Observaciones de una tortuga

Me refugié con los humanos. Observé que para subsistir, ellos tienen que olvidarse de sí. Su memoria es débil. Exigen, envidian y cultivan la soberbia. Alaban por alabar. Atropellan al cometa, al grillo y a ellos. Podrían competir a ser tristes, inauténticos e insensibles.

Delacroix

Diario intimo (10) Después de una experiencia.

De regreso a casa, pensaba en mi manera de ser. Puedo ser tierna, compartida, asegurar que los pequeños detalles estén presentes, que son la vida. Es cierto, tengo mis tristezas, mis enojos, dolores que toda mujer tiene. Valoro una caricia en la mejilla, un roce de labios en la frente o un beso en la piel de mis senos. Atesoro caminar bajo un atardecer o refugiarme en los brazos de Antonio, al escuchar el retumbo de los truenos. En estos días ha pasado todo. Tengo que decir que el amor es mucho de lo que escribo, pero falta algo más, algo que no tiene nombre, que es inefable y que Antonio nunca tendrá.
El amor que tengo por mi difunto esposo es íntimo, intenso, nació de un cielo, cuando una estrella se desprendió y llegó a mis manos. Aquél baile de carnaval que danzamos, charlamos, reímos. Al despedirnos me quitó la careta, hice lo mismo, atraídos sin que nada nos importara, nos besamos, ese beso lo percibo como si fuese ahora, lo llevo siempre; nada lo borra. Toño es un buen hombre, mi esposo es una luz.

retrato de vladimir volegov

Vladimir Valegob

Diario de una mujer nueve

En el dormitorio la cama es ancha, blanda, con sábanas rojas, blondas almohadas. No tengo lámparas en el buró. Apagaremos la luz, encenderemos una bujía con aroma a jazmín. Como hace calor dormiremos sin frazadas. Bien, yo suelo dormir con una camiseta larga de algodón. Me quitaré la ropa, voltea hacia la ventana, mientras lo hago Acuéstate y descubre el lado donde me acostaré. Mis pies fríos los cobijaré con el calor de tus piernas ¿ no te enojas? Me recuesto en tu pecho y digo en voz baja a tu corazón: me encanta que estés en el lugar que sueño cada noche, es la primera vez, que un hombre se acuesta conmigo en este lecho. Es la primera vez. ¡No me defraudes!

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diario de una mujer 8, frente al espejo

¿Dónde tendría el cerebro para aceptar a este bueno para nada?, ronca peor que cerdo? Hace dos años, estoy de bruta sintiendo mariposas en la barriga. Tan bien que estaba antes de conocerlo. Si comía bien, si no también. Si quería irme a bailar no tenía que pedirle permiso a nadie. Llegó este cabrón a calentarme la cabeza y me casé. Ahora tengo que lavar, planchar, hacer de comer, aparte de la joda que te dan en la fábrica de ropa; en la noche, quieras o no, si el marrano tiene ganas, tengo que complacerlo. ¡Ah…eso no es todo! Aparte de soportarlo a él, también tengo que tolerar a sus amigos. Me dice: “mi amor tráenos otra cerveza y, más botana para picar”. Después de que terminan briagos y dando traspiés, se van. hay que limpiar sus porquerías, poner todo en orden. ¡Escuchen como ronca! Ni la vida le corre al desgraciado. ¡Cómo él no tiene que levantarse temprano! Pero, ¿a quién madres le echo la culpa? Si mi madre viviera, tendría que darle la razón ¡Nunca se me va a quitar lo pendeja!

