¿Dónde está elipsis?

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DONDE ESTÁ LA ELIPSIS…El cuento comienza con una situación verosímil: el narrador siente pinchazos en las piernas, y lo atribuye al pasto y a los yuyos. Pero sin aviso ni transición, el texto da un salto hacia lo imposible: una araña con ropas de cazador y sombrero rojo, disparando con cerbatana.

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 Lo omitido es la transformación del mundo. No hay explicación, solo el resultado: una visión alucinante, absurda o fantástica. Idea y supervisión de Rubén García García iMAGEN CREADA POR LA I.A.

Dónde está la elipsis por Rubén García García

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Mi nuevo amor, un cuento de Hebe Uhart

Tengo un amor nuevo y con él aprendí muchas cosas. Por ejemplo, los límites. Tantos años de ir a lo del psicoanalista para escucharlo repetir siempre: “Pero usted se tira a la pileta sin agua”. A mí esa frase me producía consternación, porque una pileta sin agua es de lo más triste que hay. O si no, me decía: “Hágase valer, usted tiene una imagen muy deteriorada de sí misma, usted es inteligente, es creativa”. Eso a mí me daba como un destello de valor por un momento y después me sonaba a consuelo, como cuando alguien presenta a otra persona a un tipo o una tipa impresentables y para arreglarlo dicen: “es historiador” o “viajó a Tánger”, y como yo creo que lo que siento es verdadero amor, no necesito ni ser linda ni ser creativa ni viajar a Tánger: él me quiere por lo que soy. Y no le importa si soy un poco vieja, porque es como que no registrara esas cosas: para mi asombro me quiere sin condiciones. Con él aprendí la expresión de la mirada, que vale por mil palabras: no me asusta si en sus ojos veo una pizca de odio; sé que no es hacia mí como yo suponía antes, o tal vez el análisis anterior haya hecho efecto a posteriori; de pronto uno puede tener una pizca de odio en los ojos por cosas que recuerda, motivos privados. Yo sé con él cuándo debo acercarme porque no es violento para el rechazo y así —y a eso siempre lo consideré una prueba de convivencia que alabaría el analista— podemos estar cada uno en su habitación, pensando en nuestras respectivas cosas sin necesidad de perturbar preguntando “¿qué estás haciendo?” para joderse las paciencias mutuamente. Con él me ha surgido una femineidad insospechada, porque ante su sencillez —es de hábitos regulares y desea cosas simples— he depuesto toda rivalidad o competencia. Compartimos esa cualidad neutra que posee el tiempo después de cierta edad, en que no hay días terribles ni fiestas luminosas, porque los días se enlazan en el comer, dormir, trabajar y ver un poco de televisión.

Eso sí, él televisión no mira. A la noche, para separar un día de otro, nos frotamos la frente. Los únicos problemas vendrían a ser la dieta y una sola costumbre que no me gusta, porque es muy delicado en general: sólo come carne picada y se rasca las pulgas delante de la gente.

Análisis de elipsis en “Mi nuevo amor”:

  1. Elipsis del sujeto amado (el «nuevo amor»):
    • Durante casi todo el cuento no sabemos quién es. La narradora describe lo que ha aprendido, lo que siente, cómo conviven… pero nunca dice quién es.
    • Solo al final, cuando suelta:
      “…sólo come carne picada y se rasca las pulgas delante de la gente.”
      …comprendemos que se trata de un perro.
    • 👉 Elipsis de identidad: provoca que leamos toda la historia como si se tratara de un hombre, hasta que el golpe final resignifica todo.
  2. Elipsis de los detalles previos a la relación:
    • No hay descripción de cómo se conocieron, ni cuándo, ni dónde. No importa: el foco está en lo que transforma la convivencia.
    • 👉 Esta omisión le da universalidad al cuento y concentra el relato en lo esencial: el presente compartido.
  3. Elipsis de juicios explícitos:
    • Hebe no juzga ni se burla, aunque el giro tiene humor. Todo se sostiene en la voz de la narradora, que es sincera, ingenua y profundamente humana.
    • 👉 La autora deja fuera cualquier explicación moral o didáctica: confía en el lector.
    • APUNTES DE MI LIBRETA
    • Idea, edición por Rubén García García con apoyo de la I.A.

¿Dónde está la elipsis? Marcos Denevi

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La historia fantástica

Cuenta fray Jerónimo de Zúñiga, capellán de la prisión del Buen Socorro, en Toledo, que el 7 de junio de 1691 un marinero natural de las Indias Occidentales, de nombre Pablillo Tonctón o Tunctón, de raza negra, condenado al auto de fe por brujo y otros crímenes contra Dios, se evadió de la cárcel y de ser quemado vivo pidiendo a sus guardianes, tres días antes de marchar a la hoguera, una botella y los elementos necesarios para construir un barco en miniatura encerrado dentro del frasco. Los guardianes, aunque el tiempo de vida que le quedaba al reo era tan breve, accedieron a sus deseos. Al cabo de los tres días el diminuto navío estaba terminado en el interior del vidrio. La mañana señalada para la ejecución del auto de fe, cuando los del Santo Oficio entraron en la celda de Pablillo Tonctón, la encontraron vacía lo mismo que la botella. Otros condenados que aguardaban su turno de morir afirmaron que la noche anterior habían oído un ruido como de velas, chapoteo de remos y voces de mando.

“La mañana señalada para la ejecución del auto de fe, cuando los del Santo Oficio entraron en la celda… la encontraron vacía lo mismo que la botella.”

Aquí está la gran elipsis del relato: nunca se dice cómo escapó.

La narración omite la transformación o el momento del escape.

No hay escena de magia, ni metamorfosis, ni testigo visual.

→ El lector debe imaginarlo:

¿Se volvió miniatura?

¿Entró en el barco?

¿Navegó por los sueños?

Idea, selección del texto literarios, edición por Rubén García García con apoyo de la I.A.

Imitación de una pesadilla de Ana Blandiana

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Había llegado a un barrio muy alejado y totalmente desconocido para mí, en busca de una tienda de ultramarinos privada de la que me habían hablado maravillas en una de las colas que había hecho. Me encontré con una tienda de aspecto polvoriento y hasta promiscuo, pero no exenta del encanto de aquellas chabolas de los arrabales que había llegado a conocer durante los primeros años de mi infancia, y en las que, además de peladillas y aceite a granel, jamón de Praga y mechas para lámparas de queroseno, azúcar de patata y papel matamoscas, se vendía vainilla en rama, mermelada, levadura y harina de maíz. En su semioscuridad profunda siempre olía a canela, a rancio y a petróleo en una nostálgica mezcla. Pero, esta vez, bajo los celofanes manchados por las moscas y en los estantes embadurnados y antiguos, se divisaban magníficas tartas de chocolate decoradas con nata, montones de caviar de Manchuria, grandes chorizos de Sibiu y enormes aceitunas. Recuerdo que compré de todo, con cierta desgana y un sentimiento de desconfianza; como si no estuviera segura de que fueran reales y esperase que fueran a desaparecer de un momento a otro dejándome con la miel en los labios y el dinero en la mano. Nada de eso ocurrió. Me disponía a salir, contenta, por supuesto, pero también un poco ofendida, porque era evidente que los demás clientes, arrabaleros y gitanillas, compraban apáticos e indiferentes y acostumbrados a la abundancia. Su indolencia me hacía pertenecer —aunque sólo en secreto— a un mundo inferior y me transmitía el temor de haber entrado ilegalmente en sus dominios, de los que me podían expulsar en cualquier momento. Así pues, me apresuré hacia la salida, vacilando un poco porque en el marco de la puerta se apoyaba, casi bloqueando el paso, una mole de hombre con el rostro congestionado y sudoroso, con un mandil de goma grande que le llegaba hasta las botas, en las que había introducido los pantalones de un uniforme difícil de definir. El hecho de que el coloso estuviera de espaldas a mí y mirara hacia fuera, me hizo pensar —¡qué optimista!— que yo escapaba a su atención. Así que intenté deslizarme sin ser observada por el estrecho espacio que quedaba libre. Casi lo había logrado cuando, sin apenas moverse, la mano del gigante me agarró del brazo.

