamérica y españa. La institución que lo produjo no ha permitido que se vea en la plataformas. Solamente hay un avance.

 

Destino

Los colores del sapo fulgían. Salía de su escondite cuando fue atrapado.
Ramona, moza regordeta y soñadora percibía el temblor en la palma de sus manos.
—¡Eres el sapo más hermoso que he visto! como brillas. ¡Qué ojos tan vivos!, tienes olor a vainilla. ¿Serás un príncipe?
— Croac croac.
Lo besó una, dos y tres veces, quedando prendada del olor, lo recorrió con su lengua. El batracio sintiéndose asfixiado buscaba escapar y ella al abrir la boca, lo tragó.
El batracio no se transformó en un príncipe. Aterrado, da un salto inmenso para salir de la pesadilla y caé en las fauces de una serpiente que bostezaba soñolienta.

sapo de colores

 

 

La muerte

   Antes morías en tu casa rodeado de tus familiares. Ahora mueres entre sonidos de ambulancia, luces intensas y batas blancas. Antes los viejos tenían la alegría de mirar el paisaje y sus recuerdos. Ahora los achaques lo platicas con otros ancianos en el asilo. No hay tiempo. todos los hijos están insertos en el pan de cada día. Hemos cambiado. Les decía a los alumnos: ” Los bebes de ahora desde los tres meses están guardados, porque papá y mamá trabajan. Que no les extrañe que estos bebes, el día de mañana estén firmando el convenio para que los padres sean enviados al asilo. ¿Será una reacción a lo que ellos sufrieron cuando eran bebes?.

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Tardes de lluvia

Camino con indiferencia. ¿Llueve o es un sereno? la tarde gris. Tengo cientos de gotas en mi cabeza y algunos hilos de agua corren por la mejilla. Recuerdo. Tu cabello abundante, suelto, que se mueve al vaivén del viento. Me acerco, el aroma se esparce y vuelan saliendo de tus risos sabores de hierba y manzanilla. El día que te diría las emociones que me causabas, no llegaste. Han pasado muchos años y de vez en cuando la tarde gris, lluviosa se convierte en añoranza. No puedo reprimir un suspiro y la pregunta de ¿cómo estarás?
Tarde de lluvia
de recuerdos añejos;
que me perturban.

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Velatorio tres

Oía lejanos los rezos como si estuviese escuchando el eco de una cascada. El aroma de flores difuntas venía en un blanco y negro que me recordaban acostado en el silencio de mi recámara. Enfrente estaba el dormitorio de las niñas, diferentes la una de la otra, eran acompañadas de sus hijos. Los amigos de tantos años se saludaban o bien se tomaban el café.
Vi con alegría a compañeros que cualquier día era motivo de festejo. Uno de ellos que sin vencer los vicios llegó a la tercera edad con la dignidad de un vegetariano. Te das cuenta de tu vejez, porque al caminar por el pasillo, te abrazan hombres maduros, esposa al lado y luciendo canas entreveradas en su melena.
En la sala vecina se escuchan los gimoteos de una mujer, por su intensidad podría inferir que es una viuda. Palabra que me lleva a recordar a mi maestro de anatomía, que decía que el golpe sobre el codo se hace sobre el nervio cubital, se le menciona como «Dolor de viuda» ya que es muy intenso, pero de corta duración.

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La magia de la vida y los poetas

Era una mañana tibia preámbulo de la fiebre vespertina. Rocío en las hojas y humedad en el añoso zapote. Entre sus ramas se hacían cuencos que rebosaban de agua, fría transparente. Contemplé que dentro había seres que iban y venían, buceaban por decirlo de alguna manera. Sí, eran larvas de insectos que pronto estarían yendo y viniendo por la maleza y burlando los mosquiteros de las viviendas.
La maravillosa vida que de un huevo hace germinar larvas y éstas en ocho días de intenso calor, saldrán para batir sus alas y encontrar su nutriente. Los masculinos se conforman con el jugo de las frutas, las hembras obligadas por la perpetuidad de la especie requieren alimento rojo, brillante que humedece y alimenta las partes más íntimas de nuestro cuerpo. Así fertilizan los huevos que los depositarán en cualquier lecho de agua sola y clara.
Es la magia de la vida, y puede ser la muerte de los poetas que buscan el entramado de los colores del amanecer para gritarles a las musas,  que sordas se acicalan una a otras.

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En el velatorio dos.

Denme una guitarra
que tenga cantos de sirena
maderas de naufragio
y vientos de fino color.
Fui al féretro. La muerte no respetó su belleza. La piel se le juntaba con sus macisos oseos y la pintaba con una palidez intensa. Las manos parecían ramas secas. Me despedí hablándole con murmullos y con la mirada.
Ninguna brizna de polvo se escapaba del escrutinio de ella. El departamento conde vivía era una casita de muñecas. El orden prevalecía. Manos de cocina, de tejedora, que después del desayuno el brillo del comedor y de la estufa lucían impolutos.
Había llegado a vivir a su casa en mi último año de la carrera de medicina, pude ver su dedicación para con sus hijas y al tío cuando regresaba del viaje.  Era el último estirón y tuve de ellos lo básico para terminar.
Pronto te alcanzaremos.

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Por la noche

Casi la media noche, el reflejo de la luz iluminaba la calle, silencio, aroma y enmedio la esposa del tío. Si bien sabía que era una muerte anunciada, estaban los deudos, familiares y gente que nunca había visto.
-Solo nos reunimos en estas ocasiones, dijo mi prima. Le contesté moviendo la cabeza.
A mi lado estaba la única tía que me queda, la besé, la tomé del brazo. Aperreaba sus manos frías, ella y yo sabíamos que el fin de aquella generación se estaba yendo y que muy pronto seguiría la nuestra.
Recordé otro velorio. Escuché mi nombre y voltee identificando a un sujeto que le hablaba a otro señor de marcada edad, risueño y apoyaba sus manos en el bastón.
-¿Qué haces tocayo?
Aquí, despidiendo al amigo y esperando el camión. Sonrió un momento, lo suficiente para decirnos que pronto le tocaría a él.
Cuánta historia mía dentro del féretro, con los dolientes y amistades que rezaban al son de la rezandera. El padre nuestro, el ave maría y lejos sus alegrías, sus voces y la fiesta en años pasados.
. Recuerdos que pensé que ya no eran parte de mí, volvieron húmedos, lozanos. Niños que vi correr a mi lado, ahora son adultos con una vida que desconozco.
Qué tienen las flores del velorio que te cimbran y te muestran lo que fuiste, lo debilucho que eres; tu vida breve en los rostros que miras y que te observan.

 

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De la soledad

Desde niños conocemos la soledad. La percibimos cuando mamá no está por ninguna parte, pero después de estar concientes del hecho, algo más intimo e intenso nos abraza. Viviremos con ella toda la vida y es necesaria para encontrarnos, pero si se hace presente día a día, minuto a minuto, entonces se hace indeseable y destructiva.

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