La línea blanca divide la carretera, ésta se pierde en la lejanía; la mirada divisa un casco rojo que monta una motocicleta que no se oye. el Sol recuesta sobre mi espalda y mi sombra se inclina. En la cúspide es diferente, rozo las nubes con la mirada. los árboles parecen arbustos. Abajo se mira la huida de aguas transparentes.  Me lavo los ojos con el cristal frío que corre. Puedo llenar el hueco de mis manos y sentir la humedad que acaricia mis labios. El señor del casco rojo, viene de regreso, estoy hecho una sopa y el sol es inclemente.  A pocos metros se da la vuelta, me mira, mueve la cabeza y me da dos mandarinas que agradezco con unas gracias de deshidratado.

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