Mexico, Argentina, Chile, Nicaragua, Estados unidos
Fin de Adriana Azucena Rodríguez
En un intento por hallar la cura contra toda enfermedad mortal, se obtuvo la madre de todas las vacunas: una zombificación que derivó en el agotamiento de cada recurso sobre la tierra. Así se produjo el nuevo orden mundial que sucedió al capitalismo: el canibalismo económico-político.
Los cíclopes de J.Cortázar
Toco tu boca con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
La joven de abrigo largo de Vicente Huidobro Chile
Cruza todos los días la plaza en el mismo sentido. Es hermosa. Ni alta ni baja, tal vez un poco gruesa. Grandes ojos, nariz regular, boca madura que azucara el aire y no quiere caer de la rama. Sin embargo, tiene un gesto amargado y siempre lleva un abrigo largo y suelto. Aunque haga un calor excepcional. Esta prenda no cae jamás de su cuerpo. Invierno y verano, más grueso o más delgado, siempre el sobretodo como escondiendo algo. ¿Es que ella es tímida? ¿Es que tiene vergüenza de tanta calle inútil? ¿Ese abrigo es la fortaleza de un secreto sentimiento de inferioridad? No sería nada raro. Por eso tiene un estilo arquitectónico que no sabría definir, pero que, seguramente, cualquier arquitecto conoce. Tal vez tiene el talle muy alto o muy bajo, o no tiene cintura. Tal vez quiere ocultar un embarazo, pero es un embarazo demasiado largo, de algunos años. O será para sentirse más sola o para que todas sus células puedan pensar mejor. Saborea un recuerdo dentro de ese claustro lejos del mundo. Acaso quiere sólo ocultar que su padre cometió un crimen cuando ella tenía quince años.
El nacimiento de la col de Rubén Dario Nicaragua
En el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las flores fueron creadas, y antes de que Eva fuese tentada por la serpiente, el maligno espíritu se acercó a la más linda rosa nueva en el momento en que ella tendía, a la caricia del celeste sol, la roja virginidad de sus labios. -Eres bella. -Lo soy -dijo la rosa. -Bella y feliz -prosiguió el diablo-. Tienes el color, la gracia y el aroma. Pero… -¿Pero?… -No eres útil. ¿No miras esos árboles llenos de bellotas? Ésos, a más de ser frondosos, dan alimento a muchedumbres de seres animados que se detienen bajo sus ramas. Rosa, ser bella es poco… La rosa, entonces -tentada como después lo sería la mujer- deseó la utilidad, de tal modo que hubo palidez en su púrpura. Pasó el buen Dios después del alba siguiente. -Padre -dijo aquella princesa floral, temblando en su perfumada belleza-, ¿queréis hacerme útil? -Sea, hija mía -contestó el Señor, sonriendo. Y entonces el mundo vio la primera col.
La treceaba mujer de Lidia Davis Estados unidos de N.
En una ciudad de doce mujeres vivía una treceava. Nadie aceptaba que vivía ahí, no llegaba ninguna correspondencia para ella, nadie hablaba de ella, nadie le vendía pan, nadie le compraba nada, nadie devolvía su mirada, nadie tocaba su puerta; la lluvia no caía sobre ella, el sol nunca brillaba sobre ella, el día nunca atardecía para ella, la noche nunca llegaba para ella; para ella las semanas no pasaban, los años no transcurrían; su casa no tenía número, su jardín estaba descuidado, su camino no era caminado, nadie dormía en su cama, su comida no se comía, su ropa no se usaba; y aun así, a pesar de todo esto, seguía viviendo en la ciudad sin ningún resentimiento.
Romeo y julieta y el burrito que no quería estudiar
Romeo y Julieta
El libro fue a estrellarse contra el cristal de la ventana, que aguantó firme el impacto. Cuando el tintinar de vidrios rotos no fue más que un temor sin fundamento, el bibliotecario dejó su sitio en el sillón y se acercó a contemplar su obra, satisfecho. Levanta del suelo el viejo libro a medio despastar.
—No siempre se tiene tan grande honor: ser dos moscas copulando y morir aplastadas por la pasión de William Shakespeare.
El burrito que no quería estudiar
Hace mucho tiempo, existió un burrito pardo de enormes orejas y el mal hábito de jugar en exceso. Cuando tuvo edad escolar, su esperanzado padre lo conminó:
—Es tiempo de que asistas a la escuela, pues un borrico que no sabe leer ni escribir es bestia sin provecho.