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Diario de una mujer siete

Me llevaste a un lugar muy alto, e indicaste mirar abajo. Apretaste mi mano porque tenía miedo.Mientras veía un río de agua transparente. me aferraba a tí.
Estábamos en una cabaña cercada de eucaliptos, rodeada por su aroma. Descalza. vestía una túnica transparente. Sentía tus ojos, mientras cantaba cocinando para ti. Por la noche, el viento abría las cortinas dejando ver una luna cobriza. Dormí recostada sobre tu pecho morocho, tus manos tibias en mi cintura.
Afuera los árboles crujían; lejos los gritos de las aves.
Desperté del sueño por los golpes que daba mi esposo en la puerta. Entró dando tumbos cayendo como regla pesada, atravesado sobre la cama. Dormité en el sofá.
Abría el día cuando iba rumbo a la terminal; tomaría el tren que me llevase a cualquier parte.

 

 

tren

La puber de las pitahayas

Luce la púber porque recolecta pitahayas. Regresa del monte con la bolsa llena de frutos. Brinca, silba. Ágil baja del cerro. los senos prometen ser abultados. A la luz del candil, se corta el pelo, se pinta las uñas, riza sus pestañas. Se irá a la capital. Un forastero que recién conoció le ayudará a conseguir trabajo en un club selecto de hombres de negocios. La vida promete; se mira con vestidos de marca luciendo su figura de libélula. Mientras se acomoda vivirá con la madre de León, que así se llama su amigo.

 

Pitahaya (1)

La tortuga

Cuando seguía al sol, caminé sobre una cinta grisácea. Aridez de lado a lado. Piedra más piedra, una que otra hierba. Encontré la mujer en el suelo, abrazaba a su hijo. Estaban siendo arrastrados por un sujeto que les gritaba:
-¡largo de aquí! ¡Fuera!
-Ya no me pegues Juan
Poco después llegó otro varón que al verlos caídos les dio agua. Juan regresó furioso. tiró de los cabellos a la mujer. La pelea fue brutal entre los hombres. Juan era tundido a puñetazos, sangraba de ceja y nariz. Desmayado. La mujer con una piedra golpeo la cabeza. Había dos hombres tirados en el asfalto. Una mujer que limpiaba la sangre, decía.
-A mi macho nadie le pega.
Seguí mi camino.

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La tarde

El viento ronroneaba entre las plantas. La tarde calurosa enterraba su bochorno. Salía una luna papel bond, bajo el caimito me llenaba de inmensidad. Las ramas verdes parecían brazos caídos. Se cerraba un día, empezaba a ahorcarse entre el cuchicheo de las hojas. El sombreo de la tarde, la luna blanca destellaba el cobre en su fragua. A su lado fulgía Venus. Las ramas se mecían, yo sumido en el asiento que me vio de niño.

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Cuando te avizoro

Fugaz, siempre fugaz como las chupa rosas que van a ninguna parte. ¿De dónde eres?  En tarde soñolienta, brumosa, se que vas delante porque tu cadera desprende manzanilla, muelle y flor.

 

mujer en paris

Del diario de una mujer 6

No tarda en llegar el taxi para ir a la oficina. Él ríe de «Nieve»; a través de la ventana se ve a la perra persiguiendo a la libélula en el jardín. Al encontrarme con sus ojos sonreímos los dos.  Tibia mañana, de café con pan. Nadie llegará hasta después del mediodía. Él vino de un trópico distante. Me perturba. Hinco el cuero de la bota en la duela del piso, no tanto para que se fijara en mis formas de mujer, sino para decirme que volar con algo que no es tuyo, es peligroso.  La tonadilla de una canción suena en mi cabeza.
lara la la la…La vida es una autopista que no tiene regreso, lalala-lala…
Salí apresurada hacia la puerta de mi casa, le pagué al taxista y regresé.

