Mi vía crucis era cada ocho días.  El día que llegaba al mercado la fruta, la verdura. “¡Qué pachorra, mañana hay que levantarse temprano!”. Hermosas bolsas de yute tejidas, coloreadas de un amarillo canario o bien de un rosa mexicano. Mi labor era ayudar a mamá, ir detras, mientras hacía la compra. El mercado, rústico, con cientos de gente comprando, pasillos estrechos, ruidosos, extensos.

-Ten cuidado no te vayas a perder.

-Cómo crees ama, ya estoy grande, ya se llegar a la casa.

las manos de ella palpaban la verdura, la fruta y con el rabillo del ojo me buscaba.

Ten cuidado, volvía a decirme, cuando escuchabamos ” Allí va el golpe, allí va el golpe.” a  pocos metros venían cargando sobre la espalda, la pierna de res o la mitad de un puerco.  De la carne goteaba sangre que se derramaba sobre la ropa de los cargadores que a paso rápido transportaban su carga hacia las carnicerías.

-¡Hazte a un lado! y me situaba tras de ella.

Compraba el tomate aquí, la zanahoria allá, y las calabazas,  mucho más allá. Íbamos y veníamos como los trompos. Afuera hacía calor, pero dentro del mercado era  horno.

-Mama, mire, en este puesto tienen de todo. ¡Aquí compré!

-No. A este señor,  le compro el tomate, la viejita que está en el extremo la lechuga, me la da caro.

-Y si se la da caro, ¿porqué vamos hasta allá?

Los dos cargabamos el mandado, hasta llegar a la parada del urbano. Si había asientos, ¡qué bendición!, sino te resignabas a irte de pie.

Hoy mi esposa, la llevo en el auto, toma un carrito y en espacios iluminados, con acondicionador de aire, va comprando al precio marcado.  Extraño la voz del cargador y la voz del comerciante que le decía a mama, ” Le pongo un tomate de más, para que regrese” y la voz de mamá que decía

“Gracias por el pilón”

 

Diego Rivera

AZTECAS