Sorpresa doméstica de Rubén García García

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Mi esposa me dijo que estaría unos días con su hermana, yo que saldría a un viaje de negocios, el caso es que nos encontramos en el carnaval bailando mejilla con mejila.

El augurio de Rubén García García

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Se sentó y tiró de las sábanas para cubrirse el pecho, mientras miraba la habitación desconocida. Estaba decorada en tonos joya. Tenía una mano sobre su cadera, por el anillo, reconoció que era la de Toño, el mejor amigo de su marido que dormía a su lado. Con cuidado se quitó la mano. Fuera de la cama y ya vestida salió hacia la calle. «Laura, Laura» escuchó la voz. Era la voz poderosa de su marido.

Laura, laura. Despiértate que Toño ya viene en camino.

El engaño de Rubén García García

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El Chuleta abrió la puerta del cuarto de aquel hotel. Percibió el olor y un cuerpo ensangrentado. Se acercó con precaución «es el “Perro”». Su enemigo. Lo identificó por el arete de marfil con forma de calavera. La sonrisa inicial desembocó en una gran carcajada que dispersó a las moscas. «¡Hasta que te vi muerto, cabrón hijo de puta!».

Escuchó detrás de él un suspiro. Luego, un dolor punzante en la nuca. Antes de sumirse en el vacío oscuro oyó la voz en eco de su odiado enemigo: «Hoy se te quitará lo pendejo».

Y le dio la razón.

El finado de Rubén García García

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Es tu hijo, el que fue bendecido por tus desvelos, quien dice: «Qué bien que ya se fue». La esposa y la hija, que llevan años prodigándole cuidados y gastando lo que no se tiene para cubrir sus gastos médicos, se quedan en silencio. La esposa llora y la hija sabe que es por la muerte del finado, quizá por lo que significó en su vida y porque será liberada del infinito cansancio de estar pendiente noche tras noche. Después de que terminen los rezos y la buena gente se despida podrá dormir algunas horas seguidas que desesperadamente reclama su cuerpo.

En la profundidad del sueño la alegría también se expresa con lágrimas.

Cortejo de Rubén García García

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Detrás de la carrosa iba un par de caballos blancos. El viudo montaba uno de color azabache. Poco antes de llegar al cementerio, Elpidio dio la orden de que se hiciera un alto y llamó al médico. La tarde se hacía vieja.

¡Saquen el ataúd! ¡Médico!, ¿dígame si mi Lalita está realmente muerta?

Espero. Los ojos vidriosos y atentos. Ella dormía.

El médico le dijo que no había signos de vida.

No pudo contener el gemido. Sus arrugas se hicieron profundas e imposibilitado para hablar, con señas indicó que cerraran el féretro y volvió a ponerse delante del cortejo. Los caballos blancos eran de la finada y siempre la seguían.

Acoso de Rubén García García

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Desnuda, frente al espejo, peino los cabellos que caen lacios caen sobre mi espalda. Las ropas ocultan mi piel. Nadie sabe, ni yo, de los vacíos que tiene mi alma: oscuridad muda.

Después del maquillaje, nadie diría que soy fea. Me miro de pies a cabeza, todo es perfecto, calzo las zapatillas; me doy vuelta de un lado a otro y todo está en su lugar.

El señor secretario me ha mandado el taxi, me espera en su oficina para disfrutar del café. Es un espacio íntimo, anexo a su oficina, atiende gajos de su vida privada.

Afuera, tiene asuntos graves que esperan.

Para él soy un capricho y quiere tomarse un capuchino, e inclinarse y mirar de reojo mis pechos. A veces se inquieta y le tiemblan las manos, aunque su voz tenga crisantemos, sé que su intención es envolverme con sabanas de seda.

Cuando el gobernador le habla, es el instante para salir.

Voy a mi oficina y la jefa con su voz de mando me pregunta por el secretario. Me mira parte por parte para descubrir alguna seña que la haga deducir que hubo algo más. Mis labios gruesos mantienen el color, el maquillaje exacto. Mi cabello tiene orden y aroma, exhalo mar y limonarias. Mis partes tienen un sentido de la exactitud.

Cuando salgo a entrevistar voy en el auto de la institución y un guarura del secretario me sigue. Qué torpeza sería si les hiciera saber que me doy cuenta. Regreso con mi trabajo realizado, el operador me compra una soda. No hay nada de extraño que el anciano me tome del brazo y roce mi cintura. Me dejo, pues sé que eso ánima su interior que todo hombre lleva.

