— ¿No has visto mi libro, donde aparece mi cuento? —No se. Sé de mis cosas, de las tuyas solo puedes saberlo tú, me contestó molesta mi mujer. —Hace una semana lo dejé sobre mi escritorio. Debiste verlo cuando hiciste la limpieza. —Recuerda que la limpieza la hizo la muchacha que viene cada ocho días. Mañana, vendrá. Pregúntale a ella. Guardé silencio, mientras ella trabajaba haciendo artículos navideños que entregaría a sus pupilos. El brillo del metal me atraía, así que tomé las tijeras y… en el instante que iba a levantar el brazo, escuché su voz. —¿Verdad que me odias? —¡Cómo crees! Simplemente me perturba no encontrar mi libro. dándole las tijeras, le dije: estaban escondidas entre la tela y seguro las vas a necesitar. Abrí la puerta del jardín y respiré profundo.
Entre aromas de comida rápida, luces intensas, ella camina al son de la cumbia. Calza un vestido flojo, que no esconde la sinuosidad de su cuerpo. Lo sabe, y sonríe. Espera a un macho, un macho alfa, de una sola pieza. A ella le excitan esos varones. Se deja conducir. Es el encuentro de la arcada y la pera madura. Él, no esconde su deseo y lo expresa ¡Qué buena estás morena!, ¡será tu noche! No se equivocó, él es intenso, brutal. Vive para satisfacerse y después se enciende de odio y mata con saña. —Aun sabiendo eso—, … Sí. Me preparé para tal, jamás imaginó que lo sometiera. Lo dejé con vida y en su soledad. Por la madrugada, el alfa se levantó a orinar. No encontró su apéndice, por más que hurgó en el bóxer y tuvo que sentarse en el W.C. Imagínate un macho castrado que se acuesta como varon y se despierta como mujer. Mueve la cabeza: «esto es una pesadilla” pero el tiempo le dice que no, que es una mujercita, con pechos erectos. ¿Te apetece que grite de furia y se desquite con todo lo que está a su paso lector? Tiene dos opciones: matarse o aceptar lo que ya es, generalmente pasa lo segundo y al tiempo algunas se convierten en lesbianas, otras, transforman y subliman su realidad y las encuentras como excelentes muchachas que disfrutan del retozo y que luchan por conseguir un trato igual al de los varones. Defienden lo que antes tanto asco y odio les causaba.
Sus amigas, del club, le dijeron que su proceder era una actitud sumisa. Dejó de hacerlo. Por mi torpeza me herí. Días después mi primer dedo, el pie y la pierna cambió a un azul marmóreo. Ahora camino con el apoyo de una muleta. Para complementar la mesada, ella arregla las uñas desus amigas.
Una mujer frente a mí, descruza la piernas y no puedo evitar verle su ropa interior. Ruborizada me dice » ¡ay ya lo retraté! » expresión que me hizo recordar mis días de escolar. Con picardía le contesté -Sígale y me animo con un clos-up. Al terminar la espera, la invité a un estudio fotográfico, para hacernos una de cuerpo completo.
Márcia Batista Ramos, brasileña. Licenciada en Filosofía-UFSM. Gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Editora en Conexión Norte Sur Magazzín, España; columnista en Inmediaciones, Bolivia, periodismo binacional Exilio, México, archivo.e-consulta.com, México, revista Madeinleon Magazine, España y revista Barbante, Brasil. Publicó diversos libros y antologías, asimismo, figura en varias antologías con ensayo, poesía y cuento. Es colaboradora en revistas internacionales en 22 países. Editor adjunto de la Edición Internacional de Literatura China (a cargo de la Federación de Círculos Literarios y Artísticos de Hubei, China).
Los padres de algunos de mis abuelos, prefirieron ser cobardes vivos a ser héroes muertos y se marcharon de Europa apiñados en navíos, para no entregar sus vidas en la primera gran guerra que no les pertenecía, que ellos ni siquiera entendían las razones, en un tiempo que nadie les explicó ningún motivo, pero exigían el sacrificio de sus jóvenes vidas.
Ellos tuvieron valor de agarrar su maleta con una muda de ropa y dos camisas, una foto de sus padres, un cuaderno de apuntes con un lápiz de carbón, un peine de hueso, unas pocas monedas y cruzar el océano, para adaptarse al nuevo idioma, en muchos casos, para introducirse en una nueva sociedad y preservar sus vidas.
Vestían sombrero y corbata. Algunos trajeron en el bolsillo el reloj que su padre les heredó al momento de la despedida, de la eterna despedida… Una cadenita de oro con un crucifijo o un pequeño escapulario con la foto de su madre.
