Entresacando paraísos de Rubén García García

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Mientras buscan a donde acomodarse en el salón de clase de la escuela, las señoras del pueblo de las nubes se saludan y el vaho denso y nuboso sale de su boca. De las casas cercanas llega el olor a café. Presido la mesa del comité de salud. Las personas se animan a preguntar. Contesto, dialogo y respondo con pasión. Se hacen señas, muestran interés. Hay gente de pie, otras escuchan fuera del recinto soportando las ráfagas de viento frío. El sol se ha mostrado y entre la plática con la comunidad, se abren silencios.

«Puedo verte a la distancia. Si tú pudieras hacerlo verías la sombra del cedro en mi rostro»

Me preguntan, discuto. Así son las mesas de trabajo.

Espero otro silencio para imaginar que nos damos vueltas con los brazos abiertos, para recoger el paisaje. Allá el monte del abuelo con su pinar, abajo el rio que serpea entre las lajas.

Finalizó la reunión.

Las mujeres mayores, se enteran que me gustan las flores, desean enseñarme su jardín.

—Llévese un codito, seguramente con esto recordará nuestro pueblo.

Yo acepto. Otras me ofrecen violetas.

—Para que se las lleve a su novia.

Nadie nota mi urgencia de subir al vehículo. Es un viaje largo. Cuando llegue me embarcaré en el río de tu espalda para sembrar en tus orillas los coditos y flores que me dieron en el pueblo de las nubes. Eterno se me hace el viaje, pero que placentero es sentir cosquillas en el corazón.

Bazar de libros de Rubén García García

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«Tanta timidez tiene su corazón, que no se atreve. No soy yo quien tiene que dar el primer paso. No me obligue».

Mensaje que estaba entre las páginas de un libro. Lo ojeaba. Editado en 1950. “mil poemas de amor” Mi interés no eran los poemas seleccionados, sino encontrar otro mensaje que me diera información de lo que sucedió.

«¡Por fin! Entró como fantasma en mi sueño. Se acostó a mi lado y sentí su brazo rodear mi cintura. Era él, mi mano reconoció los vellos de su brazo».

Entre los poemas de Neruda y García Lorca y garabateado. «cuando nos cruzamos en un pasillo, nos rozamos. Su mano de ladrón asalta mis caderas y su aliento en mi cuello me perturba.

«Mañana se irá mi tía para cuidar a su mamá… tiemblo».

La mujer que no es noticia de Rubén García García

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Frente a mi consultorio vivía la esposa de un vaquero. ¿Y eso que tiene de extraordinario? Cómo tampoco la tiene el hecho de que el vaquero era muy buen vaquero, Nada diferente a otros vaqueros del pueblo: gustaba de la cerveza y gastar lo poco que ganaba en mujeres que cada ocho días arribaban al pueblo. Doña Candi, su esposa, hacia todo lo posible por mantener a la prole, vendía antojitos, lavaba, planchaba. No, nada de pegarle a los hijos, su amor hacia ellos, nunca se vio menguado por las ofensas del vaquero. No, nadie me lo decía, la veía en su quehacer diario, en las caricias que prodigaba con el peine desbaratando los nudos del pelo de las niñas. Algunas veces me saludaba, trayéndome un café con una galleta. Su cara apacible, su silencio, me decían que esa mujer no era capaz de odiar a nadie y que amaba a sus hijos por encima de toda pobrezaUn día el vaquero se fue con otra mujer y ella más vivía para sus hijos. Nada extraordinario; el amor no es noticia.

Consejo para escritores de Agustín Cadena

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Para aprender, un texto de Agustín Cadena

Una amiga escritora me confió en estos días su preocupación con un problema técnico muy común en nuestro trabajo. Su pregunta era: ¿cómo desarrollar una situación de gran intensidad emocional, dentro de una historia de amor y error, sin caer en el melodrama?

