En el dormitorio de Rubén García García

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Bastó un balazo, y fue viuda esa noche. Mañana será un día agitado. Su lavado de dientes, la bata rosa de franela y las tres aves maría para ahuyentar las pesadillas.

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A mitad del río de Rubén García García

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He dormido tanto que no me despierto. Entre la corriente llegan pececillos. Frente de mi hay uno de buen tamaño que parece mirarme. Lo reconozco y lo recuerdo con su montura de plata. Sacó la pistola y yo hice lo mismo. A la vera del río nuestros caballos disfrutan de los retoños.

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La señora de la limpieza de Rubén García García

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Un mes trabajando el cuento, a media res había sido la mejor manera de presentarlo. A las tres de la madrugada resolví acostarme. Por la mañana, fui a la oficina, la señora de la limpieza me dejó el cuarto impecable. Encontré una sola hoja, una frase: «aprovechen el viento, nos despoja del sopor, oxigenamos con aires de montaña el espíritu y una segunda ráfaga, que tal vez nunca llegue.

Era el tiempo de la “Olivetti” y la campana del camión de la basura se oía lejos de mi calle.

Camiones de limpieza no paran todo el día | Periodico Noreste

Cenarás conmigo

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Para Dainini

Si me hubiesen preguntado a quien prefieres: a mamá o papá, contestaría que a mi papá. Qué él me hablase golpeado, cortante o que no me nombrara me dejaba muda de sentimiento. Un día previo en la escuela vi a Margot como dejaba caer un chicle en la bolsa del maestro. El mentor metió su mano para buscar sus llaves y… -Tu fuiste Margot. -Yo no fui maestro, pregúntele a Dané. Por la mañana, mi padre al ponerse el calcetín, se encontró con un horrible chicle que yo le había puesto. Sus ojos sobre los míos y yo esquivando su mirada. No tuvo que preguntar…Estas castigada, no compraré las galletas que te gustan. Esa noche iba en el auto con mi padre. Me distraía con el fulgor de las figuras que adornaban las calles de la ciudad. Aparcó el carro frente a la tienda de pasteles. La vitrina rebosante de panecillos.—¡Papá papá cómprame mis galletas! —Ya no recuerdas que estás castigada. — Le contestó con voz seca. Ella hizo un silencio.—Ahora vengo.—¡No me vas a llevar! Se fue sin contestarme.—No pude más y lloré. Silenciosas corrieron por las mejillas. lloré sin gritos con un dolor que se atoraba. Cuando un extraño tocó el parabrisas del carro. —¡Niña! niña… estás de suerte, mira que mi hija no quiere galletas de chocolate y me da tristeza tirarlas. Te las regalo. Y dejándomelas siguió su camino. Ella no se atrevió a decirle. Durante los años siguientes creí que la fortuna me había sonreído, por haber degustado las crujientes achocolatadas. Hoy es Navidad y recordé a mi padre con su sonrisa abierta y sintiendo su abrazo apretado. Ahora entiendo que el desconocido que me las obsequió era mi padre…-Danéee, Danéee… ya estás lista! Apúrate o llegaremos tarde para la cena de navidad.

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Cielo nublado de Rubén García García

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Te desperté, tu cuerpo se tensa al escuchar mis pasos. Por un instante se abren tus ojos, pero vuelven a cerrarse. Pasaron los días en que comíamos ciruelas del mismo plato. Creí que había interrumpido tu sueño. Te veo y no estás. piso como gato, como si no estuviese. ¿Quién ha cavado en nuestros cuerpos que solo ha dejado la soledad? Cascarones de carnaval inundados de ausencia. El hijo que un día deseamos, quiza leyó que era mejor volverse una estrella fugaz.

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Anorexia de Rubén García García

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Lo llevo a mi lado, sujeta mi brazo. Pasea mi belleza en la alameda. Otras parejas hacen lo mismo. Algunos me miran admirados, otros no ocultan el deseo. Me perturbo con su lascivia y me complace. Mi esposo es tan inapetente.

Pareja agarrados de la mano y caminar en un parque

Ivi, un cuento de navidad de Rubén García García

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Ivi es tristeza. Por más que la procuran su salud es precaria. Su abuelo para distraerla la llevó a la feria. Sorpresa. Ella abrazó a un Santa Claus y le ha sonreído y él con ella. Ivi es su único familiar y verla jugar es un maravilloso regalo. Dueño de una cadena de casas comerciales, le ofreció el oro y la mirra… «Sí desea más dígame. Lo quiero para que haga sonreir a mi nieta”, la niña le dijo al oído, «no se lo has pedido por favor» El Santa condicionó a que el abuelo estuviera presente y si hubiese un cambio, le diría el costo. Un mes después… la niña juega, come, y escribe cuentos para evadirse de la melancolía. Al mes llegó un dron. —Me debe la mitad de las ganancias que haya tenido en el año. Se introdujo al carruaje y se fue surcando el cielo de la tarde. El abuelo se olvidó del compromiso. La niña se hizo crepúsculo. El magnate movilizó la policía del mundo. La soñó con harapos y pidiendo limosna. Tampoco localizó el Santa que hizo sonreír a la nieta. Triste y angustiado ordenó que su mansión abriera las puertas e invitó a cenar a los niños y que se llevaran el juguete que desearan. A los padres, alimento y ropa. La noche del veinticinco, al despertar, la vio dormida sobre su brazo.

