El tiempo dilatado de Rubén García García

Sendero

Lo veía y no daba crédito, era yo, más flaco que un perro de pueblo. Tenía ausencia de deseos, solo uno me punzaba. Buscaba el rectángulo de mi tumba. Días y días y nada. Cuando veía que iban a dar sepultura, me preguntaba a quien enterraran. Era tanta fatiga, que daban ganas de pedirle al occiso que me diera su lugar.  Una noche me tiré sobre la loza de un sepultado. Por la madrugada sentí como unas manos ¿o eran varias? que me pasaban a otra tumba, y a otra, y a otra… y así hasta que pasaron miles de días.  Me desperté y vi una luz brillante donde iban y venían fantasmas, algunos de blanco otros de azul y cuchicheaban entre sí.  “Mira tú, el que se iba a morir, ya resucitó. Está respirando por sí mismo, ¿se estará imaginando un rico filete. Éste ya la hizo”. Cuando tuve claridad, me enteré que solo fue un sueño que tuve hace años.  Sigo envuelto en un plástico, dentro de un frigorífico, con el deseo de encontrar una tumba tibia y no este frío que a diario me mata.

Victor Noir: La tumba más acariciada de París | El Viajero | EL PAÍS

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