Lee también: Guillermo Fadanelli y el «Desorden. Crítica de la dispersión pura»

—¡Camarada! —le dije—, ¿cómo se atreve? —Pero creo que mi voz no resultó muy convincente, y recuerdo que, en realidad, ya contaba con ello—. Le ruego que me

suelte inmediatamente —añadí. Sin embargo, lo que estaba sucediendo no me extrañaba, y la falta de asombro equivalía casi a un consentimiento que disminuía notablemente la intensidad de mi protesta.

El hombre se tambaleó un poco —lo cual me hizo pensar que estaba borracho— y me arrastró fuera, al centro de un descampado en el que crecían algunos arbustos y que se abría entre las casas bajas típicas de la periferia, con largos patios recubiertos de vides. Su mano sudaba sobre mi brazo desnudo y, al intentar soltarme, se deslizaba arriba y abajo,ensuciándome la piel. Cuando se paró —en una extraña posición—, consiguió atrapar uno de mis zapatos entre sus inmensas botas, inmovilizándome así un brazo y un pie, y aunque intentaba alejarme de él hasta casi descoyuntarme los miembros, sentía, pese a todo, cómo me invadía su insoportable hedor de gordo borracho, fumador y sudoroso. No decía nada, ni me miraba siquiera, sólo me sujetaba imperturbable, con tanta indiferencia que empecé a pensar si no me habría confundido con otra persona.Las cuatro estaciones, de Ana Blandiana publicada en Periférica.

Las cuatro estaciones, de Ana Blandiana publicada en Periférica.

—¡Señor! —grité, pensando que tal vez lo halagaría este apelativo. Lo hice en un tono mucho más alto de lo que hubiera exigido la proximidad entre nosotros, porque me parecía difícil penetrar su impasibilidad y, además, albergaba la esperanza de poder atraer con mis gritos la atención de alguien dispuesto a auxiliarme—. ¡Señor!, yo a usted no lo conozco, y probablemente usted tampoco me conoce a mí; por favor, suélteme inmediatamente; le ruego que, por lo menos, me mire para convencerse de que no me conoce y de que tiene que soltarme.

Tal como esperaba, el vocerío atrajo a algunos curiosos. O, tal vez, no eran más que los clientes que se apresuraban hacia la tienda. De todos modos, pensé que estaba salvada.

—¡Socorro! —les grité viéndolos acercarse—. ¡Ayúdenme! No conozco a este hombre, no sé qué quiere de mí. Se ve que está borracho o, tal vez, loco. Les ruego que me ayuden a soltarme la mano y el pie.

Pero ellos se quedaron a una distancia prudencial, mirando curiosos y sin ninguna intención de intervenir. Hacían comentarios y suposiciones propias de unos espectadores a los que no se puede oír desde el escenario.

—¡A saber lo que habrá pasado entre ellos! —dijo uno que, probablemente, venía de algún patio cercano, porque todavía llevaba en la mano unas tijeras de podar vides y tenía los dedos manchados de tierra.

—No conviene mezclarse en los asuntos entre un hombre y una mujer —añadió otro que llevaba en la mano un bolso de plástico, señal de que iba a la compra.

—Pero no es mi marido, ni siquiera lo conozco, no lo he visto en mi vida —dije a voz en grito, desesperada y sin acabar de creer que pudieran considerar marido mío a aquella montaña de grasa, que apestaba a vino ordinario. Al mismo tiempo, me di cuenta de que no me creían. Yo hablaba casi disculpándome y eso me perjudicaba, mientras que la pasividad inarticulada de aquella bestia parecía causarles mejor impresión. El número de curiosos había crecido y, además, el público había cambiado: los mirones del comienzo, aburridos de tanto fisgar, habían sido reemplazados por otros, recién llegados, que proseguían con los mismos comentarios y ante los que yo reanudaba, cada vez más desesperada, las llamadas de socorro. En realidad, algunos se acercaban corriendo, como si se apresuraran a salvarme, pero, una vez llegados, se paraban, descubriendo, quizás, en la escena vista de cerca, algo que les impedía hacerlo. No entendía lo que estaba ocurriendo y, sobre todo, no reparaba en cómo era posible que la incompatibilidad entre mi carcelero y yo no fuera evidente para todos… ¿Cómo podía haber alguien que, después de vernos, aún pudiera suponer que había una relación entre nosotros?

—¡Ayudadme! —repetía, cansada de mi propia voz, mientras intentaba liberar mi brazo, amoratado e intensamente dolorido—. ¡Liberadme! ¡No conozco a este hombre, no sé quién es, no tengo nada que ver con él! ¡Liberadme!

Lloraba desde hacía tiempo, decidida a no hablar más cuando, entre lágrimas, me pareció ver en el gran círculo de espectadores la figura conocida de un compañero de redacción. Me sequé rápidamente las lágrimas con la manolibre, porque ya hacía tiempo que había soltado las compras, que estaban ahora tiradas en el suelo, desempaquetadas y llenas de polvo. Sí, realmente era él. Nuestras miradas se cruzaron y me saludó con un exagerado respeto, totalmente inadecuado dada la amistad que nos unía.

—¡Qué suerte —grité— que hayas caído por aquí! ¿Tú también has oído hablar de esta tienda? Mira lo que me ha pasado. Un borracho oligofrénico la ha tomado conmigo.

Ayúdame a soltarme de sus garras.

Pero mi compañero no se movía, me miraba intensamente como si hubiera querido transmitirme un mensaje que temía pronunciar.

—Este es mi destino —le dije, esforzándome por reír—. Tengo un verdadero talento para atraer, sin querer, a todos los locos. Sabes que también en la redacción preguntan a menudo por mí todo tipo de psicópatas. ¿Pero a qué esperas? ¡Ven a ayudarme! ¿Víctor, te has vuelto loco tú también, a qué esperas?

Pero inmóvil, me miraba con infinita tristeza, lamentando que lo obligara a hablar.

—No puedo ayudarte —me dijo, pronunciando las palabras con claridad un poco pedante, como si fuera a hablar en un escenario o a través de un micrófono—, es muy fuerte; lamento mucho que no te des cuenta de la situación en la que te encuentras.

Y mientras decía esto, no parecía ni incómodo, ni avergonzado lo más mínimo por su cobardía, sino, todo lo contrario, estaba casi ofendido por mi insistencia carente de tacto.

