LA DECISIÓN

Cuando llegaron al camino rojo, ella se vio como una adolescente acostada entre la alfombra de hojas mirando las nubes en su carrera hacia las montañas. Él en cambio sólo vio un camino de piedras volcánicas acolchado por hojas ocres. Unas ardillas retozonas que iban y venían por los senderos leñosos de aquel bosque de Eucaliptos. Al caminar ella conserva el paso de una mujer consciente de su atractivo. Por lo que pareciera que danza sobre las hojas, él en cambio cada vez que marcha rompe el silencio y deja un barrido de hojas dispersas. Con una voz sonora le dice:— ¿Qué hemos hecho amiga? Cuando despierto preparo dos desayunos, pensando que uno será para ti.Sigue leyendo «LA DECISIÓN»

LA OVEJA NEGRA

Una noche, entre los susurros del acondicionador de aire, le llegó la pretensión. Desde entonces no olvidó el sueño y ahora, justo para cumplir los cuarenta años, él abría las ventanas de su vida. Era bella, de trato claro y amada por todos; su esposo, un varón que se movía en el ambiente social con sensibilidad y cordura. Habían procreado dos hijos que semejaban esplendidez. En su linaje no cabían protuberancias y oquedades. Ella anhelaba lo que en otras cunas sobraba. Deseaba una oveja negra.Sigue leyendo «LA OVEJA NEGRA»

CELIA

Ya había barrido el patio; pero a Celia gustaba de ver el azahar del naranjo esparcido en la tierra negra y, al fondo la enredadera con sus flores que parecían tacitas de té. Después seguía con la vivienda. Asear cuarto por cuarto, era cada vez más pesado. Las camas se hacían inmensas y tardaba más de lo debido tratando de que las sobrecamas quedaran con ese toque de exactitud que deseaba la señora. Cuando sacudía, el polvo llegaba y la hacía estornudar con violencia infinidad de veces. De su bolsa extraía un pedazo de papel higiénico y con fuerza se sonaba y, movía la cabeza. “Tengo años haciendo esto y cada día me canso más. Me cuesta trabajo meter la escoba debajo de las camas. Cuando exprimo el mechudo, el agua fría me entumece las coyunturas y la fuerza se hace torpe. El ajetreo cansa y cuando arremete el dolor de espalda dan ganas de tirarme al piso. ¡Pero no!, tengo que seguir, pues a la señora le gusta que los vidrios estén relucientes y para lograr el efecto hay que pulirlos con papel periódico”. Suspiraba, se iba a la cocina y bebía una taza de café y pan para poder continuar. Volvía al quehacer. “¡Ya no tardan en llegar! El tiempo apenas me alcanza para hacer una sopa de arroz y guisar el pollo con ajo y tomate. Debe estar bienSigue leyendo «CELIA»

MONÓLOGO

¿A quién le echo la culpa? Si mi madre viviera la escucharía decir “ es que lo pendejo no se te va a quitar, en eso saliste a tu padre” Pero dónde tendría yo el cerebro para aceptar a este bueno para nada, que ronca peor que cerdo. Ah pero hace dos años allí está la pendeja sintiendo mariposas en la barriga. Tan bien que estaba antes de conocerlo. Si comía bien, sino también. Si quería irme a bailar o a coger no tenía que pedirle permiso a nadie, pero llegó este cabrón a calentarme la cabeza y de estúpida que me caso. Y mírame, ahora tengo que lavar, planchar hacer de comer, aparte de la joda que te pones en la fábrica. Y en la noche,  quieras o no quieras,  si el marrano tiene ganas hay que abrir las piernas y cerrar los ojos. ¡Ah pero eso no es todo!, aparte de soportarlo a él, también tengo que soportar a sus amigos. Me dice: mi amor tráenos otra cerveza y,  también más botana para picar. Y después de que terminan briagos y a traspiés se van, hay que limpiar sus porquerías y poner todo en orden. Escucha, escucha como ronca, ni la vida le corre al desgraciado, como él no tiene que levantarse temprano. Pero a quien madres le echo la culpa, pues si mi madre viviera, tendría que darle la razón !Nunca se me va a quitar lo pendeja¡

UN HOMBRE SENSIBLE

La miraba sin que ella se percatara; Fingía ver los rulos oscuros de su pelo, pero me detenía en los signos de su partida. Ella sonreía y tomaba mi barbilla y me decía lo feliz que era. Mentía, tal vez no se daba cuenta que a su sonrisa le acompañaba un entrecejo, -ese relax que se abre cuando hay satisfacción. Observaba el punto de tensión y, movía mentalmente la testa. Las últimas veces, al despedirnos, notaba su urgencia por darme las buenas noches y ésta, aunque se oculte, un hombre sensible la percibe.
Hubo momentos de gran alegría, de cosas pequeñas como el hecho de tener su mano entre mi mano. Mi mano la resguardaba y la proveía. Las veces que la conducía sobre las grandes avenidas donde la muchedumbre se arrebataba para cruzar la esquina y ella caminaba o se detenía a la sutil orden de mi palma. Recordé la luz de su mirada cuando ésta respondía a mi sonrisa, después dejó de emitir destellos. ¿ Ella sabría lo que dirían sus ojos? Nunca lo sabré. Aunque creo que lo supo. Sin embargo no le di tiempo de decírmelo.
Muy en la mañana, la neblina cuajaba en el piso y sobre los cerros tal vez formaba grandes anacondas. La reconocí por su forma de caminar, en una mano su equipaje y la otra suelta, subía y bajaba con desorden como lo hace una mariposa con el ala rota. ¿Se iba de viaje? ¿acaso escapaba? cuando ayer todavía me rodeaba con sus brazos. Nunca llegó a su destino… ni creo que lo tuviese.

