Entresacando paraísos de Rubén García García

Sendero

Mientras buscan a donde acomodarse en el salón de clase de la escuela, las señoras del pueblo de las nubes se saludan y el vaho denso y nuboso sale de su boca. De las casas cercanas llega el olor a café. Presido la mesa del comité de salud. Las personas se animan a preguntar. Contesto, dialogo y respondo con pasión. Se hacen señas, muestran interés. Hay gente de pie, otras escuchan fuera del recinto soportando las ráfagas de viento frío. El sol se ha mostrado y entre la plática con la comunidad, se abren silencios.

«Puedo verte a la distancia. Si tú pudieras hacerlo verías la sombra del cedro en mi rostro»

Me preguntan, discuto. Así son las mesas de trabajo.

Espero otro silencio para imaginar que nos damos vueltas con los brazos abiertos, para recoger el paisaje. Allá el monte del abuelo con su pinar, abajo el rio que serpea entre las lajas.

Finalizó la reunión.

Las mujeres mayores, se enteran que me gustan las flores, desean enseñarme su jardín.

—Llévese un codito, seguramente con esto recordará nuestro pueblo.

Yo acepto. Otras me ofrecen violetas.

—Para que se las lleve a su novia.

Nadie nota mi urgencia de subir al vehículo. Es un viaje largo. Cuando llegue me embarcaré en el río de tu espalda para sembrar en tus orillas los coditos y flores que me dieron en el pueblo de las nubes. Eterno se me hace el viaje, pero que placentero es sentir cosquillas en el corazón.

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