Sendero
Y…¿Cuántos años tiene?-cumpliré cien el año que viene.¡Ahhh! bien bien, que gusto me da platicar con un bebe- Le agarró el cachete, rascó su cabeza y siguió su camino el Dr Matusalén.

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En esta categoría ubico los textos que son de mi autoría. Ficción breve, miificción
Sendero
Y…¿Cuántos años tiene?-cumpliré cien el año que viene.¡Ahhh! bien bien, que gusto me da platicar con un bebe- Le agarró el cachete, rascó su cabeza y siguió su camino el Dr Matusalén.

Sendero
Rachas de viento tibio y frío barrunta que el clima va a cambiar, seguramente es la causa de mis dolores de rodillas. ¡pero tu no tienes la edad de tu abuela! Encuentra otra razón que justifique o si ya no recuerdas estás como el abuelo. Me tiré en la hamaca evitando doblarlas, lucían enrojecidas. Sin tanto esfuerzo encontré la razón, era un adicto a hacer el amor arrodillado en el suelo. A veces por regusto, en otras para no despertar a los niños de la prima Margarita. Mi mujer no lo sabe, desde ayer se fue a un retiro con las beatas del pueblo.

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Este hoy tiene silencio y ausencia. Comprendí que el carruaje en que nos instalamos era una calabaza. Abrasados por el amor y el deseo, las horas se descontinuaron. Permanecer en la montura de un viento que no existe, no tiene lógica. Quizá en el corredor de los sueños, en un día neblinoso, te pregunte ¿nos conocemos?

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Lo veía y no daba crédito, era yo, más flaco que un perro de pueblo. Tenía ausencia de deseos, solo uno me punzaba. Buscaba el rectángulo de mi tumba. Días y días y nada. Cuando veía que iban a dar sepultura, me preguntaba a quien enterraran. Era tanta fatiga, que daban ganas de pedirle al occiso que me diera su lugar. Una noche me tiré sobre la loza de un sepultado. Por la madrugada sentí como unas manos ¿o eran varias? que me pasaban a otra tumba, y a otra, y a otra… y así hasta que pasaron miles de días. Me desperté y vi una luz brillante donde iban y venían fantasmas, algunos de blanco otros de azul y cuchicheaban entre sí. “Mira tú, el que se iba a morir, ya resucitó. Está respirando por sí mismo, ¿se estará imaginando un rico filete. Éste ya la hizo”. Cuando tuve claridad, me enteré que solo fue un sueño que tuve hace años. Sigo envuelto en un plástico, dentro de un frigorífico, con el deseo de encontrar una tumba tibia y no este frío que a diario me mata.

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En la agonía del abuelo, le dice al nieto: «ahora que no está tu abuela pon en mi caja un frasco de pastillas azules, no sea que me tope con alguna de las once mil vírgenes que viven en el cielo, si lo sabe, es capaz de venirse conmigo.

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El fotógrafo tomaba impresiones del cadáver que yacía bajo los escombros de la barda. El periodista comentó con un vecino, —mala suerte que por el temblor le haya caído esta cerca de cantera.
—La muerte de él, independientemente de las piedras, fue culpa del “Pifas, que es un perro bravo. El difunto al pasar por la acera de enfrente, lo pico con una varilla en las costillas, nada más para fastidiarlo. El perro saltó la tapia y fue tras él. Coincidió con el sismo y miré las consecuencias.
—¿y el “Pifas”?
—regresó a su casa a seguir royendo su hueso.

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El aniversario
Sintió dos codazos en las costillas y la voz de su esposo.
—Hoy vendrán nuestros hijos a festejarnos.
—¡Ja! si hoy no nos casamos.
—¡Claro que no! —Hoy es el día de los santos difuntos.

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Sintió la tibieza de una boca en sus labios. El tren del medio día había cruzado el túnel y la claridad volvió. Los cuatro pasajeros parecían dormidos y de pelo en pecho.

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La abuela nombra a cada uno de sus hijos y nietos. Percibe que su muerte está cerca. Juanito como te voy a extrañar, haré un viaje lejos, lejos… lejos. ¿ lejos? no abue… cinco cuadras no es lejos.

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Fue en su primer año de occiso, que se dio cuenta que su mujer le ofrendó con tamales de chivo. Tienen el mismo sabor ahora, que cuando los degustaba en vida.

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Cuando me fui a comprar la carne, él escuchaba en la cama a todo volumen el concierto de rock, Sobre la mesa estaban los cigarros. vicio que no puede dejar, ¡seguro! que se durmió con uno en la boca. La humazón se hizo al quemarse la sábana y el colchón.—Debió despertarse ¿por qué no abrió la puerta? —Lo intentó. Pero yo me llevé las llaves del cuarto.—¡Mire nada más! Y tan buen cerrajero que era.

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Corro por desiertos, laderas de nieve y el pulso salta. Voy por tejados abrasados y me da por brincar tan alto que vuelo. Volar siguiendo un pelícano rozando el mar. Volar entre yuyos y flores y salir con olor a hierba y jazmín. Ver desde el cielo a los pescadores que llegan al puerto y volver al paso por callejones trenzados piedra con piedra y llenarme del aroma sagrado del pan.
Regresar a la profundidad del silencio, inflado de aroma y color.

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Es la primera vez que invito a un hombre a mi dormitorio y quizá la última. Cerré mis emociones y deseos con una rutina de quehaceres y deporte. En el closet, hay una pequeña puerta, la abro y veo a una mujer, qué soy yo. Danza al son de tambores y el sudor de su cuerpo extiende el deseo. En otro cuadro aparece sacando del horno una pieza de carne. Al final hay una abuela que teje por tejer, y percibe el aroma de una piel sudada y deseosa. me he puesto la bata de seda escarlata y mi compañero me pregunta si me gusta el baile.
Sendero
La copa de oro se retraía por el sol, pero crecían sus retoños al salir la luna. Se propuso cubrir con sus raicillas la red de púas de alambre. Una lucha tenaz contra el ardiente verano y al mes levantaba sus hojas de verde intenso y flores amarillo fuego que se mecían con la brisa de la tarde. Y yo me quejaba porque el maestro me exigía.

Dio muestras de vida, cuando ya había sido enterrado.
