Regresaba poco después de las diez de la noche, la tía y las primas dormían. Con cuidado metías la llave en la cerradura . No prendías la luz e ibas como ciego hasta llegar a tu recámara. “Claro que tenía que hacer todo eso. Comprende que uno de arrimado es siempre arrimado”. Me miro y allí estoy quitándome la ropa, acomodándola para que no se arrugue. “¡Chamacas no ensucien tanta ropa, que la señora que plancha no vendrá en un mes!” Por tu ventana se filtraba la luz de la luna que aluzaba la sábana blanca de lino que el tío había pasado de contrabando. > Terminada la faena, vas al baño y orinas con un chorro grueso, caliente y bajas la palanca con fuerza y escuchas los hipos violentos del wc. Yo sonreía, pues el ruido del sanitario nadie lo puede evitar, con el agua se iban mis tensiones y regresaba enfundado en el pijama dispuesto a dormir con una sonrisa.
Me tiendo debajo del mango. Como hasta quedar ahíto. El sueño me gana. Despierto con hambre y vuelvo a jambarme. Ríos amarillos, dulces y pegajosos escurrían por mi barbilla. Lejos se oían los gritos de mi madre llamándome y reclamando la leña. Sobresaltado buscaba viejas ramas y hacía un hato más delgado que mi cuerpo.
—¡No había, no hay, siempre tienes pretexto! Explícame cómo es que tienes pegajoso el mentón. Chamaco cabrón, estuviste comiendo mangos.
—No, má. solo fue uno que se cayó mientras buscaba la leña.
Salió al jardín, contemplo la claridad de los árboles. Pasaban de las tres de la mañana y era el tercer día que no podía dormir. Había tomado de todo, desde remedios caseros hasta las grageas del homeópata. Cuando los bostezos llegaban, se tiraba a la cama y el sueño desaparecía. Por la ansiedad sacó del cajón una pistola que parecía de juguete y se voló la tapa de los sesos. Abrió los ojos y a través del cristal del ataúd observaba a una araña que se columpiaba
Coincidimos y despacio caminamos por el paseo arbolado. Hace tres años fuimos novios. llegando a su casa me despedía. Me detuve al oír su pregunta.
— ¿Quieres conocer a mi niña?
“sabía por su boca que era madre soltera, su invitación podría ser un reencuentro, una relación que había sido superada, la prudencia era seguir hacia mi domicilio, pero…”
Subí por unas escaleras rústicas y polvosas. La niña dormía.
—Me la cuida una vecina, mientras trabajo.
De un libro sacó un poema que le hice y de un alhajero, unos aretes que le regalé. “arrastrado a los días felices, me conmoví”
Nos besamos con pasión.” ya no éramos los jóvenes estudiantes sino dos adultos consientes, pero atrapados en el ayer” Mis manos acariciaron sus pechos y ella mi cabellera… Antes de amarnos exclamó:
— ¡hacemos mal!, ––¡No lo hagas!
—¿No me deseas? —pregunté firme— y con el silencio dijo que sí. “ del beso breve de la adolescencia, pasamos al remolino”
El cabello bamboleaba por su frente, mientras mis manos cargaban sus glúteos.
Se puso la bata, fue al baño. Llegó con agua limpia, y enjabonó mis genitales. Me quedé en un suspiro, en lucha contra la sensación y conmovido por su actitud.
Salí en silencio. Por el camino a casa, recordé que esa higiene me la habían hecho sólo una vez. Fue en un burdel y la mujer, cuando secaba mis testículos, haciéndome un guiño con el ojo, preguntó: ¿Cuándo regresas?
daba por terminada la discusión diciendo » a mí la calaca me pela los dientes» Ayer lo visité. Lucía un color cadáver. En el buró, un vaso con agua, y dentro una dentadura postiza que sonreía.
Cada encuentro para ambos era la última. Recogíamos las prendas tiradas sobre la alfombra. Ya vestido tomaba tus hombros y decía pegado a tu oído: “esto ya no sucederá”, al tiempo que te ofrecía una caricia en tu mejilla y eso bastaba para encendernos y dejar de nuevo las ropas desperdigadas. ¡Todo se resolvió, el día que decapitamos el arrepentimiento!
Se sentó como un muñeco de resortes, con el deseo de aspirar profundamente. tocó su cabeza, su cara: barba y coleta no las tenía. Purísima blancura, silencio y quietud.
El político Leonidas tuvo que esperar hasta que pasará el desfile de paquidermos. Furioso, por la demora, jaló con violencia el rabo de una de ellas. El intruso fue aplastado por su atrevimiento. Hallada culpable y fue recluida. Tiempo después, el partido ecologista ganó la elección y tomaron a la elefanta como icono de su identidad.