El chico rezongó, contrariado. Dijo a su arcaico progenitor que ni el más sabio maestro normalista sería capaz de recortar con enseñanzas un milímetro a sus enormes orejas, símbolo indiscutible de la pesadez de cerebro que distingue a su raza.
—¡Jijoooooo, jijoooooo! —estalló el padre, furioso―. ¡Las orejas no las despuntará maestro alguno, pedazo de animal! Pero nunca será lo mismo el burro de recua que va por la vida con el lomo pelado, que el borrico de un bufete jurídico.
Y a punta de coces, condujo al chiquillo al colegio.
Con el devenir de los años, aquel burrito pardo de enormes orejas que no quería estudiar, llegó a ser magistrado presidente de la Suprema Corte de Justicia de su país.
Antología coordinada por Jose Manuel Ortiz Soto y Chris Morales
A mamá le gusta que nos sentemos a comer todos juntos, pero nunca lo hemos hecho por los horarios. Vamos a aprovechar que tenemos que estar encerrados en casa para conocernos mejor, dice papá a su favor. Mi hermano gemelo y yo sabemos que las cosas se van a complicar. Se darán cuenta de quién es el más débil y cuál le hace los deberes al otro. Pero lo peor es que descubrirán que soy yo el que se come la comida de los dos por esa manía de mi hermano de alimentarse con los insectos que atrapa en el jardín mientras papá y mamá almuerzan.
Sara Coca (España).
Licenciada en Ciencias de la Información, graduada en Gestión Cultural y postgraduada en Escritura Creativa. Ha publicado los libros: Puentes (2005), Micromundos (2009), A qué sabe lo que somos (2012) y No quieras saber tanto (2018). Participa en las antologías Resonancias (2018), Brevirus (2020) y 1 byte de horror (2020) y obtuvo mención especial en el I Concurso Internacional de Minificción IER/UNAM en 2020. Coordina los libros de relatos colectivos: Escrinautas (2014) y Gente Rara (2018).
En su lecho de muerte, el padre le entrega un cofre. Adentro del cofre vive una serpiente. –Esta serpiente –dice el moribundo– es tu hermano, fruto de mis amores con una mujer demonio. Lo confío a tu cuidado. El hijo consagra su vida a la caza de ranas y ratones para alimentar a la serpiente, creyendo que su padre sufre en la Gehena el castigo de los lujuriosos o los magos, sin saber que se cuece, en realidad, en el círculo destinado a los bromistas.
Tres minutos antes de Gabriel Ramos Mex
La bala sale del hígado del heredero; sigue su trayectoria al reloj, cuyos fragmentos se ensamblan y regresan a su estado original. El proyectil entra al cañón de la pistola y se guarda en el cargador junto con los cinco restantes. La pistola regresa a su funda, el hombre da nueve apresurados pasos hacia atrás, sube a su automóvil. Cuando Víctor pasa por el cruce anterior, ve a su medio hermano, que recibió la herencia del padre, y en unos minutos recibirá el disparo.
La caída de Xavier villaurrutia Mex
Susana tenía entonces las mejillas pecosas de una fruta, pero ¿y Aurora? La podía reconocer por la cicatriz que debe llevar en la pierna, de resueltas de una caída. Creo que fue en la huerta. Aurora había subido a un manzano y me prometía un fruto; en vez de dejar caer la manzana se dejó caer ella, distraída.
Fragmentos de «0jos de perro azul» de Gabriel García Márquez Col.
―No podía precisar cuánto tiempo estuvo así, entre esa noble superficie de sueños y realidades; pero sí recordaba que bruscamente, como si le hubiera sido cortada la garganta por una cuchillada, dio un salto en el lecho y sintió que su hermano gemelo, su hermano muerto, estaba sentado al borde de la cama‖. (La otra costilla de la muerte. P. 28).
Incomprensión Elena Casero Viana Esp.
Anoche me morí en tus brazos. Lo hice sin pensar, por cariño, como lo he hecho todo por ti. Pusiste cara de susto, pero te duró poco tiempo. Después, cuando yo ya había cerrado los ojos y creías que no te podía ver, te relajaste y sonreíste feliz. Me abandonaste en el sofá, tal como me había muerto, algo desmadejada. Entonces te escuché hablar con ella. Tu voz sonaba con un timbre pulido, tan diferente del que usas conmigo, que parece hecho de productos abrasivos, de los que arañan el corazón. Te cambiaste de ropa, te perfumaste y saliste de la habitación sin darme siquiera un triste beso. Esta mañana, he decidido no volver a morirme nunca más.
