Ayer cumplió ochenta y hace más de cincuenta años que tolera un dolor de cabeza que la hace llorar y que sin previo aviso se instala por unas horas y se va. Agrega que, si el dolor se ausentara, tendría miedo de dormirse.Tantos días a su lado, que sin él, el presagio es oscuro.
Hubo días que tus manos se deslizaban por mi cara, y tus piernas se anudaban a mi cintura. Hoy nos encontramos en el cinema, tú fingiendo una plática con tu pareja, yo, simulando no verte al pasar a tu lado. Solo los aromas se mezclaron, viejos conocidos.…
Hay un crepúsculo. Se ven conglomerados grises y oscuros. ¿lloverá?, podría escuchar los truenos en una lejanía que se acerca. Se refleja un árbol sin hojas y nudoso. Me recuerda el relámpago que iluminó el almendro denudo, como las placas radiográficas que mira el médico, hay cúmulos blancos en todas partes. Escuché la voz pausada que le dijo a mi mamá: requiere intubación, su oxigenación está en el límite. A ella y a mí nos llevaron al laboratorio. Mi papá se quedó solo…
Ella se hacía la dormida, cuando él llegaba después de la media noche. No tuvo dudas de que él tenía ya otra mujer.—Cuando me acosté estabas bien quieta y no te quise despertar.—¿Te fuiste con tus amigos?—Ha aumentado el trabajo, pero a salida nos tomamos una cerveza.
Juana vivía en una vecindad. Por la tarde sacaba la silla y su canasta de tejido fuera del cuartucho y continuaba con la filigrana de colores que iban decorando la tela inmaculada. Sus ojos en el manto y sus oídos en el taconeo. Cuando reconocía el andar de su esposo empezaba a calentar su cena. Desde hace tres meses llegaba cerca de la media noche. Lo oía comer, desvestirse y roncar.Hace cinco años se juntó con él. —Estabas joven, con cara de niña. Si, pero harta. Como yo fui la mayor, hacia todo y mi madre solo sabía hacer hijos con los hombres que se juntaba. dos años después la dejaban. No me incomodaban mis hermanos, ellos no tenían culpa, para ellos yo era su mamá. Tampoco juzgo a mi mamá, simplemente me harté y me salí de la casa. Su deseo de salir y caminar era mayor y en ese andar se encontró con él. En cinco años nunca se le detuvo la regla. -Y…- Mujer es la que puede tener hijos y yo no me embarazaba por más que le rogué a la virgencita. Vendí mis bordados y fui a ver al médico de la iglesia que me dio la dirección de una especialista. Me gasté hasta lo que no tenía y la doctora dijo que había que hacerle estudios a él. ¿Se los hizo? Pero como va a creer que yo le iba a decir eso a Alfonso. Es como decirle que no sirve. Entendí que andaba en busca de otra mujer que le diera cría.
Amaneció ese día enojada con ella. Aseó la vivienda, lavó la ropa, guisó. Si su marido llegaba temprano, solo calentaría la comida. Después de bañarse, maquillarse, y vestirse con su mejor atuendo salió a la calle de luces y cumbia. Se sentó a ver los anuncios y a oír la música. “Si soy yo, ¡malhaya!, si es diosito que no quiere, pues que se le hace. Se le acercó un jovencito. Ella dudó, ¿Tenías miedo? y como chingaos no tenerlo. Miedo a que te destripen, miedo a todo. Escuché la voz de él, como si hubiese salido del cascarón. “No sea malita, yo también tengo miedo” y eso me desarmó y me dio valor.
Esa noche lo esperó y lo incitó a tener sexo. Un día no llegó la comadre y la panza se le hizo globosa. El esposo volvió a ser el mismo, amable cariñoso y protector de la familia. Cuando el niño cumplió el año, el esposo con cariño, le dijo al oído. ¿Cuándo me darás la niña para tener la parejita?
El ermitaño en la profundidad de un bunker salía de una crisis febril. La última vez no encontré un ser humano. Solo hay bosques petrificados, edificios, silencio y soledad. Un aviso que decía que todos deberían entrar a un túnel. ¿Y tú no te fuiste? ¿A mis ochenta años? Saben, cuando de niño soñaba con ser un rey, de mayor me aguijonaba poseer, -nunca era suficiente- ahora la tierra no tiene dueño y me conformo con un espejo para poder platicar conmigo.