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El amor se vive, las consecuencias son aparte

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Hay quienes halagan y sin mediar un acomodo solicitan respuesta a sus pretensiones; pero mi deseo no se mueve. Este corazón está contento con el que no puede estar siempre para mí, sólo tengo momentos, sin embargo todo el coraje contra la vida desaparece cuando sonríes. Nunca sabré que es mejor, sí haberte conocido, o no. Pero no dudaría estar a tu lado; mis días los llenas, y eso es enorme. El mañana es incertidumbre.

Cuáles son los gestos de una mujer enamorada? - FB Studio

La hechura de una casa de Rubén García García

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La tabla que llega húmeda y olorosa. La acarician los artesanos con la mirada, la miden, la trazan, y con delicadeza la hacen reposar en donde el viento, la sombra y el sol se alternen. La compran recién aserrada. Las acomodan en pilas y entre verán pequeñas calzas para que el viento pase. Al tiempo, desaparece la humedad y queda el aroma dulce. Los ebanistas con el ojo afinado la delinean y saben dónde pasar la garlopa, así las piezas medirán lo mismo, tanto por el lomo como por la panza. Ellos transforman el vacío. Cuando terminan, la casa respira, exhala el tiempo y el dulce del aroma. Luego vendrá el café, el crepitar del fogón y la mujer.

La casa de madera más bonita del mundo en plena conexión con el bosque

Cenando con caníbales de Rubén García García

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…en la cantina había una mesera rodeada siempre de clientes. Estaba sola y la Invité. Tenía sed, rápido se tomó dos. Me acerqué, no protestó. A veces llegaba un cliente, en cuanto se desocupaba venía a mi lado. Sin presionar ella ponía su palma en mi muslo. Osado hice lo mismo y me sorprendí al sentirle un músculo tieso; en ese momento pagué la cuenta y salí.

Los cuatro maestros se reían. Un silencio que dio paso a una pregunta: ¿le creen a este cabrón?

—Besotes que le ha de haber dado

 —Bien apañada, metiendo mano.

—Hasta imagino que la lengua de ella se colaba por la ventana que tienes en la boca.

Otro de ellos, sacó la lengua y la dobló en forma de taco. Reían hasta ahogarse.

Era de tez blanca, en ese instante, parecía tener rubeola y pretextando un compromiso, se fue, llevándose a su mujer que le preguntaba ¿y de qué se reían tanto?

Platicando conmama.2

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Mi madre remaba rio abajo hasta llegar al mar, cruzaba la bocana y desembarcábamos en la playa. Traía un pocillo, agua hervida, y sal. Mi hermana mayor hacía hatos de leña y con la seca hacía una fogata. Cada vez que la ola se retiraba quedaban pulpos, cangrejos y jaibas. Regresábamos con el combustible que sería para hornear el pan. Sorprendida de tanta vida en el cielo y en la tierra.

Hoy ni los pajaritos se paran en el alambre.

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Recuerdo de Rubén García García

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Redondo, profundo. Tantas veces que recosté mis labios, mi lengua ávida de tu centro. Tu ombligo era lo más hermoso de ti, y es por eso que lo conservo en metacrilato. Con mi cara triste voy a los colmados y cuando los conocidos me preguntan por ti. no puedo evitar llorar y decir: “ él se fue de viaje de negocios y ya no regresó” Su abrazo de consuelo de mis amigas me hace sentimental y gimo. Saben lo difícil que es para una mujer llevar la vida en soledad.

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Dolor casero de Rubén García García

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La casa está sola, se siente sola. hay un silencio ardiente. El enorme mango no se mueve. El sopor de la tarde asfixia. Hago llevadero el instante con frecuentes tragos de cerveza y con ráfagas del ventilador. La estridencia proviene de la casa del vecino. Tiene tres días que no estás. Te llevaste el ruido de los trastes, la tonadilla de la estación que escuchabas, el taconeo de tus pasos en la madera, el aroma de hierba en tus cabello, el sudor que corre por tu espalda… hay un enorme vacío que no lo llena mi esposa.

Joven, limpieza de ventanas con tela en casa | Foto Premium

Messenger de Rubén García García

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Osada, desafiante. Veloz para esconder el diálogo que manteníamos si llegaba un intruso. Viajé por su ciudad, me mostró su casa, “por si vienes, te diré cómo entrar”. Rincones que ella conocía. Allí, si llegara alguien, te escondo y sonreía. “chist parece el carro de mi jefe no te muevas”. Hoy la recordé. Las pláticas de media noche quedaron mochas, luego enterradas. Nunca más supe de ella. Su muro se pintó con una cruz verde. El suicidio en las redes es menos complicado que en la realidad. -me dije. O su alter ego, quizá platique con más osadía con otro. Aún tengo la oveja que me hizo llegar, blonda y pachona y ella no sé si guarde el perro ovejero.

El Perro Pastor Ganadero Australiano es Excelente Líder y Guardián