Se llama Gregorio S., pero nada tiene que ver con Franz Kafka. Gracias a oír las conversaciones de estudiantes e intelectuales que lo frecuentaban, supo de la vida y obra del célebre escritor checo. A través de la narración de un cineasta admirador de Orson Wells, acompañó al infortunado Josef K. en su viacrucis por la pantalla. En lo personal, su vida está lejos de ser la de un artista al que exhiben enjaulado; la de una cucaracha que añora su antigua condición humana; la de un hombre que busca con desesperación el reconocimiento de sí mismo. Pero si alguien le hubiera dado opción de elegir su propio destino, con toda seguridad habría sido otra cosa. Porque ser retrete y tener pesadillas, le parece terrible.
Ella era María, él José, se casaron y tuvieron un hijo al que le pusieron Rafael. Rafita murió de una neumonía antes de cumplir tres años.
Tuvieron dos hijas más seguidas de otro hijo. Les dijeron que repetir el nombre era de mala suerte.
Ellos no atendieron la advertencia. Rafael II en su cumpleaños 19 asesinó a los dos.
La fuerza de la costumbre
La fuerza de la costumbre
Ayer fui al supermercado, tomé un carrito que fui llenando con todo aquello que hacía falta en casa. Siendo soltero, mis necesidades son pocas; fui a la sección de frutas y verduras, y al colocar en el carro el racimo de uvas me di cuenta que había un cuaderno para iluminar y unas crayolas; por supuesto que yo no necesitaba aquello, no tengo hijos. Pensé que alguien los había puesto ahí por equivocación. Llegué a la caja, pagué y salí del lugar, al llegar a mi auto y accionar el control remoto, la que abrió sus puertas fue la camioneta de al lado; subí y la eché a andar sin problema. Me dirigí a mi casa y la camioneta por alguna extraña razón tomó su propio camino. Me llevó hasta un edificio antiguo en donde automáticamente se detuvo. Sin pensarlo, subí en el elevador hasta el quinto piso, y con la llave que tenía en ese ajeno llavero, entré a un departamento en el que fui recibido por una bella pero extraña mujer que entusiasmada dijo: “Amor, qué bueno que llegaste”; y poco después con gritos de alegría, salió corriendo un niño que preguntó: “¿trajiste mi cuaderno?”.
Éramos de la misma estatura, si hubiera calzado planta baja, no habría habido problema. Pero no, se encaramaba en los tacones para dejarme en ridículo. La última vez fue demasiado lejos, los stilettos miden doce centímetros. Cuando intentaba llevarla por encima del hombro, tenía que ir en puntas de pies y aún así, parecía que ella me apuntalaba. Se lo pedí, llegué a suplicar, pero no me escuchó. Se complacía en ridiculizarme, se atrevió a llamarme «mi pequeñajo». Le saqué un zapato y le aticé con él en la cabeza. Se le quedó bailando en todo lo alto. Me gritaba «¿qué haces, enano?» Entonces empuje el tacón hacía abajo hasta que se quedó callada. El informe del forense dice que la herida en la cabeza, causa de la muerte, fue hecha con un clavo o algo similar ¿Cómo iba yo a saber que esos tacones llevaban dentro un fleje de acero? En cuanto al móvil del crimen, la policía carece de sensibilidad, nunca medirían el peso de la humillación. El arma del crimen viaja, con su otro par, camino de Argentina, calzando a mi prima Rosarillo que vive allá.No tienen nada contra mí. Caso cerrado.
Pilar Galindo Salmerón.
Tengo 75 años, estoy jubilada de la Administración Local. Soy madre, abuela y escritora amateur, a pesar de mis años. Me gusta el mar y la música. Escribir, leer, charlar. Tengo algunos premios: RTE la Caixa. Canal Literatura. Jirones de Azul. El Coloquio de los Perros. Abadía del Perfume.