En primer lugar, habría que preguntarse por qué los escritores de esta época le tenemos tanto miedo al melodrama. Después de todo, como dijo T.S. Eliot,: “No es posible definir drama y melodrama de modo que se excluyan uno al otro; los grandes dramas suelen tener algo de melodramático, y los mejores melodramas llegan a participar de la grandeza del drama”. Por su parte, Fanger y me parece que también algún otro historiador de la literatura definieron al melodrama como tragédie populaire. Cierto: aquí había que atender a las definiciones clásicas de lo trágico, que señalan terror y piedad como sus principales ingredientes, incompatibles con el elemento patético que en cambio es característico del melodrama y del sentimentalismo popular.

Tal vez la repugnancia que sentimos los escritores hacia el melodrama sea precisamente temor a caer en lo patético, a querer representar un gran momento de la vida humana y hacer el ridículo en el intento. Entonces mejor no nos arriesgamos, dado el caso, mejor recurrimos a la elipsis o a la narración indirecta o de plano no nos acercamos a esos momentos. O también, como lo han hecho muchos de nuestros colegas siguiendo la moda imperante, optamos por una visión trivialista de la vida, un discurso deconstruccionista sobre el desmantelamiento de los mitos de la vida emocional, o algo así.

Por otra parte se ha argüido que caer en lo melodramático le quita verosimilitud a la narración. Argumento bastante discutible, porque alguien que sabe hacerlo no tiene por qué padecer ese problema. Y una cosa más que hay que tener en cuenta es que la mayoría de los lectores prefieren una buena novela cursi que una mala novela artística. Después de todo, como Agustín Lara sentenció alguna vez: todo el que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi.

En fin, todo esto viene a que creo que lo más importante ante esta cuestión es relajarse, no tomárselo tan en serio. Total, siempre hay oportunidad de revisar lo escrito y, viéndolo bien, es muy larga la lista de escritores notables a quienes el público lector ha perdonado un párrafo o varias páginas de melcocha, si en el balance general ésta alcanza a justificarse.

En cualquier caso es útil examinar las artes con que algunos maestros han salido airosos del problema. Y de todos los ejemplos que conozco, el que me parece más interesante se encuentra en la obra que Virginia Woolf y muchos otros críticos han aplaudido como la mejor novela de toda la literatura: La guerra y la paz. Como hemos de recordar, una de sus principales líneas argumentales cuenta el romance entre Natasha Rostov y el príncipe Andrei Bolkonsky. Ellos se conocen porque tenían que conocerse (como suele suceder en las novelas y en la vida), se enamoran a primera vista y deciden casarse. Pero ante la oposición de su padre y la necesidad de recuperarse totalmente de una herida de guerra, Andrei le pide a Natasha que pospongan un año la boda. Muy de malas, ella acepta. El príncipe se va a Alemania y desde allá le escribe regularmente a su prometida. Ella le responde del mismo modo. Se extrañan con pasión, como enamorados. Pero ya cerca de que termine el plazo, Natasha se deja deslumbrar por el efébico Anatole Kuragin, desatándose así un conflicto maravilloso que le permitirá a Tolstoy explorar con máxima intensidad sus grandes temas.

Ahora bien, poco después de que los enamorados se conocen, la familia Rostov organiza una partida de caza. Natasha insiste en unirse, a pesar del poco entusiasmo con que los patriarcas de la familia ven su espíritu amazónico. Tolstoy dedica a narrar la cacería dos capítulos admirables, llenos de tensión narrativa, de violencia épica, de poesía. Al final vemos una loba acorralada por los cazadores y los perros. La vemos luchar por su vida con esa ferocidad trágica del que sabe que no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir. El momento de su muerte es muy poderoso: la imagen se queda en la mente del lector. Luego de este episodio hay un regreso a la vida cotidiana, se vuelve a las otras líneas argumentales y uno ya no piensa más en la loba ni en su mirada a punto de enfrentar a los perros. Pero cuando Natasha, finalmente, confiesa su traición y es interrogada por su familia, Tolstoy ya sólo necesita una pincelada para hacernos entrar en sus emociones: la infiel se queda mirando a sus parientes “como un animal herido mira a la jauría que la acorrala”. No se dice más. No es necesario. No hay lágrimas ni grandes palabras. La imagen de la loba aterrada en medio del bosque salta a la imaginación fundiéndose con la de Natasha y cargando la escena con un sentido ominoso. Es una formidable respuesta a la pregunta de mi amiga: ¿cómo desarrollar una situación de gran intensidad emocional, dentro de una historia de amor y error, sin caer en el melodrama?

