Sonata

Un día al año la luna se aparta del camino. Con su luz de cobre ilumina el viejo bosque, dentro, hay una casa abandonada; aluzada, cobra brillo la madera, la teja enrojece, los vidrios destellan. Se oye la sonata de Beethoven; al finalizar hay aplausos y sonrisas. Poco a poco la casa oscurece y la cubre el silencio.

monet otoño

A grandes males…

Le puso remedio a sus noches de insomnio. Partió a la funeraria y se compró un ataúd con respiradero; estaba hasta la madre de que todas las noches la sangraran los moscos. 

ataúd

 

El Mudo

Voy a los lavaderos comunales y las señoras me saludan con afecto y emoción. Aunque tengo lengua, ellas saben que soy mudo.
-Tome agua de mango que traje.
– Hay enchiladas de mole con huevo.
-Ser mudo no es el infierno, sobre todo si sabes manejar una lengua larga.

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Rafael latorre

Depresión

Era sagaz; Llegando la lectura a mitad de la novela, abandonaba. Intuía con mucha probabilidad el final y se deprimía.

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El último wisqui

La plática en el club, se hizo privada, sólo quedamos él y yo. Un recién egresado, y un viejo lobo de los quirófanos. En ocasiones habíamos transitado por los corredores del hospital, no era su íntimo, pues mediaba una clase social, una buena pila de años. Tal vez por los whiskies ingeridos, la soledad, el deseo de ser escuchado. No lo sé, después de que cada galeno habló sobre sus pacientes, sus errores, virtudes diagnósticas, sólo quedamos no más de cinco. Dos de ellos hablaron de anécdotas picantes, en lo que no habían participado ellos, y él, de vez en cuando decía “Sí, me lo contó el primo de una amiga.” después de la media noche, dijo, “me acompaña con la caminera” asentí con la cabeza, alcé mi copa y le dije salud.
¡Ah mis colegas!, son unas blancas palomitas. Debajo de la piel de un médico se esconden secretos complicados.
—¡Usted tiene uno?
—Tengo muchos, cómo los que un día tú tendrás.
De joven trabajaba como médico en una institución que ofrecía servicios de seguridad social y nuestros pacientes provenían de una clase social elevada. Un día, casi para terminar la consulta tocaron a la puerta. Era una prima. Pensé en aquel momento que quizá al ver mi nombre sobre la puerta, se había detenido a saludarme, gran sorpresa, pues estrictamente hablando, ella llegó en calidad de paciente.
Una prima con la que no convivía, tenía una gemela. Me confundía con ellas.  La recibí con agrado. Era una mujer que demandaba atención. Así que inicié la entrevista. Ella tenía la piel y el color de una aceituna, un blanco moreno con grandes ojos y profundas y largas cejas. ¿Qué me contestaría?, ¿qué dijo? no recuerdo. Algo, algo mencionó… algo pasó, que hizo que detonase mi deseo. El rostro de ella olía a complicidad. Arreglamos una cita. Cuando contactamos, en vez de irnos a un café, convenimos con los ojos, que no era saludable un lugar público. Fuimos a un motel.
Ambos sabíamos, lo hicimos y nos comportamos como cualquier pareja, o mejor dicho como pocas parejas. Pues lo prohibido motivó a que el deseo se fuese a la cúspide. Ella poseía un cuerpo formado, duro, gatuno, cuando sus piernas estaban a un lado de mi torso, o bien cuando ella me aprisionaba, decía » no sabes cuantas noches soñé que me tenías así y ahora que lo hago, pienso que es un sueño.
Estaríamos como tres horas y el descanso sólo era breve, así que dejamos de hacerlo, cuando el roce de nuestros sexos despertaba más dolor que placer. Ella se fue por un lado y yo por el otro. No hubo una segunda vez.
—¿Supo usted quién de las dos fue?
—No. Y cuando en una ocasión conviví con ellas, al verlas, no me atreví a investigar y preferí defender el recuerdo del lunar morocho alunado en su nalga izquierda.

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Aflicción

-¡No se atreva ni a verme!
¡Piensa que soy estúpida! Creyó que no me daría cuenta. Vino a enamorarme, a proponerme matrimonio sabiendo que es mi medio hermano, ¡Qué ruín! lo hace con el fin de lastimar a mi madre. ¿Quiere venganza? Vamos al cementerio, traiga la pala, desentierre a nuestro padre y exhíbalo. Mi madre no tiene ninguna culpa. ¡Ahora lárguese!

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*intertextualidad Electro O’ neil

