El tren sube a la montaña. Quedaron atrás los pastizales, las vacas amontonadas bajo la sombra de los cedros.
Parda tarde que se refleja en la pereza del río. En las ramas de la imponente ceiba, las aves arman su alboroto y poco después, el silencioso brillo de las luciérnagas, Dicen que entre las cuevas de la montaña viven los espantos, otros en los desfiladeros. Lo cierto es que de esos vericuetos, salen en bandada los murciélagos a su festín de frutas e insectos.
En las tierras que habito nunca ha pasado nada y nada pasará y si pasa, siempre diremos que no pasó nada.
La máquina asmática del tren puja en la cuesta, fuera, vive el vacío en los profundos desfiladeros, Algunas veces, en un silencio se escuchan golpes de agua, corrientes furiosas, remolinos que se atragantan de grandes árboles. Por un ojo de ventana llega el reflejo de un cielo hermoso y entre las ramas de los pinares el canto del pájaro de cuatrocientas voces. Ha llegado el tren a la cima y poco a poco van quedando atrás las sombras. La alborada nos ha pintado de rosa y a lo lejos, saliendo del horizonte, el sol tibio despierta el griterío de las urracas.
Algún día no escucharemos a las urracas y tampoco pasará nada.

 

tren.