La flor y el verano

Sobre el tejado del portón, se ha desparramado  por todos lados la copa de oro. Dueña y señora. Se enjuta cuando el sol de agosto achicharra sus retoños, sin embargo, cuando la luna emerge, ella lame sus ardores y crece.  Hace  un mes  pusieron sobre su cielo  una espiral de púas con el objetivo de  parar a los maleantes que merodean la residencia. Ella que tiene miles de manos y maneras se propuso cubrir con sus hojas la cerca de alambre.  Días ardientes de verano quemaban su tejido, mas las noches alunadas lo protegían, después de un mes cubrió el metal y el sol de septiembre la veía erguida, fogosa de amarillo con hojas verde limón.

flores en cascada

Cabrón por oficio

Cara dura, sombrero fino, botas relucientes, cuerpo recio y de hablar sarcástico. Sesenta años bien vividos. En sus días de poder nada se hacía en el pueblo si él no lo autorizaba. Un día la familia partió a la capital, sus bienes y el poder poco a poco se fueron. Se quedó con la servidumbre en una construcción inmensa, vacía y un capital respetable. No fue difícil encontrar mujer, llegaron hijas, se hicieron mujeres y él seguía ejerciendo su rutina de los domingos. Sacaba temprano la mecedora, las puertas de la tienda se abrían y esperaba. La gente indígena de las comunidades serranas salía vender, a comprar y a saludar a los viejos amigos. Frente a él desfilaban quintales de café, cerdos, frijol, maíz. Conocía a todo mundo y al pasar lo saludaban con temor los más, otros se iban en silencio.
-¿Qué llevas en ese costal? El muchacho joven, se detuvo, bajando su carga al piso.
– Un guajolote que llevo al mercado a vender.
-¿Cuánto quieres?
-Cincuenta pesos.
-Se ve flaco. -Contestó con indiferencia.
– Está gordo, – dijo el indio.
-¿Qué te parece si mejor lo pesamos? Así ni tú, ni yo, lo que diga la pesa. Te compro a cinco pesos kilo.
Recordó las palabras de su mujer que le dijo que se diera prisa, que regresara pronto, necesitaba tela para pañales y que comprara para el niño un jarabe para la tos y la fiebre.
-Pésalo, -dijo entre dientes.
Ambos entraron a la tienda. Había una estantería de cedro, el mostrador ancho, recio, largo, muy largo. Se notaba el deterioro de los años por los rayones hechos en la tabla y el barniz carente de brillo.
-Pesa siete kilos a cinco pesos kilo, son 35 pesos. No le dio tiempo a contestar, cuando vio tenía el dinero en la mano y un topo de caña. Para que agarres fuerza, le aconsejó.

El indio no salía del asombro, habría jurado que pesaba el guajolote como diez kilos. “la bascula no se equivocan” se dijo y apuró la caña, en dos tragos.
-¿Quieres otra? Te la daré a mitad de lo que cuesta. Te sentirás mejor, al fin que una no es ninguna.
Cuatro horas después el dinero había regresado al bolsillo de Germán y el indio apenas pudo recargarse en la pared e irse deslizándose poco a poco hasta quedar sentado, y profundamente dormido.

guajolote

El hallazgo

Cuarenta años habían pasado cuando la encontró, tuvo una erección tan feroz que aceptó que retornaba a la adolescencia. 
«Eres lo que busco», dijo al oído, mientras la sujetaba de las caderas. El perfume de sus cabellos lo enloquecía; sus labios rodaban por su cuerpo..
Dentro, la barca del infarto desataba sus nudos.

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Dengue Chikungunya Zika

Se situaron abajo de la cama. Atacarían en la madrugada. El marido tiritaba de frío. El macho voló hacia los oídos, la hembra hacia los pies. Así, mientras el uno distraía con su chillido molesto, ella anestesiaba el dorso del pie para succionar la sangre. Salieron del dormitorio y a cincuenta metros encontraron al infante de dos años que dormía arrullado por la brisa suave del ventilador. Salieron y la hembra con los huevos fertilizados los depositó en el tronco de un árbol cargado de agua de lluvia. Regresaron a su helecho, satisfechos de haber perpetuado la especie.
«mañana habrá otra noche» dijeron los Aedes Aegypti.

