Daisugi, o el arte del bonsai gigante — El Blog de Arena

. . Cuando me topé con las primeras fotos de estos árboles, pensé que se trataba de una especie particular de… eso, un árbol (soy un negado absoluto con respecto a la dendrología, que es como se llama el estudio de los árboles y los arbustos. Con suerte distingo un pino de un sauce, pero […]

Daisugi, o el arte del bonsai gigante — El Blog de Arena

Después del naufragio

Tomado del libro «La metamorfosis de Diana» de José Manuel Ortiz Soto

Después del naufragio

Luego de siglos a la deriva, la botella fue arrojada por el mar hacia la costa. Aturdido por el fuerte impacto, el náufrago vio resquebrarse el muro de la prisión milenaria. «¡Soy libre! ¡Soy libre!», oyó a su voz decir entre el romper de las olas. Pero al júbilo inicial siguieron dudas, apartarse de los restos de la antigua cárcel exigía de reflexiones que terminaban por hacerlo desandar sus pasos. Un día, sin embargo, tiritando bajo el fragor de la tormenta, echó a caminar tierra adentro. Cuando parecía que su destino errabundo no tendría fin, el viajero se detuvo frente a la enorme pared de la caja en que su mundo estaba contenido.

José Manuel Ortiz Soto - Detalle del autor - Enciclopedia de la Literatura  en México - FLM - CONACULTA
José Manuel Ortiz Soto (Jerécuaro, Guanajuato, México, 1965). Es médico cirujano egresado de la UNAM, con especialización en Pediatría y Cirugía Pediátrica. Ha publicado los libros de poesía Réplica de viaje, poemario (2006) y Ángeles de barro (2011); antologa El libro de los seres no imaginarios. Minibichario (2012) y junto con Fernando Sánchez Clelo, Alebrije de palabras: Escritores mexicanos en breve (2013); participa en las antologías Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia (2012), I Antología Triple C Microrrelatos reunidos (Argentina, 2012) y De antología, la logia del microrrelato (España, 2013), entre otros. Es tallerista en la Marina de Ficticia y miembro del comité editorial de la revista especializada en microrrelato Internacional Microcuentista y tallerista en la Marina de Ficticia. Administra el blog Cuervos para tus ojos y coordina la Antología Virtual de Minificción Mexicana.


Elena Casero Viana y la décima jornada del Microdecamerón

El pozo del tiempo


Llueve. Mucho. Con furia desatada. Junto a la jardinera, un reguero desemboca en la nada. Tus margaritas cabecean impulsadas por la lluvia. En verano se deshojan, mueren, crecen y se agostan por el calor. Veo todo el proceso desde esta impenitente ventana. Y ahora esta agua triste que lo arrastra todo a su paso, excepto la memoria. Llevo más de un mes encerrada en esta casa, sintiendo el frío y la incertidumbre, agostándome, como las margaritas, en esta espera marchita. Desde esta ventana que me cruza el alma. Recordando que me prometiste cuidar lo que amabas. Pero va pasando el tiempo. Y tú no vas a regresar, ni siquiera he podido despedirme de ti. Recordaremos este tiempo, quienes sobrevivamos. Quizás aprendamos algo. Quizás seamos mejores, aunque lo dudo. Quizás el mundo se aplaque y se cumplan tus deseos. Siempre fuiste optimista. Pero no lo verás y yo te lo contaré en sueños. Ahora llueve. Mucho. Llueve.

