El paso de la yegua resonó en el empedrado del pueblo. Parecía que sus gentes dormían la siesta. Había una nube de silencio, señales de un pasado rico, construcciones sólidas, cuyas ventanas de cedro decolorado aún mantenían el vidrio astillado. La opulencia de sus años mozos se negaba a desaparecer. La maleza crecía en los jardines, las enredaderas; trepadoras indomables subían por las paredes de piedra. En los tejados, como tordos centinelas, se balanceaba uno que otro helecho. Las puertas cerradas, la madera quemada, retorcida. La iglesia mantenía su majestuosidad.  El pueblo había sido centro comercial de la vainilla, que cuando los precios internacionales bajaron. los importantes dejaron sus casas y se fueron a la capital. La gente que se quedó fueron niños, ancianos, mujeres. El. campo no da, las tierras no se estiran, cultivarlas requiere de asistencia técnica, abono y capital. La gente se va, unos porque nacieron para la aventura, pero la mayoría es para no morir de hambre

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Zozocolco 2014