Del libro pequeficciones. Antología de Ortiz Soto José Manuel y Cris Morales
Asciende el hombre por la ladera de la montaña. Allá arriba el cielo, oscuro, denso. Pegada a la oscuridad, está la luna y millones de estrellas que guían su camino. El hombre lleva un puñado de globos de colores atados entre sí y sujetos a su cinturón. Globos verdes, rojos, amarillos y azules que mueve el viento y arrastra risas por toda la montaña. El hombre asciende ligero, sonriendo, silbando. Hace coro a las risas que escucha. Las estrellas titilan al compás, como si esperasen la visita. Al llegar a la cumbre desata los globos del cinturón que se escapan livianos hacia la luna. Las risas parecen ensancharse en la noche, libres y felices por fin. —Abuelo, eso no puede ser cierto. Los niños tristes no viajan a las estrellas en globos de colores. —¿Estás segura, hija? —Nunca he escuchado ninguna risa por las noches. —Hay que prestar atención, observar las estrellas y la cara de la luna. —Tú sabes que eso es una leyenda, abuelo. El viejo sonríe, acaricia la cabeza de su nieta y recoge unos hilos escapados de su cinturón.
Elena Casero (España). Técnico de Empresas Turísticas. Jubilada. Ha publicado cinco novelas: Tango sin memoria, Demasiado Tarde, Tribulaciones de un sicario, Donde nunca pasa nada y Las óperas perdidas de Francesca Scotto. Un libro de relatos: Discordancias. Y uno de microrrelatos: Luna de perigeo. Ha colaborado en distintos libros de microrrelatos. Y es músico por afición. Toca el oboe y estudia piano.
Tras el anuncio de aislamiento total en casa durante la pandemia, la fama del ermitaño decrecía. Calzó sus sandalias y salió a la solitaria calle para morir con dignidad.
Fernando Sánchez Clelo Mex.
Cuando se te suba el muerto —Se me sube el muerto en las noches. No he dormido bien en dos semanas — me respondió Iker. Su semblante era de un despojo. Me preocupo. —Tienes que respirar —le dije, porque yo sabía de qué hablaba—. Cuando no puedas moverte, respira profundo con la nariz y la boca, llena de aire los pulmones y el diafragma, y así despertarás. Dos días después volví a verlo en la oficina. Aún tenía un aspecto algo desmejorado, pero ya sonreía. «Funcionó», dijo y me agradeció el consejo. Esa noche, en mi cama, me desperté al sentir que alguien se sentaba en el colchón: era la silueta que años atrás me sujetaba las manos y se subía en mi pecho. No podía moverme, pero no tuve miedo. «No reveles tu secreto», escuché por primera vez su voz recóndita que luego se tornó melancólica: «Por favor, ya no lo hagas». Después de esto, respiré profundo y desperté. No sé si sea cierta mi idea, pero he pensado que esas siluetas son como niños aferrados a la falda de su madre: están apegados a la casa en la que fueron felices, al oro enterrado en ollas, a un amor, a la vida misma. Necesitan la energía de nuestro miedo para subsistir y nos la roban cuando descansamos; por eso, el «por favor, ya no lo hagas» que dijo, me hizo sentir compasión. Ya no se lo contaré a nadie, pero quizá escribiré un minicuento sobre ello.
Buzon de Lorena escudero España
Hoy casi lo consigo, echar las cartas al buzón. Lo llevo intentando desde que nos dejan salir de nuevo. Pero no es culpa mía que aún no lo haya logrado. Han cambiado el buzón de sitio, está más lejos. Y no solo eso, las aceras son además más estrechas, los coches pasan demasiado cerca, casi rozándote. El primer día no pude pasar de mi calle, los edificios eran raros, parecían doblar sus paredes como juncos sobre mí. Qué angustia. Pero hoy casi lo consigo. Llegué, de hecho, hasta el buzón. Solo que al extender el brazo los sobres no parecían caber por la abertura. Mañana lo intento de nuevo, a ver si el buzón abre sus fauces y se las traga de una vez.
Hoeeoe vacui de Lola Sanabria España
Me despertaba y ahí estaba el león rugiendo y mostrándome las fauces, a un palmo de mi cara, con su aliento a carne cruda. Hora de levantarme de la siesta. En cuanto me incorporaba, él se iba por donde había venido. Luego la tarde discurría plácida. Un paseo por la orilla del mar, la partida de cartas y de vuelta a casa. Pero hace días que me despierto de golpe, angustiado. Abro los ojos y escudriño la penumbra de la habitación. Nada.