Ivi un cuento de navidad de Rubén García García

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vi es tristeza. Por más que la procuran su salud es precaria. Su abuelo para distraerla la llevó a la feria. Sorpresa. Ella abrazó a un Santa Claus y le ha sonreído y él con ella. Ivi es su único familiar y verla jugar es un maravilloso regalo. Dueño de una cadena de casas comerciales, le ofreció el oro y la plata «Sí desea más dígame. Es mi alegría que haga sonreir a mi nieta», la niña le dijo al oído: «no se lo has pedido por favor»

El Santa Claus de la feria le dijo que aceptaba siempre y cuando el abuelo estuviera presente. Y si hubiese un cambio, le diría el costo. Un mes después… la niña juega, come, y escribe cuentos para evadirse de la melancolía.

Después le dijo:

«Me debe la mitad de las ganancias que haya tenido en el año» y le dio su número de cuenta y se fue.

El abuelo no cumplió el compromiso. Un día, la niña desapareció sin dejar rastro. El magnate movilizó a la policía de todo el mundo. La foto de la niña se reprodujo en periódicos, televisoras e internet. Nadie sabía de ella. Nadie le dio informes sobre el paradero del Santa Claus de la feria. La soñaba todas las noche con harapos y pidiendo limosna y la voz de ella en su oído: « ayuda abuelo, ayuda» La policía le informó que el número de cuenta no estaba registrado en ningún banco. Esa noche la soñó jugando en un callejón y dentro de una vecindad. Y se despertó con la sonrisa de ella.

Esos días previos a la festividad estuvo ocupado comprando cientos de platillos, miles de juguetes, abrigos, frazadas y girando invitaciones a los niños. Su mansión que por años era una fortaleza abrió las puertas e invitó a cenar a los niños y que se llevaran los juguetes y ropa que desearan.

Esa noche no la soñó. Solo escuchó su voz tan diáfana, tan clara que hizo que se despertara. Y sí, era la voz de Ivi que le decía: «te quiero mucho abuelito»

Una pesadilla en la pecera de Rubén García García

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En la pecera vive un pez gato que se sueña atrapando ratones de río. Anoche tuvo, en su parte de pez, una pesadilla, donde su contraparte lo devoraba.

Ilusión de Rubén García García

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En la platica por la red, ella era hábil y osada. Capaz de mantener un diálogo en las mismas barbas de sus cercanos. Me hacía viajar por su ciudad. Me mostraba cada lugar de su casa y picara me decía: «por si vienes en la noche ya sabes como entrar a la casa». Era una residencia antigua y enorme. Me llevó por rincones que solo ella conocía. A veces quedaba en pausa, sabía que si eso pasaba era porque algún intruso se había acercado peligrosamente por su espalda y rápidamente aparecía «no te vayas, luego vengo» palabras clave. Después otro recado: «ve a la cocina y prepárate algún bocadillo, a un lado están las gaseosas» Eso quería decir que tardaría más tiempo. Muchas intimidades conocí de ella y ella de mí. Se hizo costumbre saludarnos e identificar el mejor horario para no sufrir interrupciones en la plática. Cuando no aparecía me preguntaba si le había sucedido algo y lo mismo se decía ella. Un día nos acostamos virtualmente. «cuando te leo, siento que tus palabras me recorren y me estremezco. Nunca había experimentado la piel de gallina, contigo supe lo que era»

Era irreal amarnos sobre las hojas de hierba. Y a buen tiempo lo comprendimos.

Conchita de Rubén García García

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Sonó el timbre. Al ir rumbo a la puerta me detuve. ¿Y si fuese la mamá de Conchita? Ya rumbo a mi casa. Afuera de la escuela primaria vi que varias niñas jaloneaban de los cabellos a una más pequeña. Era mi vecina y la defendí. Ahora, cada vez que me ve, toma impulso y se cuelga de mí. Le dije que no fuese tan efusiva. Sucedió frente a su casa. Creí ver a su mamá observándonos tras la ventana.

