La alegría de la A de Dina Grijalva

Tomado del libro de «Pequeficiones» antólogos: Chris Morales y José Luis Ortiz Soto


Ana y Alán son alegres, se abrazan y con asombro aprenden la a: avión, avioneta, arcoíris.
Alba, Ariana y Alejandra son amigas y adoran almorzar arándanos azucarados, albaricoques en almíbar y atole de avena. Alberto arrulla a Aranza y admiran a las alondras. Alicia acompaña a Andrés al acuario. Ángel alimenta a las ardillas. Alba adorna sus alas azules, amarillas y anaranjadas. Adiós.

Dina Grijalva (México).

Es doctora en Letras por la Universidad
Nacional Autónoma de México. Libros de minificción: Goza la gula, Las dos caras de la luna, Abecé sexy, Mínimos deleites, Miniaturas salmantinas y Cuestión de tiempo. Ha publicado también dos
antologías: Cuentos de dulce voluptuosidad y Eros y Afrodita en la minificción. Minificciones suyas han sido incluidas en una veintena de antologías y publicadas en España, Colombia, Argentina y Perú.

Antología Virtual de Minificción Mexicana: Dina Grijalva Monteverde

Receta familiar de Belén Mateos española


Rebusqué los ingredientes para preparar una sencilla y suculenta sopa. Una cebolla, una pizca de sal y unos granitos de arroz para espesarla. Con las sustancias cociendo a fuego medio, fui aspirando su olor, dejándome empapar por sus pequeñas burbujas. Acerqué mis manos al suave calor de su vapor y traté de escuchar el borboteo que jugaba con el agua. Recé dos padrenuestros y cinco avemarías, como me había enseñado mi abuela, para saber el punto exacto de cocción.
Serví este manjar en tres platos. Los niños me preguntaron si no tenía hambre, les contesté que ya había cenado.

Agustín Cadena

Tenía once años cuando terminé la primaria. Como me gradué con honores y de “premio” me llevaron a la Ciudad de México a saludar al presidente, algunas personas notables se interesaron en mí. Una de ellas fue un prócer local que tenía un primo rico en la capital. Este primo llamó por teléfono a mis padres, no a nuestra casa porque nosotros no teníamos una línea, sino a la tienda de al lado. Era para ofrecerme hospedaje en su casa a mi llegada a la Ciudad de México, sólo la primera noche porque ya luego la Secretaría de Educación Pública se encargaría de mí. En aquella época uno no desconfiaba de las personas.
Así que me encontré, por primera vez en mi vida, en una casa rica. Todo me dejó boquiabierto: la escalera alfombrada con su barandal de madera, el piano de cola, el despacho lleno de libros, la enorme cocina donde una mucama en uniforme me hizo un sandwich delicioso. Y aún me faltaba lo más bello, que llegó después de la cena. Era la hija menor de los señores, una niña como de mi edad a quien llamaron para que tocara el piano. Bajó por la elegante escalera. Tenía el pelo largo, castaño claro, y un vestido de color pastel que ahora, viendo la escena en perspectiva, me doy cuenta de que no era un vestido sino un camisón para dormir. Y me sonrió y se presentó y enseguida se sentó al piano. Yo nunca había visto un piano de cola, mucho menos una niña capaz de tocarlo. Tocó Para Elisa.
A mi edad he llegado a saber que Para Elisa es una pieza relativamente fácil, para estudiantes que empiezan. Pero en ese entonces me conmovió como la música más sublime en la ejecución más virtuosa del mundo.
La niña no tocó más que eso. Y yo me fui a dormir ya sin poner atención a los lujos de la casa. Ni siquiera recuerdo cómo era la recámara que me dieron. Estaba en éxtasis por la música.
Al día siguiente me despertaron temprano para llevarme en coche a la Secretaría de Educación Pública. Nunca volví a ver a aquella familia. Ni siquiera recuerdo el nombre de la niña. Han pasado más de cuarenta años y ya no queda nadie a quien preguntarle qué fue de esas personas. Pero cada vez que escucho Para Elisa, vuelvo a ver en mi mente los cabellos castaños, el “vestido” color pastel, los bellos ojos concentrados en el cuaderno de partituras. Quizá no eran bellos. No importa. Quizá la niña no tocaba bien y no siguió haciéndolo; se casó y se olvidó del piano. Tal vez aquélla no era una casa rica; sólo era diferente a las casas de mi pueblo. Nada de eso es asunto mío. La memoria es otra cosa. La memoria sabe decir mentiras que parecen verdad y eso es suficiente.

El club de los animales

José Manuel Ortiz Soto


Era costumbre entre los animales de aquel club pasarse las horas jugueteando. A nadie sorprendía que en cuanto el camaleón cornudo parpadeaba, el pájaro correcaminos cambiaba el tapiz del fondo, para obligarlo a mudar nuevamente de color. O que el guacamayo insistiera que el
sapo era en realidad un príncipe encantado.
Aquella tarde, el perro xoloitzcuintle dirigió su juego en contra del gato doméstico mexicano,
que dormía plácidamente en el respaldo de un sillón.
— ¿Entonces? ¿Quién le pone el cascabel al gato? — dijo, modulando el ladrido.
Todos rieron ante la ocurrencia del perro. Menos la víbora —de reciente ingreso al club —, que
se enroscó y sacó la lengua, a la espera del valiente que le habría de quitar el cascabel de su cola.

