Era una mañana tibia preámbulo de la fiebre vespertina. Rocío en las hojas y humedad en el añoso zapote. Entre sus ramas se hacían cuencos que rebosaban de agua, fría transparente. Contemplé que dentro había seres que iban y venían, buceaban por decirlo de alguna manera. Sí, eran larvas de insectos que pronto estarían yendo y viniendo por la maleza y burlando los mosquiteros de las viviendas.
La maravillosa vida que de un huevo hace germinar larvas y éstas en ocho días de intenso calor, saldrán para batir sus alas y encontrar su nutriente. Los masculinos se conforman con el jugo de las frutas, las hembras obligadas por la perpetuidad de la especie requieren alimento rojo, brillante que humedece y alimenta las partes más íntimas de nuestro cuerpo. Así fertilizan los huevos que los depositarán en cualquier lecho de agua sola y clara.
Es la magia de la vida, y puede ser la muerte de los poetas que buscan el entramado de los colores del amanecer para gritarles a las musas,  que sordas se acicalan una a otras.

tuxpan