Dientes de Ildiko Nassr Argentina
Guarda en una cajita de madera de cerezo todos los dientes. Piezas pequeñas blanco amarillentas que, para un observador distraído podrían pasar por cuentas de un collar roto. Atesora la caja (y su contenido). Le ayudan a llevar la cuenta de los asesinatos: dos dientes por víctima.
Tras lenta y pesarosa marcha, la tortuga chef más famosa llegó al reino de Pensar.
—¿Por qué no se me había ocurrido? —La idea saltaba en su cabeza cual conejillo inquieto en la chistera del mago―. El único y verdadero culpable de mi lerdo paso es este incómodo caparazón que llevo a todas partes. ¡Pesa tanto el infame!
La tortuga se despojó de su cubierta y fue a unirse al grupo de cocineros que preparaban la sopa. —¡Dos minutos, cuarenta y siete segundos y veintiocho milésimas! —dijo a los invitados el eufórico Monarca de Pensar, reloj en mano—. ¡Algo nunca visto! —alcanzó a oír la tortuga, antes de que el último trozo de su carne desapareciera tras las fauces de los hambrientos comensales.
De la antología «O dispara usted o disparo yo» Ant. Lilian Elphick
Cuando nació la niña, los perros doberman negro-azulados tuvieron que mudarse al patio. Nadie les explicó. Trataron de botar las puertas para volver a su territorio: la sala, la alfombra, los cuartos, la cocina, y sobre todo el dormitorio para seguir pernoctando al pie de los amos. Lloraron humanamente. Rechazaron la comida. Se enfermaron. Una ocasión oyeron al amo que si continuaban así tendría que envenenarlos porque la niña. Y repentinamente dejaron de aullar: fingieron juguetear como dos críos, fingieron comer con apetito, fingieron dormir en la patio como si fuera cama. Llegó el día en que la madre tuvo que reintegrarse a su trabajo, y la niña y la casa quedaron bajo el cuidado de la abuela. Los perros movieron la cola. La anciana cariñosamente les preparó pastelitos y to to to los llamó al umbral de la puerta trasera. Desde su aparente siesta se dispararon como saetas, pasaron por encima de la abuela y entraron en la casa. La puerta se cerró del interior. La anciana lloró, gritó, se dijo entre hipos que eso le pasaba por desobediente, golpeó la puerta hasta lastimarse los nudillos. Al fin optó por romper un vidrio con la escoba. Rasgándosela ropa y magullándose lo huesos se encaramó por el ventanal, desbarató con chillidos el doloroso silencio que encontró en la casa, y corrió hacia la cuna. La niña, tranquila, esperó que el horror se configurara en la cara de la abuela, y como intuyó lo que iría a preguntarse al respecto de su boca, respondió: «para comerte mejor, abuelita».
Huilo Ruales.
Narrador y poeta. Fundador del colectivo La pequeña lulupa, y del grupo literario Eskeletra. En 1983 obtuvo en París el Premio Hispanoamericano de Narrativa «Rodolfo Walsh». Ha publicado, entre otros: Novela: Maldeojo (Madrid, 1998). Cuento: Y todo este rollo también a mí me jode (Quito, 1985); Nuaycielo comuel dekito (Quito, 1985); Loca para loca la loca -Premio Nacional «Joaquín Gallegos Lara»- (Quito, 1989); Fetiche fantoche -Premio Nacional «Aurelio Espinosa Pólit»-(Quito, 1994); Historias de la ciudad perdida -antología- (Quito, 164 1997). Poesía: El ángel de la gasolina (Quito, 1999). Teatro: Añicos (Quito, 1991).
Ayer fui al supermercado, tomé un carrito que fui llenando con todo aquello que hacía falta en casa. Siendo soltero, mis necesidades son pocas; fui a la sección de frutas y verduras, y al colocar en el carro el racimo de uvas me di cuenta que había un cuaderno para iluminar y unas crayolas; por supuesto que yo no necesitaba aquello, no tengo hijos. Pensé que alguien los había puesto ahí por equivocación. Llegué a la caja, pagué y salí del lugar, al llegar a mi auto y accionar el control remoto, la que abrió sus puertas fue la camioneta de al lado; subí y la eché a andar sin problema. Me dirigí a mi casa y la camioneta por alguna extraña razón tomó su propio camino. Me llevó hasta un edificio antiguo en donde automáticamente se detuvo. Sin pensarlo, subí en el elevador hasta el quinto piso, y con la llave que tenía en ese ajeno llavero, entré a un departamento en el que fui recibido por una bella pero extraña mujer que entusiasmada dijo: “Amor, qué bueno que llegaste”; y poco después con gritos de alegría, salió corriendo un niño que preguntó: “¿trajiste mi cuaderno?”.