Nota: se trata de un grupo de animales —todos mexicanos o latinoamericanos — que se reúnen y
pasan la tarde jugándose bromas los unos a los otros. El dicho mexicano “¿Quién le pone el cascabel al gato?” significa quién es el atrevido que hará algo osado, quién es el valiente, etc.

Dibujo de Una serpiente de cascabel pintado por en Dibujos.net el día  03-10-20 a las 06:29:58. Imprime, pinta o colorea tus propios dibujos!

Pequeficciones de Chile, España, Argentina, México y Marruecos

Lilian Elphick, Lorena Escudero, Manu Espada, Martín Gardella, Rubén García, Mustapha Handar

Consejos para hacer dormir a un dragón
Lilian Elphick

  1. Dele zanahorias.
  2. Acuéstelo al pie del árbol y abrigue solo sus alas.
  3. No le haga cariño.
  4. Cuéntele historias de dragones vencedores en cruentas
    batallas con caballeros de capa y espada.
  5. Cuando esté dormido, cierre los ojos, acurrúquese junto a él.
  6. No vaya a pensar que usted es el dragón y que está solo e
    insomne, encerrado en el gran libro de los mitos universales.
    Lilian Elphick (Chile) Escritora. Ha publicado siete libros de
    minificciones. El presente texto fue tomado del libro Diálogo de tigre

Zoológico
Lorena Escudero
Día 53 de confinamiento.

Papá, con medio cuerpo fuera de las ventanas, discute a voces
con cualquiera que pasa por la calle, lo conozca o no.
Mamá no para quieta, va de una habitación a otra recorriendo
en círculos la casa. Entra, dice que se le ha olvidado lo que venía a
hacer, sale.
Y mi hermana mayor ahora vive una rutina nocturna. Solo sale
de su habitación de noche y duerme hasta las tantas.
Confirmado: los animales se comportan de forma diferente
cuando están encerrados.
Lorena Escudero (España, 1985). Doctora en Física e investigadora.
Ha participado en diversas revistas de microficción en España, Perú,
Argentina, Reino Unido, y en antologías: Los pescadores de Perlas,
Futuro Imperfecto, Hokusai, Brevirus y Resonancias. Ha publicado los
libros de microficción Negativos (Torremozas, Madrid, 2015),
Formulario (La tinta del Silencio, México, 2019) e Incisiones (Quarks
Ediciones Digitales, Perú, 2020).

Dixeslia
Manu Espada

Dsede uqe diganosaticron mi dixeslia, mis pardes me enviraon a calse
cno una teraeputa uqe etsá buneísima. Llveo dos aoñs ne tratamineto,
pero ella aún no sabe que ya estoy curado.

Manu Espada (España, 1974). Es licenciado en Periodismo por la
Universidad Pontificia de Salamanca. Ha publicado los libros de
relatos El desguace (Ed. Grupobúho, 2007) y Fuera de temario (Ed.
Talentura, 2010), y otros dos de microrrelatos: Zoom. Ciento y pico
novelas a escala (Ed. Paréntesis, 2011), y Personajes secundarios
(Ed. Menoscuarto, 2015). Entre otros premios, ha ganado el premio
Editorial Grupobúho, el certamen Relatos en Cadena de la SER, o el
Certamen de Microrrelatos de la revista Eñe.

Las trillizas
Martín Gardella

Rosa, Celeste y Violeta eran hermanas tan idénticas que, para poder
identificarlas, su mamá vestía a cada una con el color que
correspondía a su nombre. Pero un día, para terminar con la
monocromía, las hermanas comenzaron a intercambiar sus ropas
cada mañana. Lograron así despistar para siempre a sus familiares y
amigos, e incluso a ellas mismas, que ya no pueden recordar quién es
quién.
Martín Gardella (Argentina, 1973). Vive en Buenos Aires. Es
abogado, escritor y difusor cultural. Publicó Instantáneas (Andrómeda,
2010), Los chicos crecen (Macedonia, 2015), Caramelos masticables:
microficciones para leer en un recreo (Hola Chicos, 2016) y Aderezos
para un tentempié: Microantología personal (Micrópolis, Lima, 2016).
Compiló Brevedades: Antología argentina de cuentos re-breves
(Manoescrita, 2013). Es miembro fundador de La Internacional
Microcuentista.

Hijo mío
Rubén García García

El gusano abrió los ojos: frente a él había una rosa. Se arrastró hasta
ella, y la llamó mamá. La rosa no encontraba cómo decirle que ella no
era su madre. El gusano la abrazó:
—¡Qué linda eres! ¿De grande seré como tú?
—Sí, serás como yo —contestó con timidez.
El tiempo pasó y la rosa comenzó a deslustrarse: el gusano se
alimentaba de sus hojas. Luego de sus retoños. Mientras más la
destruía, ella más se encariñaba con el hambriento gusano. Poco
antes de que cayera su último pétalo, la rosa vio con tristeza que su hijo
colgaba inmóvil de una de sus ramas.
Ala mañana siguiente, la rosa escuchó una voz que la llamaba.
Abrió los ojos con dificultad y encontró frente a ella a una mariposa,
que batía sus alas de colores.
La rosa sonrío satisfecha.