—Pero sois muchos —vociferé exasperada ante tanta cobardía—, no tenéis más que sujetarlo para que yo pueda soltarme la mano.

—Siento que no comprendas la situación —repitió con la misma dignidad y sin bajar unos ojos que continuaban transmitiéndome algo que yo no lograba entender. Es extraño que, aunque todo parecía una pesadilla, nunca, en ningún momento, se me ocurrió pensar que aquel acontecimiento no fuera real y que estuviera soñando. Al contrario, todo me parecía real, incluso demasiado real: las caras de los que me miraban, las palabras que me llegaban, el hedor del que me sujetaba y su silencio vacío y carente de significado; lo ridículo de la situación es que no conseguía, sin embargo, anular la desesperación y que no era más que una imitación torpe, pero convincente, de una pesadilla.

En mi creciente exasperación, como una fuerza que aumenta por momentos acompañada por una precisión surrealista de los sentidos, vi entre el público, diezmado por la monotonía del espectáculo, a dos soldados muy jóvenes, probablemente recién alistados, con las mejillas

todavía infantiles y los cuellos desnudos —desprotegidos de la melena recién cortada— emergiendo blancos y frágiles de su uniforme.

—¡Chicos! —los llamé, al descubrir su mirada amistosa y dispuesta a solidarizarse con la mía—. Ayudadme vosotros; no es posible que tengáis miedo también. El ejército ha sido

siempre valiente y no se ha dejado intimidar por bestias y cobardes. ¡Salvadme!

Y para mi infinita y todavía desconfiada alegría los vi avanzar y acercarse, aparentemente halagados —llegué ingenuamente a pensar—, dado que había confiado en ellos y los había llamado. Pero, a menos de medio metro, se apartaron con precaución del absurdo grupo escultórico que formaba junto con mi carcelero y, de repente, uno de ellos osó lanzarse contra aquel gigante, y sacar del bolsillo trasero, que el mandil dejaba al descubierto, un cuchillo de

hoja no muy larga, triangular, afilada por ambos lados. Y, como si no arriesgara nada, empezó allí mismo, en la inmediata cercanía del gigante, a examinar el cuchillo, a probar su filo, tocándolo, y después se lo dio a su compañero para que lo examinara también. Luego, como conclusión de su análisis, los dos introdujeron cuidadosamente el cuchillo en el bolsillo de donde lo habían sacado y me dijeron amigablemente, en un tono sigiloso y conspirador, como si me comunicaran un secreto que pudiera salvarme:

—No se le puede atacar, está armado. —Muy cariñosos, y satisfechos de haber cumplido honradamente con su deber, se alejaron con premura: ya tenían otra misión.

Me callé un rato. Dejé de forcejear, agotada por el esfuerzo y por mi incapacidad para comprender. En el silencio que se había impuesto, se oían, ensuciadas por la saliva y pronunciadas como en sueños, las injurias impersonales del borracho, no dirigidas a nadie en concreto. Los espectadores se dispersaron un tanto decepcionados. Víctor se quedó, mirándome de una manera tan profunda como críptica. También había un hombre alto, evidentemente un intelectual, junto con algunas viejas del vecindario que se compadecían del borracho y que hacían comentarios a gritos sobre mi vestimenta y el color de mi pelo, encantadas de que yo pudiera oír su desaprobación.

No podía esperar nada más y tampoco podía imaginar cómo iba a acabar aquella historia. Un cansancio sin límites se había apoderado de mí y tenía ganas de dejarme caer, sostenida exclusivamente por el puño cerrado que, como unas esposas inalterables, me aferraba el brazo por encima del codo. Entonces, mi mirada se cruzó con la del intelectual y este se dirigió a mí en un tono deferente y un tanto suplicante, como si nada de aquella escena que estaba viviendo fuera insólito ni hubiera existido; como si yo tuviese que ayudarlo.

—A usted la conozco, pero no sé de qué —dijo, y luego me preguntó sonrojado y un poco incómodo—: ¿Ha trabajado, tal vez, en la Casa Scânteii o quizás, en la policlínica Sahia? Atónita, asentí con la cabeza y murmuré en voz baja, sin ninguna esperanza: —¡Sálveme, por favor, sólo tiene que ayudarme a soltar el brazo! No conozco a este hombre y no sé qué quiere de mí. Fingiendo no haberme oído, levantó la mano como para

frotarse la frente, pero en el último momento renunció y, de repente, exclamó alegre: —¡Oh! Ahora recuerdo; no tiene que contestarme, no la conozco, sólo se parece a alguien, tiene un extraordinario parecido con una persona.

—No sé a quién me parezco —murmuré—, pero ¡ayúdeme, por favor, se lo suplico, ayúdeme!

Totalmente sordo, fascinado por su propio descubrimiento, seguía mirándome ensimismado, incluso sumamente encantado, y dando vueltas a mi alrededor.

—¡Un parecido asombroso! De hecho, quizás, usted también haya oído hablar de ella; seguramente le han dicho más veces que se parece a Ana Blandiana. Es un parecido absolutamente fascinante.

—No —le dije, con una leve esperanza y un tanto avergonzada por lo que no había hecho nunca hasta entonces—, no me parezco; soy yo misma, me llamo Ana Blandiana.

Me alegro de conocerle, pero, ahora, por favor, ayúdeme. No obstante, no hizo nada. Se paró y me miró de una manera indefinida, con una incipiente aversión. Mi decla­ ración parecía haberle estropeado la alegría de la similitud recién descubierta, o, tal vez, no sabía si debía creerme o no. Viendo que vacilaba irritado, sin saber cómo retirarse, se apoderó nuevamente de mí la desesperación, una especie de desesperación desvergonzada, desprovista de la menor reticencia, y empecé a gritar con una voz histérica que hasta entonces desconocía, y con una necesidad de exhibición inimaginable:

—Señor, no se vaya, no me deje. Soy yo misma, Ana Blandiana; me ha visto en la televisión. Si no me cree, se lo puede preguntar a mi compañero de redacción. —Y con la certeza de que no me iba a creer, ya que Víctor había desaparecido entre tanto, seguí gritando, ahogada en sollozos, con un terror que iba en aumento—: Puedo recitarle poemas, puedo decirle cuándo nací y los libros que he publicado, de dónde viene mi pseudónimo, lo puede comprobar en cualquier diccionario de literatura contemporánea.

Tenía la sensación de que me estaba desnudando, arrancándome a trozos la ropa y sintiendo cada vez más frío, pero no podía parar y desgarraba los últimos pedazos, los últimos harapos. Y, mientras lloraba e imploraba, intenté agarrarme a la manga de aquel hombre, que, contrariado e incómodo, se alejaba mascullando:

—No, sólo me ha parecido. En realidad, no se parecen tanto. Le ruego que me disculpe, estas confusiones me pasan a menudo. ¡Suélteme, por favor, suélteme!