ELENA CASERO VIANA (València, 1954) es Técnico de Empresas Turísticas y ha trabajado hasta su jubilación en la multinacional Ford España SL.
Ha publicado las novelas Tango sin memoria (Mira Editores, 1996 y reeditada en 2013 por Talentura Libros), Demasiado Tarde (Mira Editores, 2004), Tribulaciones de un sicario (Talentura Libros, 2009), Donde nunca pasa nada (Talentura Libros, 2014), Las óperas perdidas de Francesca Scotto (Talentura Libros, 2018), el libro de relatos Discordancias (Talentura Libros, 2011 y, el libro de microrrelatos Luna de perigeo (Enkuadres, 2016)
Ha colaborado en distintos libros colectivos de relatos publicados por Editores Policarbonados, Mira Editores y Generación Bibliocafé.
Y sus microrrelatos han sido publicados en Grandes microrrelatos 2011 (Internacional Microcuentista), De antología – La logia del microrrelato (Talentura Libros, 2013), Despojos del ReCLa Microbiblioteca (relatos ganadores y finalistas, 2013, 2014 y 2016) Lectures d’Espagne, une anthologie Vivante (Auteurs espagnols du XXI Siècle).

Orígenes de Elena Bethencourt

Tomado de la antología pequeficciones

Orígenes

A la hormiguita le contaron que Noé había fabricado un arca para salvar una pareja de animales de cada especie antes de que empezara el diluvio universal. Corrió mucho pero cuando llegó, ya había otras dos por lo que Noé no la dejaba subir. Desesperada, se puso a llorar. Un oso que también se había quedado fuera la vio tan triste que se ofreció a ser su pareja. El primer oso hormiguero no se haría esperar.

Elena Bethencourt (España).

Filóloga. Primer Premio de “La pobreza
en cien palabras” de EAPN España, 2018 y 2019; ganadora de Junio
2019 de “Relatos de abogados” de la Abogacía Española; Ganadora
de noviembre 2018 y 2019 de “Relatos en Cadena” de la Cadena Ser;
Primer Premio del Concurso de Microrrelatos AMIR, México, 2019;
Primer Premio del Concurso de Microrrelatos Redpal de Andalucía;
Primer premio de Cuentos de Navidad de Zenda, 2020.

Ilustración De Un Oso Hormiguero Divertida Ilustraciones Vectoriales, Clip  Art Vectorizado Libre De Derechos. Image 13516595.

Raul Pérez Torres de la antología » o dispara usted o disparo yo» A. Lilian Elphick

Del ideal



La flaca. Nunca la olvidaré. Su cara triangular, profunda y misteriosa, como las ruinas del Macchu Picchu. Su piel de película quemada. Sus ojos espesos y abatidos. Se parecía a los amores de Gardel. Lástima que no vivió nunca. Explotó como una pompa de jabón en el momento en que Adriana me despertó para el desayuno.

Raúl Pérez Torres.

Narrador, poeta y periodista. Algunas de
sus publicaciones son: Novela: Teoría del desencanto (Quito, 1985);
Cuento: Da llevando (Quito, 1970); Manual para mover las fichas (Quito,
1973); Micaela y otros cuentos (Quito, 1976); Musiquero joven, musiquero viejo
-Premio Nacional «José de la Cuadra»- (Guayaquil, 1977); En la noche y
en la niebla -Premio Casa de las Américas, La Habana, 1979- (Quito,
1980); Un saco de alacranes (Quito, 1989); Sólo cenizas hallarás -Premio
Juan Rulfo, Francia, y Premio Julio Cortázar, España (Quito, 1995); Los
últimos hijos del bolero (Quito, 1997); Poesía: Poemas para tocarte (Quito,
1994). Teatro: La dama de rojo (Quito, 1983). Ensayo: Indice de la
narrativa ecuatoriana -coautor- (Quito, 1992).

Inercia de José Manuel Dorrego

Tomado del Microdecamerón coordinación de Paola tena


Nicolai Vasiliev, el fakir húngaro, se tumbó sobre la alfombra de
clavos, colocó una plancha sobre su pecho y pidió un par de
voluntarios de entre el público para que se subieran encima.
Viendo que aquello no terminaba de entusiasmar al respetable,
fue pidiendo a todos los presentes que se subieran
ordenadamente sobre la plancha. Y así, con la colaboración de su
ayudante, Hadraff, fueron acomodándose los cientos de
espectadores sobre el tablón que presionaba su pecho. Un reto
espectacular, sin duda, pero por desgracia no quedaba público
para aplaudir. Inmediatamente ordené que se abrieron las puertas
del circo y miles de voluntarios de la ciudad se fueron colocando
encima. Cuando ya no quedaban más habitantes, Hadraff, el
ayudante, fue reclutando gente entre las ciudades colindantes para
darle mayor lustre al número del fakir, quien a día de hoy ya
aguanta sobre su pecho a toda la región y no se descarta que, en
breve, se sume la población de las regiones colindantes.
Dicen que sí, que ahora sí, que ahora el número del
Nicolai es digno de aplauso, pero ya casi no tenemos público que
ovacione la hazaña: cuantos se acerca a contemplar la actuación,
por pura inercia, terminan formando parte del espectáculo.