Médico, jubilado de la Universidad Veracruzana. Ficciones publicadas en antologías Libros escolares Sm, Cien fictiminimos, Cuentos pequeños, Libro de los seres no imaginarios, Alebrije de palabras, Taller de locos, Eros y afrodita. En libros virtuales » O dispara usted o disparo yo»y «Pequeficciones» Director de dos cortometrajes: «Debes de estar loco» » la niña de las guayabas» basados en dos cuentos de su autoría. Ficticiano de corazón. Administrador de «Sendero blog«

Una vez el pez confía en la paz de un rapaz…
Mustapha Handar
Para hacer frente a los incesantes y peligrosos ataques del tiburón, los

peces organizaron elecciones para elegir a quien los protegería de él:
la ballena o el pez rape.
La ballena les prometió sacrificarse por ellos. El rape aclamó
que el tiburón era amigo suyo desde tiempos inmemoriales y les juró
abandonar las aguas si algún día fueran atacados por éste.
Como los peces refutaban la violencia y soñaban con una
eterna vida en paz, votaron por el rape pese a su carácter maligno y
apariencia sospechosa. La descomunal ballena se puso muy triste y
emigró, mientras que el rape festejó su victoria y visitó furtivamente al
enemigo. Los dos ya tenían planeado una añagaza a los peces. El día
siguiente, el rape organizó una gran fiesta de reconciliación entre los
peces, a quienes representaba, y el tiburón, su amigo secular. Este
último, aceptó el pacto de paz y amistad y acudió a la fiesta.
El rape mandó a los peces payaso, disco, joya y mariposa a
que divirtieran a los numerosos asistentes con sus chistes, canciones
y danzas. Las ostras y los mejillones presentaron una fantástica pieza
teatral en la cual contaron sus historias con los piratas que los
pescaban para robarles las perlas que escondían dentro de sus
conchas. Las focas proyectaron en cuadros de pintura cómo se
transformaron de unas bellísimas sirenas a focas siempre enlutadas y
anhelantes de romper esa maldición.
Sin embargo, cuando el espectáculo hubo finalizado, el rape
fue el postre.

Mensaje de Ana Grandal, española

Tomado de la antología » o dispara usted o disparo yo»


Mensaje


«Lo hcms sta noxe n kasa a ls 9». Enviar. Una centésima de segundo más tarde se da cuenta de su error: ha mandado el mensaje a María. No a Mario, a María. A su esposa. La precipitación y la similitud gráfica le han jugado una mala pasada. Un sudor frío le recorre la espalda. «Calma». Es imposible que María descodifique la información contenida en la escueta frase. Tal vez piense que es una invitación al sexo, ese sexo que, durante un año, ella le ha negado. Por otra parte, ¿no es verdad que, a pesar de su costosísimo celular ultraligero de niña pija, de rica heredera caprichosa, siempre olvida recargarlo? No puede evitar una sonrisa. Quizás, a las nueve, cuando Mario entre en su casa a descerrajarle a María un tiro en plena nuca, comprenda inútilmente su significado.

Ana Grandal

es licenciada en CC. Biológicas y ejerce
como traductora científica freelance desde 1996. Ha traducido diversos
libros de divulgación y la compilación de poesía incluida en Mina Loy.
Futurismo, Dadá, Surrealismo (2016). Cuenta con varios premios
literarios. Ha publicado la colección de microrrelatos Te amo, destrúyeme
(2015), al que pertenece el microrrelato «Mensaje». Coedita con
Begoña Loza la colección de relatos La vida es un bar (Vallekas) (2016),
donde también participa como autora. Colabora en las revistas digitales
La Ignorancia y La Charca Literaria.

La Rebelión de las pulgas

José Manuel Ortiz Soto Tomada del libro «La metamorfosis de Diana»

—¿Cómo quieres tu corte?

—Al ras.

El peluquero se encoge de hombros y pone manos a la obra.

«¡Es un estrafalario!», «¡Un fascista!», «¡Un retrógrado!», «¡Un animal de mal gusto!», profieren horrorizadas las pulgas, mientras tratan de huir de la máquina de afeitar. Pero no se cruzarán de brazos: incitadas por la Sociedad de Piojos de Calvos y Lampiños, esta misma tarde se plantarán frente al Palacio de Gobierno para exigir a la Autoridad un hogar digno en dónde vivir.

La Pulga humana, Pulex irritans 1, y piojo humano, Pediculus humanus 2.  Copperplate Handcolored grabado de Friedrich Johann Bertuch's Bilderbuch  fur Kinder (libro ilustrado para niños), Weimar, 1795 Fotografía de stock -  Alamy

La muñeca está rota

Lorena Escudero

La muñeca está rota*

YA NO deja de llorar cuando la abrazas, no come y bebe mucho, y suelta unos eructos que suenan como si se le estuvieran acabando las pilas. La muñeca está rota y ya no sirve. Yo miento y digo que no me he divertido con ella más de la cuenta. Nadie puede demostrar que intenté ahogarla en la bañera, o que le retuerzo los bracitos cuando me aburro. Y a nadie le importa. Estamos casados y la muñeca es mía.

