El cazador le saltó la liebre por donde menos esperaba y por reflejo accionó el gatillo. Ocho horas después salía del hospital en una silla de ruedas. Pos-operatorio complicado, días más, egresó de nuevo, ahora con dirección al anfiteatro. En la fría soledad, con el cuerpo arqueado, y una sonrisa sardónica vio de reojo a, la mierda de la liebre, acariciada por una mano larga y huesuda.

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