Antes de salir el sol, tomaba sus arreos y se presentaba con la cuadrilla, los separaban por parejas; observaba el mapa, identificaba su ruta. La ocupación era cargar una bomba con un químico que abatía el mosco en aquella zona palúdica. Rancherías alejadas, dispersas. Todo el día caminando, roseando las casas. Regresaba entrada la noche.
Cada día estás más flaco y pálido Celedonio.
Si, yo creo que me está haciendo mal el trabajo, pues, aunque no quiera respirarlo, el polvo se mete.
¿Qué polvo es?
En la caja de cartón duro con forma de botella dice D. D. T. y trae una calavera.
-Mejor salte, antes de que sea demasiado tarde.
La calle era un jolgorio de chamacos que jugaban en la calle, tras la pelota que iba de un lado para otro y el que pitaba era el buen Celedonio.
-Ya renuncié. Desde mañana estaré trabajando de vaquero. Había hecho buenos amigos con los compañeros del paludismo y gente que vive en los ranchos apreciaban el trabajo. No todos, otras se escondían.
-¿Esconderse? ¿por qué Celedonio?
-Dentro de la norma, todo aquel que haya presentado fiebre un mes antes o en el momento, se le tiene que pinchar con una lanceta y sacarle una gota de sangre que uno extiende en una laminilla de vidrio, según nos dijeron es para ver si la persona tiene o no paludismo. Se esconden para que no se les saque sangre. Unos por el dolor causado por la lanceta, otros dicen en que las gotas de sangre el gobierno las vende. ¿Usted cree?
Le desee suerte en su nuevo trabajo, seguramente tendríamos más tiempo para poder platicar, me parecía un buen amigo, lo saludaban con cariño y respeto. Un hombre de palabra, decían de él.
Movía la cabeza, y en un principio me reí de la burrada de los campesinos: “El gobierno quiere vender nuestra sangre” pero un segundo pensamiento me llevó a deducir que la desconfianza de ellos hacia las autoridades era inmensa. Después supe que veinte años antes había entrado el ejército y había masacrado a un pueblo vecino.

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