Lorena Escudero
Doctora en Física e investigadora en la Universidad de Cambridge (Reino Unido), Lorena Escudero (Soria, España, 1985) escribe relato y microrrelato desde muy temprana edad.
Ha ganado concursos en ambos géneros y participado en numerosas revistascomo “Microtextualidades” (España), “Quimera” (España), “Plesiosaurio” (Perú), “Atril” (España), “Salamanca Letra Contemporánea” (España), “Cita en las Diagonales” (Argentina) y “TheNextReview” (Londres). Sus letras han aparecido en blogs (“Las afinidades electivas” y “La Nave de los Locos”)y están incluidas en varias antologías: “Los pescadores de Perlas” (editorial Montesinos, España), “Futuro Imperfecto” (Ed. Clara Obligado, España), “Hokusai” (Revista Brevilla, Chile) y “Resonancias” (BUAP, México).
Tiene publicados los libros de microficción“Negativos” (Torremozas, Madrid, 2015), “Formulario” (La tinta del Silencio, México, 2019) e “Incisiones” (Quarks Ediciones Digitales,Perú, 2020).
“Negativos”, su primer libro de microficción, construye una analogía con la fotografía, con el «instante congelado» que nos da las claves, o las muestra apenas, de una historia más amplia y compleja. Textos que se han traducido al inglés o al griego, componen cuatro partes principales: de repentina ficción, que recoge los microrrelatos más lúdicos, que juegan tanto con el lenguaje como con otros géneros; de locuras y terrores, con historias de terror; de engendros y níspuras, microrrelatos intertextuales: revisión e inversión de bestiarios, relatos clásicos y mitos; de pérdidas, en los que dominan la identidad y las relaciones amorosas.
“Formulario”, nos cuenta, nació de la inquietud, y unión, de sus dos grandes pasiones: la escritura y el efecto sobre la misma por su formación científica. Libroobjetode la colección Minitauro, en forma de original y diminuto acordeón, combina ficción con fórmulas y conceptos físicos y matemáticos.
“Incisiones” es una mini antología heterogénea que recoge textos publicados en  diversos blogs y revistas; y puede descargarse gratuitamente, para que se animen a leerla, en el siguiente link: https://quarksedicionesdigitales.wordpress.com/2020/04/04/incisiones/.

Pegaso cuento infantil tomado de la antología de pequeficciones

Antología coordinada por Chris Morales y José Manuél Ortiz soto


Esteban Dublín


—Mariana, se acerca tu cumpleaños…
—Ya sé, papá…
—¿Qué te gustaría de regalo?
—Un pegaso…
—¿Un pegaso…?
—Sí, papá, un pegaso, ¿los conoces? Son caballos con alas…
—Claro… ¿dónde consigo uno?
—Papá, ¿cómo me preguntas eso? Cualquiera que quiera puede conseguir un pegaso.
—Me gustaría saber dónde lo viste para comprártelo…
—Papá…. Los pegasos no se compran…
—¿Cómo que no se compran…?
—Los pegasos se imaginan, papá…
—Claro, hija, claro… ¿No te gustaría otra cosa? Una muñeca… ¿Una bicicleta, tal vez?
—Papá, yo quiero un pegaso…
—Hija, no te puedo regalar eso. Los pegasos no existen…
—Eso mismo dicen ellos…
—Dicen quiénes…
—Los pegasos. Dicen que los papás no existen.

Esteban Dublín (Colombia, 1983). Publicista. Ha publicado los libros de microrrelatos Preludios, interludios y minificciones (Adéer Lyinad, 2010), Tácticas contra el olvido (TBWA Colombia, 2014), Las narraciones alternas (Micrópolis, 2017) e Historias de camiseta (Micrópolis, 2018) como antólogo. También publicó los libros infantiles El dragón que no podía volar y ¿Dónde guardas tanto amor, abuelita? Es miembro fundador de La Internacional Microcuentista. Daniel Ávila es su nombre verdadero.

lamicrobiblioteca: AUDIOMICROS (23), ESTEBAN DUBLÍN


Quintilla de minificiones 4: J.M.Merino, Paola Tena, Diana Belásutegui, Nana Rodriguez y Diego Muños Valenzuela

España, México, Argentina, Colombia, Chile

Desolación de José María Merina -España-

Acababa de publicar su tercera novela cuando su hijo se mató en un accidente. El éxito del libro no logró amortiguar su dolor, que a lo largo de cinco años la mantuvo incapaz de escribir ni una sola línea. Por fin decidió comenzar otra novela en la que intentaría plasmar la amargura que segregaba incesantemente dentro de ella el parásito dañino de la amargura. Resultaron mil páginas,  redactadas con nervioso apresuramiento. Los escenarios de la novela  eran lugares dominados por las carencias elementales, la injusticia y la violencia, como la mayoría de los espacios humanos. En ellos, unos personajes, Rosa, Alberto, Joaquín y Walter, se relacionaban en sucesivas historias de desdicha y aflicción, como cifras simbólicas de un mundo sin orden ni sentido, presidido por un caos que hacía verterse irremisiblemente cada destino en la tristeza y la muerte. Una relectura pausada del manuscrito le aconsejó eliminar reiteraciones y páginas, lo redujo a ochocientas y lo dejó apartado durante casi un año, para repasarlo por fin y descubrir que quinientas páginas eran suficientes para expresar con certeza lo sustantivo de su ficción. Pero mientras corregía una vez más el texto, fue eliminando situaciones, diálogos y escenas, y lo acortó hasta las doscientas cincuenta páginas. Este fin de semana, en  medio de un otoño en el que el viento amontona en el jardín las hojas amarillas de los chopos, ha vuelto a releer el texto y a depurarlo, hasta comprender que, para expresar el sentimiento de lo que permanece incrustado en su corazón,  es suficiente una sola página, e incluso una sola palabra.