Antología de José Manuel Ortiz Soto y Chris Morales
Los poetas
En el país de la gente del agua se cuenta que un mal día la naturaleza se enojó con los seres humanos, porque pasaban junto a las flores sin verlas ni olerlas y comían frutas sin disfrutar de sus sabores; dicen que decidió ocultar sus colores, sus aromas y sus sabores. El mundo se volvió descolorido e insípido. Las personas se desesperaron porque las cosas se volvieron feas y algunas quisieron irse a buscar lo perdido; una niña y un niño descifraron el misterio mientras jugaban, escucharon las voces de los árboles y aconsejaron que dejaran la indiferencia, que agradecieran a la naturaleza cantando a la belleza de las flores, a los deliciosos sabores de las frutas y que festejaran las fragancias infinitas de la Creación. Los ancianos cuentan que a los primeros hombres y mujeres que escribieron sobre estas cosas hermosas los llamaron los poetas del pueblo.
Homero Carvalho Oliva (Bolivia, 1957).
Escritor, poeta y gestor cultural, ha obtenido varios premios de cuento a nivel nacional e internacional como el Premio latinoamericano de Cuento en México, 1981 y el Latin American Writer’s de New York, USA, 1998; dos veces el Premio Nacional de Novela con Memoria de los espejos y La maquinaria de los secretos. Su obra literaria ha sido publicada en otros países y ha sido traducida a varios idiomas.
La protagonista por Daniel Arturo Casanova Gómez
La niña esperaba con mucho cariño a su padre cada noche. Su llegada significaba que disfrutaría una nueva historia antes de dormir. Adoraba que le contara cuentos. Cuando su papá no llegaba, la niña tardaba mucho en conciliar el sueño; y a veces, ni dormía. Una noche que no tenía ningún cuento disponible para su hija, ella le dijo que no se preocupara, porque durante esas largas noches, ella imaginaba a los personajes de las historias que había oído y que tenía más de doscientos cincuenta nuevas historias para que él le contara. Al tomar el cuaderno y empezar a contar, el padre notó que su hija brillaba mucho y que ya no se encontraba en la cama: ahora estaba saltando entre las ramas de un árbol dibujado en una página del primer cuento escrito por ella misma.
Daniel Arturo Casanova Gómez (México).
Profesor de Letras, promotor de la cultura escrita, narrador oral, escritor, coordinador de Bibliotecas Públicas en Carmen, Campeche. Publicado en la Antología Virtual de Minificción Mexicana, en el libro Cuerpos rotos de la Editorial Bitácora de Vuelos; en la Revista De la Tripa, de Adán Echeverría; en las antologías Historias de Camiseta, de Esteban Dublín, y en Los 100 Mejores Minicuentos de la Cuarentena, de Ruth Pérez Aguirre.
Un gato de angora, cansado de los mimos y caprichos de su excéntrica dueña, decidió visitar al peluquero.
—¿Estás seguro de lo que me pides, corazón? ―le preguntó el estilista, desconcertado.
—Sí, Didí. Es tiempo de que tome otro camino y me encuentre conmigo mismo ―filosofaba el animal, estremecido por las caricias de la máquina rasuradora.
Cuando el gato se miró al espejo, no pudo contener los maullidos de narcisista admiración. —Después de todo, no soy mal parecido. Ofreceré mis servicios a una agencia de modelos, quien quita y este invierno estrene un abrigo de chinchilla.
El cuento tomado de ciudad Seva y el análisis de la revista Archivos del sur
Amor
[Cuento – Texto completo.]Clarice Lispector
Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción. Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso. Crecían, se bañaban, exigían, malcriados, por momentos cada vez más completos. La cocina era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y hacía explosiones. El calor era fuerte en el departamento que estaban pagando de a poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella misma había cortado recordaba que si quería podía enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo mismo que un labrador. Ella había plantado las simientes que tenía en la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los árboles crecían.
