El dolor se ha hecho tolerable; en la oscuridad, con el silencio se alza, alisa su chaqueta y camina hincando el tacón sobre los pliegues de la sábana. Respiras despacio, hueles la gota de sudor que baja por las mejillas. Muerdes tu labio, un quejido se abre paso por tu garganta. Así es él. Se va por ratos y es cuando el metal de los párpados cae como la ventana metálica de la ferretería. Duermes.
Despiertas porque hay partes vivas que gritan de tanto estar inmóviles y, recurres a la poca fuerza de tus brazos. El codo se vuelve palanca, te alzas del tronco para moverte cinco miserables centímetros a un lado. Es un aliento, un soplo fresco que las otras partes del cuerpo te lo agradecen. Duermes, duermes no sabes cuánto, pues el tiempo lo mides por el goteo que recorre el frasco de vidrio y llega hasta tu red venosa. Sabes que cuarenta gotas es un minuto, eso contestó la enfermera a una pregunta estúpida que hice. Todo es inmenso: el silencio, la oscuridad, el sueño, la nausea.

infierno Anaidia

Anaydia