Paola Tena -México-

Obsolescencia programada

Está obsoleto, me dijeron. A mí me parecía que aún podría funcionar unos años más, pero quién soy yo para cuestionar. Todo caduca; por ejemplo la primavera, que no entró este año porque se volvió obsoleta, y cuando nos quejamos dijeron que hay otras estaciones novedosas, que ya nos enviarían el catálogo 2016. Hace un mes nos caducó el gato; jugaba con una bolita de estambre cuando se quedó quieto, como congelado. Me enviaron otro por correo a contrareembolso, uno azul con nuevas funciones. Así que cuando me han dicho que nuestro amor está obsoleto, ¿quién soy yo para contradecir a los que saben? Tendremos que olvidarnos el uno del otro y buscar nuevos modelos, creo yo. Dicen ellos.

La Bestia

Diana Belásutegui -Argentina-

El inspector Rodríguez había descubierto que la bestia asesina era la mujer que amaba y eso lo estaba demoliendo. La tenían cercada, le pidió ayuda a la agente con la que trabajó durante diez años. Necesitaba que alguien lo respaldara por si tenía que matarla. —La tienen en el Hotel de la calle 18 —gritó Cándida mientras subía al auto –está en la habitación… —104 —completó él, y la agente lo miró unos segundos. —Cándida, yo la conocía —aclaró y arrancó ante la mirada serena de su compañera. Llegaron en 5 minutos, abrió la portezuela, corrió hacia el hotel donde tuvieron sus primeros encuentros a escondidas, subió las escaleras junto a otros 6 policías, llegaron, golpeó y la llamó. No hubo respuesta. Se dio media vuelta en busca de la mirada de su compañera pero no la encontró, dio la señal y derribaron la puerta. La bestia estaba sobre la cama, en el piso, en el baño, empapando las sábanas y había servido como tinta para un mensaje dejado en la pared: «YO TE AMABA MÁS QUE ELLA». ¿Quién había escrito la nota? ¿Hacia quien estaba dirigida? La firma era una C. Nuevamente intentó encontrar a su compañera pero aún seguía ausente, estaba por preguntar por ella cuando recordó su rostro sereno cuando le confesó que conocía a la bestia ¿ella lo sabía? Miró por la ventana. Cándida estaba parada junto al patrullero, observándolo, le sonrió levemente y sin dejar de mirarlo, levantó el arma y se disparó. 

Diana Beláustegui.

Neurosis doméstica

Nana Rodríguez -Colombia-

Las cosas de la casa cambian de lugar todos los días. Los cuadros de la estancia, resultan en el dormitorio de los huéspedes, los muebles de la sala giran su posición  y también se pasean por el estudio, las plantas hacen periplos por la cocina y los cuartos de baño. Los detalles son los más nómadas, no es raro encontrarlos dos y tres veces por día en distintas mesas y repisas, los únicos que no cambian su condición de permanencia son los libros, aunque algunos de ellos reposan en la mesa de noche y el sofá.
La mujer que se ocupa de la limpieza además ejercita la memoria, no sea que por un descuido provoque la ira de su señora, al romper el orden cambiante de la casa

Reinvidicación de Circe

Diego Muños Valenzuela -Chile-

La preciosísima Circe estaba aburrida de la simplicidad de Ulises. Si bien era fogoso, bien dotado y bello, la convivencia no daba para más. Solía convertirlo en perro para propinarle patadas, y él sollozaba y le imploraba perdón. Lo transformaba en caballo para galopar por la isla de Ea, fustigándolo con dureza. Lo transmutaba en cerdo para humillarlo alimentándolo con desperdicios. Volvía a darle forma humana para hacer el amor, y volvía a fastidiarse con su charla insulsa. Por fin lo expulsó del reino, le restituyó su barca y sus tripulantes y lo dotó con alimentos para un largo viaje. “Vete y no vuelvas”, ordenó con voz terminante al lloroso viajero,  “y cuenta lo que quieras para quedar bien ante la historia”. Después sopló un hálito mágico para hinchar la vela de la embarcación.

Munoz Valenzuela, Diego f03 crop.JPG

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La carta en el árbol

José María Merino

Ha regresado, veinte años después, a la ciudad de su infancia y adolescencia, al otro lado del océano. Recorre las antiguas calles observando con extrañeza los cambios en los colores de las casas y en los trazados callejeros. Se le revela de repente el parque de los juegos de niños, el lugar en el que conversó y paseó con muchachas por primera vez. Vuelven a él los ojos negros de Rosa, sus manos blancas y suaves, la separación dolorosa, cuando él tuvo que acompañar a su familia en el traslado a la ciudad donde ha crecido. Recuerda que antes de separarse escribieron una carta en la que pretendían conjurar el futuro: su amor no se  extinguiría, volverían a reunirse para no separarse nunca más. La firmaron con sangre, un alfilerazo en la yema del índice de cada mano izquierda, la introdujeron en una botella pequeña y, tras cerrarla, la escondieron en la enorme hendidura de un árbol muy viejo, que alza todavía sus ramas negruzcas en el extremo más frondoso del lugar. En un impulso que lo avergüenza un poco, rebusca entre las hojas secas, los papeles, las piedras y los desperdicios antiguos que ocupan la cavidad,  hasta encontrar la botella. La abre y saca el papel, pero cuando lo lee,  el mensaje ha cambiado: “Lo siento, Joaquín”, dice. “El tiempo pasa, no vuelves, y he conocido a Alberto, un chico muy majo”. Y firma Rosa, esta vez sin sangre.

