De los frutos

Zapote mamey

El zapote mamey es oval, carne rica, olorosa y color asalmonado.La semilla, hueso café oscuro,  brillante en armonía con la forma del fruto.Verla es arrobarse. La fruta es parte de mujer.
El nonagenario acarició la piel, olfateo y con los recuerdos vivos , la fue degustando.

zapote

El gato y el tigre

Con afecto dedicado al profe Manolo
Hubo un tiempo que el gato se le reconocía como el rey de la selva. Los felinos lo veían con temor, respeto.
El tigre era un cazador inútil y se le veía desgarbado, tambaleante y sus costillas se levantaban escandalosamente y lo seguían de cerca las aves de rapiña.
Un día quedaron frente a frente y el tigre balbuceó.
– Gato enséñame a cazar musitó más con los ojos que con la garganta.
El rey lo vio y no pudo evitar sentir tristeza.
Con paciencia fue inculcando su destreza. El tigre seguía al gato, lamía su piel, velaba su sueño, a cambio  fue entrenado en el acecho, en otear los aromas del viento, en camuflarse entre la vegetación, la estrategia y el ataque.
Muchos meses después el tigre lucía diferente, se volvió todo un cazador y la comida le restituyó la vitalidad perdida. Se sintió poderoso y de frente le dijo:
-Gato estoy satisfecho de lo que me has ayudado, de lo aprendido y ya estoy en condiciones de valerme por mi mismo, pero también ansío ser rey de la selva. Así que, con todo respeto, pero es necesario comerte. No lo tomes a mal, me caes bien, solo acepta que es necesario para lograr mi objetivo.
El tigre se abalanzó sobre el gato, éste, se escabulló y estando una palmera se subió con facilidad y rapidez. El tigre lo miró y enfadado le gritó.
-No me enseñaste a subir a los árboles y menos a las palmeras.
.No tigre, un maestro, nunca enseña todo.

gato

 

Neumología uno

Sólo daba tiempo de lavarse la cara, la boca y salir corriendo para encontrarse con el primer autobús. Caminaba a paso veloz cinco cuadras y llegaba a la terminal. Comía un pan con café. La mitad de las veces encontraba asiento. Casi dos horas. Minutos más después de las siete y el mierda del maestro cerraba la puerta del salón. Varias veces le menté la madre, tanto a los urbanos, como al catedrático por dejarme fuera. Pero la mayor parte la dirigía hacia mí, por ser tan pendejo.

En el bus que tomé en ciudad universitaria me encontré a un viejo amigo.

-Dónde te inscribiste para llevar el curso de neumología?

-En el instituto nacional.

-Sabes que ya lo cambiaron de lugar y que esta a la salida de Cuernavaca

-¡Cómo!

– Sí, fue apenas.

-¡No mames buey!. Pero que pendejada hice.

-¡Regresate!

Bajé del autobús. Las oficinas estaban cerradas.

Falté a la mitad de clases, un tercio por quedarme dormido, el otro por el transporte y la otra porque me cerraron la puerta en mis narices. Hice el examen y cuando daban los resultados de la A a la f. sólo había pasado uno.

-Le tengo una noticia buena y una mala me dijo el maestro. ¿Cual quiere? y siguió. Le daré la buena, aprobó usted con siete una calificación sobresaliente dado que tiene más faltas que cuentas un rosario. y esa es la mala, va a repetir el curso por ausencias. Le sugiero vuelva, seguramente le irá mejor.

Salí del salón de clases dándole las gracias al maestro y prometiendo regresar. En el urbano encontré asiento en la ventanilla y él y yo sabíamos que no nos veríamos jamás.

radiografía-pulmón

Solicitud de empleo

Inserté en la sección del “aviso de ocasión” el anuncio donde solicitaba un licenciado en ciencias sociales, con carácter, ambición y capacidad para resolver problemas. Pasé días entrevistando a los solicitantes. Supe que era el hombre; frente amplia, mediana edad, ojos claros, grandes  y un movimiento rápido en su mirada, que sólo he visto en las personas observadoras. Discutimos el sueldo y acepté su propuesta. Le pagaría de acuerdo a los resultados, palabra de Senador.
La zona indígena de la región de la montaña andaba alborotada. Él tendría que llevar en una mano el pan y en la otra el fuete. Tenía libertad para decidir.
si una situación escapaba y había difuntos, habría a quién echarle la culpa. ¡Joder! en la actualidad los “ chivos expiatorios” le salen caros al gobierno del cambio.

sierra

La enfermera

Joven, morena,ojos de paloma, cejas negras que se tocaban a la mitad de su cara oval.

-Doctor, la paciente de la cama doscientos veinte está alterada. Puse cara de estúpido, ella debió darse cuenta y sonrió “vamos a revisarla”.

La paciente daba la impresión de estar siendo golpeada. Del carrito sacó un par de guantes . Mi torpeza debió ser evidente para calzármelos, así que sacó otro par, seguramente los había contaminado, ella, sonriente, exclamó “perdón, estos sí son del tamaño de sus manos”. me puse a sudar tanto como la paciente; “los pinches guantes no calzaban bien en mis manos”.  le habló con cariño a la mujer y ésta empezó a tranquilizarse. Pude al fin meter mis dedos dentro de la cavidad vaginal,( mi segunda vez) una vez dentro, sentía  blandito y calientito. La enfermera preguntó:

-¿Cuánto tiene de borramiento?

Me quedé callado, volví a meter mis dedos. Ella se puso unos guantes con una facilidad que me hizo sentir pigmeo. Hizo tacto y en confidencia “tiene como un ochenta por ciento y tres de dilatación”. Toqué, toqué de nuevo, y seguí sus consejos. Lo oscuro se hizo claro.

