Sendero
En la agonía del abuelo, le dice al nieto: «ahora que no está tu abuela pon en mi caja un frasco de pastillas azules, no sea que me tope con alguna de las once mil vírgenes que viven en el cielo, si lo sabe, es capaz de venirse conmigo.

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En esta categoría ubico los textos que son de mi autoría. Ficción breve, miificción
Sendero
En la agonía del abuelo, le dice al nieto: «ahora que no está tu abuela pon en mi caja un frasco de pastillas azules, no sea que me tope con alguna de las once mil vírgenes que viven en el cielo, si lo sabe, es capaz de venirse conmigo.

sendero
El fotógrafo tomaba impresiones del cadáver que yacía bajo los escombros de la barda. El periodista comentó con un vecino, —mala suerte que por el temblor le haya caído esta cerca de cantera.
—La muerte de él, independientemente de las piedras, fue culpa del “Pifas, que es un perro bravo. El difunto al pasar por la acera de enfrente, lo pico con una varilla en las costillas, nada más para fastidiarlo. El perro saltó la tapia y fue tras él. Coincidió con el sismo y miré las consecuencias.
—¿y el “Pifas”?
—regresó a su casa a seguir royendo su hueso.

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El aniversario
Sintió dos codazos en las costillas y la voz de su esposo.
—Hoy vendrán nuestros hijos a festejarnos.
—¡Ja! si hoy no nos casamos.
—¡Claro que no! —Hoy es el día de los santos difuntos.

Sendero
Sintió la tibieza de una boca en sus labios. El tren del medio día había cruzado el túnel y la claridad volvió. Los cuatro pasajeros parecían dormidos y de pelo en pecho.

Sendero
La abuela nombra a cada uno de sus hijos y nietos. Percibe que su muerte está cerca. Juanito como te voy a extrañar, haré un viaje lejos, lejos… lejos. ¿ lejos? no abue… cinco cuadras no es lejos.

Sendero
Fue en su primer año de occiso, que se dio cuenta que su mujer le ofrendó con tamales de chivo. Tienen el mismo sabor ahora, que cuando los degustaba en vida.

Sendero
Cuando me fui a comprar la carne, él escuchaba en la cama a todo volumen el concierto de rock, Sobre la mesa estaban los cigarros. vicio que no puede dejar, ¡seguro! que se durmió con uno en la boca. La humazón se hizo al quemarse la sábana y el colchón.—Debió despertarse ¿por qué no abrió la puerta? —Lo intentó. Pero yo me llevé las llaves del cuarto.—¡Mire nada más! Y tan buen cerrajero que era.

Sendero
Corro por desiertos, laderas de nieve y el pulso salta. Voy por tejados abrasados y me da por brincar tan alto que vuelo. Volar siguiendo un pelícano rozando el mar. Volar entre yuyos y flores y salir con olor a hierba y jazmín. Ver desde el cielo a los pescadores que llegan al puerto y volver al paso por callejones trenzados piedra con piedra y llenarme del aroma sagrado del pan.
Regresar a la profundidad del silencio, inflado de aroma y color.

Sendero
Es la primera vez que invito a un hombre a mi dormitorio y quizá la última. Cerré mis emociones y deseos con una rutina de quehaceres y deporte. En el closet, hay una pequeña puerta, la abro y veo a una mujer, qué soy yo. Danza al son de tambores y el sudor de su cuerpo extiende el deseo. En otro cuadro aparece sacando del horno una pieza de carne. Al final hay una abuela que teje por tejer, y percibe el aroma de una piel sudada y deseosa. me he puesto la bata de seda escarlata y mi compañero me pregunta si me gusta el baile.
Sendero
La copa de oro se retraía por el sol, pero crecían sus retoños al salir la luna. Se propuso cubrir con sus raicillas la red de púas de alambre. Una lucha tenaz contra el ardiente verano y al mes levantaba sus hojas de verde intenso y flores amarillo fuego que se mecían con la brisa de la tarde. Y yo me quejaba porque el maestro me exigía.

Dio muestras de vida, cuando ya había sido enterrado.

Sendero
Todos los días venía Narciso a mirarse en las aguas del río. Tal vez, se buscaba a sí mismo, o no tenía con quien jugar. Una tarde vieja, que el arroyo iba con pereza, se hundió para nunca volver. Lo amé cuando lo vi, y desde aquel crepúsculo no he parado de llorar.

Sendero
No tuvo que luchar para depositar en el bote su presa, era una sirenita con ojos verdes y cejas color carbón, que lo miraba resignada. “Debería sentirme afortunado, es un golpe de suerte”. Lo que no encajaba era la mirada lejana de la niña, y su cara tan parecida a la de su nieta que ya lo esperaba en el muelle. La depositó sobre la espuma del mar y enfiló hacia el atracadero sin pesca.

Sendero
Le ordenaron reposo absoluto. Su esposa, siguiendo indicaciones, compró el mejor ataúd para que el descanso fuera serio y efectivo.

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La garza mecánica hunde su pico en las vísceras del pozo. Es un moderno succionador que no descansa. Una y cien mil veces lo hace, obsesa por el hígado que yace en el vientre de la tierra. Nada le cansa, ni el sol abrazador, ni la noche tormentosa. Un dia quedará inmóvil, satisfecha de secar los veneros. Prometeo no duerme, espera el pico y la gula del águila, hasta el final de los tiempos.
¿ Nunca le llegará el hastío al ave?
