Me recostaba debajo del mango. Comía hasta quedar ahíto; descansaba y me dormía. Despertaba con hambre y volvía a jambarme de la carne dorada y jugosa; ríos amarillos dulces y pegajosos escurrían de mi barbilla. Lejos se oían los gritos de mi madre llamándome y reclamando el agua deseada del pozo. “Ninguna culpa tengo de que el árbol de mango me distrajese de mis deberes…”.

arbol mango