Un circo a la sombra de Francisco Piria - Tvshow - 26/12/2017 - EL ...

El infractor Alejandro Bentivoglio

Tomado de «Pequeficciones»


Al dormirme, aparezco en un sueño que no es el mío. Un policía me pide la licencia de soñador, pero luego de buscarla me doy cuenta de que la perdí en una pesadilla que tuve el día anterior. Las excusas parecen no servir y el policía me dice que debo acompañarlo. Subimos a su patrulla y al encender la sirena, me despierto con semejante estridencia. Suspiro aliviado, creyendo que me he salvado. Pero en mi mesa de luz, clavada con un alfiler, está la multa por cruzar incorrectamente el espacio de los sueños.

Alejandro Bentivoglio (Argentina, 1979).

Ha publicado 12 libros de microficción y sus textos han aparecido en antologías de numerosos
países y traducidos a varios idiomas
.

PequeFicciones, un libro para niñas y niños! – Ceremonia de Palabras

Leandro Urbina de la antología » o dispara usted o disparo yo»

Antologa Lilian Elphick

José Leandro Urbina (Santiago, 1948)


Suma


«Cuántos son cinco más cinco», le preguntó el hombre del
cuchillo.
«Siete», dijo él con la garganta apretada por el dolor.
Ya le habían cortado dos dedos, y como sabía que no iban a
parar, aprovechó para descontar inmediatamente el próximo.

Novela policial 1

El comisario Mazote guardó su pistola recién disparada y se
inclinó sobre el agonizante. Intuyó que el hombre quería decirle algo.
« Ma…zote, concha e’ tu madre», lo escuchó murmurar en su
oído, antes de estirar la pata.
«¿Qué dijo?», preguntó el detective Toro, que miraba desde la
puerta del comedor con la Walther apuntando al techo.
« Creo que dijo Pasota y algo más».
«Podría ser el nombre del autor del crimen», dijo Toro poniendo
cara de perplejo. «¿Lo dijo clarito?»
«Bueno, más o menos clarito. Tiene mucha sangre en la nariz».
« Pasota, Pazote…y algo más. Humm, por lo menos tenemos
una pista.
«Sí, pero no lo anotes en el informe, no sirve de mucho. Oiga,
prométale a la joven viuda que perseguiremos sin piedad a los
culpables de este oneroso crimen, que no descansaremos hasta darles
el castigo que se merecen. Dígale que se porte bien y que no ande por
ahí hablando leseras. Y ahora, Torito, acción. Mientras retiro los
casquillos, registre la hora del suceso y pídase una ambulancia,
urgente».


José Leandro Urbina

Profesor, novelista y cuentista. Desde los años 1988 al 2005
vivió entre Canadá y los Estados Unidos donde se doctoró en la
Universidad Católica de América, especializándose en Literatura
Latinoamericana. Ha publicado, entre otros, los libros de cuentos Las
malas juntas, El basurario de Baruni y El derrumbe; y las novelas Cobro
revertido y Las memorias del Barun

