Me conmueve mirarlo sin hojas. Arriba hay un cielo borroneado y el agua finita y fría duele, como si las gotas trajesen espinas. Es una tarde entintada de sepia que estremece mis huesos. Los truenos son pisadas que se acercan. La luz apenas se unta en la frontera lejana y en los bordes de los árboles; me envuelve a cada paso la congoja y me aterra el relámpago que ilumina el almendro y lo exhibe, como una radiografía, en su precariedad.

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