El silbato de la empresa petrolera sonaba a las seis y cuarenta y cinco de la mañana y quince minutos después volvía a pitar y marcaba el inicio de labores de los trabajadores. Recuerdo que gruñía profundamente en mí oído, haciéndome creer que se trataba de un buque de vapor surcando sobre el oleaje; luego el capitán lo desviaba río arriba para que los niños conocieran una nave de verdad. Los únicos barcos que conocía eran los ilustrados en los libros o bien los armados con hojas del cuaderno, que en días de lluvia los soltaba a la corriente y los veía alejarse,  dentro, mi pulso brincaba y hacía sonar un silbato diminuto que me llegaba del barco de papel.
Silba silbato,
que te escuche el pez bobo,
y el verde pájaro.

barco