Abrí la puerta, era Conchita que me traía un recado de su mamá, me invitaba a comer. Al ir hacia su casa pasaron por mi mente desde un «gracias ya Conchi me contó» hasta la advertencia de no acercarme a la niña.

Al entrar, fue la niña quien me recibió con el estilo de aventarse y sujetarse a mi cuello. «Es mi héroe». le dice a su mamá. La evité lo más que pude y si permitía su elocuencia la tomaba por sus axilas y la levantaba. Con el tiempo se hizo moderada y solo me abrazaba efusivamente y sentía su beso en la mejilla…

Terminé mi carrera de contador y abrí mi despacho. Para mi fortuna con mucho trabajo.

Mi secretaria me comunicó que una una señorita deseaba verme. En mi libreta no tenía agendada ninguna cita.

Era conchita que, al verme y fiel a su estilo infantil, corrió hacía mí, abrió sus piernas, me abrazó por el cuello y me dio un efusivo beso a la mejilla, no aflojó sus piernas, y su boca me dijo al oído. Sabes, ya soy mayor de edad…

El señor x de Rubén García García

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Antiguamente en los cines hubo un personaje que se ganaba la vida con una lámpara de mano. Si llegabas tarde a la función, él con su luz te guiaba a dónde hubiese asientos desocupados. Pienso que el señor X tiene también una lámpara que cuando entras a la oscuridad alumbra, te dice: «mire, allá hay varios asientos desocupados, tome el que le agrade y disfrute la función» o bien: «cuanto lo siento señor, pero ya no hay asientos »

El señor X trabaja en algunos pasillos de la vida.

Entre purgatorios te veas de Rubén García García

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Te acuestas con tu hermano. Es una noche fría. En la madrugada, adormilado, escuchas murmullos y flota un olor a flores machacadas. Miras el velatorio y con horror te das cuenta que tienes el papel principal.

«No estoy muerto, no estoy muerto» repites, pero de tu garganta no sale un quejido. Con esfuerzo sales del ataúd, los dolientes corren buscando cualquier puerta.

Caminas torpe en la silenciosa oscuridad, a lo lejos sobresale un anuncio luminoso. Pasan a tu lado sombras y gimes como las almas en pena de las que nombra el padre Ramón. Llegas a la Cruz Roja y una enfermera tosca te obliga a ingerir una pócima asquerosa. «es por tu bien» te dice, y te sujeta del cuello. Corres y corres, con una náusea y un dolor abdominal creciente, tratando de evitar lo que es inevitable.

Los gritos de tu hermano te vuelven a la realidad «ya me cagaste cabrón». La familia se levanta y tu madre te lleva al baño donde te avienta una cubeta de agua fría.

En silencio, piensas qué pudo haber pasado. El sermón del padre Ramon que habló sobre las almas que vagan entre la oscuridad con gritos de dolor. «pinche padre, él fue quien metió en mi cabeza eso del purgatorio». Anoche cenaste huevos con epazote y chile seco, que aceleró tus tripas.

Despues se volvió a cagar, pero esta vez fue de risa. No antes de mandar al diablo al padre Ramón. Ya le invitaría unos huevitos con chile seco y harto epazote.

La novia de Rubén García García

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La novia de Rubén García García

—¡Ya no aguanto! No puedo ser estudiante, cuidar a mi hermano, y hacer las tareas de la casa. Y luego…mi papá … ya no aguanto.

Iba a decirle que tuviese paciencia cuando entró la enfermera.

—Se terminó la visita.

A la salida me topé con su padre. Serio. Me miró inflando los cachetes.

—¿Le dijo algo?

— Qué tendría que decirme.

— ¿le contó por qué tomó tantas pastillas?

No le contesté. Se dio cuenta que no le contestaría, si supiese.

Le tembló el bigote y volvió.