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Un joven en casa ajena

Hacía caminatas para distraerse con la mente ida y toreando los carros por instinto. En su mente construía un circo de varias pistas y en cada una estaba el recuerdo de sus vivencias que se ejecutaban con luces intermitentes. Antes de las diez regresaba, la tía y las primas dormían. Con cuidado insertaba la llave en la cerradura y abría procurando el menor ruido. Caminaba sin prender la luz; al llegar a su recámara, respiraba aliviado.
En el departamento de la tía, los muebles, adornos lucían siempre en el mismo lugar. Dos veces al día eran aseados. El reloj de pared parecía soldado, el espejo simulaba un tercer ojo, y las lámparas sendas torres. En la noche para ir a mear, se levantaba en silencio y antes de salir del dormitorio, revisaba uno a uno los botones del pijama. Se desplazaba en la oscuridad, con temor. Siempre aseguraba la puerta del baño. Cuando el chorro grueso caía sobre el agua hacía un ruido mayúsculo. Al presionar la palanca del retrete hacía remolinos ruidosos y concluía con hipos violentos; entonces sonreía. A la media noche llegaba irrumpiendo cualquier estado una impresionante erección, a la que tenía que reprimir.

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¿Seré cuerda que desafina?

Soy hermana de Makiu. Una noche entraron a mi cama, qué es la misma donde duerme ella, un gorila, un gato y un fantasma.Brinqué del susto y grité tan fuerte que los tres salieron corriendo. Yo no sabia que formaban parte del sueño que tenía ella y que los tres llegaban a protegerla para que no tuviese pesadillas. Si lo hubiese sabido, me habría quedado callada y mis otras hermanas no se hubieran asustado por mi grito.
Ahora, ellas me miran con recelo. En la mañana cuando tengo que irme a la escuela, dicen:
camina con cuidado, fíjate al cruzar las esquinas, respeta los semáforos, siempre escoge calles transitadas, no te embobes con revistas, se recatada y juiciosa, nada de balancearse como una muelle en cada pierna y en cada cadera una flor.
No saben que siempre camino pegada a la pared y la que marcha de ese modo es la bella Makiu.

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Bien sabes qué fue

No fue la lluvia la que descubrió tus pezones, ni el sudor del cansancio por saltar de piedra en piedra. Tampoco el viento frío. A nadie le otorgues culpa. ¡bien sabes qué fue!

Hopper Edw ard

Pronóstico

Tiene ochenta años. Desde que la conocí, hace cincuenta años ya estaba enferma, dice que cuando este sana con seguridad se muere.

ANCYANA

Metamorfosis

Abrió el libro, un enjambre de sílabas encimaron sus sentidos. Su corazón duro se hizo dulce y suave, empezó a latir; había terminado el tedio de los días.

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Picasso

 

Dónde las arañas tejen

La pelota de fútbol hizo una parábola. El portero paralizado la siguió con la mirada. El esférico rebotó en una fina y resistente  malla tejida en el ángulo de la portería. La joven araña no reprimió un grito de alegría ante el jurado; había aprobado el examen final con honores.

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Instantánea

Se oye el ventilador de la computadora. Afuera gritan, -es el vendedor de periódico- Hay una calma que no lo es. En los dormitorios se oye una alarma, al llegar solo escucho el silencio; por la ventana, el pájaro azul negro me mira. Es un día nublado, los cotorros en el patio chiflan fiu-fiu a mujeres inexistentes. Desde la avenida se oye el ir y venir de los carros dejando su cuota de ruido. Muy a lo lejos, se abre un silencio y llega el canto de la primavera. Me encimo en su silbido, mientras el humo del café revolotea.

