“Sería una simpleza describir cómo me abordó el desconocido; nada quedó íntegro. El placer es un remolino que anestesia la realidad, que sólo se mira a sí mismo. Vuelvo a reír: de niña no deseas tomar la pastilla por la náusea. El pudor ordena esconderte de toda mirada. Ese día introduje cápsulas y pastillas sin que arqueara. Mostré mi desnudez, tanto placer de que él viese, tocase mi cuerpo. Acepté, pedí ser penetrada. El dolor inicial se transformó en placer indefinible. Cuando tuve en mi boca el sabor de él, oliendo a mar, lo degusté intensamente. ¡Dejé de ser niña!, son las mejores horas que la vida me ha dado. Afuera oía como el mar azotaba los riscos. Él besaba mi cuello y decía: Beba te he hecho mujer…”

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