El último momento

Con que sabor de boca se queda él, si antes de expirar, tu hijo el que fue bendecido por tus desvelos exclama » Que bien que ya se fue el bulto. la herencia me pertenece»

anciano.Jean Baptiste Greuze - 1 Filial Piety (The Paralytic)-Hermitage

Apuntes de un niño once(lucha libre)

La moda entre nosotros era la lucha libre, invadía nuestras mentes: el Santo, Blue Demon, Black shadow, el Cavernario, La tonina Jackson, el Médico asesino, el Enfermero, jugamos a las luchas imitando, sobre todo al Santo enmascarado de plata. Se vendían camisetas, máscaras, juguetes . Una empresa dio a conocer un álbum que se llenaba con figuras de luchadores. Había un furor entre la chamacada;. comprabamos las figuritas en pequeños comercios ( Changarros) éstas venían en sobres, que la mayor de las veces eran repetidas y el álbum dificilmente se llenaba. Intercambiamos figuritas, o bien se apostaban en algún juego. Todo quinto que me caía, era para ir de inmediato al Changarro y comprar y comprar.
Mamá Meche platicaba que vio morir de lombrices a varios niños » se le salían los animales por la boca y la nariz.» Se disponía de unas sales y de un aceite de Ricino. Te purgaré el fin de semana, terminó por decirme.
Ese día mi madre llegó con  unos frascos pequeños; mañana antes de que desayunes te tomarás esta botellita.
– ¿Qué será? me fui a dormir. Por la mañana me repitió.
– Te tomarás esto primero y me enseñó la botellita, al mismo tiempo que partía unas naranjas.
– Me hará un jugo de naranja.me dije  y fui al baño.
Al regresar, vi que el tio Lupe y ella platicaban, como si estuvieran contando algo que no deseaban que oyera.
Te la tomarás todo de un solo trago. dijo el tío.
Cuando olí, por poco me vomito en la cara de mamá. Eso era apestoso, nauseabundo
-Yo no tomo eso.
-Te la vas a tomar, porque es para que mueran todas las lombrices.
-Yo decía que no y no
-Ellos que sí y sí
Me tomó el tío por la fuerza y mamá con la botellita en la mano.
¡Ábre la boca! anda ábrela.
No podía manotear, porque el tío me había abrazado, pero si podía cerrar la boca y aguantar la respiración para no oler.
-Si te la tomas, te compro veinte centavos de figuritas.
Esa fue la palabra mágica. Abrí la boca, cerré los ojos, aguanté la respiración.
-Dale la naranja, para que no la vomite, decía el tío.
Mamá cumplió,  me dio un veinte para ir al changarro. Todo ese día y al día siguiente estuve con una diarrea, pero nunca ví una lombriz.
Lo que si veo en mis pesadillas es el aceite, blanco, viscoso, y nauseabundo.
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Drácula

No lo afectó la luz del sol, la cruz o el medallón de ajos; tampoco la estaca, sino cuando le informaron que su primogénito había donado sangre.

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De dimesiones

Miraba el mar. Cada ola era un verso. «seré mejor que Amado Nervo». -decía. Al tiempo la espuma se hizo rala y musitaba entre dientes»trataré de escribir tan bien como él».
Años después, mi mejor endecasílabo estaba a mucha distancia de lo hecho por el poeta. Cerca de mi ocaso, percibí enorme lo  breve, y despedí a la inmensidad con una patada en el trasero. ¡Ay de aquel que piense y sienta  que el mar es muy pequeño para hacer buches!

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Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

…Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas…

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Amado Nervo

Endocrino, el último escalón

Estaba a punto de concluir mi carrera, faltaba el curso de endocrinología que el titular de la materia pensó que no tenía méritos para aprobarlo, tenía en la boleta cinco.
-Mire García Robles, esto es lo que sacó. Enseño el exámen, vi la hoja blanca con garabatos.
Dr. esta no es mi letra; yo no soy García Robles.

Después quiso rectificar, Nada se podía hacer el acta iba en camino hacia rectoría.

Tenía dos opciones, volver a hacer el curso con el doctor o bien presentarme a un examen extraordinario. Fui a las oficinas, pagué el arancel. Cuando vi la dirección, me dije » En la madre otra vez por la salida hacia cuernavaca»

La cita era a las quince horas, llegué antes. ¡Sorpresa! encontré viejos conocidos. Cerca de cuarenta que presentaríamos el examen.
-¿Por qué hay tantos?
– ¿No sabes? El maestro le apodamos el «trasatlántico» porque es un gran «barco»* Por eso es que hay muchos.