Pero yo seguía sujetándolo desesperada y, como sentía que los dedos se me quedaban dormidos, agarré con la otra mano el borde de su chaqueta. Entonces me quedé de piedra: tenía las manos libres. Y el pie también. El tipo que me tenía prisionera me había soltado y, cambiando de posición, buscaba algo debajo del mandil, en los bolsillos de los pantalones. Luego, sacó un pañuelo grande y se limpió la cara como si empezara a despertarse. Se encontraba, además, a unos pasos de mí, de modo que, por un instante, pensé que nunca me había agarrado. Me miré rápidamente el brazo recién liberado, pero sólo descubrí un leve moratón redondo, del tamaño de un brazalete, menos ancho de lo que esperaba. Y, curiosamente, comprobar esto me produjo cierta humillación, pues no sabía, en absoluto, desde cuándo estaba libre ni cuánto tiempo había estado en poder de aquel hombre. Liberé mis dedos dormidos y me alejé despacio, sin ruido… Un paso, luego algunos más. El gigante se limpiaba ahora, cuidadosamente, la muñeca hinchada, como si alguien lo hubiera agarrado y le hubiera hecho una herida.

Las vecinas hablaban de otra cosa y el intelectual arreglaba su traje con aire ofendido. Nadie se fijaba en mí. Por un momento sentí el impulso de darme la vuelta y de huir, para demostrarme a mí misma que era verdaderamente libre, pero al instante me di cuenta de que nunca más lo sería si no era capaz de explicarme por qué, durante aquella pesadilla, no lo había sido. Y me detuve.

fuente…https://www.eluniversal.com.mx/cultura/confabulario/imitacion-de-una-pesadilla/

DOS DE MUERTE por Rubén García García

Sendero… SM Noticias Tuxpan added a new photo to the album Poesía Veracruzana — with Escuela de Poetas de Poza Rica and Rubén García García.

Sumérgete en “Dos de Muerte” de Rubén García García

Esta estremecedora obra nos lleva al borde del insomnio y la existencia misma. «Dos de Muerte» nos muestra un encuentro con la muerte, donde la realidad se desvanece y los sentidos se aferran en un desesperado intento por seguir. ¡No te pierdas este relato que te hará reflexionar y sentir hasta los huesos!

DOS DE MUERTE

Rubén García García

El insomnio

Salió al jardín y contempló la claridad pálida filtrándose entre los árboles. Respiró el aire frío, que le penetró hasta los huesos. Eran las seis de la mañana y ya era el tercer día sin dormir. Había probado todo, desde infusiones de hierbas hasta grageas homeopáticas, pero el sueño seguía esquivándolo. Cada vez que los bostezos se acumulaban y se tiraba a la cama, el sueño se desvanecía como un espejismo cruel.

En un arranque de desesperación, sacó del cajón una pistola que parecía de juguete. La frialdad del metal en su mano ansiosa lo hizo dudar por un segundo. Cerró los ojos y apretó el gatillo. El clic fue lo último que escuchó.

Cuando abrió los ojos, pudo observarse, viendo a través del cristal del ataúd. Una araña se columpiaba en la viga del techo, la misma que había visto antier haciendo lo mismo. Antes de fugarse, escuchó la monotonía del rezo y el aroma del café.

Los sentidos

Es desesperante sentir que no respiras, pero que todavía escuchas. Y si pudiese abrir los ojos, solo vería una densa oscuridad, y, en la oscuridad del silencio, el roer de los gusanos en ese trabajo finito de convertirte en polvo. ¡Cómo llegar al sueño eterno si esas mandíbulas nunca descansan de roer!

Mobi Dick de Herman Melville

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Hace 201 años, un cachalote gigante se defendió e inspiró una de las mejores obras literarias de los Estados Unidos.

Fue el 20 de noviembre de 1820, a 3700 km al oeste de la costa de Antofagasta, cuando un enorme cachalote blanco atacó al barco ballenero estadounidense, Essex, destruyéndolo por completo y volviendo posteriormente a las profundidades del mar.

El Essex navegaba en el Pacífico Sur, en busca del valiosísimo aceite de ballena, comandado por el Capitán George Pollard Jr. Según los relatos, el ataque de la ballena fue deliberado, ya que el cetaceo cargó contra el barco, rompiendo finalmente su proa, y nadando alrededor, mientras que la nave rápidamente hacía agua. Unos 21 tripulantes lograron subir a los botes salvavidas, sólo para sufrir más pruebas durante sus más de tres meses perdidos en el mar. Con varios de ellos muriendo de enfermedades e inanición, y dándose incluso casos de canibalismo, sólo ocho sobrevivieron.

Unos treinta años después, el escritor Herman Melville, tras escuchar la historia y reunirse con el capitán del Essex, se inspiró en ella para escribir su novela épica Moby Dick.🐋

[17/10, 18:21] Sergio Blesa Martín-Pero: ¿HAS LEÍDO A MOBY DICK? ¿Sabías que está entre las diez obras literarias más importantes del siglo XX? Aquí te hago un resumen de su historia

“Moby Dick” de Herman Melville es una obra maestra de la literatura estadounidense, un épico relato de aventuras marítimas imbuido de una profunda meditación sobre la naturaleza humana, la obsesión y el destino. La novela, publicada en 1851, narra la historia del Capitán Ahab, un hombre obsesionado con la caza de un gran cachalote blanco conocido como Moby Dick. Esta obsesión conduce a Ahab a una incesante búsqueda por los vastos océanos, arrastrando consigo a la tripulación del ballenero Pequod en una travesía peligrosa y mística.

La narrativa está enmarcada desde la perspectiva de Ishmael, un marinero que se une a la tripulación del Pequod. A través de sus ojos, Melville nos presenta un mundo marino repleto de detalles y personajes fascinantes, desde el sabio y sereno Starbuck hasta el misterioso y tatuado Queequeg. Sin embargo, es el Capitán Ahab, con su pierna de marfil y su implacable determinación, quien domina la novela.

Lo que distingue a “Moby Dick” no es solo su trama de aventuras, sino la rica simbología y las profundas reflexiones filosóficas que Melville entrelaza en la narrativa. El cachalote blanco, Moby Dick, es más que un animal; es una fuerza de la naturaleza, un símbolo de lo insondable y, para Ahab, la encarnación de todo mal y adversidad que ha enfrentado en su vida. La lucha de Ahab contra el cachalote se convierte en una representación de la lucha humana contra un universo indiferente y, a menudo, hostil.

Melville combina elementos de la novela de aventuras con meditaciones sobre la existencia, la religión, y la moralidad, creando una obra compleja y estratificada. Los diálogos filosóficos, las descripciones detalladas de la caza de ballenas, y las reflexiones sobre la vida en el mar, se entremezclan para formar una narrativa que va más allá de lo ordinario. “Moby Dick” no es solo una historia sobre la caza de una ballena; es una exploración de la condición humana.

El estilo de Melville es a la vez poético y profundo. Su habilidad para describir el mar y la vida marinera es incomparable, transportando al lector al corazón del océano y a la mente de sus personajes. La novela es un desafío y una recompensa: densa en su simbolismo y rica en su narrativa.

En conclusión, “Moby Dick” es una obra monumental, un testimonio de la habilidad literaria de Melville y un reflejo eterno de las profundidades y misterios del alma humana. Es una historia que se queda con el lector mucho después de cerrar sus páginas, un viaje inolvidable a través de las olas tumultuosas de la obsesión y la redención.