Eran hombres jóvenes que no tenían ni veinte años y ya eran hombres hechos y derechos, solos en un nuevo país. Eternamente amputados de sus seres más queridos. De ahí, debe correr por mi sangre un cierto desarraigo que llamo orfandad…
Cuando llegaron por estos lares, el abuelo Cesáreo conoció a mi abuela Negrita su nombre era Isaltina, ella era hija de esclavos nacida libre. Los padres de ella fueron arrancados de sus padres sin oportunidad de despedirse y recibir la última bendición… Como último recuerdo trajeron a Brasil, una lagrima cristalizada en el alma. De ahí, debe correr por mi sangre la eterna sed de justicia…
En el circo con función de media noche, aplauden cuando hago sexo oral y retumban con gritos cuando he satisfecho a media docena de ejemplares masculinos. Y es una locura si uno de ellos quedó emasculado. Por supuesto que lo que devoro es una copia de un pene hecho de almendras. solo el administrador del circo y la “mujer” barbuda sabe que sí soy capaz.
El Doctor Torres llevó a su ahijada a un sótano, aledaño al consultorio, donde le mostró los recipientes de vidrio de varios tamaños. El frío hizo que sus pezones sobresalieran de la blusa escolar.
le jaló la oreja y le dijo con voz seria, pausada.
— Cada vez que forniques con un varón, siempre estarás en riesgo de que tu matriz forme una criatura, como las que están en los frascos. Debes de tener cuidado.
Los fetos ahogados parecían moverse en el líquido ámbar y muchos años después, veía en la frente de su amante, aquellos ojos, que con su mirada ausente la juzgaban.
Me satisface el paisaje y sonrío cuando veo una gran cantidad de molinos que al cruzarse con el viento arman un ejercito de rehiletes. Seguramente no tardaran en llegar los Quijotes. Mi esperanza comatosa se mueve.
Marchan los borrachos dando traspiés. Van de dos en dos. El más sobrio lleva la garrafa de caña. Liban en un solar baldío donde hay un árbol de naranja agria que los provee de sombra y de fruto. El final es una calca de otros ayeres, quedan dormidos. Hay uno en pie. Es un perro callejero que siempre los acompaña y le convidan de lo que comen y beben. El perro adicto olisquea sus manos y lame sus bocas para recoger la caña que ha quedado en sus barbas. Ellos acarician la testa del can y sueñan con la mujer, que cambiaron por una botella de ron.
Por supuesto condesa, en breve el niño debe de ser alimentado, pues lo que usted le da no será suficiente para su desarrollo. No, mi señora, se debe de ir poco a poco, así sabrá usted que le gusta, que podría hacerle daño. Sí, de preferencia cada tres o cuatro días se le debe de dar un líquido nuevo. Inicie con betabel, después fresa. Claro, cuando le salgan los colmillitos, hay que cambiar de alimentación a líquidos complejos, empiece por los de ave que son sencillos de digerir. Si no presenta alergia se continua… no condesa, no es recomendable, sería exponer al pequeño a una infección, yo le sugiero que mejor vaya a un banco de sangre. Los cuidados que profesa el banco a su producto es de la más alta calidad. Claro que sí, pida un O Rh positivo que es la fórmula más adecuada para él.
Y…¿Cuántos años tiene?-cumpliré cien el año que viene.¡Ahhh! bien bien, que gusto me da platicar con un bebe- Le agarró el cachete, rascó su cabeza y siguió su camino el Dr Matusalén.
Rachas de viento tibio y frío barrunta que el clima va a cambiar, seguramente es la causa de mis dolores de rodillas. ¡pero tu no tienes la edad de tu abuela! Encuentra otra razón que justifique o si ya no recuerdas estás como el abuelo. Me tiré en la hamaca evitando doblarlas, lucían enrojecidas. Sin tanto esfuerzo encontré la razón, era un adicto a hacer el amor arrodillado en el suelo. A veces por regusto, en otras para no despertar a los niños de la prima Margarita. Mi mujer no lo sabe, desde ayer se fue a un retiro con las beatas del pueblo.
Este hoy tiene silencio y ausencia. Comprendí que el carruaje en que nos instalamos era una calabaza. Abrasados por el amor y el deseo, las horas se descontinuaron. Permanecer en la montura de un viento que no existe, no tiene lógica. Quizá en el corredor de los sueños, en un día neblinoso, te pregunte ¿nos conocemos?
Lo veía y no daba crédito, era yo, más flaco que un perro de pueblo. Tenía ausencia de deseos, solo uno me punzaba. Buscaba el rectángulo de mi tumba. Días y días y nada. Cuando veía que iban a dar sepultura, me preguntaba a quien enterraran. Era tanta fatiga, que daban ganas de pedirle al occiso que me diera su lugar. Una noche me tiré sobre la loza de un sepultado. Por la madrugada sentí como unas manos ¿o eran varias? que me pasaban a otra tumba, y a otra, y a otra… y así hasta que pasaron miles de días. Me desperté y vi una luz brillante donde iban y venían fantasmas, algunos de blanco otros de azul y cuchicheaban entre sí. “Mira tú, el que se iba a morir, ya resucitó. Está respirando por sí mismo, ¿se estará imaginando un rico filete. Éste ya la hizo”. Cuando tuve claridad, me enteré que solo fue un sueño que tuve hace años. Sigo envuelto en un plástico, dentro de un frigorífico, con el deseo de encontrar una tumba tibia y no este frío que a diario me mata.