paisaje urbano

Un radio con frecuencia modulada

Los carpinteros tardaban en demasía. Había costado trabajo ahuyentar a los murciélagos, secar el musgo de las paredes y el olor de la humedad adosada a las paredes. Los carpinteros habían tomado medidas, y tardaría más si no hubiese madera de cedro ya seca. Solo contaba con una mesita, un banquito y un radio que al prenderlo solo escuchaba ruidos. Un radio con frecuencia modulada que vivía en la mudes. -¿Cómo sacarle al radio algo de musiquita? Buscaba algún alambre que sirviera de antena.
-¿Qué hace? estaba tan concentrado que me asusté. Lo miré, lo había visto platicar con mi vecina de enfrente.
– Soy el papa del niño que le ayudará. Cuando le di la mano para saludarlo, su piel era gruesa, áspera, callosa. 
– Tratando de hacer que el radio suene, le contesté. Se acomodó el sombrero de palma, tomo el radio.
– Ese alambre no le servirá, voy a casa y regreso. Le haremos una antena.
Diez minutos después regresó, con una agilidad de mono se trepó hasta colocarse en las vigas que sostenían el tejado, fijo un alambre de cobre de pared a pared e hizo bajar otro que lo conecto a la radio. Llegaron no cinco ni diez sino muchas estaciones que provenían de la ciudad de México. Supe también que él se dedicaba a aserrar los árboles y que me conseguiría madera de cedro ya seca a buen precio. Lo despedí afectuosamente.
Acostado, a la luz del quinqué, escuchaba la voz de Carlitos Gardel, como si él estuviese a mi lado. Llegaba la señal con una nitidez increíble, igual o mejor, y estaba a cuatrocientos kilómetros de ella.

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Su ausencia

¡Qué bella es cuando la veo dormir! Su cabellera extendida es un río encrespado. Su pelo fulgura en la copa del cielo. Es mi señora y enriquece mis sentidos al jugar conmigo. Pero la congoja llega si ella se ausenta, y el silencio pesa como el enramado de un gigantesco árbol.

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Dolor

Por la mañana supe que el velador que años cuidó de mi casa había muerto. Un día antes llegó a mi portón y después de su pago, arrancó en su bicicleta. Ni él, ni yo oteamos la muerte. Me duele su muerte. Con un bate le quitaron sus recuerdos, su vida y el amor que tuvo a sus hijos. Él cuidó mucho tiempo de nuestros árboles, carros, tendederos y, también de nuestros hijos. Me duele porque no fui capaz de sentir la muerte y avisarle.

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Un Hombre de pueblo

Una mañana me desperté con un desagradable olor a patas o perro podrido y al salir a la puerta, veía como la gente al pasar sacaba sus pañuelos y se tapaba la nariz.
-¿Recuerda que le dije que aprendería el oficio de talabartero? Se ahogó una vaca y el patrón me regaló el cuero y lo estoy curtiendo. Lo que no sabía es que fuese apestar tanto.
-La carroña de un perro es un dulce olor, le dije.
Mi mujer me va a correr, ya no soporta el olor. Ya le dije que el otro cuero me lo llevo al monte.
Una semana después el olor fue desapareciendo. A él lo perdí de vista y cuando lo vi, venía con su carretilla llena de piedra.
-¿Vas a hacer otra casa?
-Ahora voy a hacer mi cuarto de trabajo. Mi mujer y yo nos andamos peleando por el espacio.
Tres meses después había levantado las paredes. El anexo lo ubicó pegado a la calle. En ese local fue que lo vi por última vez. Recuerdo que exhibía artículos de cuero relacionado con la charrería.
-Ya ve y nadie me enseñó. Me dijo con una sonrisa de satisfacción.
Para él, sus creaciones eran más importantes, que lo dado a la comunidad. Nunca me dijo que él fue factor para que su pueblo tuviese agua. El poder caciquil no lo dejó dirigir la presidencia municipal. Fue un líder nato, un compañero de a de veras, y un hombre preocupado por sus semejantes.

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