Sendero
El huracán levantó de la selva cientos de iguanas, que formaron una franja de verde antiguo. Enorme espectáculo que pensé que eran crías de Dinosaurio festejando a Monterroso.

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En esta categoría ubico los textos que son de mi autoría. Ficción breve, miificción
Sendero
El huracán levantó de la selva cientos de iguanas, que formaron una franja de verde antiguo. Enorme espectáculo que pensé que eran crías de Dinosaurio festejando a Monterroso.

Tengo por fortuna a mi madre con vida. 96 años, privilegiada mente, con recuerdos presentes y pasados. Mi padre murió de un cáncer que en nuestros tiempos hubiese sido curable. Soy el mayor de cuatro hermanos, a quienes amo. Progenitor de cuatro hijos, y cuatro nietos. De profesión me recibí de médico y despues hice una maestría en salud pública. Desde mi adolescencia me daba por escribir ocasionalmente. En los primeros años del 2000 me dio por hacerlo con más frecuencia y rigor. Actualmente sé que me falta, si comparase la narrativa con mi profesión, sería un auxiliar de médico. No me siento satisfecho. Tal vez nunca lo esté. Lo hago por la sencilla razón de que me gusta, si no lo hiciera me consumiría en el laberinto de mi mente.
Mi nacimiento si la escribiese sería una narración extensa salpicada de risas drama y coincidencias, pero solo sería una narración sin chispa.
La vida me ha permitido vivir mucho más de lo que vivió mi padre. Y la inmensa felicidad de ver con vida a mi madre, ninguno de mis hermanos ha muerto, mis hijos y nietos me hacen sentir la vida en su grandeza. Molesta, que nuestra madre tierra agonice, que los que vivimos, hacemos muy poco para socorrerla. Me hieren tantos incendios de bosques, tantas amenazas de guerra por parte de los mandatarios. Tanto avance tecnológico no ha servido para respetarnos entre nosotros. Nuestro interior sigue atado a lo peor del cavernícola que puede justificarse. ¿Cuántos años de paz ha gozado la tierra? les aseguro que muy pocos.
Me rompe el corazón que si vamos en la misma nave sigamos discutiendo temas intrascendentes, cuando el final quizá se encuentre a la vuelta de la esquina.
Es cierto cumplo años, pero no encuentro motivos para festejarlos. El abrazo de mis amores me consuela, pero no es suficiente, Creo que el hombre ha aprendido a no aprehender. Para los de mi época «no les ha caído el veinte»*

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Llegaron al río las lavanderas de ropa con su chorcha de hijos, cargan la maleta pesada; y las crías lo que pueden. Cada una tiene su sitio, piedras dispersas que el tiempo modeló como bateas. Muchos varones se fueron a su milpa, otros a cuidar el ganado del patrón y algunos más agarraron camino hacia no sé dónde. La chamacada disfruta. Los grandes cuidan a los chicos, que miran curiosos el ir y venir de los peces. Los zopilotes vuelan en círculo, una parvada de cotorros cruza el cielo gritando y se posan en la arboleda que crece por la cañada. La corriente va, tropieza, y su murmullo es un rezo que nadie escucha. Un cuerpo con pantalón de mezclilla con la panza descubierta es arrastrado por la fuerza del agua. Una de las mujeres se da cuenta, avisa a las demás. No hay que afligirse, el muerto no es del lugar, es del algún pueblo de la serranía. Saben que abajo el ahogado quedará varado entre lajas, alguien lo verá y dará parte a la autoridad, que ya estarán llegando a la cantina de Don Julio, para protegerse contra el sopor de la tarde. Se despacha mejor allí, con una cerveza fría en la mano, que en la polvosa oficina.