Tomado de Fb ( se hizo invisible la fuente)

Cuatro poemas de Han Kang, Premio Nobel de Literatura 2024

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Fuente: https://www.poetica2puntocero.com/cuatro-poemas-de-han-kang-premio-nobel-de-literatura-2024/

La escritora surcoreana Han Kang, de 53 años, ha ganado el Premio Nobel de Literatura 2024 por su «prosa intensamente poética que afronta traumas históricos y revela la fragilidad de la vida humana», en palabras del jurado. Entre sus libros publicados en español destacan las novelas ‘La vegetariana’ —con la que logró fama internacional—, ‘La clase de griego’ y ‘Actos humanos’.

Kang comenzó su carrera literaria en 1993 con la publicación de cinco poemas en la revista ‘Literature and Society’. Dos décadas después recopilaría parte de su obra poética en el poemario ‘Dejo el atardecer en el cajón’, inédito en español. Os ofrecemos aquí cuatro de sus poemas.

Mark Rothko y yo — Muerte en febrero

Sin nada que declarar por adelantado,
no existe relación alguna entre Mark Rothko y yo.

Él nació el 25 de septiembre de 1903,
murió el 25 de febrero de 1970.
Yo nací el 27 de noviembre de 1970
y sigo viva.
Es sólo que
a veces pienso en el espacio de nueve meses
que separa mi nacimiento de su muerte.

Sólo unos pocos días
después de aquella mañana temprano en que se cortó las venas
en la cocina aneja a su estudio,
mis padres unieron sus cuerpos
y poco después una mota de vida
se debió quedar alojada en el tibio útero.
Mientras en el invierno tardío de Nueva York
su cuerpo aún no se habría descompuesto.

Eso no es algo maravilloso,
es algo solitario.

Me debí quedar alojada como una mota
cuyo corazón aún no había empezado a latir,
sin saber nada del lenguaje,
sin saber nada de la luz,
sin saber nada de las lágrimas,
dentro de un útero rosado.

Entre la vida y la muerte,
febrero como una brecha
que perdura,
perdura y finalmente sana.

En la tierra a medio derretir, todavía más fría,
su mano aún no se habría descompuesto.

(Traducción de Ángel Salguero a partir de la versión en inglés de Brother Anthony y Eun-Gwi Chung)

Negra casa de luz

Aquel día en Ui-dong
caía el aguanieve
y mi cuerpo, compañero de mi alma,
temblaba con cada lágrima derramada.

Sigue tu camino.

¿Dudas?
¿Qué sueñas, flotando así?

Casas de dos pisos encendidas como flores,
a su abrigo aprendí la agonía
y hacia una tierra de alegría aún inexplorada
extendí la mano como una tonta.

Sigue tu camino.

¿Qué sueñas? Sigue caminando.

Hacia recuerdos que se formaban sobre una farola, caminé.
Allí miré hacia arriba y dentro de la pantalla de luz
había una casa negra. Una negra
casa de luz.

El cielo estaba oscuro y en aquella oscuridad
aves residentes
volaron librándose del peso de sus cuerpos.
¿Cuántas veces habría de morir para volar así?
Nadie podría sostener mi mano.

¿Qué sueño es tan hermoso?
¿Qué recuerdo
brilla con tal fulgor?

El aguanieve, como las yemas de los dedos de mi madre,
recorre mis cejas despeinadas
golpea mejillas heladas y de nuevo
acaricia ese mismo lugar.

Date prisa y sigue tu camino.

El invierno a través de un espejo

1.

Mira la pupila de una llama.
Azulado
ojo
con forma de corazón
lo más caliente y brillante
aquello que la rodea
la llama interior naranja
lo que más parpadea
lo que rodea de nuevo
la llama externa semitransparente
mañana por la mañana, la mañana
que parto a la ciudad más alejada
esta mañana
el ojo azulado de una llama
mira más allá de mis ojos.

2.

Ahora mi ciudad es mañana de primavera, si traspasas el centro de la tierra, taladras recto hasta el centro sin vacilar, aquella ciudad aparece, la diferencia horaria allí exactamente doce horas menos, la estación exactamente medio año atrás, de modo que aquella ciudad es ahora una tarde de otoño, como si siguiera en silencio a alguien aquella ciudad sigue tras la mía, para cruzar la noche para cruzar el invierno espero en silencio, mientras mi ciudad deja atrás a aquella como alguien que te adelantara en silencio

3.

Dentro del espejo espera el invierno
Un lugar frío
Un lugar totalmente frío
tan frío
que los objetos no pueden temblar
tu cara (congelada una vez)
no puede hacerse añicos
No extiendo mi mano
tú tampoco
quieres extender tu mano
Un lugar frío
Un lugar que se mantiene frío
tan frío
que las pupilas no pueden vacilar
los párpados
no saben cómo cerrarse (juntos)
Dentro del espejo
espera el invierno y
dentro del espejo
no puedo evitar tus ojos y
tú no quieres extender la mano

4.

Dijeron que volaríamos durante todo un día.
Dobla bien veinticuatro horas métetelas en la boca y
entra en el espejo dijeron.
Cuando haya deshecho la maleta en una habitación de esa ciudad
debería aprovechar para lavarme la cara.
Si el sufrimiento de esta ciudad en silencio se me apodera
me quedaré rezagada en silencio y
cuando no estés mirándolo me apoyaré
un momento en la espalda escarchada del espejo
y canturrearé despreocupada.
Hasta que, habiendo doblado bien veinticuatro horas
y habiéndolas escupido empujadas por tu lengua caliente,
vuelvas y me observes

5.

Mis ojos son dos cabos de vela que gotean cera mientras agotan la mecha, no es abrasador ni doloroso, dicen que el temblor del núcleo de la llama azulada es el advenimiento de las almas, las almas se sientan en mis ojos y tiemblan, canturrean, la llama externa que se balancea en la distancia oscila para llegar más lejos, mañana partes hacia la ciudad más lejana, aquí estoy yo ardiendo, ahora pones las manos en la tumba del vacío y esperas, la memoria te muerde los dedos como una serpiente, no te abrasas ni te duele, tu inquebrantable rostro no se quema ni se hace añicos.

(A partir de una traducción de Eva Gallud basada en las versiones inglesas de Sophie Bowman)

Baile en silla de ruedas

Las lágrimas
se han convertido ya en costumbre,
Pero eso
no me ha devorado.

Las pesadillas también
se han convertido ya en costumbre.
Ni siquiera una noche de insomnio que incendie
todos los vasos sanguíneos de mi cuerpo
puede tragarme por completo.

Mira. Estoy bailando.
En una silla de ruedas en llamas
sacudo los hombros.
Oh, intensamente.
No tengo magia,
ni métodos secretos.
Es sólo que no hay nada
que pueda destruirme por completo.

Ni un infierno,
ni una maldición
o tumba,
tampoco ese sucio y helado
granizo ni el pedrisco
como hojas de cuchillo
pueden aplastarme.

Mira,
estoy cantando.
Oh, silla de ruedas
que escupes intensamente llamas,
baila silla de ruedas.

(Traducción de Ángel Salguero a partir de la versión en inglés de Brother Anthony y Eun-Gwi Chung)

«Si no», «sino» de «Redacción sin dolor»

Sendero

Pensamiento para hoy acerca de las palabras «si no» y «sino»

Cuando el redactor quiere contraponer una idea positiva a otra planteada negativamente, debe usar la palabra «sino»,

escrita con cuatro letras juntas: “No vamos al cine SINO al teatro”; “No solo es inteligente SINO también sensible”.