Regreso a mi departamento y por las cortinas observo a un par de sujetos que rondan el edificio. Todos los días es lo mismo. Al señor secretario cada vez lo veo más desesperado, sabe que ya no tardo en irme a mi país, que el agregado cultural en la embajada es un viejo compañero de mi padre. Ya me dieron la liberación del servicio social, fue una gracia de su poder.

Acepté del Señor una felicitación, un beso en la mejilla y un abrazo.

Esa noche salí. Vi que me seguían. Me introduje al cine, se fueron y regresé en taxi a mi departamento que había dejado a oscuras. Antes de la media noche escuché la cerradura crujir, no me asusté, sabía quién era.

Recibí la orden de atender a un grupo de estudiantes para darles estadísticas de nutrición.

El domingo salí con una bolsa de compras. En realidad, era un escape para disfrutar de la playa. El mar, la inmensidad y el rumor fueron los que me movieron para tener una tarde intensa y acalorada y prometerle una platica más íntima. Y la tuvimos.

La prudencia de todo un año, de ser sorda a las insinuaciones y en una brevedad ruedo sin conocer hasta donde.

Esa noche con una veladora con olor a canela aluzamos la sala de estar, para no llamar la atención. Pasé la noche con él. Y poco antes de que abriera el día, lo insté a que se marchara.

No me dio descanso hasta que la madrugada nos alcanzó. Dos noches que conocí paisajes, colores, sensaciones y mis gemidos sofocados por la complicidad de las almohadas.

Él ya no está, terminaron el estudio. La Primera intimidad no se olvida.

En mi país tienen todo preparado para la fiesta de la ceremonia civil y religiosa. El novio que me espera. Los preparativos de ambas familias para realizar una fiesta de altura como corresponde al linaje. Somos de familias conservadoras y orgullosas del apellido.

La mujer se enamora en un clic y en una noche dejas a un lado de tu ropa íntima prejuicios, pudor y valores. Mañana estaré en el avión tratando de responderme si continuó con la boda o me enfrento a las consecuencias.

Noticia de Rubén García García

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Me quedé quieto, en silencio. Ayer caminaba sin preocupaciones. Por la noche me despertó el llanto de mi vecina. Alfredo, su esposo, había muerto. Una semana antes el velador del vecindario fue cruelmente asesinado. Mi esposa que parece que nunca duerme me platicó que los perros no han parado de aullar; el colmo fue cuando lo hicieron en pleno día.

Ya se llevan el féretro, mi mujer estaba a punto de integrarse al cortejo, la detuve. «Te quedas en casa, ya habrá oportunidad de darles el pésame». Se han ido y quedó en el aire un aroma de flores trituradas.

Tomando café en la cocina vi pasar a mi hija. Llegó mi esposa, me dijo: «no sé cuál es tu ansiedad, al final tú y yo tenemos un año…», «¿un año de qué?» —le pregunté. «tal parece, que la volcadura que nos hizo caer al abismo, a ti, no tan solo te quitó la vida sino que también te hizo perder la memoria. Te lo diré una sola vez: estás muerto»

La abuela de Rubén García García

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El abuelo tiene cinco años que murió y la abuela no deja de llorar. La escucho por la noche con sus gimoteos de niña. Hoy le diré al padre Toño para que se haga el aparecido.

El cura habló con ella y sigue lloriqueando. Si supiera que a mí no me duele el abuelo, me jode ella, que de tanto escucharla me deja con el ojo pelón. Anoche, la escuché hablar dormida: «Remigio, me dijo el cura que dejara de llorar para que tu alma descanse. Sabes que no le haré caso, seguiré gimiendo para que te revuelques en el purgatorio como el gusano que siempre fuiste».

La jaqueca de Rubén García García

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Llovía. Llovía tanto que lo mejor fue aparcarse subiendo el auto a una banqueta.

Ella llegó a la reunión de Samantha y se sorprendió de ver tanta gente. La reunión la había imaginado con las personas allegadas a la familia y dos o tres amigas de años. La música fue estridente. Tiempo después le pidió a su amiga una aspirina y más tarde se despedía. Había empezado la lluvia y el esposo de la anfitriona fue el encargado de llevarla hasta su casa, contrariado por dejar a medias una plática.