Han pasado los años, pero la memoria de mis yemas sigue fresca, si en este momento hago tacto a una señora en trabajo de parto, diré cuánto tiene de dilatación , pues la yema de los dedos nunca olvida.

Tampoco la olvido a ella.

Santiago Rusiñol. 1894-la-morfina

Confusión

Estoy desordenado, confuso. Sentía tus cabellos tocando mi cuerpo. Dilatado de la nariz y entre soñando llegaba a tus manos; encontraba el aroma del viento que un dìa respiramos juntos. Lo negaba; con gritos dentro del silencio. Hubo noches que escuchaba tus pasos recorriendo a trote mis latidos y me levantaba habitado de ti. Hoy en la mañana cantaron los pàjaros, los mismos que volaban por nuestras tardes. Se que nada es cierto, es mi torpeza o mi cuerpo que sueña. Qué dificil  es decirme que te espero.

Van gogh

Apuntes de un niño 3

Jugué con canicas, trompo, balero y carritos de madera. Me gustaba caminar bajo la lluvia y brincar sobre los charcos. Mirar a las mariposas que iban y venían revoloteando.  Otras amarillas marchaban como soldaditos sobre las flores que se abrían después del aguacero.  Lo mejor,   lo daba mamá, besos y abrazos sin ton ni son; café con leche por la mañana con pedacitos de harina que cocía en la estufa de petróleo. Ella me decía que eran gatitos y  me abrazaba a sus piernas.

mariposas-amarillas

Filomeno Mata población totonaca

Filomeno Mata Ver. Población totonaca. Mujeres dando la bienvenida a funcionarios del estado. Hay un dolor viejo en ellas, seguramente obligadas a pasar lista. Filomeno mata es montaña, costumbres intensas, también enfermedad y olvido.

filomeno mata

Foto de Rubén García García

El pez

Montada en caballo. La luna teje un velo sobre tu espalda; tus pechos ondulan siguiendo las olas, el rumor del mar se columpia en tus oídos ¡Soy pez que te sigue!

mujer y mar

La muerte del senador

Los senos de la adolescente reposaron en la media cara del senador. Percibiò la fragancia del nardo que abre. Aceptò sin reclamo que ella serìa su tumba. La corbata de seda que aprieta. La seda de su vientre y la caída al abismo despuès de retozar entre el vainillal del monte.

pereja

Apuntes de un niño dos

El silbato de la empresa petrolera sonaba a las seis y cuarenta y cinco de la mañana y quince minutos después volvía a pitar y marcaba el inicio de labores de los trabajadores. Recuerdo que gruñía profundamente en mí oído, haciéndome creer que se trataba de un buque de vapor surcando sobre el oleaje; luego el capitán lo desviaba río arriba para que los niños conocieran una nave de verdad. Los únicos barcos que conocía eran los ilustrados en los libros o bien los armados con hojas del cuaderno, que en días de lluvia los soltaba a la corriente y los veía alejarse,  dentro, mi pulso brincaba y hacía sonar un silbato diminuto que me llegaba del barco de papel.
Silba silbato,
que te escuche el pez bobo,
y el verde pájaro.

barco

Postcirugia

El dolor se ha hecho tolerable; en la oscuridad, con el silencio se alza, alisa su chaqueta y camina hincando el tacón sobre los pliegues de la sábana. Respiras despacio, hueles la gota de sudor que baja por las mejillas. Muerdes tu labio, un quejido se abre paso por tu garganta. Así es él. Se va por ratos y es cuando el metal de los párpados cae como la ventana metálica de la ferretería. Duermes.
Despiertas porque hay partes vivas que gritan de tanto estar inmóviles y, recurres a la poca fuerza de tus brazos. El codo se vuelve palanca, te alzas del tronco para moverte cinco miserables centímetros a un lado. Es un aliento, un soplo fresco que las otras partes del cuerpo te lo agradecen. Duermes, duermes no sabes cuánto, pues el tiempo lo mides por el goteo que recorre el frasco de vidrio y llega hasta tu red venosa. Sabes que cuarenta gotas es un minuto, eso contestó la enfermera a una pregunta estúpida que hice. Todo es inmenso: el silencio, la oscuridad, el sueño, la nausea.

infierno Anaidia

Anaydia

 

La mujer

La miraba sin que ella se percatara, fingía ver los rulos oscuros de su pelo; me detenía en los signos de incomodidad. Ella sonreía.
¡Qué feliz me haces! Y apretaba mi mano
Mentía. No se percataba que después de su sonrisa, fruncía el entrecejo. Yo, movía mentalmente la testa. Las últimas veces, al despedirnos, notaba su urgencia por darme las buenas noches y ésta, aunque se oculte, un hombre sensible percibe.
Hubo instantes… como resguardar su mano entre mi mano; en otras, la conducía entre las grandes avenidas donde la muchedumbre se arrebataba para cruzar la calle, ella caminaba o se detenía a la sutil orden de un apretón sobre su piel. Recordé la luz tierna de su mirada cuando ésta respondía a mi sonrisa, después se fue apagando. ¿quizá no se daba cuenta o sí?
No le di tiempo de decírmelo.
Aquella mañana la neblina reptaba en el piso. La reconocí por su caminar, en una mano su equipaje y la otra suelta; con desorden, como lo hace una mariposa con el ala rota. ¿Se iba de viaje?, cuando ayer todavía me abrazaba?
El tren partía, me vio y la saludé agitando el pañuelo, bordado por sus manos que en mi cumpleaños me había regalado.  

pareja.1