Esta palabra no tiene nada que ver con la construcción «si no», que es condicional: “SI NO vienes hoy, no podré prestarte el dinero”; “Nada podremos hacer SI NO resulta electo”.

Para decirlo de otra manera, no se deje engañar por el oído: «si no» y «sino» suenan exactamente igual. Hay que recordar esto: si usted plantea una idea negativa seguida de otra positiva, debe escribir «sino», como cuando decimos «No quiero a Marsha SINO a María».

Por otro lado, si usted plantea una idea condicional, debe emplear las dos palabras: «SI NO aprendo esto ahora, ¿Cuándo lo haré?».

¿Alguna pregunta?, porque SI NO preguntan, no puedo responder. No hay SINO que reflexionar y formular el interrogante.

Jorge Luis Borges: Utopía de un hombre que está cansado

Compartiendo

Utopía de un hombre que está cansado

Jorge Luis Borges - Utopía de un hombre que está cansado

Jorge Luis Borges
(Cuento completo)

Llamóla Utopía, voz griega cuyo significado es «no hay tal lugar».
QUEVEDO

No hay dos cerros iguales, pero en cualquier lugar de la tierra la llanura es una y la misma. Yo iba por un camino de la llanura. Me pregunté sin mucha curiosidad si estaba en Oklahoma o en Texas o en la región que los literatos llaman la pampa. Ni a derecha ni a izquierda vi un alambrado. Como otras veces repetí despacio estas líneas, de Emilio Oribe:

En medio de la pánica llanura interminable
Y cerca del Brasil,

que van creciendo y agrandándose.

El camino era desparejo. Empezó a caer la lluvia. A unos doscientos o trescientos metros vi la luz de una casa. Era baja y rectangular y cercada de árboles. Me abrió la puerta un hombre tan alto que casi me dio miedo. Estaba vestido de gris. Sentí que esperaba a alguien. No había cerradura en la puerta.

Entramos en una larga habitación con las paredes de madera. Pendía del cielo raso una lámpara de luz amarillenta. La mesa, por alguna razón, me extrañó. En la mesa había una clepsidra, la primera que he visto, fuera de algún grabado en acero. El hombre me indicó una de las sillas.

Ensayé diversos idiomas y no nos entendimos. Cuando él habló lo hizo en latín. Junté mis ya lejanas memorias de bachiller y me preparé para el diálogo.

—Por la ropa —me dijo—, veo que llegas de otro siglo. La diversidad de las lenguas favorecía la diversidad de los pueblos y aun de las guerras; la tierra ha regresado al latín. Hay quienes temen que vuelva a degenerar en francés, en lemosín o en papiamento, pero el riesgo no es inmediato. Por lo demás, ni lo que ha sido ni lo que será me interesan.

No dije nada y agregó:

—Si no te desagrada ver comer a otro ¿quieres acompañarme?

Comprendí que advertía mi zozobra y dije que sí.

Atravesamos un corredor con puertas laterales, que daba a una pequeña cocina en la que todo era de metal. Volvimos con la cena en una bandeja: boles con copos de maíz, un racimo de uvas, una fruta desconocida cuyo sabor me recordó el del higo, y una gran jarra de agua. Creo que no había pan. Los rasgos de mi huésped eran agudos y tenía algo singular en los ojos. No olvidaré ese rostro severo y pálido que no volveré a ver. No gesticulaba al hablar.

Me trababa la obligación del latín, pero finalmente le dije:

—¿No te asombra mi súbita aparición?

—No —me replicó—, tales visitas nos ocurren de siglo en siglo. No duran mucho; a más tardar estarás mañana en tu casa.

La certidumbre de su voz me bastó. Juzgué prudente presentarme:

—Soy Eudoro Acevedo. Nací en 1897, en la ciudad de Buenos Aires. He cumplido ya setenta años. Soy profesor de letras inglesas y americanas y escritor de cuentos fantásticos.

—Recuerdo haber leído sin desagrado —me contestó— dos cuentos fantásticos. «Los viajes del capitán Lemuel Gulliver», que muchos consideran verídicos, y la «Suma teológica». Pero no hablemos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos. Son meros puntos de partida para la invención y el razonamiento. En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido. Ante todo el olvido de lo personal y local. Vivimos en el tiempo, que es sucesivo, pero tratamos de vivir sub specie aeternitatis. Del pasado nos quedan algunos nombres, que el lenguaje tiende a olvidar. Eludimos las inútiles precisiones. No hay cronología ni historia. No hay tampoco estadísticas. Me has dicho que te llamas Eudoro; yo no puedo decirte cómo me llamo, porque me dicen alguien.

—¿Y cómo se llamaba tu padre?

—No se llamaba.

En una de las paredes vi un anaquel. Abrí un volumen al azar; las letras eran claras e indescifrables y trazadas a mano. Sus líneas angulares me recordaron el alfabeto rúnico, que, sin embargo, sólo se empleó para la escritura epigráfica. Pensé que los hombres del porvenir no sólo eran más altos sino más diestros. Instintivamente miré los largos y finos dedos del hombre. Éste me dijo:

—Ahora vas a ver algo que nunca has visto.

Me tendió con cuidado un ejemplar de la Utopía de More, impreso en Basilea en el año 1518 y en el que faltaban hojas y láminas.

No sin fatuidad repliqué:

—Es un libro impreso. En casa habrá más de dos mil, aunque no tan antiguos ni tan preciosos.

Leí en voz alta el título.

El otro se rió.

—Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.

—En mi curioso ayer —contesté—, prevalecía la superstición de que entre cada tarde y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar. El planeta estaba poblado de espectros colectivos, el Canadá, el Brasil, el Congo Suizo y el Mercado Común. Casi nadie sabía la historia previa de esos entes platónicos, pero sí los más ínfimos pormenores del último congreso de pedagogos, la inminente ruptura de relaciones y los mensajes que los presidentes mandaban, elaborados por el secretario del secretario con la prudente imprecisión que era propia del género.

»Todo esto se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras trivialidades. De todas las funciones, la del político era sin duda la más pública. Un embajador o un ministro era una suerte de lisiado que era preciso trasladar en largos y ruidosos vehículos, cercado de ciclistas y granaderos y aguardado por ansiosos fotógrafos. Parece que les hubieran cortado los pies, solía decir mi madre. Las imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas. Sólo lo publicado era verdadero. Esse est percipi (ser es ser retratado) era el principio, el medio y el fin de nuestro singular concepto del mundo. En el ayer que me tocó, la gente era ingenua; creía que una mercadería era buena porque así lo afirmaba y lo repetía su propio fabricante. También eran frecuentes los robos, aunque nadie ignoraba que la posesión de dinero no da mayor felicidad ni mayor quietud.

—¿Dinero? —repitió—. Ya no hay quien adolezca de pobreza, que habrá sido insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de la vulgaridad. Cada cual ejerce su oficio.

—Como los rabinos —le dije.

Pareció no entender y prosiguió.

