La decisión de Juana de Rubén García García

Sendero

Ella se hacía la dormida, cuando él llegaba después de la media noche. No tuvo dudas de que él tenía ya otra mujer.—Cuando me acosté estabas bien quieta y no te quise despertar.—¿Te fuiste con tus amigos?—Ha aumentado el trabajo, pero a salida nos tomamos una cerveza.

Juana vivía en una vecindad. Por la tarde sacaba la silla y su canasta de tejido fuera del cuartucho y continuaba con la filigrana de colores que iban decorando la tela inmaculada. Sus ojos en el manto y sus oídos en el taconeo. Cuando reconocía el andar de su esposo empezaba a calentar su cena. Desde hace tres meses llegaba cerca de la media noche. Lo oía comer, desvestirse y roncar.Hace cinco años se juntó con él. —Estabas joven, con cara de niña. Si, pero harta. Como yo fui la mayor, hacia todo y mi madre solo sabía hacer hijos con los hombres que se juntaba. dos años después la dejaban. No me incomodaban mis hermanos, ellos no tenían culpa, para ellos yo era su mamá. Tampoco juzgo a mi mamá, simplemente me harté y me salí de la casa. Su deseo de salir y caminar era mayor y en ese andar se encontró con él. En cinco años nunca se le detuvo la regla. -Y…- Mujer es la que puede tener hijos y yo no me embarazaba por más que le rogué a la virgencita. Vendí mis bordados y fui a ver al médico de la iglesia que me dio la dirección de una especialista. Me gasté hasta lo que no tenía y la doctora dijo que había que hacerle estudios a él. ¿Se los hizo? Pero como va a creer que yo le iba a decir eso a Alfonso. Es como decirle que no sirve. Entendí que andaba en busca de otra mujer que le diera cría.

Amaneció ese día enojada con ella. Aseó la vivienda, lavó la ropa, guisó. Si su marido llegaba temprano, solo calentaría la comida. Después de bañarse, maquillarse, y vestirse con su mejor atuendo salió a la calle de luces y cumbia. Se sentó a ver los anuncios y a oír la música. “Si soy yo, ¡malhaya!, si es diosito que no quiere, pues que se le hace. Se le acercó un jovencito. Ella dudó, ¿Tenías miedo? y como chingaos no tenerlo. Miedo a que te destripen, miedo a todo. Escuché la voz de él, como si hubiese salido del cascarón. “No sea malita, yo también tengo miedo” y eso me desarmó y me dio valor.

Esa noche lo esperó y lo incitó a tener sexo. Un día no llegó la comadre y la panza se le hizo globosa. El esposo volvió a ser el mismo, amable cariñoso y protector de la familia. Cuando el niño cumplió el año, el esposo con cariño, le dijo al oído. ¿Cuándo me darás la niña para tener la parejita?

El mismo hombre que te hace puta, en otro barrio es un marido y un padre" -  BBC News Mundo

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