De Pequeficciones: Lila de Felicidad Batista

Antologos: José Manuel Ortiz Soto y Chris Morales

Lila
Felicidad Batista


Vivo en la aldea más pequeña del mundo. Nuestra casa es la primera y la última de la única calle que la atraviesa. Una calle diferente a todas. Cuando llueve es laguna, desierto en verano, paseo de hojas secas en otoño, y en primavera acuna florecillas. La escuela está lejos. A mí no me gusta ir. Aunque soy feliz
cuando aprendo palabras nuevas, nombres de planetas, números que suman y versos musicales. Al llegar al pueblo paso como una estrella fugaz por delante de la casa amurallada de Pedrito Zárate. Tiene jardines y una alberca. Pero es un compañero de clase que se burla de mí. Al salir me espera y me sigue. Dice que un día me empujará desde el puente colgante por el que regreso a casa. Pero ayer, cansada de huir a la carrera, le pregunté por qué lo hacía.
—No tienes nada, Lila. Solo un vestido viejo y unos zapatos gastados. No mereces esas notas sobresalientes que te pone la maestra.
—Tengo una aldea y una calle. También la sonrisa de mamá, las canoas que papá me construye con juncos, y la algarabía del bosque. Los colibríes, las ranas y las culebrillas son mis amigos. Y la luna y las estrellas de mis abuelos nadan conmigo en el río. Se quedó callado, bajó la cabeza y se fue.
Esta mañana Pedrito ha venido a casa. Quiere que papá le haga una canoa. Yo le he dicho que antes debe prestarme sus libros de cuentos.

Felicidad Batista (España).

Licenciada en Historia del Arte. Escritora
y bibliotecaria. Autora de Finis Mare, Relatos de la Patagonia y Los
espejos que se miran. Ha publicado en casi cuarenta antologías y en
revistas literarias de América Latina y Europa. Presidenta de la
Asociación de Escritores ACTE-Canarias. Pertenece a Generación
Bibliocafé de Valencia (España) y Arando Letras (México). Participa en
programas de radio Faro al Sur (Argentina) y en Narraciones y Música
de radio NCO en Buenos Aires

Editorial - Escritura entre las nubes: Felicidad Batista

Paola Tena antóloga del MicroDecamerón, última jornada

Dina Grijalva

Gestación y parto



Desea escribir un cuento perfecto. Elige palabras redondas: oro,mamá, ojo; palabras con alas: ave, mariposa, colibrí; palabrasdelicia: pan, éxtasis, perfume; palabras dulces: flan, grosella, cielo;palabras líquidas: mar, río, agua; palabras sonoras: fuente, piano, ruiseñor.
Cuando el cuento nace, lo toma de la impresora, lo besa con dulzura y lo coloca en la pequeña canasta donde lo esperan otros cuentos felices.

Paola Tena y Dina Grijalva (con el libro en las manos)

Vecino de letras de Pía barros

De la antología de pequeficciones organizadores José M. Soto y Chris Morales

Vecinos de letras
Pía Barros

Los escritores de las casas contiguas, arrojan a la tierra las historia
inconclusas de sus papeleros. Vuelven a cubrirlas y se marchan al
intento de nuevas anécdotas. Bajo el humus, las letras reptan hacia la
raíz, se entremezclan y brotan en hojas de cuentos completos. El
otoño es generoso con los niños, devotos del árbol y esperan jugando
bajo su sombra, que les lluevan los cuentos que estiran cuidadosos,
cada noche, bajo sus almohadas.

Pía Barros (Chile).

Licenciada en Literatura. Dirige los Talleres Ergo
Sum y Ediciones Asterión. Fue premiada por el Fondart en dos
ocasiones y ha obtenido las becas del Escritor, del Consejo Nacional
del Libro y la Literatura, y de la Fundación Andes. Ha publicado los
libros Miedos transitorios (De a uno, de a dos, de a todos) (1985), A
horcajadas (1990), Signos bajo la piel (1995), Ropa usada (2000), Los
que sobran (2002) y una veintena de libros-objeto que surgen de sus
talleres literarios.