A las tres llegó el maestro adscrito
» ya no debe de tardar el profesor titular de la materia, el Dr Bueno».
Dieron las seis de la tarde y el auxiliar nos reunió en el salón:

– – En vista de que no ha llegado el maestro, les haré el examen.

Ya nos llevó la chingada, exclamaron varios de mis compañeros. «Este adscrito es un cabrón bien hecho, si nos hace el examen, tronaremos como palomitas de maíz».

Habíamos sacado, el lápiz, el borrador, cuando ¡oh! sorpresa, llegó el titular de la materia.

– – Son muchos, llévate la mitad tú y la mitad yo, así terminamos rápido. ¿Quienes estuvieron en el curso conmigo?

Casi todos levantaron las manos. El dr Bueno, sacó una vieja lista y fue nombrando.

Los que hicimos el examen con el adscrito, terminamos en hora y media el exámen, fue oral. Cinco preguntas, de esas en que sabes o no sabes. Había que esperar, pues la boleta y el acta debe ser firmada por el titular de la materia.

Pasaban de la seis de la tarde cuando empezaron a salir los del grupo que hicieron el examen con el titular. Caras largas, sollozantes y una mirada con rencor.
– ¿Qué pasó?
– Pinche maestro, de todos los que éramos solo pasó a dos. Ya ni chinga, creimos que que nos preguntaría sobre las enfermedades comunes, . Nada de eso se metió con la bioquímica de las hormonas y nos jodió casi a todos.
-Por acá solo reprobaron como cuatro.

Hice parada en la calle insurgentes. Fui a ver a mi mentor, mi maestro grande, el que daba todo cada vez que disertaba. Fui a decirle que había terminado la carrera de medicina. Me dio un abrazo de corazón que aún siento el apretón de su sinceridad.

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Apuntes de un niño diez ( la cocina)

Las gotas frías caen perseverantes sobre la hojas de los árboles  y el ruido de la lluvia percute en el tejado.
—Esta silla es mía.
— ¿Quién te la va a quitar, tú?
— ¡Mis hermanos, mamá, mis hermanos!
—Deja de hacerte el chistoso, pues bien sabes que no tienes hermanos.
— Bueno, por si las dudas.
Mamá se arrima al fogón, sopla con fuerza para que la lumbre baile alrededor de la sartén y escucho el chirriar del aceite. Al poco rato me llega un rico olor a plátanos fritos, y el aroma que no se ve, que despierta ansias. A mí me lo dan con leche porque los chiquitos no deben tomarlo solo. Me froto las manos para quitarme el frío y mamá me dice cuando sorbo: “Te vas a quemar”. Si supiera mamá que cuando ella se descuida  lo tomo caliente y negro.
En la cocina de mamá se está re bien; hay plátanos, galletas y café. Ella a cada rato me acaricia y me pregunta — ¿No quieres más?
Afuera, el agua se envuelve con el frío y la hoja de plátano al caerle la gotera parece que tirita…

Frag mur. Teodoro Cano

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Apuntes de un niño 9 (El mercado)

Mi vía crucis era cada ocho días.  El día que llegaba al mercado la fruta, la verdura. «¡Qué pachorra, mañana hay que levantarse temprano!». Hermosas bolsas de yute tejidas, coloreadas de un amarillo canario o bien de un rosa mexicano. Mi labor era ayudar a mamá, ir detras, mientras hacía la compra. El mercado, rústico, con cientos de gente comprando, pasillos estrechos, ruidosos, extensos.

-Ten cuidado no te vayas a perder.

-Cómo crees ama, ya estoy grande, ya se llegar a la casa.

las manos de ella palpaban la verdura, la fruta y con el rabillo del ojo me buscaba.

Ten cuidado, volvía a decirme, cuando escuchabamos » Allí va el golpe, allí va el golpe.» a  pocos metros venían cargando sobre la espalda, la pierna de res o la mitad de un puerco.  De la carne goteaba sangre que se derramaba sobre la ropa de los cargadores que a paso rápido transportaban su carga hacia las carnicerías.

-¡Hazte a un lado! y me situaba tras de ella.

Compraba el tomate aquí, la zanahoria allá, y las calabazas,  mucho más allá. Íbamos y veníamos como los trompos. Afuera hacía calor, pero dentro del mercado era  horno.

-Mama, mire, en este puesto tienen de todo. ¡Aquí compré!

-No. A este señor,  le compro el tomate, la viejita que está en el extremo la lechuga, me la da caro.