Buenas noches Variola

Buenas noches variola
Hace tiempo dañaste a reyes y aldeanos. Los que sobrevivieron quedaron ciegos y carcomidos. Podrías decir que era tu misión y no discriminaste. Lo cierto es que sigues formando parte de la vida. Hoy vives encarcelada. No he querido aniquilarte, pues eres singular en la vida. Mi admiración hacia ti me dice que debo respetarte. En las noches de perversidad, te observo con ojos profundos y muevo tus ácidos para hacerte más letal. Mi alma tiembla con sólo pensar que un error podría ser fatal para mí.
Algún día, mi odio podría darte la libertad de anidarte en la linfa de los hombres; tan fácil dejarte olvidada en algún aeropuerto de esta tierra y quince días después brotarías en los cuerpos transformada en pequeñas vesículas negras hediondas de pus y de muerte.
Por este día, Variola, me iré a dormir con un Padre Nuestro en la boca.

Ni la muerte será capaz

¿Estaré en una iglesia? ¿Parece que alguien ora? —Se preguntó el esposo que estaba acostado y cubierto con frazadas. Cerró los ojos y un placer morboso irrumpió al recordar las palabras del yerbero: “La hierba rumorosa debe su nombre a que poco antes de llegar al efecto mortal, las gentes mastican sus pensamientos, como si rezaran.”

La habitación tenía pintura que se levantaba, como si a propósito la hubiesen rizado, al fondo, la estufa prendida hacía bufar un caldero que desprendía vapor y que intentaba aminorar el frío.
—Mi oído se recupera, pues escucho con una claridad diáfana las palabras de mi odiada esposa. Desgraciada, oigan lo que dice.

—Él es idóneo. Obeso, sedentario, fumador y medio sordo. Su gesto me dice que no da crédito a lo que oye. Seguro que no tarda en morirse, la pócima que le di está en proceso, pues, el oído capta el más leve cuchicheo después de ingerida la dósis. ¡Bendito pulque que permite combinarlo con cualquier fruta! ¿Quién puede pensar que lo he envenenado? El médico dirá que fue un ataque al corazón. ¡Me importa un rábano que escuche! ¡No sé cómo pude soportar tanto!

El viejo Antes de morir comprendió y tuvo fuerzas para caer sobre su mujer y forcejear. Abrazados y con la cara de ella sobre el hueco del hombro, los encontraron sin vida al día siguiente. El diario local exhibió la foto y al pie de la página se leía “Victimas del frío”. “Se amaron hasta la muerte”.

Los benjamines

Poco antes de cumplir los cincuenta años, numeró las veces que la muerte había aleteado alrededor de él. Eran muchas, por lo que concluyó que estaba predestinado a un fin grandioso.
Antes de morir, tuvo un último hijo cuya vida fue paralela a la de él y al igual que su padre, presentía que la vida le tenía reservada una gran proeza. Murió viejo.
El suceso se repitió en muchas generaciones. El último de ellos no se cuestionó pues moriría en la cruz en las afueras de Roma, pensando que su esfuerzo había sido inútil.

Deseos

Abrazo tus hombros. Al besar tu cuello, froto la nariz en el caracol de tu oreja.
Mis brazos ruedan. Deja que tus ojos se pierdan a través de la ventana y percibe como relamo la frutilla de tu cerviz.
Tu espalda es un mar,mis labios una barca. Remo a la vera de tu columna y la habito con jazmines.
Entreabro tu boca y la inundo; anhelo que los corales fulguren y al trote el deseo se exhiba. Tienes fresas de mar en los bordes. y en el trapecio del cuello sobrevivo a tus latidos. Al caer la blusa arribo al muelle de tus pechos. Destrabo el corpiño.Sigue leyendo «Deseos»

El gobierno

Inserté en el “aviso de ocasión” un anuncio donde solicitaba un licenciado en ciencias sociales, con carácter, ambición y capacidad para resolver problemas. Llevaba días entrevistando en una oficina que no es la mía y alejada del centro urbano. Cuando lo tuve frente a mí, vi que era el hombre que buscaba. Frente amplia, de mediana edad, ojos claros y grandes que despertaban simpatía y un movimiento rápido que reconozco sólo en las personas observadoras. Alto, robusto y con la piel aceitunada por frecuentes caminatas bajo el sol. Discutimos el sueldo y acepté su propuesta. Le pagaría de acuerdo a los resultados.
La zona indígena de la región de la montaña andaba alborotada. Él tendría que llevar en una mano el pan y en la otra el fuete. Tenía libertad para decidir, si una situación escapaba y había difuntos, yo tendría a quien echarle las culpa. ¡ Joder! En la actualidad los “ chivos expiatorios” le salen caros al gobierno del cambio.