La Coruña, España, 1941). Durante su infancia y  adolescencia vivió en León, de donde ha sido nombrado “hijo adoptivo”, y estudió Derecho en la Universidad Complutense de Madrid. Trabajó en los ministerios de Educación y de Cultura. Colaboró con UNESCO en proyectos para Hispanoamérica.  Es patrono de la Fundación Alexander Pushkin y de la Fundación de la Lengua Española, y fue designado en 2005 Hans Christian Andersen Ambassador por el gobierno danés. Doctor honoris causa por la Universidad de León, es Premio Castilla y León de las Letras y  miembro de la Real Academia Española (sillón m), donde desempeña el cargo de vicesecretario. Es tesorero de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE).

También es autor de algunas antologías sobre las leyendas tradicionales y el cuento literario español contemporáneo en lengua castellana.

Troya de Fernando Ainsa

Troya

Eres un pescador que vive feliz con su familia de los productos de este mar generoso frente al que se levanta tu aldea. No conoces otro horizonte y cuando sales de madrugada con tu barca y las redes, das las gracias por no haber tenido que emigrar como otros y porque la naturaleza te brinda sus frutos al alcance de la mano, merced a tus reconocidas habilidades en el arte de la pesca.
Hoy, cuando estabas mar adentro, te ha sorprendido descubrir como el horizonte se iba cubriendo con la silueta de trirremes acercándose a la costa al ritmo pausado de sus remos. Son más de diez, aunque no los has contado.
Has regresado apresuradamente y has visto como la flota acostaba en la playa. De su borda saltan guerreros armados y remeros de anchas espaldas que han empezado a levantar tiendas de campaña cerca de la orilla.
Luego, todo ha sido un trajinar de soldados y de un grupo de oficiales que ha venido a vuestra aldea a reclutar soldados para la tropa que debe conquistar Troya, la nueva ciudad que se alza en lo alto de los arenales. Os ofrecen trabajo por unos días; deberán todos vestirse con los uniformes griegos que os entregan, enarbolar lanzas y escudos y avanzar en tropel, pero en riguroso orden militar, hacia esas murallas. Eres alistado como voluntario y estás contento : saldrás de la rutina de tu vida como pescador y, si la suerte te acompaña, vivirás algún instante de gloria.

Al parecer se trata de rescatar a Helena de las manos de Paris, príncipe de esta ciudad que la robó a su esposo Menelao, rey de Micenas. Al mando de las tropas griegas está Aquiles —hijo de la Diosa Tetis y el mortal Peleo— un joven de aire petulante que se pasea altanero con su coraza brillante al sol. Es rubio, atlético y lo miras desde lejos con admiración.
El día de la batalla luces tu uniforme de cuero con orgullo. Tu familia te ha despedido con cierta preocupada tristeza, pero ya hacen planes de lo que comprarán con la mesada que te han prometido.
Son más de mil los integrantes de la tropa y estás entre ellos.
Soldado anónimo, perdido en la masa que avanza al ritmo de trompetas y tambores, quisieras ser —aunque fuera por el instante en que los focos de esta guerra que no es tuya te iluminen— el protagonista de una toma. Corres, tratas de acercarte a Aquiles, para entrar en el marco del enfoque de su cuerpo dando grandes zancadas espada en mano rumbo a las murallas de Troya. Con tu pesada lanza enarbolada vas cubriendo los metros que te separan de su aguerrida silueta. Quieres que las cámaras colgadas de las grandes grúas que con sus traveling van filmando los pasos de Aquiles, te encuadren.
Quieres estar junto a Brad Pitt al entrar en Troya y cuando lo logras te giras y sonríes a los objetivos que te inmortalizan en esta película que se filma el tórrido verano del 2003 en tu aldea, cerca de Los Cabos, en Baja California, en México. Tu perfil, en3primer plano se reflejará por un instante en la pantalla, junto a un desconcertado Aquiles.
Luego, en el fragor del combate en que el héroe cae con su talón herido, arderá la Troya de cartón piedra que han levantado sobre los arenales : con sus cien metros de longitud y cincuenta de altura, todo reducido a cenizas.Tú sobrevivirás con alegría para contar la historia a todo aquel que quiera escucharla ahora —yo, entre ellos— y enseñarás las maltrechas fotos con tu uniforme de soldado griego que llevas en el bolsillo como prueba de que fuiste extra de la película Troya, dirigida por Wolfgang Petersen y con Brad Pitt como protagonista,esa película que dejó en la región un beneficio de veinticinco millones de dólares y a ti —como era previsible— muchísimos menos, aunque lo intentas compensar vendiendo a los turistas copias CD piratas de la película.