Crecía su rápida conversación con el cobrador de la luz, crecía el agua llenando la pileta, crecían sus hijos, crecía la mesa con comidas, el marido llegando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida. Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella había plantado se reían de ella. Cuando ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentía más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un poco, y había que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, con la gran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía mucho que se había encaminado a transformar los días bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se había desarrollado suplantando su íntimo desorden. Parecía haber descubierto que todo era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría ser hecha por la mano del hombre.
En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar, sorprendentemente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se había casado era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto para descubrir que también sin la felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada a la que tantas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo había querido ella y así lo había escogido. Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto. Pero en su vida no había lugar para sentir ternura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa. Entonces salía para hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya era el final de la tarde y los niños, de regreso del colegio, le exigían. Así llegaba la noche, con su tranquila vibración. De mañana despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramente parte de las raíces negras y suaves del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba bien. Así lo había querido y elegido ella.
El tranvía vacilaba sobre las vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respiró profundamente y una gran aceptación dio a su rostro un aire de mujer.
El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre detenido en la parada. La diferencia entre él y los otros es que él estaba realmente detenido. De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era un ciego.
¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicle… Un hombre ciego masticaba chicle.
Ana todavía tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo hacía parecer sonriente y de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír -como si él la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada -el tranvía arrancó súbitamente, arrojándola desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de malla rodó de su regazo y cayó en el suelo. Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar antes de saber de qué se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión desde hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad, todavía incierta, incomprensible. El muchacho de los diarios reía entregándole sus paquetes. Pero los huevos se habían quebrado en el paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicle y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente la marcha.
Pocos instantes después ya nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando chicle había quedado atrás para siempre. Pero el mal ya estaba hecho.
La bolsa de malla era áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la había tejido. La bolsa había perdido el sentido, y estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?, ¿acaso se había olvidado de que había ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad. Aun las cosas que existían antes de lo sucedido ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil, perecedero… El mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad; y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia dónde ir. Notar una ausencia de ley fue tan súbito que Ana se agarró al asiento de enfrente, como si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran. Aquello que ella llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada. El calor se había vuelto menos sofocante, todo había ganado una fuerza y unas voces más altas. En la calle Voluntarios de la Patria parecía que estaba pronta a estallar una revolución. Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicle había sumergido al mundo en oscura impaciencia. En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego, y las personas la asustaban con el vigor que poseían. Junto a ella había una señora de azul, ¡con un rostro! Desvió la mirada, rápido. ¡En la acera, una mujer dio un empujón al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo… ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad extremadamente dolorosa.
Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.
Solamente entonces percibió que hacía mucho que había pasado la parada para descender. En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con un susto; descendió del tranvía con piernas débiles, miró a su alrededor, asegurando la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en medio de la noche.
Era una calle larga, con altos muros amarillos. Su corazón latía con miedo, ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores, mientras la vida que había descubierto continuaba latiendo y un viento más tibio y más misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de la tapia, cruzó los portones del Jardín Botánico.
Caminaba pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros. No había nadie en el Jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó en un banco de un atajo y allí se quedó por algún tiempo.
La vastedad parecía calmarla, el silencio regulaba su respiración. Ella se adormecía dentro de sí.
De lejos se veía la hilera de árboles donde la tarde era clara y redonda. Pero la penumbra de las ramas cubría el atajo.
A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los “cipós”. Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande. Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció.
Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse.
En los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas. Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.
Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para comerlo con los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos eran recorridos por parásitos con hojas, y el abrazo era suave, apretado. Como el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y a la vez era fascinada.
Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría. Cuando Ana pensó que había niños y hombres grandes con hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada. La moral del Jardín era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él, se estremecía en los primeros pasos de un mundo brillante, sombrío, donde las victorias-regias flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas sobre el césped no le parecían amarillas o rosadas, sino del color de un mal oro y escarlatas. La descomposición era profunda, perfumada… Pero todas las pesadas cosas eran vistas por ella con la cabeza rodeada de un enjambre de insectos, enviados por la vida más delicada del mundo. La brisa se insinuaba entre las flores. Ana, más adivinaba que sentía su olor dulzón… El Jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno.
Ahora era casi noche y todo parecía lleno, pesado, un esquilo pareció volar con la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era fascinante, y ella se sentía mareada.
Pero cuando recordó a los niños, frente a los cuales se había vuelto culpable, se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó la alameda. Casi corría, y veía el Jardín en torno de ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los portones cerrados, los sacudía apretando la madera áspera. El cuidador apareció asustado por no haberla visto.