—Solo quise saber el porqué. El trabajo me exige estar las veinticuatro horas en servicio. La dejo sola en el departamento y le doy más responsabilidades de las que puede soportar. Como padre tengo la obligación de saberlo todo. Entienda…

—No sé porque habrá tomado esa decisión.

—Yo también fui joven. Soy amigo de usted, puede tenerme confianza.

—No entiendo. le dije. «como putas madres no iba entender, este cerdo me estaba diciendo que si ella no estaba embarazada».

—Creo que si me entiende. Confió que no sea así. —¿tiene algún teléfono donde llamarle?

—No.

Llegué a la capital por la madrugada y por la mañana estaba en la clase de anatomía. En la noche me entretuve dando de golpes a la cabecera de la cama para que el compañero de cuarto dejara de roncar. No recuerdo a que horas concilié el sueño.

Después ya no hubo cartas.

Nada es para siempre de Rubén García García

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Estás en el corredor. A esa hora coincides con el viento de la tarde y disfrutas. La residencia susurra silencio que se rompe cada vez que tu cuerpo se balancea sobre el sillón de mimbre. Te gusta enredarte en el recuerdo de tus logros, pero ahora en tu parpadeo tambien han llegado los atributos oscuros de tu manera de ser. El “silencio cómplice”, la vez que tu líder te ordenó como un capataz a su criado; y aquella en que el gobernador le acarició las nalgas a tu mujer y te hiciste de la vista gorda. ¡Ah que no has soportado! Ahora tu eres el que lleva la batuta. Siempre te dices que “nada es para siempre”, pero llevas años y es que el poder es como una chiche que no se quiere dejar. Ayer por una distracción del jardinero, tu enredadera preferida fue mutilada y enojado lo corriste y te negaste a pagarle los días que había trabajado y te quedaste con su machete. La inmensidad de tu cuerpo se balancea con regocijo en la poltrona. Has notado que tus olvidos se han hecho frecuentes, ¿dónde dejaste el machete? Cierras los ojos, te impulsas con el pie y el mueble se balancea al extremo y se rompe el silencio con un crak. La poltrona cae, tu cuerpo cae y algo frío entra con profundidad por un costado de tu cuerpo. Ahora ya sabes donde dejaste el machete. Es cierto que tu lo recargaste con la empuñadura hacia arriba, ¿quién lo volteo? Ya entre sueños te llega la voz de la hija del campesino que vino a suplicarle a tu mujer que le volviera a dar trabajo a su papá. Las campanas están llamando a misa…

Palomitas de Rubén García García

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Rasgó el sobre y leyó el resultado: «El ochenta por ciento del personal a su cargo tuvo prácticas de corrupción». Llamó al superior.

—Haga lo que crea conveniente.

Arrojadas desde la ventana, los pedacitos de papel parecían en el cielo palomitas avergonzadas.

La Sirenita de Rubén García García.

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Lo tildan de mal amigo. Es pescador. Hace dos años la vida lo arponeo. Perdió un hijo que emigró y fue abandonado por los polleros en el desierto. Meses después murió su esposa. Él, con su soledad. En el amanecer atrapó con la red a una sirenita. Una púber que nada decía, pero imploraba con su mirada y la devolvió al mar. Desde ese día la pesca fue generosa. El cree que no es la suerte, sino que es la familia de ella quien dirige la barca hacia los bancos y regresa colmado. Ayer encontró dos perlas. Los demás pescadores le piden y algunos exigen que les diga su secreto. Él prefiere callar. Mañana será un buen día. No saldrá a pescar; le han invitado mar adentro.

El papayo de Rubén García García

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Brotó en días de lluvia. La penuria de sol, la tierra escasa y la hierba aledaña, lo destinaron a ser enano. Creció con dobleces, por su necesidad de encontrar un poco de sol. Se quedó sin hojas. Pudo al fin cuajar una papaya petisa y pálida. Con respeto la acaricié. Sabía que su fruto tenía una carne maltratada e insípida. En su vientre encontré cinco semillas, donde estaba escrito el código de su fortaleza y perseverancia.

Al día siguiente me despedí de mi madre y fui a buscar el sol.