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El sillón cruje cada vez que te meces. Los recuerdos te asaltan. Y la náusea, la corrupción, lo servil. se abren paso. “Trabajas” porque sientes que tu labor de líder es esencial. Tienes miedo a que tu orden sea menospreciada. Nada es para siempre, dices, pero deseas alargar el tiempo hasta el fin. Te levantas enérgico y repites que mañana serás otro hombre. Balanceas con coraje y la poltrona se rompe. Tu cuerpo inmenso queda atorado. ¡Uf, mira como el machete del jardinero te ha traspasado! ayer lo despediste porque cortó la enredadera que en su floración era tu remanso. A un lado de tu mano está la lima que tú le diste para que le diera filo. Sí, que hizo buen trabajo. Qué cosas, ordenaste que deseabas estar solo… y tu palabra se cumple. Mariquita, tu esposa, está en la iglesia. Cada vez más lejano se oye el berraco gemir.

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Bastó un balazo, y fue viuda esa noche. Mañana será un día agitado. Su lavado de dientes, la bata rosa de franela y las tres aves maría para ahuyentar las pesadillas.
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He dormido tanto que no me despierto. Entre la corriente llegan pececillos. Frente de mi hay uno de buen tamaño que parece mirarme. Lo reconozco y lo recuerdo con su montura de plata. Sacó la pistola y yo hice lo mismo. A la vera del río nuestros caballos disfrutan de los retoños.
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Un mes trabajando el cuento, a media res había sido la mejor manera de presentarlo. A las tres de la madrugada resolví acostarme. Por la mañana, fui a la oficina, la señora de la limpieza me dejó el cuarto impecable. Encontré una sola hoja, una frase: «aprovechen el viento, nos despoja del sopor, oxigenamos con aires de montaña el espíritu y una segunda ráfaga, que tal vez nunca llegue.
Era el tiempo de la “Olivetti” y la campana del camión de la basura se oía lejos de mi calle.

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Para Dainini
Si me hubiesen preguntado a quien prefieres: a mamá o papá, contestaría que a mi papá. Qué él me hablase golpeado, cortante o que no me nombrara me dejaba muda de sentimiento. Un día previo en la escuela vi a Margot como dejaba caer un chicle en la bolsa del maestro. El mentor metió su mano para buscar sus llaves y… -Tu fuiste Margot. -Yo no fui maestro, pregúntele a Dané. Por la mañana, mi padre al ponerse el calcetín, se encontró con un horrible chicle que yo le había puesto. Sus ojos sobre los míos y yo esquivando su mirada. No tuvo que preguntar…Estas castigada, no compraré las galletas que te gustan. Esa noche iba en el auto con mi padre. Me distraía con el fulgor de las figuras que adornaban las calles de la ciudad. Aparcó el carro frente a la tienda de pasteles. La vitrina rebosante de panecillos.—¡Papá papá cómprame mis galletas! —Ya no recuerdas que estás castigada. — Le contestó con voz seca. Ella hizo un silencio.—Ahora vengo.—¡No me vas a llevar! Se fue sin contestarme.—No pude más y lloré. Silenciosas corrieron por las mejillas. lloré sin gritos con un dolor que se atoraba. Cuando un extraño tocó el parabrisas del carro. —¡Niña! niña… estás de suerte, mira que mi hija no quiere galletas de chocolate y me da tristeza tirarlas. Te las regalo. Y dejándomelas siguió su camino. Ella no se atrevió a decirle. Durante los años siguientes creí que la fortuna me había sonreído, por haber degustado las crujientes achocolatadas. Hoy es Navidad y recordé a mi padre con su sonrisa abierta y sintiendo su abrazo apretado. Ahora entiendo que el desconocido que me las obsequió era mi padre…-Danéee, Danéee… ya estás lista! Apúrate o llegaremos tarde para la cena de navidad.

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Te desperté, tu cuerpo se tensa al escuchar mis pasos. Por un instante se abren tus ojos, pero vuelven a cerrarse. Pasaron los días en que comíamos ciruelas del mismo plato. Creí que había interrumpido tu sueño. Te veo y no estás. piso como gato, como si no estuviese. ¿Quién ha cavado en nuestros cuerpos que solo ha dejado la soledad? Cascarones de carnaval inundados de ausencia. El hijo que un día deseamos, quiza leyó que era mejor volverse una estrella fugaz.