—Tampoco hay ciudades. A juzgar por las ruinas de Bahía Blanca, que tuve la curiosidad de explorar, no se ha perdido mucho. Ya que no hay posesiones, no hay herencias. Cuando el hombre madura a los cien años, está listo a enfrentarse consigo mismo y con su soledad. Ya ha engendrado un hijo.

—¿Un hijo? —pregunté.

—Sí. Uno solo. No conviene fomentar el género humano. Hay quienes piensan que es un órgano de la divinidad para tener conciencia del universo, pero nadie sabe con certidumbre si hay tal divinidad. Creo que ahora se discuten las ventajas y desventajas de un suicidio gradual o simultáneo de todos los hombres del mundo. Pero volvamos a lo nuestro.

Asentí.

—Cumplidos los cien años, el individuo puede prescindir del amor y de la amistad. Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Ejerce alguna de las artes, la filosofía, las matemáticas o juega a un ajedrez solitario. Cuando quiere se mata. Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte.

—¿Se trata de una cita? —le pregunté.

—Seguramente. Ya no nos quedan más que citas. La lengua es un sistema de citas.

—¿Y la grande aventura de mi tiempo, los viajes espaciales? —le dije.

—Hace ya siglos que hemos renunciado a esas traslaciones, que fueron ciertamente admirables. Nunca pudimos evadirnos de un aquí y de un ahora.

Con una sonrisa agregó:

—Además, todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente. Cuando usted entró en este cuarto estaba ejecutando un viaje espacial.

—Así es —repliqué—. También se hablaba de sustancias químicas y de animales zoológicos.

El hombre ahora me daba la espalda y miraba por los cristales. Afuera, la llanura estaba blanca de silenciosa nieve y de luna.

Me atreví a preguntar:

—¿Todavía hay museos y bibliotecas?

—No. Queremos olvidar el ayer, salvo para la composición de elegías. No hay conmemoraciones ni centenarios ni efigies de hombres muertos. Cada cual debe producir por su cuenta las ciencias y las artes que necesita.

—En tal caso, cada cual debe ser su propio Bernard Shaw, su propio Jesucristo y su propio Arquímedes.

Asintió sin una palabra. Inquirí:

—¿Qué sucedió con los gobiernos?

—Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen.

Cambió de tono y dijo:

—He construido esta casa, que es igual a todas las otras. He labrado estos muebles y estos enseres. He trabajado el campo, que otros cuya cara no he visto, trabajarán mejor que yo. Puedo mostrarte algunas cosas.

Lo seguí a una pieza contigua. Encendió una lámpara, que también pendía del cielo raso. En un rincón vi un arpa de pocas cuerdas. En las paredes había telas rectangulares en las que predominaban los tonos del color amarillo. No parecían proceder de la misma mano.

—Ésta es mi obra —declaró.

Examiné las telas y me detuve ante la más pequeña, que figuraba o sugería una puesta de sol y que encerraba algo infinito.

—Si te gusta puedes llevártela, como recuerdo de un amigo futuro —dijo con palabra tranquila.

Le agradecí, pero otras telas me inquietaron. No diré que estaban en blanco, pero sí casi en blanco.

—Están pintadas con colores que tus antiguos ojos no pueden ver.

Las delicadas manos tañeron las cuerdas del arpa y apenas percibí uno que otro sonido.

Fue entonces cuando se oyeron los golpes. Una alta mujer y tres o cuatro hombres entraron en la casa. Diríase que eran hermanos o que los había igualado el tiempo. Mi huésped habló primero con la mujer.

—Sabía que esta noche no faltarías. ¿Lo has visto a Nils?

—De tarde en tarde. Sigue siempre entregado a la pintura.

—Esperemos que con mejor fortuna que su padre.

Manuscritos, cuadros, muebles, enseres; no dejamos nada en la casa.

La mujer trabajó a la par de los hombres. Me avergoncé de mi flaqueza que casi no me permitía ayudarlos. Nadie cerró la puerta y salimos, cargados con las cosas. Noté que el techo era a dos aguas.

A los quince minutos de caminar, doblamos por la izquierda. En el fondo divisé una suerte de torre, coronada por una cúpula.

—Es el crematorio —dijo alguien—. Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler.

El cuidador, cuya estatura no me asombró, nos abrió la verja.

Mi huésped susurró unas palabras. Antes de entrar en el recinto se despidió con un ademán.

—La nieve seguirá —anunció la mujer.

En mi escritorio de la calle México guardo la tela que alguien pintará, dentro de miles de años, con materiales hoy dispersos en el planeta.

Para tenerlo presente

Correctores, Redactores, Editores y Traductores de Argentina de Fb

SUMEMOS PALABRAS

● Introducir suavemente un líquido entre los poros de un sólido es INFILTRAR

● Humedecer algo de modo que quede enteramente penetrado de un líquido es EMPAPAR

● Cuando un cuerpo sólido absorbe uno líquido, se dice EMBEBER

● Humedecer algo con agua u otro líquido es MOJAR

● Meter a alguien en el agua o en otro líquido es BAÑAR

● Producir o causar humedad en algo es HUMEDECER

● Esparcir en gotas menudas agua u otro líquido es ROCIAR

● Empapar con grasa el pan u otro alimento es PRINGAR

● Aplicar y extender superficialmente aceite u otra materia grasa sobre algo es UNTAR

EL PEZ FRÍO, un cuento erótico del Japón (siglo XI)TETSUYA- MISHIMA

Sendero

Hanako, una joven bella, tenía un amante escrupuloso y pulcro que gustaba de hacer el amor con guantes.

Antes de tocarla, el hombre vigilaba personalmente su baño y exigía que ella se fregara con piedra pómez de pies a cabeza, se depilara hasta el último vello y enjabonara cuanto pliegue y orificio había en su esbelto cuerpo, todo esto sin una palabra de afecto o de aprecio por sus encantos.

En el jardín de Hanako había un estanque donde nadaba una carpa enorme y venerable. A pesar de sus largos años de existencia, el viejo pez no tenía ninguna de las mañas del meticuloso enamorado de Hanako, por el contrario, era fuerte como un atleta y lleno de consideración, como deben ser los buenos amantes. No es raro, por lo mismo, que ella lo prefiriera como compañero.

La joven solía sentarse a la orilla del agua y al llamarlo por su nombre él subía a la superficie a jugar con ella. Una noche, después de recibir las higiénicas caricias del hombre con guantes, salió al jardín y se echó a la orilla del estanque a llorar. Atraído por los sollozos, el gigante subió del fondo y acercándose a la mano lánguida que tocaba apenas el agua, le chupó uno a uno los dedos con sus fuertes labios.

Hanako sintió que su piel se erizaba y una sensualidad desconocida la recorría entera, sacudiéndola hasta la esencia misma de su ser. Dejó caer un pie al agua y el pez besó también cada dedo con la misma dedicación, y luego la otra mano y el otro pie, y enseguida ella puso las piernas en el estanque y la carpa frotó las escamas de plata de su vientre contra la piel de la chica.

Hanako comprendió la invitación y se dejó caer en el barro del estanque, abierta y blanca como una flor de loto, mientras el atrevido pez rondaba en torno a ella acariciándola y besándola y obligándola a abrir las piernas y entregarse a sus caricias.

