Bajo la sombra, Cecilia, de diez años mira hacia el caserío. Imagina que su perro yace con el lomo quebrado en alguna callejuela. Su mirada va y viene. Suspira. Sus parpados no le arden, no le pican, pero los talla. Varias amigas la saludan, van acompañadas por su mascota. La tarde envejece y Ceci está por regresar a su vivienda, cuando siente un roce peludo entre sus piernas. Sabe que es “Pirata”. Se hace la indiferente y alzando la voz lo regaña.  “Dos días sin saber de ti es demasiado”. El can mueve la cola. Percibe que en un futuro no regresará. ¡De muy dentro sale un grito “No has sido buen amigo”! “¡Eres libertino, andariego!” El can lame sus manos, chilla. Ella solloza, cierra sus ojos, ya inundados de lágrimas. busca tejos, tira a no darle. ¡Vete!, ¡vete! camina dándole la espalda, a pasos cortos recuerda a su padre que la abandonó sin motivo. Después corre hasta ser un punto.

PIRATA