-Y si se la da caro, ¿porqué vamos hasta allá?

Los dos cargabamos el mandado, hasta llegar a la parada del urbano. Si había asientos, ¡qué bendición!, sino te resignabas a irte de pie.

Hoy mi esposa, la llevo en el auto, toma un carrito y en espacios iluminados, con acondicionador de aire, va comprando al precio marcado.  Extraño la voz del cargador y la voz del comerciante que le decía a mama, » Le pongo un tomate de más, para que regrese» y la voz de mamá que decía

«Gracias por el pilón»

 

Diego Rivera

AZTECAS

Apuntes de un niño ocho ( el norte)

La gente decía que había norte cuando veíamos al viento azotar las palmeras y caían las gotas diminutas que significaba pasar las vacaciones escolares metido en la casa sin poder salir a jugar por días y días. Era lluvia fina, afilada, helada, que caía monótona por semanas, empapaba en brevedad la ropa y dejaba una humedad que hacía tiritar. Le decíamos chipi-chipi.

En esos días la pasábamos en la cocina con mamá, saboreando el café caliente y un pan recién horneado que al morderlo, crujía y esparcía el sabor de la melcocha. Afuera la gotera caía en la cubeta o resbalaba sobre la circunferencia de las naranjas y el tac-tac que escuchaba al caer sobre las hojas del plátano. Cerraba los ojos y veía en mi mente a los quemadores y cómo de su tallo se desprendían lenguas y pájaros de fuego. Yo volaba en una de esas aves y recorría paisajes desconocidos. Hoy comprendo que aquella lluvia tenaz me obsequió los besos tiernos de mi madre y los andamios de mi fantasía.

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Apuntes de un niño siete -Tormenta

Los aguaceros llegaban con el anuncio de los truenos y los rayos. Mamá corría a cubrir los espejos, me abrazaba fuerte, muy fuerte. Después de varios días asomaba a la ventana; el patio, las calles parecían piletas.Vendría la recompensa, los charcos se cubrían de gusarapos, y salían mariposas que volaban en filas, se posaban en mis manos, detenía la respiración para que se mantuvieran en mis dedos. Arriba como saetas pasaban las libélulas con su iridiscencia azulada. Poco a poco el sol tostaba el barro y volvía con los amigos a jugar, cobijados por la luz del gigante de fuego.

paisaje truenos

Apuntes de un niño 6

Había dos temporadas malditas: los aguaceros y el frío. No podía jugar con los amigos en la calle.
llegar a la escuela era calzarme botas de hule, cubrime con impermeable. Media hora a pie. En las calles se hacían lagunas que cruzábamos. ¡Qué placentero meterse y chapotear el agua! El impermeable estorbaba, más de una vez disfruté las gordas gotas sobre mis brazos, percibía la rueda húmeda de la lluvia. penetrando por mi cuello. haciéndome exhalar un suspiro cuando la chorrera caía brutal por mi nuca.
-¿Porque vienes tan mojado?
– Estaba fuerte el aguacero, me descuidé y una chorrera gorda cayó en mi espalda.
– ¡Pues te vas a bañar y te metes a la cama y no te levantas hasta mañana!. Un te de limón con canela,  el calor de la cama y el reposo te hará bien,
. En la cama me hacía bolita y la oreja se prendía en la chorrera de la casa que caía continua sobre el tejado y en su caída despertaba sonidos de bongó  en la hoja del plátano.

 

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Carlos Scafino.

Miedo

Los entresuelos del pueblo, terrosos, agrietados colmaban el camino de quejidos. Sudaba  y los pulsos del pensamiento brincaban. La nada podía intuirse entre la sólida niebla. Olía el silencio; en los pinos de la montaña nacía un verde herido por sepias antiguas.

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Nocturne en negro y oro, por James Abbot

Apuntes de un niño 5

La televisión era un bicho raro, después de la escuela, en calles de barro y yuyos jugábamos a las canicas, el trompo y cerca de la noche a las escondidas. Recuerdo el resplandor de los quemadores alimentados por el gas, que parecían gigantes de lumbre que se mecían con el capricho del viento. Luz. daban mucha luz que permisiva nos permitía retozar en calles de lodo, piedra, zacate. Cuando mamá gritaba mi nombre, sabía que era hora de despedirse, cenar ; bañarse a jicarazos y meterse dentro de un asfixiante pabellón para librar la enjundia de los moscos.