La mujer, cada vez que tronaba, se tapaba los oídos. En aquella soledad de agua, le preguntó:

—¿Te doy un masaje en la nuca? —tal vez disminuya tu dolor.

El agua corría por la avenida arrastrando la basura de la ciudad.

Ella Tenía un cuello de garza. Las manos iban desde la nuca hasta los hombros y se detenían entre los dorsales y el arroyo de la espalda. Tenía ventosas y toques analgésicos en las yemas de los dedos.

El agua golpeaba el techo del carro.

—¿El dolor?

—Me lo quitas. —y ella destrabó los ganchos del corpiño. — sigue.

El masaje hurgó en áreas oscuras y sensibles. El golpe del agua coincidió con un arrebato que la cimbró. Una erección del cabello que la recorrió hasta llegar a los dedos de los pies.

En la oscuridad se escuchaba el muelleo, la rima de estertores y los quejidos de placer que tenían como fondo el murmullo de la lluvia.

El aguacero se hizo garua pertinaz y del dolor quedó una diminuta luz.

La orden de Rubén García García

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No me gusta que me agarren la cara!, deja que el viento fresco de la serranía entre y cierre mis ojos. ¡Tú, siéntate! Desde joven odio tener frialdad en las plantas de los pies porque me espanta el sueño. ¡No te quedes tieso! y fricciona fuerte, pero con cariño. No sea que por tenerlos helados, también se me espante la muerte.

Sobresalto de Rubén García García

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Es un bosque sonoro. Ahora está en silencio y con una capa gruesa de nieve. El oso inverna. La cueva es tibia y más por la osa que lo acompaña. El sueño es inquieto por el temor de que llegue su compañera y descubra que duerme con otra. Tiene otra daga: ¿su esposa estará durmiendo sola?

Beethoven de Rubén García García

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Una vez al año la luna se aparta del camino y aluza aquel bosque donde una casa abandonada recobra su brillantez. A través de la ventana se ve una tertulia, al centro un piano de cola. Se oyen risas, voces que dan paso al silencio cuando el artista levanta la tapa del piano. Del prodigio de unas manos se escucha majestuosa la sonata “Claro de luna” que colma de inmensidad a la arboleda. Al terminar el artista agradece los aplausos con una leve inclinación, y el resplandor poco a poco se apaga hasta quedar en la penumbra. La luna vuelve al camino y desaparece.

Seré un bocado de cardenal de Rubén García García

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He sido un glotón. Disfruto una buena comida, una buena plática de sobremesa con un coñac y un café en la mano. Cincuenta años departiendo. Soy gordo, hipertenso, diabético. El placer de la comida está por encima. Y lo que quiero para mí, lo quiero para mis gusanos. Por eso, cuando el médico me instó a que diera un cambio de hábitos privándome del sabor, hablé por mí y por ellos. Mis gusanos tendrán el placer de disfrutar de una carne afrutada con tintos, sal y finas hierbas. Será una satisfacción observarlos en su comilona, hasta que solo quede mi sonrisa.

Primero es el honor de Rubén García García

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En la madrugada el taxista regresaba a su casa. Se repetía una y otra vez que las deudas de juego son deudas de honor. Apagó el motor y con el impulso del carro llegó al frente de su casa. Con sigilo cargó el tanque de gas y lo metió a la cajuela. «Aquí está lo apostado» —le dijo a los compinches. Volvió a su casa y sin desvestirse se acostó al lado de su mujer. Por la mañana su esposa se dio cuenta que no estaba el cilindro de gas. Despertó al marido y llorando le contó. «María deja de llorar y entiende que la delincuencia no descansa, aunque sea domingo» y volvió al sueño profundo y reparado

Una más del patito feo de Rubén García García

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«¿Por qué te dejas patito?». «Es que son muchos, suman más de diez». Al patito feo le daban cargada sus hermanos ya fuesen patos o gansos. Era un ir y venir de un extremo a otro de la laguna. «¿Y tu mamá no te protege?» «ni la una, ni la otra, ignoran los picotazos que me dan mis hermanos».

Convocaron a una competencia de nado para las aves infantes. Serían mil metros de nado libre, fue una lucha entre los patos y los gansos, pero salió triunfador al que nadie quería. Él levantó el trofeo y diez kilos de mosquitos deshidratados. A los clics de los fotógrafos, a lado de él se encontraban mamá pato y mamá ganso, levantándole cada quien una ala.