Cómo se rodó Troya? - Canal Hollywood
Fernando Ainsa
Escritor y ensayista hispano-uruguayo de origen aragonés. Vice-presidente de la Asociación Aragonesa de Escritores y director de la revista IMÁN. Autor de numerosos ensayos sobre literatura latinoamericana. De su obra de creación destacan las novelas El paraíso de la reina María Julia (1994–2006) y Los que han vuelto (2009) y los relatos Naufragios del mar del Sur (2011). En 2007 publicó su primer libro de poesía, Aprendizajes tardíos (2007), seguido de Bodas de Oro (2011), Poder del buitre sobre sus lentas alas (2012) y Clima húmedo (2012). Es autor de libros de aforismos y textos breves De aquí y de allá (19Travesías. Juegos a la distancia (2000) y Prosas entreveradas (2009) y figura en varias antologías del microrrelato: Quimera, Universidad de Salamanca, Los cuadernos del vigía, Ediciones Thule, Páginas de Espuma, Universidad de Tucumán, Argentina. Algunos han sido traducidos al francés y al rumano.

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Una minificción sobresaliente.

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Un hombre en la oscuridad frag., de Paul Uster

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Estoy solo en la oscuridad, dándole vueltas al mundo en la cabeza mientras paso otra noche de insomnio, otra noche en blanco en la gran desolación americana. Arriba, mi hija y mi nieta están cada una en su habitación, también solas: mi hijaúnica, Miriam, de cuarenta y siete años, que se acuesta sola desde hace cinco, y Katya, de veintitrés, única hija de Miriam, que antes dormía con un joven llamado Titus Small, pero ahora Titus ha muerto, y mi nieta duerme sola con el corazón destrozado.

Luz radiante, y luego oscuridad. El sol fulgurando por todos los rincones del cielo, seguido de la negrura de la noche, el silencio de las estrellas, el viento que agita las ramas. Ésa es la monotonía diaria. Llevo viviendo más de un año en esta casa, desde que me dieron de alta en el hospital. Miriam insistió en que viniera, y al principio estábamos los dos solos, junto con la enfermera que me cuidaba durante el día cuando mi hija se iba a trabajar. Luego, tres meses después, a Katya se le cayó el mundo encima, y entonces dejó la escuela de cine en Nueva York y se vino a Vermont a vivir con su madre.

Sus padres lo llamaron como al hijo de Rembrandt, ese pequeño de los cuadros, el niño de cabellos dorados y gorro escarlata, el pupilo distraído que no comprende la lección, la criatura transformada en un joven devastado por la enfermedad que murió a los veintitantos años, igual que el Titus de Katya. Es un nombre maldito, un nombre que debería retirarse para siempre de la circulación. Pienso a menudo en el fin de Titus, la horrorosa historia de su último trance, las imágenes de su agonía, las demoledoras consecuencias de su muerte en mi atribulada nieta, pero no quiero entrar en eso ahora, no puedo caer en ello, tengo que alejarlo lo más posibles de mi pensamiento. La noche aún es joven, y sin moverme de la cama, con los ojos clavados en la oscuridad, en una tiniebla tan impenetrable que no se alcanza a ver el techo, me pongo a recordar la historia que empecé anoche. Eso es lo que hago cuando no logro conciliar el sueño. Me quedo tumbado en la cama y me cuento historias. Quizá no sean gran cosa, pero siempre y cuando no me salga de ellas, me evitan pensar en cosas que prefiero olvidar. La concentración, sin embargo, puede darme problemas, y las más de las veces mis pensamientos acaban derivando de la historia que pretendo contar a las cosas en las cuales no quiero pensar. No hay nada que hacer. Fracaso una y otra vez, hay más chascos que aciertos, pero eso no quiere decir que no ponga todo mi empeño.

Lo metí en un hoyo. Parecía un buen comienzo, una prometedora manera de poner las cosas en marcha. Situar a un hombre dormido en un pozo, para luego ver lo que pasa cuando se despierte e intente salir trepando. Me refiero a una profunda concavidad en el suelo, de unos tres metros de onda, excavada en forma de círculo perfecto, con paredes verticales de tierra sólida, muy compacta, tan dura que la superficie tiene una textura de arcilla modelada, de vidrio incluso. En otras palabras, cuando el hombre abra los ojos no conseguirá salir del hoyo. A menos que disponga de una serie de aparejos de montaña –martillo y crampones, por ejemplo, o una cuerda para echar un lazo a un árbol cercano–, pero este hombre no tiene herramientas, y una vez que recobre la conciencia, enseguida comprenderá la naturaleza del aprieto en que se encuentra.

Y así es. El hombre se despierta y descubre que está tendido de espaldas, mirando al cielo de un atardecer sin nubes. Se llama Owen Brick, y no tiene ni idea de cómo ha ido a parar allí, no guarda recuerdo alguno de cómo ha caído en ese agujero cilíndrico, que según sus cálculos tendrá aproximadamente tres metros y medio de diámetro. Se incorpora. Para su sorpresa, va vestido con un uniforme pardusco de lana áspera. Tiene la cabeza cubierta con una gorra, y lleva un par de robustas y gastadas botas de cuero negro, bien atadas por encima de los tobillos con una doble lazada. En las mangas de la chaqueta ostenta dos galones, lo que indica que el uniforme pertenece a un militar con el rango de cabo. Esa persona podría ser Owen Brick, pero el hombre del hoyo, cuyo nombre es Owen Brick, no recuerda haber servido en el ejército ni combatido en guerra alguna en ningún momento de su vida.