El pez le soplaba chorros de agua por las partes más sensibles y así, poco a poco, fue ganando terreno y conduciéndola por las rutas del placer más sublime, un placer que Hanako no había tenido jamás en brazos de hombre alguno y menos, por supuesto, del amante enguantado.

Más tarde ambos reposaron flotando contentos en el barro del estanque bajo la mirada de las estrellas.

La obra de arte de Chejov

Sendero

La tía Gertrudis no puede ver la puerta de la alacena abierta porque se enoja, pero ella deja abierta la de su dormitorio. La del estante, se entiende, se meten las pipiliacas que se comen el chile del mole. La de su recámara, no sé; quizá extraña a su difunto esposo. La escucho llorar y creo que por sofocarlo se oye como un quejido.

—¡Flaco, flaco! Ve con don Demetrio y pídele un kilo de bistecs y medio de chorizo.

Buscó el dinero y no lo encontró.

—Dile que te lo apunte, luego voy y se lo pago.

—Me dijo el carnicero que más tarde pasa a cobrarle.

Hizo un gesto de rechazo y luego lo cambió por una sonrisa forzada.

Yo no vi que don Demetrio llegara ni por la tarde, ni por la noche. Algunos susurros en la madrugada y los quejidos de mi tía antes de que cantara el gallo.

Lo que recuerdo es que nunca faltó en la mesa un trozo de carne. Aún me timbra en el oído su voz aflautada:

—No desperdicien nada, ni se la den al gato, que no me la regalan.

Paola Tena

CORDÓN COLORADO
(selección)
Paola Tena

Tierra removida
Pase si quiere esperarlo, pero no sé a qué horas vuelve. Siéntese, estoy haciendo café. Aunque quién sabe si él podrá ayudarle, seguro vendrá borracho. En eso se parece a mi primer marido, ¿sabe usted?, el que se mataba trabajando todo el día y luego se iba a beber en cuanto bajaba el sol, como queriendo compensar. Hoy estuvo cavando toda la mañana en el jardín, quería plantar un árbol, me dijo. Pero el alcohol le ha afectado la cabeza. Se pone violento, se imagina cosas. Que la sopa está muy fría o muy caliente, pero siempre tiene la misma temperatura, se lo aseguro. Mi primer marido era igual. Muy salada la sopa, muy sosa la sopa. ¿Y qué puede hacer una para defenderse, qué puede contestar cuando no la dejan ni hablar?
      ¿Quiere un trozo de pan? Lo hice yo misma. Alcánceme el cuchillo, haga favor. Sí, ese sobre la mesa. Como le dije antes, no sé a qué hora vuelve. Todos los hombres son iguales. Mi primer marido me dijo una noche que no se tardaba y desde entonces ya no está. Pero no lo lamenté. No era bueno, ¿sabe usted? Ah, pero estoy divagando. Mi esposo no ha estado bien, piensa cosas que no son. Por ejemplo hoy, que cuando estaba cavando me dijo que había desenterrado unos huesos largos, como de animal grande. Se le salían los ojos de la cara de puro miedo. ¿Se va usted tan pronto? No pise la tierra recién removida, por favor. Hoy tengo que plantar un árbol.

Tamaduste
¿Te acuerdas, Marisa, que cuando éramos niños bajábamos a escondidas a Tamaduste para lanzarnos al agua fría? Del fondo del mar recogías piedras lisas que no tenías dónde guardar, y me las hacías meter en el calzoncillo rojo que usaba para nadar porque no tenía traje de baño. Volvíamos escurriendo agua salada y las piedras hacían rac rac rac cuando se me movían dentro. Tú te reías sin parar. ¿Y ese día que casi me ahogué? Pensaste que estaba fingiendo para asustarte, pero cuando empecé a manotear angustiado te lanzaste al agua y me diste respiración boca a boca como habías visto en Guardianes de la bahía, y casi te ahogas tú también por el esfuerzo. Luego te fuiste a la universidad y yo me quedé en el pueblo, trabajando, en el taller de mi padre. Y mira cómo es la vida, hoy volví a verte después de años, pero sin reconocerte del todo y cuando te dije «hola» tú no recordabas ni siquiera mi nombre. Nunca te confesé que aquel día, hace años, fingí lo desmayado otro rato para sentirte la boca un poco más. Hay veces, Marisa, en que creo que sí nos morimos ese día y desde entonces andamos difuntos por la vida sin darnos cuenta, y los únicos que siguen vivos son ese par de niños lanzándose al agua fría de Tamaduste, cogidos de la mano.

Aleteo de una mariposa
A la tía Ana le dio por estornudar todos los días a las cinco de la tarde. Al principio, sus estornudos eran cuando mucho estridentes, lo justo para despertar a la abuela y asustar a Sansón, nuestro gato. Luego fueron subiendo en intensidad, como una vez que sacudieron el aire del salón y el retrato de boda de mis padres cayó al suelo. Otro día cimbraron los muros con tal magnitud que la casa entera se llenó de grietas. Pero una tarde la tía Ana estornudó quedito y nosotros, que ya temíamos lo peor a las cinco de cada día, nos miramos perplejos y aliviados hasta que entró el vecino: «¿Ya se enteraron del sismo en Japón?»

Belén
Cuando nos desviamos de la ruta espacial fijada siguiendo un cometa, un desperfecto en el mando central hizo caer una de las naves cerca del meridiano de un planeta inexplorado; afortunadamente, nuestro cosmonauta fue rescatado por dos nativos. Sin embargo, todo lo que sucedió después aún no sabemos cómo interpretarlo.

Se alquila habitación
En el 1B habita un viejo chapado a la antigua que disfruta arrastrando cadenas toda la noche, cosa que desquicia, y con razón, a la vecina del 1A, que se colgó de una viga a causa del mal de amores y deambula por el salón con el rostro violáceo. La del 2B era una actriz de teatro, o eso creemos, porque se asoma a la ventana con cara de pena y le pregunta a los escasos transeúntes en el más rancio inglés británico si han visto a sus pupilos, justo como la institutriz de James. El del 2A es un fulano alemán de mucho cuidado, que ha destrozado todo lo que ha podido; lo apodamos Poltergeist y nos asusta incluso a nosotros, imagínese. Nos queda libre el sótano pero no por mucho, así que decídase pronto y coja por fin ese revólver, que la vida no dura para siempre.

Semillas de limón
Jamas creí que lo que decía mi abuela fuera cierto, eso de que a quien se traga las semillas de limón le brota un limonero en la barriga. Nos reíamos, pero ella no se enfadaba porque siempre nos ha querido. Prueba de ello es que cada mañana sale sin falta al jardín para regarnos las raíces.

Esta muestra de minificciones proviene del libro Cordón colorado (2020), de la escritora Paola Tena (México, 1980): una serie de narraciones brevísimas con gran variedad de tonos y argumentos. Pediatra e ilustradora además de narradora, ella imparte talleres de escritura creativa y elaboración de fanzines, y ha publicado en antologías y revistas dedicadas a la minificción. Entre sus otros libros están las colecciones de minificción Las pequeñas cosas (2017), Cuentos incómodos (2019), MiniBestiario (2020), Versión no autorizada (2021), Kit de emergencia (2022) y Fumadores (2023), y el libro de cuentos Rosa mexicano (2020