Denme una guitarra
que tenga cantos de sirena
maderas de naufragio
y vientos de fino color.
Fui al féretro. La muerte no respetó su belleza. La piel se le juntaba con sus macisos oseos y la pintaba con una palidez intensa. Las manos parecían ramas secas. Me despedí hablándole con murmullos y con la mirada.
Ninguna brizna de polvo se escapaba del escrutinio de ella. El departamento conde vivía era una casita de muñecas. El órden prevalecía. Manos de cocina, de tejedora,  que después del desayuno el brillo del comedor y de la estufa lucían impolutos.
Había llegado a vivir a su casa en mi último año  de la carrera de medicina, pude ver su dedicación para con sus hijas y al tío cuando regresaba del viaje.  Era  el último estirón y tuve de ellos lo básico para terminar.
Los versos de arriba, son de una vieja libreta, cuando de ella recibía el plato nutriente, oloroso al  quehacer de sus manos.
Pronto te alcanzaremos.

20190107_102034