Tierra triste de Rubén García García

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La selva ha sido destruida, los ríos se han adelgazado y los arroyos son esbozos. Los nidos de agua donde bebía, hoy solo quedan señales. Las piedras no sudan, el helecho que tiraba vainas a diestra y siniestra se ha esfumado. Paso por potreros, con vacas flacas bajo árboles de chote y planicies amarillas.

Como camaleón me camuflo en rama seca.

El niño y la yegua de Rubén García García

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Muy temprano fue a cortar la cereza del café. La vereda bajaba o subía, y la yegua resoplaba como un acordeón desafinado. Sobre su lomo llagado bamboleaban tres bultos repletos de cereza. Sentía su dolor y la detenía, para que descansara. Al llegar a la finca, el patrón desde su poltrona le gritó: «¡Gelasio!, dale maíz a la yegua y suéltala para que retoce en el campo. Le hará bien revolcarse. Vas al pozo, saca agua, y le ayudas a Ponciana para que termine de lavar las porquerizas».

Se hacía de noche, y en el silencio de la finca se escuchaba el taconeo de las botas del Señor.

La abuela no deja de llorar de Rubén García García

El abuelo tiene cinco años que murió y la abuela no deja de llorar. La escucho por la noche con sus gimoteos de niña perdida. Hoy le diré al padre Toño para que se haga el aparecido y platique con ella. Eso es de todas las noches y más los fines de semana que el abuelo llegaba con sus tragos en la madrugada.

En la semana el cura habló con ella y sigue lloriqueando. Si supiera que a mí no me duele el abuelo, me jode ella, que de tanto llorar no me deja dormir. Anoche la escuché hablar dormida: «Remigio, me dijo el cura que dejara de llorar para que tu alma obtenga el reposo. Sabes que no le haré caso, seguire gimiendo para que te revuelques en el purgatorio como el gusano que siempre fuiste».

No pude ayudarte hermano de Rubén García García

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—¡Cierre la puerta, sargento! —habló fuerte el jefe de la policía. Levantó los ojos y vio a una mujer joven, bien formada y de pechos contestones. Su actitud agría cambió a una sonrisa y dijo sin pudor. «Ya era tiempo que cayera por estos lugares una cosa tan hermosa».

—Vengo a declarar acerca del caso de mi hermano, que lo acusan de robo.

—Ya es muy tarde, se dio la orden de que lo ingresaran a la prisión de Santa Marta.

—Pero él no fue, —Eso dicen siempre.

—Él no fue porque a esa hora que refiere el expediente, se encontraba conmigo.

—Ya es tarde.

Tomó la regla del escritorio y la deslizó por uno sus pechos.

—Depende de usted, para que intervenga y solicite que retrase el traslado.

Ella hizo a un lado el coraje y se fue desnudando y le dijo:

—Necesita excitarme, para que coopere.

El jefe de la policía no se lo esperaba, saltó de la silla con tanta ansiedad que desgarró la blusa de la mujer. Y como becerro empezó a chuparle los pechos.

Ella gritó pidiendo auxilio. Para los diarios fue un festín.

«No pude ayudarte hermano, pero sí le di un buen madrazo a ese hijo de puta».

Atrás del escritorio ondeaba el lábaro nacional y las fotos del gobernador y el presidente.

Un empujoncito no le hace mal a nadie de Rubén García García

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Antes de expirar, tu hijo el que fue bendecido por tus desvelos, dice: «qué bien que ya se va». La esposa y la hija que llevan dos años prodigándole cuidados y cubriendo gastos médicos, se quedan en silencio. La esposa llora y la hija sabe que no es por la muerte del finado. Anoche su mamá se quedó cuidándole y el frasco de sedantes está en la basura.

Un pueblo mágico o nada es para siempre

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Los cascos de la yegua resonaron con eco en el empedrado del pueblo. Parecía que todos dormían la siesta. Había señales de un pasado esplendoroso: figuras talladas en las ventanas de cedro, con el vidrio astillado. Huellas de la opulencia que se negaba a desaparecer. La maleza crecía en los jardines, las trepadoras subían por las paredes de piedra. En los tejados, como urracas centinelas, se balanceaba los helechos. La iglesia majestuosa. El pueblo fue paso obligado de los mercaderes de la vainilla. Cuando los precios bajaron llegó la penuria. Los pudientes se llevaron su dinero, dejaron sus casas y se hospedaron en la capital. Se quedaron los viejos los enfermos de amor a la tierra. Otros huyeron porque tienen fuga en la sangre y la mayoría para no morir de hambre.

Hoy leo que habrá una feria de globos en un pueblo mágico. Aún huele a vainilla. Renació el lustre de las casas, la sonrisa de los niños y los que se fueron estarán en algún cementerio de la capital.

Ajedrez de Rubén García García

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Fuiste reina blanca, yo, alfil negro. Un día en la vida decidimos ser viento y fecundar con sonidos a la hierba. Hubo flores en nuestras vidas, aromas de fuego en tus nevados. También hubo tiempos en que la tierra se hizo gris y abrieron fuego los tambores.
Hay en el ejido: sol, silencio y soledad.

El jardín de Alberto de Rubén García García

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Alberto se dio cuenta de las miradas brillosas de las adolescentes. Tenía un carácter reservado que lo vendía por timidez. La licenciatura la obtuvo gracias a que ellas lo registraban como parte del equipo. Se casó en cuatro ocasiones. Y cuando la edad cobró su cuota en su figura y sexualidad, decidió vivir solo en su mansión. Por las mañanas salía a su jardín a consentir sus rosas que alimentadas con abono femenino nunca dejaron de florear.

El sueño inquieto del oso de Rubén García García

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Es un bosque sonoro por el canto de las aves y ahora tiene una alfombra nevada. El oso inverna y sueña. La cueva es tibia y más por la osa que lo acompaña. El sueño es inquieto por el temor de que llegue su compañera y descubra que duerme con otra. Tiene dentro del sueño una espina afilada y gruesa: ¿su esposa estará durmiendo sola?

La encrucijada de Rubén García García

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Llegaban mujeres doblando orillas; zurciendo esperanzas. Tú no llegabas. En mis sueños veía que el desasosiego dormía contigo. En el cielo de tus ojos pasaba el presagio como nubes aceradas que transitaban en sospechosa calma. Despertaba con un resabio amargo. Siguen pasando mujeres que hilan en el camino. No te veo. Nada, solo soñé con fantasmas de luz. Sin embargo, sigo esperando a que cruces.

No sé que llegará primero si la esperanza o la muerte.

Es un genio de Rubén García García

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Nada como dormir frotando la lámpara de Aladino, decía con una sonrisa la princesa a su dama de compañía.

La palabra de Rubén García García

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Todos podemos hablar, algunos se quedan con las palabras en la boca, otros simulan esparcir confeti en un carnaval, o insuflan la palabra y como globos se pierden en el cielo. Los menos, son discretos mesurados y oportunos. Algunas frases sobreviven y dentro de estas, muy pocas se quedan enjauladas y nunca se van, por ejemplo: «mi mamá me mima»

Las razones del nieto de Rubén García García

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La mañana radiante se disfrazó de una tarde vieja.

—No tarda en caer la tormenta, dijo la abuela.

Tomó al nieto y se fue a una loma con su comadre. Quizá algo peor venía …le dijo para convencerlo:

—Se ve mejor la lluvia desde el cerro, que estando encaramados sobre el techo de la casa.

El nieto gimoteaba, se distraía correteando a las gallinas en el patio.

—Abuela, yo quería ver cómo navega mi barquito, también escuchar el cacaraqueo de las gallinas cuando la corriente las revuelque.