Quintilla de minificciones tres: Shua, Gabriel Ramos, Villaurrutia, Gabo, Casero

El hermano serpiente AnaM Shua Arg.

En su lecho de muerte, el padre le entrega un cofre. Adentro del cofre vive una serpiente.
–Esta serpiente –dice el moribundo– es tu hermano, fruto de mis amores con una mujer demonio. Lo confío a tu cuidado.
El hijo consagra su vida a la caza de ranas y ratones para alimentar a la serpiente, creyendo que su padre sufre en la Gehena el castigo de los lujuriosos o los magos, sin saber que se cuece, en realidad, en el círculo destinado a los bromistas.

Tres minutos antes de Gabriel Ramos Mex

La bala sale del hígado del heredero; sigue su trayectoria al reloj, cuyos fragmentos se ensamblan y regresan a su estado original. El proyectil entra al cañón de la pistola y se guarda en el cargador junto con los cinco restantes. La pistola regresa a su funda, el hombre da nueve apresurados pasos hacia atrás, sube a su automóvil. Cuando Víctor pasa por el cruce anterior, ve a su medio hermano, que recibió la herencia del padre, y en unos minutos recibirá el disparo.

La caída de Xavier villaurrutia Mex

Susana tenía entonces las mejillas pecosas de una fruta, pero ¿y Aurora? La podía reconocer por la cicatriz que debe llevar en la pierna, de resueltas de una caída. Creo que fue en la huerta. Aurora había subido a un manzano y me prometía un fruto; en vez de dejar caer la manzana se dejó caer ella, distraída.

Fragmentos de “0jos de perro azul” de Gabriel García Márquez Col.

―No podía precisar cuánto tiempo estuvo así, entre esa noble superficie de sueños y realidades;
pero sí recordaba que bruscamente, como si le hubiera sido cortada la garganta por una
cuchillada, dio un salto en el lecho y sintió que su hermano gemelo, su hermano muerto,
estaba sentado al borde de la cama‖.

(La otra costilla de la muerte. P. 28).

Incomprensión Elena Casero Viana Esp.

Anoche me morí en tus brazos. Lo hice sin pensar, por cariño, como lo he hecho todo por ti. Pusiste cara de susto, pero te duró poco tiempo. Después, cuando yo ya había cerrado los ojos y creías que no te podía ver, te relajaste y sonreíste feliz. Me abandonaste en el sofá, tal como me había muerto, algo desmadejada. Entonces te escuché hablar con ella. Tu voz sonaba con un timbre pulido, tan diferente del que usas conmigo, que parece hecho de productos abrasivos, de los que arañan el corazón. Te cambiaste de ropa, te perfumaste y saliste de la habitación sin darme siquiera un triste beso. Esta mañana, he decidido no volver a morirme nunca más.

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