Ni la muerte será capaz

¿Estaré en una iglesia? ¿Parece que alguien ora? —Se preguntó el esposo que estaba acostado y cubierto con frazadas. Cerró los ojos y un placer morboso irrumpió al recordar las palabras del yerbero: “La hierba rumorosa debe su nombre a que poco antes de llegar al efecto mortal, las gentes mastican sus pensamientos, como si rezaran.”

La habitación tenía pintura que se levantaba, como si a propósito la hubiesen rizado, al fondo, la estufa prendida hacía bufar un caldero que desprendía vapor y que intentaba aminorar el frío.
—Mi oído se recupera, pues escucho con una claridad diáfana las palabras de mi odiada esposa. Desgraciada, oigan lo que dice.

—Él es idóneo. Obeso, sedentario, fumador y medio sordo. Su gesto me dice que no da crédito a lo que oye. Seguro que no tarda en morirse, la pócima que le di está en proceso, pues, el oído capta el más leve cuchicheo después de ingerida la dósis. ¡Bendito pulque que permite combinarlo con cualquier fruta! ¿Quién puede pensar que lo he envenenado? El médico dirá que fue un ataque al corazón. ¡Me importa un rábano que escuche! ¡No sé cómo pude soportar tanto!

El viejo Antes de morir comprendió y tuvo fuerzas para caer sobre su mujer y forcejear. Abrazados y con la cara de ella sobre el hueco del hombro, los encontraron sin vida al día siguiente. El diario local exhibió la foto y al pie de la página se leía “Victimas del frío”. “Se amaron hasta la muerte”.

Los benjamines

Poco antes de cumplir los cincuenta años, numeró las veces que la muerte había aleteado alrededor de él. Eran muchas, por lo que concluyó que estaba predestinado a un fin grandioso.
Antes de morir, tuvo un último hijo cuya vida fue paralela a la de él y al igual que su padre, presentía que la vida le tenía reservada una gran proeza. Murió viejo.
El suceso se repitió en muchas generaciones. El último de ellos no se cuestionó pues moriría en la cruz en las afueras de Roma, pensando que su esfuerzo había sido inútil.

Deseos

Abrazo tus hombros. Al besar tu cuello, froto la nariz en el caracol de tu oreja.
Mis brazos ruedan. Deja que tus ojos se pierdan a través de la ventana y percibe como relamo la frutilla de tu cerviz.
Tu espalda es un mar,mis labios una barca. Remo a la vera de tu columna y la habito con jazmines.
Entreabro tu boca y la inundo; anhelo que los corales fulguren y al trote el deseo se exhiba. Tienes fresas de mar en los bordes. y en el trapecio del cuello sobrevivo a tus latidos. Al caer la blusa arribo al muelle de tus pechos. Destrabo el corpiño.Sigue leyendo «Deseos»

El gobierno

Inserté en el “aviso de ocasión” un anuncio donde solicitaba un licenciado en ciencias sociales, con carácter, ambición y capacidad para resolver problemas. Llevaba días entrevistando en una oficina que no es la mía y alejada del centro urbano. Cuando lo tuve frente a mí, vi que era el hombre que buscaba. Frente amplia, de mediana edad, ojos claros y grandes que despertaban simpatía y un movimiento rápido que reconozco sólo en las personas observadoras. Alto, robusto y con la piel aceitunada por frecuentes caminatas bajo el sol. Discutimos el sueldo y acepté su propuesta. Le pagaría de acuerdo a los resultados.
La zona indígena de la región de la montaña andaba alborotada. Él tendría que llevar en una mano el pan y en la otra el fuete. Tenía libertad para decidir, si una situación escapaba y había difuntos, yo tendría a quien echarle las culpa. ¡ Joder! En la actualidad los “ chivos expiatorios” le salen caros al gobierno del cambio.