La miraba sin que ella se percatara, fingía ver los rulos oscuros de su pelo; me detenía en los signos de incomodidad. Ella sonreía.
¡Qué feliz me haces! Y apretaba mi mano
Mentía. No se percataba que después de su sonrisa, fruncía el entrecejo. Las últimas veces, al despedirnos, notaba su urgencia por darme las buenas noches.
Hubo instantes… cuando resguardaba su mano entre mi mano; en otras, la conducía entre las avenidas donde la muchedumbre se recogía para cruzar la calle, ella caminaba o se detenía a la sutil orden de un apretón sobre su palma. Recordé la luz tierna de su mirada cuando ésta respondía a mi sonrisa, luego llegó la tenuidad.
Aquella mañana la neblina reptaba en el piso. La reconocí por su caminar, en una mano su equipaje y la otra suelta; con desorden, como lo hace una mariposa con el ala rota. ¿Se iba de viaje?, si ayer todavía me abrazaba?
El tren partió. Antes la saludé agitando el pañuelo, bordado por sus manos que me había regalado una semana antes.

picasso.