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Lo llevo a mi lado, sujeta mi brazo. Pasea mi belleza en la alameda. Otras parejas hacen lo mismo. Algunos me miran admirados, otros no ocultan el deseo. Me perturbo con su lascivia y me complace. Mi esposo es tan inapetente.

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Ivi es tristeza. Por más que la procuran su salud es precaria. Su abuelo para distraerla la llevó a la feria. Sorpresa. Ella abrazó a un Santa Claus y le ha sonreído y él con ella. Ivi es su único familiar y verla jugar es un maravilloso regalo. Dueño de una cadena de casas comerciales, le ofreció el oro y la mirra… «Sí desea más dígame. Lo quiero para que haga sonreir a mi nieta”, la niña le dijo al oído, «no se lo has pedido por favor» El Santa condicionó a que el abuelo estuviera presente y si hubiese un cambio, le diría el costo. Un mes después… la niña juega, come, y escribe cuentos para evadirse de la melancolía. Al mes llegó un dron. —Me debe la mitad de las ganancias que haya tenido en el año. Se introdujo al carruaje y se fue surcando el cielo de la tarde. El abuelo se olvidó del compromiso. La niña se hizo crepúsculo. El magnate movilizó la policía del mundo. La soñó con harapos y pidiendo limosna. Tampoco localizó el Santa que hizo sonreír a la nieta. Triste y angustiado ordenó que su mansión abriera las puertas e invitó a cenar a los niños y que se llevaran el juguete que desearan. A los padres, alimento y ropa. La noche del veinticinco, al despertar, la vio dormida sobre su brazo.

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Hay quienes halagan y sin mediar un acomodo solicitan respuesta a sus pretensiones; pero mi deseo no se mueve. Este corazón está contento con el que no puede estar siempre para mí, sólo tengo momentos, sin embargo todo el coraje contra la vida desaparece cuando sonríes. Nunca sabré que es mejor, sí haberte conocido, o no. Pero no dudaría estar a tu lado; mis días los llenas, y eso es enorme. El mañana es incertidumbre.

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La tabla que llega húmeda y olorosa. La acarician los artesanos con la mirada, la miden, la trazan, y con delicadeza la hacen reposar en donde el viento, la sombra y el sol se alternen. La compran recién aserrada. Las acomodan en pilas y entre verán pequeñas calzas para que el viento pase. Al tiempo, desaparece la humedad y queda el aroma dulce. Los ebanistas con el ojo afinado la delinean y saben dónde pasar la garlopa, así las piezas medirán lo mismo, tanto por el lomo como por la panza. Ellos transforman el vacío. Cuando terminan, la casa respira, exhala el tiempo y el dulce del aroma. Luego vendrá el café, el crepitar del fogón y la mujer.

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…en la cantina había una mesera rodeada siempre de clientes. Estaba sola y la Invité. Tenía sed, rápido se tomó dos. Me acerqué, no protestó. A veces llegaba un cliente, en cuanto se desocupaba venía a mi lado. Sin presionar ella ponía su palma en mi muslo. Osado hice lo mismo y me sorprendí al sentirle un músculo tieso; en ese momento pagué la cuenta y salí.
Los cuatro maestros se reían. Un silencio que dio paso a una pregunta: ¿le creen a este cabrón?
—Besotes que le ha de haber dado
—Bien apañada, metiendo mano.
—Hasta imagino que la lengua de ella se colaba por la ventana que tienes en la boca.
Otro de ellos, sacó la lengua y la dobló en forma de taco. Reían hasta ahogarse.
Era de tez blanca, en ese instante, parecía tener rubeola y pretextando un compromiso, se fue, llevándose a su mujer que le preguntaba ¿y de qué se reían tanto?
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Mi madre remaba rio abajo hasta llegar al mar, cruzaba la bocana y desembarcábamos en la playa. Traía un pocillo, agua hervida, y sal. Mi hermana mayor hacía hatos de leña y con la seca hacía una fogata. Cada vez que la ola se retiraba quedaban pulpos, cangrejos y jaibas. Regresábamos con el combustible que sería para hornear el pan. Sorprendida de tanta vida en el cielo y en la tierra.
Hoy ni los pajaritos se paran en el alambre.