A falta de otra explicación, supone que ha perdido temporalmente la memoria a consecuencia de algún golpe recibido en la cabeza. Sin embargo, al pasarse la punta de los dedos por el cuero cabelludo en busca de rasguños o chichones, no encuentra indicios de bultos, ni heridas ni arañazos, nada que sugiera la existencia de ese golpe. ¿Qué ha sido, entonces? ¿Ha sufrido algún trauma que le ha mermado las facultades, haciéndole perder el uso de gran parte del cerebro? Tal vez. Pero a menos que le venga de pronto el recuerdo de ese trauma, no tendrá medio de saberlo. Seguidamente, empieza a explorar la posibilidad de que esté durmiendo en la cama, en su casa, atrapado en un sueño extrañamente lúcido, un sueño tan verosímil y absorbente que la frontera entre lo real y lo imaginario se ha difuminado hasta casi desaparecer. Si eso es cierto, entonces no tiene más que abrir los ojos, levantarse de la cama y dirigirse a la cocina a prepararse el café del desayuno. Pero, ¿cómo se pueden abrir los ojos cuando ya están abiertos? Parpadea unas cuantas veces, en un intento pueril de romper el encantamiento; pero no hay hechizo alguno, y la cama mágica no llega a materializarse.

En lo alto, una banda de estorninos atraviesa su campo de visión durante cinco o seis segundos, desapareciendo luego hacia el crepúsculo. Brick se pone en pie para inspeccionar su entorno, y entonces nota que le abulta un objeto en el bolsillo delantero izquierdo del pantalón. Resulta ser una cartera, la suya, y además de setenta y seis dólares estadunidenses, contiene un carné de conducir expedido por el estado de Nueva York a un tal Owen Brick, nacido el 12 de junio de 1977. Eso confirma lo que Brick ya sabe: que es un individuo cercano a la treintena con domicilio en Jackson Heights, en el barrio de Queens. Sabe asimismo que está casado con una mujer llamada Flora y que durante los últimos siete años ha trabajado como mago profesional, actuando principalmente en fiestas de aniversario infantiles por toda la ciudad con el nombre artístico del Gran Zavello. Tales hechos no hacen sino ahondar el misterio. Si tan seguro está de quién es, ¿cómo ha acabado entonces en el fondo de ese pozo, vestido con uniforme de cabo, nada menos, sin documentos, ni placa ni identificación que acredite su condición militar?

No tarda mucho en comprender que escapar de allí es totalmente imposible. La pared circular es muy alta, y cuando le da un puntapié con la bota con idea de hacer una marca y crear una especie de punto de apoyo que le permita escalarla, sólo consigue hacerse daño en el dedo gordo. La noche cae rápidamente, y va haciendo frío, un frío húmedo de primavera que le va calando hasta los huesos, y aunque ha empezado a tener miedo, de momento está más confuso que asustado. Sin embargo, no puede por menos de gritar pidiendo auxilio (…)

Dos pequeficciones escritas por dos excelentes escritores.

Del libro Pequeficciones Antología por Chris Morales y José Manuel Ortiz

Héroe sádico
Leonardo Dolengiewich
Se acercó hasta el borde del precipicio, mucho más allá del límite
indicado por el guía. Todos lo miraron, alguno le gritó que volviera, que
no se arriesgara. Se arrojó sin más.
Cuando no estaba salvando al mundo, Peter Parker se divertía
a costa de los turistas que visitaban la ciudad.
Leonardo Dolengiewich (Argentina, 1986). Soy escritor y psicólogo.
Tengo dos libros de microficción publicados: La buena cocina (2015) y
Colibríes feroces (2019). Durante 2020, publicaré La gente no es
buena, mi primer libro de cuentos. Desde hace cinco años, coordino el
taller literario “Con premeditación y contundencia”, dedicado al cuento
y la microficción.

Érase una vez
José Manuel Dorrego Sáenz
—Érase una vez…
—Papá, ese cuento ya me lo has contado mil veces, ¿es que no
te sabes otro?
—Perdona, hijo. Aver este: Érase una vez…
—¿Otra vez, papá? Estás un poco tonto hoy. ¿De verdad no te
sabes un cuento nuevo? Por lo menos, uno que me hayas contado
hace mucho y ya no lo recuerde. Yo alucino contigo.
—Déjame pensar, hijo…
—Sí, pero date prisa que tengo sueño.
—Mmm… ¡Ya sé! Éste seguro que no lo has oído antes porque
me lo acabo de inventar.
—Aver, cuenta, cuenta…
—Érase una vez y colorín colorado. ¿Te gusta?
—Pss… No está mal, papá, aunque el final ya lo veía venir.
—Bueno, ahora a dormirte y mañana te cuento otro.
—Vale, pero no lo repitas, ¿eh?
José Manuel Dorrego Sáenz (España). Escribo en corto desde muy
joven porque siempre he pensado que hay demasiadas historias que
contar como para recrearse más tiempo del necesario en una sola. He
publicado el libro de microrrelatos El contrabajista del Titanic, tengo
otros tres terminados y ando con un cuarto de género indefinible que,
COVID-19 mediante, espero que vea la luz este año.

Las canciones y las letras se cruzan en el Le Parc - Sin Retorno
Sandra Almazán | Blog y taller literario del grupo de escritores:  Primaduroverales