Hasta que no llegó a la puerta del edificio, había parecido estar al borde del desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su alma golpeaba en el pecho: ¿qué sucedía? La piedad por el ciego era muy violenta, como una ansiedad, pero el mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo. Abrió la puerta de la casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban limpios, los vidrios de las ventanas brillaban, la lámpara brillaba: ¿qué nueva tierra era ésa? Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia. Del mismo modo en que siempre había sido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal -¿el ciego o el hermoso Jardín Botánico?- se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola… Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos…
-Tengo miedo -dijo. Sentía las costillas delicadas de la criatura entre los brazos, escuchó su llanto asustado.
-Mamá -exclamó el niño. Lo alejó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó.
-No dejes que mamá te olvide -le dijo.
El niño, apenas sintió que el abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta de la habitación, de donde la miró más seguro. Era la peor mirada que jamás había recibido. La sangre le subió al rostro, afiebrándolo.
Se dejó caer en una silla, con los dedos todavía presos en la bolsa de malla. ¿De qué tenía vergüenza?
No había cómo huir. Los días que ella había forjado se habían roto en la costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía vergüenza? Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado con el peor deseo de vivir.
Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego o de las espesas plantas. El hombre poco a poco se había distanciado, y torturada, ella parecía haber pasado para el lado de los que le habían herido los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo y alto, la revelaba. Con horror descubría que ella pertenecía a la parte fuerte del mundo -¿y qué nombre se debería dar a su misericordia violenta? Sería obligada a besar al leproso, pues nunca sería solamente su hermana. Un ciego me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó asustada. Sentíase expulsada porque ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah!, ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por Dios, ¿no había sido verdadera la piedad que sondeara en su corazón las aguas más profundas? Pero era una piedad de león.
Humillada, sabía que el ciego preferiría un amor más pobre. Y, estremeciéndose, también sabía por qué. La vida del Jardín Botánico la llamaba como el lobo es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba al ciego!, pensó con los ojos humedecidos. Sin embargo, no era con ese sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala. Se levantó y fue a la cocina para ayudar a la sirvienta a preparar la cena.
Pero la vida la estremecía, como un frío. Oía la campana de la escuela, lejana y constante. El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el agua -estaba el horror de la flor entregándose lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata de basura, aplastó con el pie a una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos. Horror, horror. Caminaba de un lado para otro en la cocina, cortando los bifes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en una ronda, en torno de la luz, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría el sudor. La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos.
Después vino el marido, vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron los hijos de los hermanos.
Comieron con las ventanas todas abiertas, en el noveno piso. Un avión estremecía, amenazando en el calor del cielo. A pesar de haber usado pocos huevos, la comida estaba buena. También sus chicos se quedaron despiertos, jugando en la alfombra con los otros. Era verano, sería inútil obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida y reía suavemente con los otros.
Finalmente, después de la comida, la primera brisa más fresca entró por las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, ellos, la familia. Cansados del día, felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían admirablemente alrededor de ellos. Y como a una mariposa, Ana sujetó el instante entre los dedos antes que desapareciera para siempre.
Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, ella era una mujer inerte que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos. Pero con una maldad de amante, parecía aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victorias-regias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los frutos del Jardín Botánico.
¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el fuego ya habría abrasado toda la casa!, pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido frente al café derramado.
-¿Qué fue? -gritó vibrando toda.
Él se asustó por el miedo de la mujer. Y de repente rió, entendiendo:
-No fue nada -dijo-, soy un descuidado -parecía cansado, con ojeras.
Pero ante el extraño rostro de Ana, la observó con mayor atención. Después la atrajo hacia sí, en rápida caricia.
-¡No quiero que te suceda nada, nunca! -dijo ella.
-Deja que por lo menos me suceda que el fogón explote -respondió él sonriendo. Ella continuó sin fuerzas en sus brazos.
Ese día, en la tarde, algo tranquilo había estallado, y en toda la casa había un clima humorístico, triste.
-Es hora de dormir -dijo él-, es tarde.
En un gesto que no era de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola del peligro de vivir. Había terminado el vértigo de la bondad.
Había atravesado el amor y su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.
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sobre “el efecto” en el cuento “Amor» de Clarice Lispector (Mar del Plata) Martha Minteguía