La ciencia de la pereza por Italo Calvino

Para los turcos, Dios no nos ha impuesto castigo más brutal que el trabajo. Por esa razón, cuando su hijo cumplió 14 años, un viejo turco, buscó al profesor de la comarca para que se ejercitara en la pereza.
El profesor era conocido y respetado, pues en su vida sólo había escogido la senda del menor esfuerzo. El viejo fue a visitarlo y lo encontró en el jardín, tendido sobre cojines, a la sombra de una higuera. Lo observó un poco, antes de hablarle. Estaba quieto como un muerto, con los ojos cerrados, y sólo cuando escuchaba el ¡chas! que anunciaba la caída de un higo maduro a poca distancia, estiraba lánguidamente el brazo para cogerlo, llevárselo a la boca y tragárselo.
“Éste es, sin duda, el profesor que necesita mi hijo”, se dijo. Se acercó y le preguntó si estaba dispuesto enseñarle a su hijo la ciencia de la pereza.
—Hombre —le dijo el profesor con un hilo de vos—, no hables tanto que me canso de escucharte. Si quieres transformar a tu hijo en un auténtico turco, mándamelo y basta.
El viejo llevó a su hijo, con un cojín de plumas debajo del brazo, y le dijo:
—Imita al profesor en todo lo que no hace.
El muchacho, que sentía especial inclinación por esa ciencia, vio que el profesor, cada vez que caía un higo, estiraba el brazo para recogerlo y engullirlo. “¿Por qué esa fatiga de estirar el brazo?”, pensó, y se mantuvo recostado con la boca abierta. Le cayó un higo en la boca y él, lentamente, lo mandó al fondo. Luego volvió a abrir la boca. Cayó otro higo, esta vez un poco más lejos; el discípulo no se movió, sino que dijo, muy despacito:
—¿Por qué tan lejos? ¡Higo, cáeme en la boca!
El profesor, al advertir la sapiencia de su discípulo, le dijo:
—Vuelve a casa, que aquí nada tienes que aprender. Soy yo, más bien, quien debe aprender de ti.
Y el hijo volvió con el padre, que dio gracias al cielo por haberle dado un vástago tan ingenioso.
perezoso

Una historia londinense* Marco Denevi

La señora Smithson, de Londres (estas historias siempre ocurren entre ingleses) resolvió matar a su marido, no por nada sino porque estaba harta de él después de cincuenta años de matrimonio. Se lo dijo:
-Thaddeus, voy a matarte.
-Bromeas, Euphemia -se rió el infeliz.
-¿Cuándo he bromeado yo?
– Nunca, es verdad.
-¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?
-¿Y cómo me matarás? -siguió riendo Thaddeus Smithson.
-Todavía no lo sé. Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la comida. Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil. O te haré rodar por la escalera, aprovecharé cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con un candelabro de plata, conectaré a la bañera un cable de electricidad. Ya veremos.
El señor Smithson comprendió que su mujer no bromeaba. Perdió el sueño y el apetito. Enfermó del corazón, del sistema nervioso y de la cabeza. Seis meses después falleció. Euphemia Smithson, que era una mujer piadosa, le agradeció a Dios haberla librado de ser una asesina.

 

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Jean Simeon Chardin

*El título es mío.

¿Qué castigo merezco?

¿Qué castigo me darán, si dejo que los árboles sean sombras desdentadas, retorcidas osamentas donde no abreva un clarín? el camino es sembradío de ortiga y el arroyo transparente es una pisada árida. ¡Nada hice por detener a los jinetes de la oscuridad y carcoma!

arbol azul

Diario de una mujer-15-sin pecado concebido.

Dejé que fluyeran las imágenes como un tren que arriba a la estación con las puertas abiertas. Hoy Encontré selvas con helechos que al moverse dispersan la luz, haciendo que ésta baile. Me vi correr en la pradera; restregando con mi espalda la hierba mojada, como una yegua estremecida por el placer del retozo.
Con el tejido en manos, me pregunto. ¿por qué no lo hice? Sigo siendo la mujer sin mancha que todas las tardes toma camino hacia la iglesia al repiqueteo de las campanas, mientras en el atrio los niños juegan con las palomas.

picasso niña con paloma

Si no fuera por Toñito-diario de una mujer 13

¡Ah si no fuera por Toñito!, ya estuviera en mi rancho, tiene quince años y cada día se parece más a su padre. Va a ser alto, con unos ojos que solitos platican; como los de su papá en aquella tarde. Estaba sentada en el escalón, secándome el pelo, el señor llegó con los ojos brillosos y me empezó a decir de cosas cerca de mis oídos, respiraba por mi cuello. Me hacía la tonta; sus palabras fueron acomodándose, estaba ansiosa de que siguiera, y él siguió. Sus brazos alrededor de mi cintura eran duros como ramas, su voz que me decía «si tienes un varón me harás el hombre más feliz». No recuerdo las veces que lo intentamos, pero todos los meses la regla llegaba como soldado a su guardia. La que se embarazó fue su mujer, pero a Toñito lo siento como mío. Si no fuera por él, no sé dónde andaría.

mujer campesina Edvard-Munch-

Diario de una mujer. doce

«Sería una simpleza describir cómo me abordó el desconocido; nada quedó íntegro. El placer es un remolino que anestesia la realidad, que sólo se mira a sí mismo. Vuelvo a reír: de niña no deseas tomar la pastilla por la náusea. El pudor ordena esconderte de toda mirada. Ese día introduje cápsulas y pastillas sin que arqueara. Mostré mi desnudez, tanto placer de que él viese, tocase mi cuerpo. Acepté, pedí ser penetrada. El dolor inicial se transformó en placer indefinible. Cuando tuve en mi boca el sabor de él, oliendo a mar, lo degusté intensamente. ¡Dejé de ser niña!, son las mejores horas que la vida me ha dado. Afuera oía como el mar azotaba los riscos. Él besaba mi cuello y decía: Beba te he hecho mujer…”

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Para ganar un partido de Fut

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Tienes que rodearla con suavidad, acariciarla, hablarle al oído, como murmurandole lo mucho que la amas. El salón de belleza está en ti. Toque, retoque y arte para peinarla. Llegará tarde o temprano el Gol.

 

¡Qué Bella es!

¡Qué bella es cuando la veo dormir! Su cabellera extendida es un río encrespado. Navegar en él es encontrarse con el brillo de sus ojos. Su pelo fulgura en la copa del cielo. Es mi señora y enriquece mis sentidos al jugar conmigo. Pero la congoja llega si ella se ausenta, y el silencio pesa como el enramado de un gigantesco árbol.

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