Casi la media noche, el reflejo de la luz iluminaba la calle, silencio, aroma y enmedio la esposa del tío. Si bien sabía que era una muerte anunciada, estaban los deudos, familiares y gente que nunca había visto.
-Solo nos reunimos en estas ocasiones, dijo mi prima. Le contesté moviendo la cabeza.
A mi lado estaba la única tía que me queda, la besé, la tomé del brazo. Aperreaba sus manos frías, ella y yo sabíamos que el fin de aquella generación se estaba yendo y que muy pronto seguiría la nuestra.
Recordé otro velorio. Escuché mi nombre y voltee identificando a un sujeto que le hablaba a otro señor de marcada edad, risueño y apoyaba sus manos en el bastón.
-¿Qué haces tocayo?
Aquí, despidiendo al amigo y esperando el camión. Sonrió un momento, lo suficiente para decirnos que pronto le tocaría a él.
Cuánta historia mía dentro del féretro, con los dolientes y amistades que rezaban al son de la rezandera. El padre nuestro, el ave maría y lejos sus alegrías, sus voces y la fiesta en años pasados.
. Recuerdos que pensé que ya no eran parte de mí, volvieron húmedos, lozanos. Niños que vi correr a mi lado, ahora son adultos con una vida que desconozco.
Qué tienen las flores del velorio que te cimbran y te muestran lo que fuiste, lo debilucho que eres; tu vida breve en los rostros que miras y que te observan.

 

mecedora.1