Sintió la tibieza de una boca en sus labios. El tren del medio día había cruzado el túnel y la claridad volvió. Los cuatro pasajeros parecían dormidos y de pelo en pecho.
Quince días que la lluvia no para en la planicie sembrada de papa. ¿Y por qué papa? Estas tierras cuarteadas no dan más que papas, se han acostumbrado a lo frío y a lo seco. El cielo tiene nubes percudidas de sombra que presagian agua. Las mujeres rezan, los hombres miran el cielo para que suceda el milagro de que el agua pare, que terca insiste.
Bajan en silencio. Las pisadas de los cascos se oyen al golpear la laja de la serranía. Y las madres desesperadas abrazan a sus hijos. Han llorado días y días, lo hacen sin lágrimas para no mojar más la tierra.
Vio con horror a otro bebé, que hacía los mismos gestos. Arrojó la sonaja al intruso y el intruso hizo lo mismo, a toda prisa buscó el cobijo de su mamá. Lloraba tan angustiado que la madre pensó que algo le había picado. Muy cerca, el Otro había desaparecido del espejo.
Andrés adelantó su regreso y entró a su casa con pasos felinos y sorprender. La sorpresa fue hacia él. Su amigo amado y su compañera dormían abrazados. El estilete de la traición hacía estragos en la batea del tórax. <<Cómo no estarlo narrador, si hace quince días él y yo dormimos en la montaña…>>
Me vestí con un short adherente y un suspensorio. Terminaba de calzarme los tenis para ir a trotar cuando oí tus pasos.— ¡Ah… ya hizo café! –Exclamó. ¿Quiere que le sirva una taza? Sentada en un sofá. Me acuclillé y quedamos cara a cara. No recuerdo que le dije acerca de la vida. Dejé de hablar. Murmullos, pulsos, alientos cortados. Mis labios en su oído. Sus muslos duros. Metí los pulgares en el elástico y empecé a tirar. Besaba sus rodillas. Labio con labio. Amoldados; sudor, respiración ruidosa ocultados por el sonido de la televisión.Salí a correr por un camino de naranjos. Imposible no recrear lo que había pasado a cada zancada, la brevedad del short, el roce constante de la tela y volvió el deseo de tomar otra taza de café.
Banquetas de adoquín, callejones y tejados de barro. Me instalé en un hotel céntrico. Le di las llaves al empleado de la recepción.-¿Algún pendiente señor?-Regresaré en dos o tres horas.- Perfecto. No le recomiendo que esté fuera después de las doce. Si desea una copa, es mejor que lo haga en el bar del hotel. Al salir del cine me detuve en un callejón a mirar revistas. Hojeaba una cuando se desató una balacera. Todos corrían; estaba paralizado. Una mano piadosa me jaló. Estaba dentro del kiosco.—No hable, no se mueva. Percibí aroma de flores restregadas. Después un silencio. Una zapatilla encajó en mis costillas. —¡Salga! Me dijo la voz hueca. Le platiqué al empleado de la recepción. —¿Está seguro que es el estanquillo que se encuentra a dos cuadras del cine? Porque ese quiosco lo cerraron hace años. La dueña, una mujer joven, la degollaron porque no quiso vender droga. En mi cuarto, saqué la revista que había tomado antes del percance. No pude dormir. La revista tenía fecha de hace cuatro años.
Tenía el puñal de su mejor amigo en la parte izquierda del pecho. A su alrededor las chicharras y, en la lejanía silenciosa, los coyotes olisqueando. Respiraba con dolor. Pensó que su agresor iría ya por el arroyo cuando sintió el chapoteo de la sangre en la batea de su tórax.
El escritor de historias detuvo de tajo la narración, se volteó irritado para mirar quién lo había tomado del hombro. Pero una boca depositó un beso en el lóbulo de la oreja y con voz suave le dijo:
—Soñé que escribías algo para mí.
Aún estaba molesto, pero la caricia le disipó el enojo y tomándola de la cintura le susurró: “espérame sobrina que lo haremos con la pasión de Marte y en el sueño te daré unas gotas del río Lete para que el olvido borre el recuerdo de esta tarde. Semanas después leerás la historia y sentirás en tu alma haber sido tú.
No, tu “texto” lo quiero para mí, como una perla en la cavidad de mi corazón.
Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo. Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperdaor lo mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido. Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron: –Cayó del cielo. Wei Cheng, que había despertado, lo miró con perplejidad y observó: -Que raro, yo soñé que mataba a un dragón así. Wu Ch’eng-en (c. 1505-c. 1580).