Pía Barros:»Pensé que no iba a escribir nunca más» – Revista Mirada Maga
Es una de las escritoras más activas y renombradas de la literatura chilena actual. Su nombre generalmente se vincula a la literatura feminista y su obra tiene una marcada connotación erótica y social. Entre sus publicaciones se cuentan: Miedos transitorios (1985), A horcajadas (Mosquito Editores), El tono menor del deseo (Editorial Cuarto Propio, 1990), Signos bajo la piel (Editorial Grijalbo, 1994), Ropa usada (Ediciones Asterión, 2000) y Los que sobran (Ediciones Asterión, 2002). Sus cuentos han aparecido en numerosas antologías de Chile y el extranjero. Ha publicado una treintena de libros-objeto, con material literario ilustrado por destacados artistas gráficos y tiene a su haber la primera novela chilena publicada en formato digital: Lo que ya nos encontró, editada por Chilelibro.com en el año 2000.
La autora ha desarrollado también una labor docente, cultivando nuevos talentos literarios a través de los talleres Ergo Sum, que dirige desde 1976.

Shoefiti de Enrique Silva Rodriguez

De la antología de Lilian Elpohick «o dispara usted o disparo yo»


Me preguntaste asustado qué era eso de colgar zapatos en los
cables. Y yo te contesté: «es un arte». El arte de frenar el mundo y
hacerle un nudo ciego en las patas a Dios. Nadie sabe de dónde viene
ni adónde va. Pero más allá de tus pasos, fueron tus zapatos quienes te
trajeron a mí. Siempre es igual y nadie se da cuenta. La falta de arte nos
está embruteciendo a todos. La culpa es del sistema. Yo sólo soy la
sombra que arrojará tus zapatillas a los cables. Después de apuñalarte y
tirar tu cuerpo al Mapocho.

Enrique Silva Rodríguez,

alias Quique, cantautor, poeta y
escritor. Dicta Talleres de Estimulación a la Lectura y Escritura
creativa. Ha ganado uno que otro concurso literario nacional e
internacional. Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés,
italiano y rumano. Ha participado en la Feria Internacional del Libro
de Los Mochis, México; y en Caaguazú lee, de Coronel Oviedo,
Paraguay. Vive en Maule-Coronel, en una casa azul montada sobre un
cerro a orillas del mar.

Zapatillas Colgadas en Cables, el Arte del Shoefiti | Top Cable

De tal palo, tal astilla de la antología «o dispara usted o disparo yo» A, Lilian elphick

Eugenia Toledo Renner


I
Después de escuchar las noticias en la radio y leerla en los
periódicos no pude dormir por un largo tiempo. No podía dormir en
las noches pensando en los desafortunados animalitos que cayeron en
las manos de aquel hombre joven de rostro bello y ojos angelicales,
pies descalzos, que estaba preso y condenado a varios años por
despellejarlos vivos, quemarlos, ponerlos en el microondas, hacerlos
chillar y torturar hasta su muerte. Pienso en esos animalitos y recuerdo
al niño que, en su infancia, jugó en mi casa con mi hijo y nuestras
mascotas muchas tardes de verano y bendecía su comida cada vez que
nos sentábamos a la mesa, costumbre que venía de sus padres tan
cristianos. No podía dormir, porque él había prometido cuidar esos
inocentes regalones cuyos dueños se los entregaban con alivio, porque
no los podían tener más o estaban muy viejos. Y él los recibía con
tanto amor y ternura en sus ojos angelicales.
II
Diez años antes también supe «algo» sobre la madre de este
joven. Se había casado con un judío, dueño de hoteles en Oregón,
llamado George Levy. Un hombre de mucha edad y dinero, que se
había divorciado de su primera esposa, para unirse a esta mujer,
decoradora de sus hoteles. Le había comprado un yate en Francia y
abrigos de pieles Dior para recorrer el mundo. Años después, ella y su
flamante marido estaban navegando solos alrededor de la Isla
Margarita. Se encontraron en una terrible tormenta. Ella, la capitana
del barco, en tal circunstancia habría pedido a George para recoger las
velas para navegar mejor, pero nunca más lo volvió a ver. Es lo que le
comunicó a la policía de Venezuela. George andaba sin chaleco
salvavidas, declaró. ¿Cómo llegué a enterarme de esta terrible aventura
que no leí en los diarios? Un día de verano alguien a la puerta de mi
152
casa. Era un joven de 21 años con rostro angelical y dulces ojos claros:
«Soy yo», expresó, «¿se acuerdan del mí? Yo jugaba con tu hijo en esta
casa». «Sí», contesté, «qué grande estás y ¿qué es de tu familia?»
Entonces dijo, «estamos aquí, porque George se fue». Le puse cara de
interrogación. Atónita escuché hasta el final de la historia; casi de paso,
antes de partir, agregó: «La verdad es que a él no le gustaba navegar y
odiaba los botes a vela». Y se rió.

