Un hombre de palabra

Antes de salir el sol, tomaba sus arreos y se presentaba con la cuadrilla, los separaban por parejas; observaba el mapa, identificaba su ruta. La ocupación era cargar una bomba con un químico que abatía el mosco en aquella zona palúdica. Rancherías alejadas, dispersas. Todo el día caminando, roseando las casas. Regresaba entrada la noche.
Cada día estás más flaco y pálido Celedonio.
Si, yo creo que me está haciendo mal el trabajo, pues, aunque no quiera respirarlo, el polvo se mete.
¿Qué polvo es?
En la caja de cartón duro con forma de botella dice D. D. T. y trae una calavera.
-Mejor salte, antes de que sea demasiado tarde.
La calle era un jolgorio de chamacos que jugaban en la calle, tras la pelota que iba de un lado para otro y el que pitaba era el buen Celedonio.
-Ya renuncié. Desde mañana estaré trabajando de vaquero. Había hecho buenos amigos con los compañeros del paludismo y gente que vive en los ranchos apreciaban el trabajo. No todos, otras se escondían.
-¿Esconderse? ¿por qué Celedonio?
-Dentro de la norma, todo aquel que haya presentado fiebre un mes antes o en el momento, se le tiene que pinchar con una lanceta y sacarle una gota de sangre que uno extiende en una laminilla de vidrio, según nos dijeron es para ver si la persona tiene o no paludismo. Se esconden para que no se les saque sangre. Unos por el dolor causado por la lanceta, otros dicen en que las gotas de sangre el gobierno las vende. ¿Usted cree?
Le desee suerte en su nuevo trabajo, seguramente tendríamos más tiempo para poder platicar, me parecía un buen amigo, lo saludaban con cariño y respeto. Un hombre de palabra, decían de él.
Movía la cabeza, y en un principio me reí de la burrada de los campesinos: “El gobierno quiere vender nuestra sangre” pero un segundo pensamiento me llevó a deducir que la desconfianza de ellos hacia las autoridades era inmensa. Después supe que veinte años antes había entrado el ejército y había masacrado a un pueblo vecino.

ranchería

Intimidades del género

En la noche me dolieron las rodillas y prometí no hacer el amor como si rezara. Mi mujer no lo sabe, se fue a un retiro con las beatas del pueblo.

mujer desnuda

La espera

El agua fría del pozo corrió sobre su espalda, no pudo evitar un resoplo. Con el baño se fueron los restos de un sueño inquieto. La mañana no abría. El resplandor de la luna le daba luz a la recámara de su madre; le dejó una fruta, la intención de besarla y un recado.
Contempló el patio con sus frutales. Por un instante, se vio jugando con sus hermanos, mientras su madre daba de comer al cerdo. Se fue. Sólo llevó la esperanza. 
Habían pasado dos años y la madre seguía con la manutención de la prole, pidiéndole a la virgen Morena por el hijo ausente y llevándole, cada quince días, una veladora al templo.
Golpeaba la ropa con furia, deseando sacar la tristeza; sólo conseguía endurecer el dolor. No podía sacarlo del recuerdo. Lavaba, a pesar del desaliento, humedeciendo de lágrimas la manga de su camisa. En la noche, rendida, lo veía entre sueños.

Una mañana, al despertar, encontró sobre la mesa rústica –al lado del rosario- su taza con leche y una nota. Supo que él estaba, que había vuelto cobijado por la oscuridad de la madrugada y fluyó su llanto; en el regato corría el dolor de dos años. ¡Sus ruegos no habían sido en vano! El cansancio lloviznó en su interior y la piel se hizo fresca, dentro fluía una esperanza realizada. El sueño cobró lo que ella le debía, tanto, que no pudo abrir los ojos, pero eso ya no le importó. Su hijo estaba en su recámara durmiendo.

madre de Gauguin

Gauguin

 

Cara a cara

Ella vive en un pueblo donde los varones son lampiños y las féminas de abultados pechos. Él, mora muy distante y los hombres son de pelo en pecho, con mujeres de escaso busto.
Después de meses de plática con el Messenger, se vieron en la pantalla. Ella escruta su pecho y él disfruta al verla con vestidos de profundos escotes.

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La gente se va

El paso de la yegua resonó en el empedrado del pueblo. Parecía que sus gentes dormían la siesta. Había una nube de silencio, señales de un pasado rico, construcciones sólidas, cuyas ventanas de cedro decolorado aún mantenían el vidrio astillado. La opulencia de sus años mozos se negaba a desaparecer. La maleza crecía en los jardines, las enredaderas; trepadoras indomables subían por las paredes de piedra. En los tejados, como tordos centinelas, se balanceaba uno que otro helecho. Las puertas cerradas, la madera quemada, retorcida. La iglesia mantenía su majestuosidad.  El pueblo había sido centro comercial de la vainilla, que cuando los precios internacionales bajaron. los importantes dejaron sus casas y se fueron a la capital. La gente que se quedó fueron niños, ancianos, mujeres. El. campo no da, las tierras no se estiran, cultivarlas requiere de asistencia técnica, abono y capital. La gente se va, unos porque nacieron para la aventura, pero la mayoría es para no morir de hambre