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Apuntes de un niño-visitando el monte

Tenía seis años, el primo, por primera vez me llevó al monte. Fui con camisa de manga larga, un sombrero de palma, botas por debajo de la rodilla.  En el camino topé con sembradíos de maíz y partes fangosas donde crecían vainas que en la punta terminaban en capuchones de tal manera que parecían cohetes, de los que explotan y caen colores del cielo.
—La almohada que tienes, está hecha con la planta que ves— dijo el primo.
 —¿Recuerdas cuando llevé un manojo de esas vainas a la casa?, mamá Camila las puso al sol, después de tres días, obtuvo una pelusa, con la que llenó una funda de tela. Así las almohadas se hacen frescas, suaves.
A medida que avanzábamos, la maleza se hacía tupida, Enrique desenfundó el machete para abrir camino; las enredaderas reptaban por los arbustos, brincaban hacia los árboles, de las ramas descendían lianas que se enroscan como serpientes. Lo que sorprendió es que de los tallos salían raíces que parecían barbas verdes, rizadas, que llegaban hasta el suelo para perderse  entre la hierba. 
—¡Ten cuidado!,   gritó Enrique, —fíjate bien donde pones la mano, pues nunca sabes que está escondido. ¿Qué quieres hacer…?
—Tocar. 
Tomó el machete lo introdujo entre las barbas y las sacudió. Ahora sí, puedes hacerlo.
Sentí las raíces duras, largas, verde opacas, llenas de retoños, que al estirarlas crecían más que las reglas que usaba en la escuela.
Regresé con otros ojos.
 Semanas después, pasó una muchacha a saludar a mamá Meche, preguntando por Enrique. Me acarició la barbilla. contó a mi madre. 
—Hoy me enseñaron la raíz cuadrada.
Me llegó la imagen del monte. Tantas raíces vi, nunca que fuese cuadrada. ¿Cómo sería ésta?  Por la noche pensé en ella, y no pude imaginarla. No cabía en mi cabeza.
 La soñé como si fuesen los dados que aventaba en el juego de la escalera y reí de mi bobera. 
Por la mañana, le dije serio a mamá. 
¿Quiero conocer la raíz cuadrada?
Mi mamá no supo que decirme, solo contestó que me esperara hasta que llegase Enrique. En la mañana fui directo al cuarto de Enrique, ya no estaba.  En la noche prometí no dormir hasta que  llegase. Cuando el sueño me vencía, corría al lavabo y me lavaba la cara.  Cuando escuchó los pasos,  antes de le hiciera un cariño, le dijo.
—¡Quiero conocer la raíz cuadrada! – Como se quedó en silencio, volví a repetir.
—Quiero conocer la raíz cuadrada.
—Estás peque, no la entenderías.
Tanto le insistí que no le quedó otra, que buscar un cuaderno y nos sentamos en la mesa.
Cuando terminó la explicación le dije:
—Esto no es la raíz cuadrada, es aritmética.
 La raíz cuadrada debe ser diferente, debe de  estar más allá del monte. En algún lugar.  pensé.

selva pantano

Del diario íntimo 5

Es complicado imaginarme que eres tú quien me hace el amor, mientras estoy en intimidad con él.  Juegan en ese momento los jadeos, el sudor, los olores; aunque cierre los ojos, ellos me delatan. Sólo el movimiento de mis labios apretados contra la almohada, me hacen gritar en silencio tu nombre.

mujer escribiendo

Diario de una mujer 4

Algo me recorre, la grama está húmeda, mullida para el retozo. Los trompos de lumbre solo pueden ser colmados por dedos hábiles, por una lengua ávida o un falo sublime que frote. Mis labios exigen besar, besarte de principio a fin hasta tener en mi boca el recipiente exacto de tus germinales. Todo me hace insaciable. Atrás quedó mi dulzura, la mujer juiciosa y socialmente impoluta.

Del diario de una mujer 3

Jugábamos en la puerta del baño. Abrí la llave de la regadera aquella mañana fría, las gotas cayeron sobre tu cabello, la camisa mojada se pegó a tu espalda. Me llevaste a tu lado, tomé tus caderas. Hielo derretido que nos cortaba la respiración. Erectos mis botones. Del agua nieve, pasamos a la pasión que azuzó la lava de tu boca, saciaste tu sed con la plenitud de mis pechos, me llené de contracciones. tomé de tu geografía la península y la anexé como un territorio conquistado. Sonaba el agua, el suspiro y mi pierna subía y bajaba sofocando tu cintura.
Derretimos al frío.

 

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