La Elefanta sigue condenada, pero su efigie aparece como símbolo de Respeto y Libertad.
A punto de claudicar en su búsqueda la encontró. No era falso lo que el viejo yerbero le había dicho. Al entrar a la botica percibió el aroma antiguo de las esencias. Deseaba un incienso especial. El anciano lo escuchó como si hubiera llegado de un largo viaje. Una hora después salió de la trastienda con varios frascos.— Por favor aspire. Con el primero sintió la soledad de su niñez, con el segundo llegaron sensaciones vagas de una novia a la que jamás le dio un beso. Una nueva aspirada y se encontró con dos años de coincidencias. Esas pláticas tan intensas donde el sueño se espanta; en el que las intimidades brincaban de la sábana al cielo. Sin duda era Martha. Al entrar compró un arreglo de rosas amarillas, localizó la tumba y la situó en un florero y se critico por su facilidad para olvidar sus promesas.
Ayer cumplió ochenta y hace más de cincuenta años que tolera un dolor de cabeza que la hace llorar y que sin previo aviso se instala por unas horas y se va. Agrega que, si el dolor se ausentara, tendría miedo de dormirse.Tantos días a su lado, que sin él, el presagio es oscuro.
Hubo días que tus manos se deslizaban por mi cara, y tus piernas se anudaban a mi cintura. Hoy nos encontramos en el cinema, tú fingiendo una plática con tu pareja, yo, simulando no verte al pasar a tu lado. Solo los aromas se mezclaron, viejos conocidos.…
Hay un crepúsculo. Se ven conglomerados grises y oscuros. ¿lloverá?, podría escuchar los truenos en una lejanía que se acerca. Se refleja un árbol sin hojas y nudoso. Me recuerda el relámpago que iluminó el almendro denudo, como las placas radiográficas que mira el médico, hay cúmulos blancos en todas partes. Escuché la voz pausada que le dijo a mi mamá: requiere intubación, su oxigenación está en el límite. A ella y a mí nos llevaron al laboratorio. Mi papá se quedó solo…
Ella se hacía la dormida, cuando él llegaba después de la media noche. No tuvo dudas de que él tenía ya otra mujer.—Cuando me acosté estabas bien quieta y no te quise despertar.—¿Te fuiste con tus amigos?—Ha aumentado el trabajo, pero a salida nos tomamos una cerveza.
Juana vivía en una vecindad. Por la tarde sacaba la silla y su canasta de tejido fuera del cuartucho y continuaba con la filigrana de colores que iban decorando la tela inmaculada. Sus ojos en el manto y sus oídos en el taconeo. Cuando reconocía el andar de su esposo empezaba a calentar su cena. Desde hace tres meses llegaba cerca de la media noche. Lo oía comer, desvestirse y roncar.Hace cinco años se juntó con él. —Estabas joven, con cara de niña. Si, pero harta. Como yo fui la mayor, hacia todo y mi madre solo sabía hacer hijos con los hombres que se juntaba. dos años después la dejaban. No me incomodaban mis hermanos, ellos no tenían culpa, para ellos yo era su mamá. Tampoco juzgo a mi mamá, simplemente me harté y me salí de la casa. Su deseo de salir y caminar era mayor y en ese andar se encontró con él. En cinco años nunca se le detuvo la regla. -Y…- Mujer es la que puede tener hijos y yo no me embarazaba por más que le rogué a la virgencita. Vendí mis bordados y fui a ver al médico de la iglesia que me dio la dirección de una especialista. Me gasté hasta lo que no tenía y la doctora dijo que había que hacerle estudios a él. ¿Se los hizo? Pero como va a creer que yo le iba a decir eso a Alfonso. Es como decirle que no sirve. Entendí que andaba en busca de otra mujer que le diera cría.
Amaneció ese día enojada con ella. Aseó la vivienda, lavó la ropa, guisó. Si su marido llegaba temprano, solo calentaría la comida. Después de bañarse, maquillarse, y vestirse con su mejor atuendo salió a la calle de luces y cumbia. Se sentó a ver los anuncios y a oír la música. “Si soy yo, ¡malhaya!, si es diosito que no quiere, pues que se le hace. Se le acercó un jovencito. Ella dudó, ¿Tenías miedo? y como chingaos no tenerlo. Miedo a que te destripen, miedo a todo. Escuché la voz de él, como si hubiese salido del cascarón. “No sea malita, yo también tengo miedo” y eso me desarmó y me dio valor.
Esa noche lo esperó y lo incitó a tener sexo. Un día no llegó la comadre y la panza se le hizo globosa. El esposo volvió a ser el mismo, amable cariñoso y protector de la familia. Cuando el niño cumplió el año, el esposo con cariño, le dijo al oído. ¿Cuándo me darás la niña para tener la parejita?