Eugenia Toledo Renner

nació en Temuco, Chile. Es
principalmente poeta y profesora de Talleres Literarios; recién
incursionando en el género de cuentos breves. Reside entre Seattle,
WA, y Temuco.

Pin en peinados

La última jornada del MicroDecamerón

El huésped de Patricia Nasselo

—Un p-r-í-n-ci-pe-sa-po —deletrea Angelita. Encantada con el simpático personaje verde, la pequeña lo recorta con su tijera para papel y lo pega en otra lámina, ésa de los tres chanchos que también le gustan. Es de lamentar que, en esta segunda lámina, además haya un lobo, un energúmeno que sopla con la fuerza de mil demonios.
Expulsado por aquel huracán, cargando golpes y espantos diversos, el sapo llega al bosque. Allí se encuentra con el Hada Madrina quien se apiada de él y le devuelve su forma de príncipe. Durante meses, que se hacen años, el príncipe caza para subsistir, hasta que un día, deseoso de encarar una hazaña que esté a la altura del vigor que ganó con tanta vida salvaje, se dirige a la ciudad y busca una casa.
Llama a mi puerta.
—Hola, Ángela —saluda con una voz que sonríe con aspereza. Sé que lo conozco aunque no recuerdo de dónde, siento que me sonrojo. —Ando sobrado de sangre real, me agradaría convidarte —agrega con esa voz que me cautiva.

Cuento para enviar vía sms Príncipe de Beckelar | copylife

El microdecameron

Antología organizada por Paola Tena

Leyenda moreliana

Francisca tenía dos pretendientes molestos como las moscas panteoneras, y sin saber ya cómo espantarlos, aprovechó el sepelio del Mochadedos, conocido narco de Morelia para pedirles
algo que –pensaba ella– no podrían cumplir. Mandó decir a Alejandro –enamorado número uno– que si quería su amor, acudiera al tanatorio esa noche y quitándole las ropas al muerto se cambiara por él. Luego avisó a Raymundo –enamorado número dos–, de que el precio de su amor era que se robara el cuerpo del Mochadedos.
Esa noche, Alejandro forzó la puerta de la funeraria y viendo el ataúd en el centro, lo abrió poco a poco sintiendo el mayor miedo de su vida. Ahí estaba el Mochadedos: pálido, frío, y con un par de balazos mal disimulados en la frente, pero pensando solo en la recompensa que tendría, como pudo lo sacó y lo acomodó en otro féretro. Luego se metió en el cajón y cruzó los brazos. Poco después escuchó los pasos de alguien que se acercaba, y fingiéndose muerto sintió que sin ninguna consideración se lo echaban al hombro como un saco de papas. Así iban los dos pretendientes, uno cargando al otro por la calle, cuando oyeron el quietos ahí de los guardias que hacían la ronda nocturna. Sin dilación, temiendo que los metieran a la cárcel o algo peor por haber profanado al Mochadedos, huyeron en distintas direcciones, perseguidos por los policías. Francisca aprovechó la oportunidad para despacharlos a los dos.
Nunca encontraron el cadáver del Mochadedos, y dicen por ahí que sus compinches se lo llevaron, o que en realidad no estaba muerto y se hizo cirugía plástica en Estados Unidos. Lo que nadie se explica –ni ellos quieren confesar– es por qué a los dos les falta desde entonces el dedo meñique.

Bebé prematuro muere tras permanecer 10 horas en mortuorio de Lima por  error | El Comercio