Un viejo ventilador daba batalla al bochorno; pelea perdida.

quemadores

 

 

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Apuntes de un niño 4

Asistía a una escuela que tenía dos niveles, salones amplios, luminosos, por fuera, cuadritos de cerámica color café. Era fresca y daba gusto sentir sus pisos fríos. Iba en la mañana y en la tarde. Regresando a casa veía  ocasos de fuego, escuchaba el alboroto de los cotorros. Otras veces,  el cielo oscurecía. llegaba la tormenta. Caían unas gotas gordas que al caerte dejaban una humedad fría. Los arroyos se formaban en instantes y era el momento para arrancar hojas al cuaderno y hacer un barquito de papel, llevarlo a la corriente de agua y verlo partir rumbo al mar. Imaginarlo a un lado del buque, ante la sorpresa del capitán, enfebrecido ya por los bochornos del paludismo.

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Neumología dos

No cometí el error, esta vez quedé inscrito muy cerca de donde tenía mi departamento. En quince minutos estaba en el hospital, llevaría el segundo curso de neumología. Conocí a mis compañeros, había más mujeres que varones, El titular era un maestro que peinaba arrugas y canas, con voz apagada nos dio la bienvenida. Dijo las cosas que se dicen y nos presentó al adscrito de apellido Negro, quién realmente nos daría el curso. Al titular solo lo vi esa vez y en el exámen final, teniendo a su lado el adscrito..

El Dr Negro, de cerca de los treinta años, , bigote fino, hoyuelos al reírse y de lado derecho una verruga color vino. Caminaba como si corriera, saco blanco, corbata oscura, y ojos juguetones que iban y venían por el salón, deteniéndose en las compañeras. Los hombres nos veíamos a hurtadillas. El maestro se presentaba con ropa de quirófano, llegaba disculpándose, por no tener tiempo de cambiarse. Cuando una compañera no comprendía, él se acercaba, daba explicaciones con detalle y terminaba dándole golpecitos en la espalda con cariño. Si un hombre solicitaba, te atendía con indiferencia, su voz se hacia sonora y terminaba con una frase » Ya sabes lo que les pasa a los que no estudian»

El curso era sólo de tres meses por la mañana y había que regresar por la tarde para realizar las historias clínicas que él pedía como trabajos. Siempre había altas, unas por voluntad, otras por defunción. La mayoría eras casos de tuberculosis. El trato frecuente con los hospitalizados permitía que algunos de ellos nos invitaran a compartir el alimento. Sabíamos que tenían tuberculosis y aceptaba estar a su lado y compartir el pan con una que otra broma.

Caótico eran los lunes. Conocía a la mayoría de los internos y era de pesadez, caras largas, sollozos. Alguno de los enfermos había dejado un lugar. Permanecía en silencio y pasado el trago amargo volvía el ambiente laboral a la normalidad. La cama era  ocupada por otro paciente.
LLegó el examen final. Nos reunieron en el salón. Sería oral, cinco preguntas y entrevistarse con un paciente, dar el diagnóstico, tanto clínico como radiológico. Se pasaría de acuerdo al orden de la lista. Mis compañeros sacaron sus apuntes, yo me fui al pabellón de los enfermos.
Cuando pasé, estaba el titular de la materia con una bata blanca impecable y una corbata negra. y el maestro Negro,  vestido con el pantalón de quirófano, calzando un saco blanco.
. ¿Y que me dices de él? -se refería a mí -dijo el titular de la materia.
– Ahora le comento, primero que vaya a explorar al paciente de la cama ocho. Tiene quince minutos, me ordenó.
– Gilberto que así se llamaba, tenía como todos una tuberculosis pulmonar, pero se le añadía dos más, El corazón lo tenía hacia el lado derecho y lo otro era una preferencia sexual.
Regresé con el jurado, expuse los hallazgos clínicos y coloqué las radiografías en el negatoscopio.
– Ya vio Dr, lo que le dije, no sabe poner adecuadamente una radiografía. No merece ser aprobado.
– Profesor, las radiografías están colocadas correctamente. Tal vez el Dr. Negro no recuerde que el señor Gilberto, tiene una dextrocardia y por eso las radiografía debe de colocarse al revez.
El titular se le quedó mirando al adscrito y sin decir nada me dio la boleta de aprobado.
Me despedí de los amigos y fuí al área de hospitalización.
Gracias Gilberto, por decirme que tenías el corazón del lado derecho y estaba por retirarme.
Dr ¿y no cree que sea por eso me gusten los muchachos?
Tal vez Gilberto, tal vez y me retiré diciéndome, ya falta menos.

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