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Zozocolco 2014

Diario de una mujer 18

Me he visto caminar por la orilla del mar y meditar cada vez que el agua me besa los pies. Su inmensidad asombra, atemoriza; sobre el horizonte hay un barco de vela que se hunde con el sol. Me veo jugando sobre el pecho de mi padre, abrazándome; los ojos se abultan.Suspiro, camino, siento que su sombra me sigue y cuida. Como todos, he sufrido, reído; el equilibrio entre ambas es lo que me mantiene. Una ola llega, burbujea en mi piel, se va. Nada se queda. Me iré yo. Dejaré en el vuelo de las gaviotas mis quehaceres. Eso deseo, eso amo.

mujer mar

Ausencia

Noches profundas donde escuchaba tu voz de susurro. Los días llegaban con aromas silvestres. Duele alejarse de tus pensamientos, del hola, de los buenos días y las pequeñeces que contabas. Asistieron los falsos de la vida, la promesa desviada. Hay días de recuerdo que son inevitables como tu perfil recostado en mi pecho.
Afuera el viento golpea el tejado.

casa abandonada

El barco

Sacudiendo la vivienda, tropiezo con un detalle. Los recuerdos son palomas sobre mi cabeza, que nunca van a ninguna parte, dan vueltas y vueltas; vuelven, van. ¡Nunca duermen! Siempre alertas para incitar lo que se fue.
He movido la cabeza. Y digo ¡basta! ¿Cuándo llegará el desapego? Por la tarde miro el horizonte, el mar, el ocaso; no hay una luna diferente, ni astro que sirva de señal.
El barco que espero tarda demasiado.
El mar gruñe al azotar la roca, si quitara el mar, la roca; seguiría oyendo los azotes del agua dentro de mí. El barco tarda, y el desapego no llega.

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Cuando corro

La línea blanca divide la carretera, ésta se pierde en la lejanía; la mirada divisa un casco rojo que monta una motocicleta que no se oye. el Sol recuesta sobre mi espalda y mi sombra se inclina. En la cúspide es diferente, rozo las nubes con la mirada. los árboles parecen arbustos. Abajo se mira la huida de aguas transparentes.  Me lavo los ojos con el cristal frío que corre. Puedo llenar el hueco de mis manos y sentir la humedad que acaricia mis labios. El señor del casco rojo, viene de regreso, estoy hecho una sopa y el sol es inclemente.  A pocos metros se da la vuelta, me mira, mueve la cabeza y me da dos mandarinas que agradezco con unas gracias de deshidratado.

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Erótico cuatro o fuerza de gravedad

Mi boca es un carro de fuego atraído por la oscuridad de tu centro.
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Pino Daeni

 

Diario íntimo 17

En el avión, de regreso a casa, pensaba en mi manera de ser. Me vi en el espejo, puedo ser tierna, compartida con las cosas que amo; asegurar que los pequeños detalles estén presentes, ellos son los que cubren de alegría nuestra vida. Es cierto que algunas veces escapo a mis tristezas, a mis enojos, dolores que toda mujer tiene; valoro una caricia en la mejilla, un roce de labios en la frente o un beso en la piel de mis senos. Atesoro caminar bajo un atardecer o refugiarme en los brazos de él, al escuchar el estallido de los truenos. Hoy, que ha pasado todo, puedo decir que el amor es esto; pero falta algo más, algo que no tiene nombre, que es inefable y que Salvador nunca tendrá.
La gente bailaba con la música de carnaval, lejos los rumores del río. Nosotros entregados en el abrazo y nuestras bocas reunidas. Beso sin tiempo que aún pulsa, permanece. Mi esposo vive.

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Diario de una mujer 16

Me gusta escribir, contarte los pormenores de mi ajetreo, cosas cotidianas. cómo al bañar a mis hijos da por imaginar que es tu piel morocha. Complace que escuches, sepas lo que dicen mis compañeras de oficina, las que no me dejan escribir porque rondan como palomitas a mi alrededor.
Me gustaría que estuvieras en mi regazo, hacerte mimos morder tus cachetes. Amo el placer de decir lo que sucede, lo que vuela por mi pensamiento. Me estremece el sabor de tu nombre, gritarte en silencio, fantasear que eres quien levanta mis piernas y se desploma dejando en mi cuello un te amo y en mis surcos la agricultura de tu ser.

mujer Berthe morisot

¡Qué huevos de pulga!

Les dijo que se iría del circo porque su vocación eran las matemáticas.
La recordarían años después como la pulga negra de la familia.

pulga

Premonición

Despertó en la madrugada con la boca seca. Fue a la cocina, abrió la nevera y asió la jarra, que en vez de agua tenía una cara con la boca abierta por donde salía una lengua polvosa y aplanada. Tengo sed, dijo con voz aniñada. Violentamente se incorporó de la cama con lumbre en la garganta y su corazón galopando. Se quedó inmóvil y masacrado, esperando la mañana.
hombre